lunes, 9 de febrero de 2026

Compilado de escritos sobre las palabras e intenciones de Josè Duarte Penayo y la figura de Alfredo Stroessner

 

Aqui un compilado de escritos sobre las palabras e intenciones de Josè Duarte Penayo y la figura de Alfredo Stroessner

El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 1 de febrero https://www.facebook.com/victor.oxley/posts/pfbid063XMM6yZREzHiNAYH6G5zrmrm9d9z13Z9nepWha77GLUbc1Pf9kuim3XSRHTfYNwl?__cft__[0]=AZb5QdKqDtjiSChl0i2jqOIe6nohhcVeKI9nqHWJhO2zwyXrjGvNfL-13CgiTLEmECfl2Qh2fcZyopKZzEXbyRFi0kcdNf9Nqn-d_r4_zBEMWWXjKHLZfFrEI0x2trNoRg65tYKmltgG66O8zP458INop84gvwXAxLuBOzYjMD-KmvvdG8GWjWPn3Z6bYggr1FM&__tn__=%2CO%2CP-R

Hemos escrito una serie de contrargumentos frente a un polemista de turno, no como respuesta personal ni como intercambio coyuntural, sino como un ejercicio deliberado de desarme discursivo. Desde el inicio asumimos que no estábamos ante un error ingenuo ni ante una discusión historiográfica legítima, sino frente a una operatoria retórica reconocible, reiterada y eficaz. Los enunciados que intentan revaluar la dictadura de Alfredo Stroessner —cuando se afirma que “mató menos que los gobiernos liberales previos, siendo benigno en materia de muerte” o que “fue presidente constitucional, no dictador”— no aparecen en nuestros textos como meras opiniones discutibles, sino como piezas de una maquinaria comunicacional cuya lógica interna hemos intentado hacer visible y explícita. Estas ideas fueron desarrolladas originalmente en Las palabras del poder o el poder de las palabras, publicado el 23 de enero de 2026 en:

https://www.facebook.com/victor.oxley/posts/pfbid0FrWByR7FzG9sMmWJXSzW8HwBx2F1CSvp4wM8vxNSw4Z6AvHGvCJmMxyvpqVYadp8l

En ese sentido, lo que fuimos mostrando a lo largo de estos escritos es que tales argumentos funcionan exactamente como propaganda política en el sentido clásico del término, esto es, como una forma de guerra simbólica orientada no a esclarecer el pasado, sino a volverlo tolerable mediante su distorsión. No se trata de negar hechos, sino de reconfigurarlos mediante reducciones estratégicas, comparaciones espurias y desplazamientos constantes del eje del debate. Como señalamos allí, el argumento comparativo no es un cálculo neutral, sino “un acto intencional de la conciencia que opera una reducción radical: reduce la experiencia totalitaria a una sola variable cuantificable (el número de muertes), excluyendo deliberadamente la dimensión vivida del terror”.

Al insistir en métricas aisladas y en balances macabros, el polemista abandona toda evaluación cualitativa del régimen y desplaza la discusión hacia un terreno donde el horror puede relativizarse. Ya no se juzga la naturaleza criminal del stronismo, sino su posición comparativa en una escala distorsionada de atrocidades. Esta lógica fue profundizada en el texto publicado el 24 de enero de 2026, donde advertimos que el relativismo moral opera como una falsa racionalidad que atenúa el mal por comparación y no por comprensión histórica. Ese desarrollo puede leerse en:

https://www.facebook.com/share/p/1ANduucKXT/

Cuando esta estrategia comienza a mostrar fisuras, el discurso vuelve a desplazarse. En lugar de defender los hechos que afirma, el polemista pasa a discutir el derecho mismo a debatirlos. El eje ya no es si Stroessner fue un dictador, sino si quienes lo sostienen participan de una supuesta “hegemonía historiográfica”. Tal como mostramos, en ese punto el debate deja de ser histórico y pasa a ser metadiscursivo: ya no se discuten los hechos, sino la legitimidad de quienes los nombran. Esta operatoria fue analizada con mayor detalle en el texto publicado el 27 de enero de 2026, donde se señala cómo el cambio de nivel lingüístico funciona como una trampa argumentativa:

