Dr. Victor Oxley
Desde el
inicio de la transición democrática, el Paraguay ha organizado su vida política
bajo un sistema electoral que, lejos de fortalecer la soberanía ciudadana, la
ha erosionado de manera sistemática. El principio de mayoría simple —consagrado
para la elección presidencial— ha operado como un dispositivo institucional que
produce gobiernos minoritarios, debilita la legitimidad democrática y genera un
patrón recurrente de inestabilidad política que ha obstaculizado seriamente el
desarrollo del país.
La
evidencia histórica es clara, entre 1993 y 2023, en la gran mayoría de las
elecciones presidenciales, el candidato electo accedió al poder con menos del
50 % de los votos. No se trata de excepciones circunstanciales, sino de una
regularidad estructural. Presidentes electos con el 37%, 40% o 45% de los votos
han gobernado a una sociedad en la que la mayoría ciudadana expresó preferencia
por otras alternativas. Este hecho, reiterado durante tres décadas, no puede
ser interpretado como una mera curiosidad estadística, constituye un problema
político, social y constitucional de primer orden.
Desde el
punto de vista teórico, la paradoja de Condorcet demuestra que los sistemas
basados en mayoría simple pueden seleccionar opciones rechazadas por la mayoría
cuando existen más de dos alternativas. Aplicado al caso paraguayo, esto
significa que el sistema electoral no solo es vulnerable a distorsiones, sino
que las produce de forma previsible. El resultado es la institucionalización de
lo que puede denominarse una minoríacracia, un régimen formalmente
democrático, pero sustantivamente gobernado por minorías.
Las
consecuencias sociales de este diseño son profundas. Gobiernos que nacen sin
respaldo mayoritario carecen de la legitimidad necesaria para impulsar reformas
estructurales, construir consensos duraderos y sostener políticas de desarrollo
a largo plazo. La historia reciente del Paraguay muestra una secuencia de
crisis políticas, conflictos interinstitucionales, protestas sociales e
inestabilidad crónica que no puede explicarse únicamente por errores de gestión
o disputas partidarias. Se trata, más bien, del efecto acumulado de un sistema
que produce gobiernos débiles desde su origen.
Esta
situación adquiere una gravedad mayor cuando se la examina a la luz del orden
constitucional. El artículo 3 de la Constitución Nacional establece que la
soberanía reside en el pueblo y que su ejercicio debe expresarse a través de
mecanismos que reflejen fielmente la voluntad ciudadana. Sin embargo, un
sistema electoral que elige de manera sistemática a gobernantes rechazados por
la mayoría vulnera directamente este principio. No estamos ante una falla
ocasional del procedimiento democrático, sino ante una violación estructural y
reiterada de la soberanía popular.
En este
proceso, las encuestas de opinión pública electoral han desempeñado un papel
decisivo y frecuentemente subestimado. Al centrarse casi exclusivamente en la
medición de la mayoría relativa —es decir, en quién obtiene más votos sin
importar si alcanza o no el respaldo mayoritario—, las encuestas han
contribuido activamente a legitimar este esquema institucional. Lejos de
revelar la magnitud del problema, lo han ocultado.
Las
encuestas tradicionales reducen la voluntad popular a una fotografía parcial,
miden primeras preferencias, pero ignoran rechazos mayoritarios, preferencias
de segundo orden y consensos latentes. De este modo, no solo describen una
realidad distorsionada, sino que la refuerzan. Al presentar como “ganador” a
quien lidera con un 40 % de intención de voto, naturalizan la idea de que esa
cifra es suficiente para gobernar, anulando toda reflexión crítica sobre su
legitimidad democrática y constitucional.
Este
efecto no es neutro. Las encuestas moldean expectativas, inducen
comportamientos estratégicos y consolidan la fragmentación del voto. En la
práctica, funcionan como mecanismos de legitimación cognitiva de un sistema
pernicioso, amortiguando la percepción pública de que la soberanía ciudadana
está siendo sistemáticamente vulnerada. Así, el problema deja de percibirse
como estructural y se transforma en una aparente normalidad procedimental.
La
consecuencia final es una democracia formal que incumple su propio principio
fundante. Cuando la soberanía popular se reduce a una pluralidad aritmética
circunstancial, el mandato constitucional se vacía de contenido. El Paraguay no
enfrenta únicamente un déficit de representación, sino una contradicción
profunda entre su Constitución y su práctica electoral efectiva.
Superar
esta situación exige un reconocimiento claro, la mayoría simple, tal como ha
sido aplicada durante la transición democrática, ha sido un obstáculo para la
estabilidad, la gobernabilidad y el desarrollo del país, y su legitimación
mediante encuestas centradas en la mayoría relativa ha agravado ese daño. La
defensa efectiva de la soberanía ciudadana requiere tanto una reforma del
sistema electoral como una transformación de las prácticas de medición de la
opinión pública.
Sin estas
correcciones, la democracia paraguaya –en eterna transición o deberíamos llamarla
democracia transitoria- continuará reproduciendo gobiernos constitucionalmente
débiles, socialmente inestables y estructuralmente incapaces de conducir un
proyecto genuino de desarrollo nacional. Lo que está en juego no es una
preferencia técnica, sino la vigencia real del principio fundamental sobre el
cual se edifica toda república: la soberanía del pueblo.