https://www.facebook.com/share/p/1ANduucKXT/

Insistimos también en que la eficacia de este tipo de argumentos no reside en su solidez lógica —que es débil— sino en su potencia emocional y en su capacidad de repetición. Un enunciado pobre en términos racionales puede ser, sin embargo, enormemente eficaz en el mundo de la vida, allí donde operan la memoria, la afectividad y la necesidad de reconciliar biografías personales con un pasado violento. Esta dimensión fue abordada nuevamente al analizar la continuidad metodológica entre viejas y nuevas formas de distorsión histórica, en el texto publicado el 27 de enero de 2026 en:

https://www.facebook.com/share/p/1GLWBUSnSY/

En última instancia, lo que está en juego no es un matiz interpretativo sobre la historia reciente, sino la configuración misma de la memoria colectiva. Por eso afirmamos, sin ambigüedades, que estos argumentos no pertenecen al campo de la historia sino al de la propaganda, y que su éxito no se mide en términos de verdad, sino en su capacidad para volver tolerable lo que debería permanecer como límite moral infranqueable. La batalla contra ellos no es académica: es una disputa por la memoria, por el lenguaje público y, en última instancia, por las condiciones simbólicas que hacen posible una democracia que no se funda en el olvido ni en el eufemismo.


El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 27 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=10229320968036555&id=1468595806&rdid=8GUqY09i8ujK5Q7H#

La trampa de las palabras: cuando la defensa de un dictador se esconde detrás de un debate sobre el debate

 Imaginemos que el lenguaje es como una caja de herramientas. A veces usamos las herramientas para trabajar (para hablar “de” algo), y a veces tomamos una herramienta en la mano, la señalamos y hablamos “de ella misma”. Esa diferencia, que parece un juego de palabras, es en realidad uno de los descubrimientos más útiles de la filosofía del siglo XX para acabar con discusiones que daban vueltas en círculo sin salida. Filósofos como Alfred Tarski, en obras como El concepto de verdad en los lenguajes formalizados (1933), y Willard Van Orman Quine, en Desde un punto de vista lógico (1953), nos ayudaron a ver esto con claridad. Ellos distinguieron entre el lenguaje-objeto y el metalenguaje. El lenguaje-objeto es el que usamos para hablar del mundo: "La mesa es de madera", "Stroessner fue un dictador". El metalenguaje es el que usamos para hablar “del propio lenguaje”: "La palabra 'dictador' tiene tres sílabas", "La frase 'Stroessner fue un dictador' es una afirmación histórica". La confusión surge, y se vuelve tramposa, cuando mezclamos estos niveles sin avisar, como cambiar las reglas a mitad de un partido.

Esto nos lleva a la diferencia entre “uso” y “mención”. Cuando “usamos” una palabra, la ponemos a trabajar con su significado habitual. Cuando “mencionamos” una palabra, la tratamos como un objeto, la ponemos entre comillas para examinarla. Si digo "Paraguay es un país", estoy "usando" la palabra "Paraguay". Si digo "'Paraguay' tiene ocho letras", estoy “mencionando” la palabra, hablando de ella como un objeto. Parece sencillo, pero esta distinción es un antídoto poderoso contra los juegos de palabras engañosos.

Y justo este es el juego que estamos viendo en el caso de un polemista de turno. Su estrategia es un abuso constante de estos dos niveles. Primero, en el nivel del lenguaje-objeto, usa las palabras para hacer afirmaciones contundentes sobre la historia, dice que Stroessner "mató menos que los gobiernos liberales previos, siendo benigno en materia de muerte" y que "fue presidente constitucional, no dictador". Aquí, las palabras "mató menos" y "presidente constitucional" están trabajando, están pretendiendo describir la realidad. Es una jugada en el tablero de la historia, y como tal, se gana o se pierde con datos y documentos.

El problema, y la trampa, viene cuando le pedimos que muestre sus cartas, que justifique esos datos. En ese momento, hace un movimiento furtivo, abandona el tablero del lenguaje-objeto y salta al del metalenguaje. Ya no defiende que Stroessner fuera constitucional. En lugar de eso, toma sus propias frases polémicas y las convierte en el tema de la conversación. Las menciona para hablar sobre ellas. Pregunta: "¿plantear este debate? ¿Significa tratar de comprender la historia larga del autoritarismo (...) hacer una apología a Stroessner? No, no significa." Fíjense el cambio: ya no está discutiendo los hechos de la dictadura, sino que está discutiendo el acto de discutir sobre la dictadura. Ha cambiado el partido de cancha. De repente, el tema ya no es si sus números son ciertos, sino si tiene derecho a plantear la pregunta. Es como si un jugador de fútbol, al ver que le van a marcar un gol, detuviera el juego para discutir fervientemente sobre las reglas del fair play, acusando al equipo rival de ser unos violentos que no entienden el verdadero espíritu del deporte.

Para sellar su jugada, desde este nuevo nivel metalingüístico lanza una acusación que pretende invalidar cualquier respuesta en el nivel original. Afirma que existe una "hegemonía historiográfica que ha dejado de pensar y se ha dedicado a reproducir ciertos sentidos comunes que al parecer no se pueden objetar". Esto ya no es un argumento sobre Stroessner; es un argumento sobre quienes lo critican a él. Es un juicio desde el metalenguaje diseñado para envenenar el pozo. Cualquier intento de refutarlo en el lenguaje-objeto ("mire, aquí están los archivos que muestran las torturas") puede ser descartado desde su metalenguaje como un simple acto de reproducción del "sentido común" hegemónico que él denuncia. Ha construido una trampa de espejos, criticar sus afirmaciones históricas parece confirmar su acusación metalingüística de que somos unos dogmáticos.

La única forma de salir de este laberinto es siendo más claros que el polemista con los niveles. En un primer momento, el polemista está confundiendo dos conversaciones distintas. En la primera conversación, la del lenguaje-objeto, hace afirmaciones concretas, 'mató menos' y 'presidente constitucional'. Es una exigencia que debe mantenerse aquí y sus respuestas deben ser pruebas. En la segunda conversación, la del metalenguaje, sobre si hay hegemonía o no, sobre si esto es un 'debate' o una 'apología', es una derivación que el polemista inventó para no tener que jugar en la primera. No se debe caer en esta confusión. Hay que hablar de lo que dijo, no de su derecho a decirlo. El polemista debe traer sus datos al tablero de la historia, que es donde los puso, y debe dejar de cambiar las reglas a mitad del partido. Al señalar este abuso de los niveles del lenguaje, se desinfla por completo la supuesta profundidad de su maniobra y queda al descubierto lo que es, una artimaña verbal para evadir el único debate que importa, el de los hechos.

Referencias

Quine, W. V. O. (1953). Desde un punto de vista lógico. Editorial Paidós.

Tarski, A. (1933). El concepto de verdad en los lenguajes formalizados. En A. Tarski, Logic, Semantics, Metamathematics (pp. 152-278). Clarendon Press.


El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 27 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=10229298389152097&id=1468595806&rdid=eT20r5IzcGeOYqdh

Un siglo y una tesis separan las intervenciones de Juan Emiliano O'Leary y un posmoderno imitador, pero un mismo hilo metodológico —torcido, resistente— los une en la vasta y fracturada telaraña de la memoria paraguaya. No es un hilo de continuidad ideológica directa, sino uno de estrategia retórica, un mecanismo casi mimético para desmontar la crítica histórica sustituyendo su objeto. Allí donde la razón analítica busca causas, ellos ofrecen desvíos; donde se nombran realidades incómodas, proponen comparaciones oblicuas. Es la táctica del espejismo argumentativo.

O'Leary, en el alba turbulenta del siglo XX, se enfrentó a la demoledora tesis sociológica de Cecilio Báez. Báez no insultaba; diagnosticaba. Su argumento era estructural y causal: un siglo de despotismo, desde Francia hasta los López y más allá, había "cretinizado" —es decir, había desmoralizado, inculturado y corrompido— el cuerpo social paraguayo. El pueblo era la víctima terminal de un sistema. La viveza criolla retórica de O'Leary consistió en negarse a debatir en ese terreno. Con sagacidad, tomó el término "cretino", le arrancó su carga teórica y sociológica, y lo revistió de un significado puramente emocional e injurioso. Así, con prestidigitación, desplazó el debate desde las causas sistémicas del atraso —el verdadero núcleo de Báez— hacia el honor herido de la colectividad. Ya no se discutía sobre tiranía y sus efectos, sino sobre quién tenía derecho a hablar en nombre de un pueblo supuestamente ofendido. Fue una falacia de hombre de paja monumental: atacó una posición que Báez no sostenía como eje central. Su triunfo, nos revela el análisis, fue retórico y político, no intelectual; logró obnubilar la lógica con el sentimiento, sustituyendo el análisis por la arenga.

La expresión que "Stroessner no fue tan dictador" o la afirmación que "mató menos que otros", hoy a caballo del ya entrado siglo XXI, opera con la misma lógica esencial, aunque su herramienta no es el agravio sentimental, sino la frialdad de una comparación perversa. Al defender, el que afirma de ese modo, la figura de Alfredo Stroessner, no se enfrenta a un Báez, sino al consenso histórico y a las evidencias irrefutables de la Comisión de Verdad y Justicia y de quienes pueden esgrimir contra argumentos a tal audacia. Su movimiento es gemelo en su estructura, pero distinto en su piel. Primero, una concesión táctica: admite "violaciones" en el "tramo final", un gesto que busca aparentar ecuanimidad para ganar credibilidad antes del giro. Luego, ejecuta el desvío. El debate cualitativo sobre la naturaleza dictatorial, represiva y criminal del régimen —su carácter ilegítimo, su maquinaria de terror— es bruscamente abandonado. En su lugar, este malabarista instala una pregunta cuantitativa y macabra: ¿quién mató más? Al afirmar que Stroessner "mató menos que los gobiernos liberales" y calificar su dictadura de "benigna en materia de muerte", traslada la discusión a un terreno de falso equilibrio. Ya no se juzga lo que fue el stronismo, sino que se lo mide en una escala distorsionada de atrocidades. Es la falacia de la falsa equivalencia y el relativismo moral llevada a su extremo: el mal se atenúa porque hubo, supuestamente, un mal mayor en otro lado. Finalmente, remata con el reencuadre lingüístico definitivo: Stroessner no fue un dictador, sino un "presidente constitucional". El lenguaje es vaciado de su significado histórico para servir a la rehabilitación.

La similitud, pues, es metodológica y profunda. Ambos polemistas, ante una crítica fundada, rehúsan el combate en el terreno elegido por su adversario. O'Leary cambia el tema de la tiranía al honor. El acusador de turno, cambia la métrica de la cualidad a la cantidad. El primero apela al pathos de la dignidad colectiva; el segundo, a una fría y espuria razón utilitaria. Los dos persiguen un mismo fin: desactivar un juicio histórico incómodo que pone en tela de juicio pilares de cierta narrativa nacional —el heroísmo lopista en un caso, el orden y progreso stronista en el otro— no refutándolo con evidencias superiores, sino nublando los términos del debate. Crean una inconmensurabilidad: hablan de algo distinto a lo que sus críticos plantean.

El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 24 de enero https://www.facebook.com/victor.oxley/posts/pfbid0HvXjTjbgW8JvgUduDVUDDWexF4TjUKx3KfWyS31Jg6bv4wcLKuLj67pkY4awEuFxl?__cft__[0]=AZZ7N9tWqsbZwrOeyq6mg5GkhY6u_PJRbZRyhwfyurE3A3yiNnpUCoBI-w9g0eIcR5o8j4B07YnjrsmhawImVGTh0MjXN0tF26vxgetciIFYFB_zzT0aETB9o-RbesT8tJls4UYimZ4j3ANJmegJyLlN7oxrUjZv_7OEkmxf2vxgCyudQmSuxy1bL94W2hGTpqU&__tn__=%2CO%2CP-R

Imagina que te digo: "Stroessner no fue tan dictador" o "mató menos que otros". Tu primera reacción podría ser pensar que soy un ignorante, alguien que simplemente no estudió historia. Pero aquí está el truco: no se trata de ignorancia. Se trata de algo mucho más sofisticado y peligroso. Se trata de una manipulación lógica perfectamente estructurada, un castillo de naipes argumentativo que parece sólido pero que se sostiene sobre violaciones sistemáticas de cómo pensamos correctamente. Te voy a mostrar los niveles de esta trampa, desde el engaño más superficial hasta la corrupción más profunda de la razón.

En la superficie, el juego es simple: tomar una verdad dura, fría e incuestionable y bañarla de "posibilidades". Es el viejo truco del "tal vez". "Tal vez no fue tan malo". "Tal vez las cifras están exageradas". "Tal vez había un contexto". El operador lógico de la posibilidad, ese "es posible que", se saca de contexto y se usa como un borrador mágico. Porque en lógica, cuando algo es necesariamente verdadero – como que una dictadura es, por definición, opresiva – afirmar que "es posible que no lo haya sido" no es una opinión, es una contradicción. Es como decir "es posible que este círculo cuadrado exista". La primera violación es ésta: tratar lo necesario como si fuera contingente, lo definitivo como si fuera debatible. Es convertir los hechos en opiniones, y los crímenes en puntos de vista.

Bajemos un nivel. Aquí encontramos la separación entre lo que se sabe y lo que se dice. El manipulador no es un ingenuo; conoce los archivos, ha visto las listas, escuchó los testimonios. Sabe que la afirmación "no fue tan dictador" es falsa. Pero la pronuncia igual. En lógica epistémica, que estudia el conocimiento, esto es un pecado capital: afirmar lo contrario de lo que se sabe. No es un error; es una doble conciencia. Se construye un personaje público que duda, mientras en la privacidad del conocimiento no hay duda alguna. Esta fractura entre el saber interno y el discurso externo es la marca de la mala fe, no de la equivocación.

Ahora penetremos más hondo, a la cocina de la motivación. ¿Por qué haría alguien esto? Aquí la lógica se mezcla con el deseo. El operador "creo que" se infecta con el virus del "quiero que". Ya no se cree algo porque la evidencia lo apoye, sino porque conviene que sea cierto. La racionalidad se subordina a la utilidad. El mecanismo es perverso: "Deseo absolver al dictador, por tanto afirmo que no fue tan dictador". La creencia deja de ser una relación con la verdad para convertirse en un instrumento de un deseo. La lógica doxástica, que modela las creencias, se tuerce: la creencia ya no se forma por evidencias, sino por conveniencias. Es el autoengaño convertido en estrategia discursiva.

Llegamos al núcleo moral. Todo este andamiaje conduce a una inversión de los operadores del deber. Lo que era moralmente obligatorio – recordar, nombrar, condenar – se transforma en algo optativo. Lo que era impermisible – olvidar, perdonar lo imperdonable, relativizar el horror – se presenta como un gesto de "madurez" o "paz". La lógica deóntica, que rige las obligaciones, es secuestrada. El imperativo "nunca más" se diluye en un "pasemos página". La estructura moral del mundo se revierte: el bien y el mal intercambian sus signos bajo el disfraz de la "reconciliación". Esto no es evolución moral; es corrupción de los fundamentos éticos.

Finalmente, en el nivel más abstracto y poderoso, está el ataque al tiempo mismo. La lógica temporal nos dice que los hechos pasados son fijos, necesarios, inalterables. Lo que ocurrió, ocurrió. La manipulación intenta lo imposible: modificar el valor de verdad de las proposiciones sobre el pasado. No con una máquina del tiempo, sino con una máquina del relato. "No fue lo que fue, sino lo que nosotros digamos que fue". Es una negación de la flecha del tiempo, una pretensión de soberanía sobre lo ya acontecido. Es querer ganar, en el tribunal de la historia presente, los juicios que se perdieron en el tribunal de los hechos pasados.

Este es el edificio completo de la manipulación: un piso de posibilidades falsas, levantado sobre una planta de conocimiento negado, sostenido por los pilares torcidos del deseo, decorado con una fachada de moralidad invertida, y coronado con la ambición de reescribir el tiempo. No es un discurso "alternativo"; es un discurso antilógico. Usa las formas del razonamiento – "tal vez", "creo", "debemos" – para vaciarlas de su contenido racional.

Por eso, cuando escuches estos argumentos, no discutas solo fechas o cifras. Señala la arquitectura de la trampa. Pregunta: ¿Están tratando lo necesario como posible? ¿Están separando lo que saben de lo que dicen? ¿Están disfrazando un deseo como una creencia? ¿Están invirtiendo los deberes morales? ¿Están pretendiendo reescribir el pasado?

Detectar esto no es solo un ejercicio intelectual; es un acto de defensa. Defensa de la memoria, que es el suelo de la identidad. Defensa de la verdad, que es el marco de la convivencia. Defensa de la lógica, que es el dique contra el caos de las palabras vacías. Al final, el arma más poderosa contra quien quiere que toleremos lo intolerable es recordar, con una claridad implacable, lo que necesariamente ocurrió. Porque lo necesario, en lógica y en historia, no admite "tal vez".


El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 23 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/victor.oxley/posts/pfbid0FrWByR7FzG9sMmWJXSzW8HwBx2F1CSvp4wM8vxNSw4Z6AvHGvCJmMxyvpqVYadp8l

Las palabras del poder o el poder las palabras

 Los argumentos que buscan revaluar la dictadura de Alfredo Stroessner – aquel que sostiene que “mató menos que los gobiernos liberales previos, siendo benigno en materia de muerte”, y el que insiste en que “fue presidente constitucional, no dictador” – no son meras opiniones aisladas. Constituyen, más bien, un fenómeno discursivo complejo que podemos iluminar por lo menos, con cuatro tradiciones filosóficas fundamentales, cada una de las cuales revela una capa distinta de su significado e intencionalidad. En su aparente simpleza, estos enunciados condensan tensiones profundas entre la objetividad y la emoción, entre la lógica y la memoria vivida.

Desde la lente del filósofo Karl Popper, estos argumentos adquieren una existencia objetiva y autónoma en lo que él denominó el “Mundo 3”: el reino de los contenidos del pensamiento, las teorías y los problemas lógicos. Para Popper, autor de Conocimiento objetivo, una vez formulados, estos argumentos se independizan de su creador y se someten a un escrutinio crítico y lógico. El primero, el de la “benignidad comparativa”, se presenta como una hipótesis histórica falsable. Su validez popperiana dependería de su capacidad para ser refutada con datos empíricos: ¿Es rigurosamente cierto que hubo menos víctimas mortales directas? ¿Incluye el cálculo a los desaparecidos, los muertos por torturas o el exilio político como una forma de muerte civil? Popper, en Conjeturas y refutaciones, exigiría una precisión conceptual de la que el argumento carece, haciendo de él una entidad lógica débil, pero aun así existente en ese mundo de las ideas donde puede ser analizada y mejorada. El segundo argumento, el terminológico, se convierte en el Mundo 3 en un problema de definición política. Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, distinguía entre regímenes que permiten el cambio pacífico y aquellos que lo suprimen. La mera existencia de una constitución manipulada no convierte a un régimen en constitucional en sentido democrático. Así, el argumento puede ser refutado contrastando su definición con las características objetivas de una dictadura: concentración ilimitada del poder, supresión de la oposición y ausencia de mecanismos reales de alternancia. Lo crucial en la visión popperiana es que, más allá de su veracidad, ambos enunciados generan “consecuencias lógicas no intencionadas”. El primero plantea implícitamente la pregunta incómoda: ¿qué nivel de violencia estatal es socialmente tolerable? El segundo fuerza una reflexión sobre los límites conceptuales entre democracia y autoritarismo. Estas preguntas, una vez planteadas, viven una vida propia en el dominio del conocimiento objetivo.

Sin embargo, si con Popper examinamos la estructura lógica de los argumentos, con Edmund Husserl nos sumergimos en la intencionalidad que los anima. Para el fundador de la fenomenología, toda conciencia es conciencia de algo; está dirigida a un objeto y, en ese acto, lo constituye con un sentido particular. Desde Ideas relativas a una fenomenología pura, Husserl nos invita a suspender el juicio sobre la realidad exterior – aplicar la epoché – y examinar cómo se constituye el fenómeno en la vivencia. El argumento comparativo no es, entonces, un frío cálculo, sino un acto intencional de la conciencia que opera una “reducción” radical: reduce la experiencia totalitaria a una sola variable cuantificable (el número de muertes), excluyendo deliberadamente la dimensión vivida del terror. Como notó Maurice Merleau-Ponty en Fenomenología de la percepción, percibir es siempre destacar algo y relegar otro algo al fondo. Aquí, se destaca un presunto dato numérico y se relega al olvido fenomenológico la atmósfera de miedo, la censura autocensurada, la humillación y la pérdida de autonomía. La intencionalidad que se revela no es puramente descriptiva, sino justificativa: se constituye un “Stroessner” aceptable al compararlo con un pasado caótico seleccionado. El segundo argumento es aún más revelador como acto intencional. No busca describir, sino performar; busca cambiar la identidad del objeto mediante un acto de nominación. Husserl diría que estamos ante una lucha por la “constitución de sentido” dentro del Lebenswelt o mundo de la vida compartido. La palabra “dictador” no es un flatus vocis; está cargada, en el Paraguay post-Stroessner, con las vivencias de generaciones. Intentar sustituirla por “presidente constitucional” es un intento de reconfigurar esa memoria intersubjetiva, de alterar la capa afectiva y significativa que recubre al personaje histórico. Como Paul Ricoeur exploró en La memoria, la historia, el olvido, siguiendo la estela husserliana, la batalla por los nombres es siempre una batalla por el significado vivido y por el derecho a definir la identidad colectiva.

Esta batalla, sin embargo, tiene consecuencias prácticas y medibles, y es aquí donde el lente del utilitarismo consecuencialista enfoca con crudeza. Desde Jeremy Bentham, quien en su Introducción a los principios de moral y legislación postuló el principio de la mayor felicidad para el mayor número, hasta pensadores contemporáneos como Peter Singer, la ética utilitarista juzga los actos – y los discursos – por sus resultados en el bienestar general. Evaluados así, estos argumentos revelan su potencial toxicidad social. El argumento de la “benignidad” aplica un utilitarismo miope y reduccionista. Como argumentó John Stuart Mill en El utilitarismo, el bienestar humano no se compone sólo de la mera supervivencia biológica, sino de la libertad, la dignidad y la seguridad para proyectar una vida propia. Un cálculo utilitario honesto del régimen stronista debería incluir el trauma de las torturas, el desgarro del exilio, el costo económico de la corrupción sistémica y el déficit democrático que legó al país. Al omitir estos factores, el argumento no solo es históricamente incompleto, sino éticamente engañoso. Peor aún, sus consecuencias sociales son potencialmente dañinas. Como analizó Derek Parfit en Razones y personas, los discursos sobre el pasado tienen efectos a muy largo plazo. Minimizar la gravedad de una dictadura puede debilitar los anticuerpos sociales contra el autoritarismo, entorpecer los procesos de justicia y reparación, y perpetuar una cultura de impunidad. El segundo argumento, el del “presidente constitucional”, cae en lo que Bernard Williams, en Ética y los límites de la filosofía, criticó como el desprecio utilitarista por la verdad. Su defensa podría ser que usar un término más “suave” promueve la reconciliación social. Pero una reconciliación basada en un eufemismo es frágil y falsa. Socava la confianza en el lenguaje público y corrompe el espacio de la deliberación democrática, donde llamar a las cosas por su nombre es un requisito para la salud cívica. El utilitarismo sofisticado, por tanto, probablemente condenaría estos argumentos: sus beneficios (confort identitario para unos pocos) son ampliamente superados por sus costos sociales (obstaculización de una memoria curativa y de una cultura política robusta).

Finalmente, si nos adentramos en la teoría emotivista del lenguaje, asociada a A.J. Ayer y, de forma más matizada, a C.L. Stevenson, descubrimos el núcleo afectivo que late bajo la cáscara lógica de estos enunciados. Para Ayer, en Lenguaje, verdad y lógica, los juicios de valor son expresiones de emoción disfrazadas de proposiciones fácticas. Bajo este prisma, el primer argumento se traduce menos como “X es un hecho” y más como “¡Qué alivio que no fue peor!” combinado con el imperativo emotivo “¡No sientas una indignación moral tan profunda!”. La comparación numérica es el andamiaje retórico que da una apariencia de racionalidad a lo que es, en esencia, una petición emocional de moderación del juicio histórico. Stevenson, en Ética y lenguaje, profundizó esta idea, argumentando que tales enunciados tienen un “componente descriptivo” (a veces muy débil) y un “componente dinámico” o prescriptivo-emotivo, que es el dominante. El segundo argumento es un caso de libro de texto. “Fue presidente constitucional” funciona, en el nivel emotivo, como un grito de “¡Rehabilitémoslo!” o “¡Trátenlo con el respeto debido a un mandatario!”. No es un debate semántico frío, sino una lucha por la carga afectiva de un símbolo histórico. Como ha argumentado el filósofo Simon Blackburn desde su “cuasi-realismo”, estas expresiones no son irracionales, sino que operan dentro de una economía de sentimientos y actitudes complejas. El deseo de suavizar la imagen de Stroessner puede emanar de necesidades psicológicas legítimas: el anhelo de coherencia en la biografía familiar, la búsqueda de elementos positivos en un período oscuro, o el intento de integrar lealtades contradictorias. El problema surge – y aquí el emotivismo se encuentra con la crítica popperiana – cuando estas expresiones de deseo se presentan con el ropaje de la objetividad histórica, bloqueando así la posibilidad de un examen racional y honesto de los hechos.

La conjunción de estas cuatro perspectivas – popperiana, husserliana, utilitarista y emotivista – no nos ofrece una respuesta simple, sino una comprensión ampliada de por qué ciertos argumentos persisten y generan tanta pasión. Nos muestran que el discurso sobre el pasado dictatorial es un campo de fuerza donde chocan la lógica y el deseo, la intención justificativa y la consecuencia social, la construcción de sentido y la expresión de emoción. Un argumento aparentemente débil en el Mundo 3 popperiano puede ser enormemente potente en el mundo de la vida husserliano o en la economía emocional del hablante. Entender esto no implica conceder validez a los argumentos, sino reconocer que su refutación completa exige más que presentar contra-datos. Exige desentrañar las intencionalidades que los animan, evaluar conscientemente las consecuencias de su circulación y reconocer con honestidad las emociones que los alimentan. Solo una crítica que sea, enriquecida, y con esos fines, nos sumergimos en terrenos de la lógica, la fenomenología, la ética y la psicología, aspirando a disolver, con rigor, los nudos discursivos que atan a las sociedades a versiones empobrecidas y justificativas de su propio pasado. La calidad de la democracia paraguaya del presente se juega, en no poca medida, en la capacidad para sostener este tipo de reflexión compleja sobre los ecos, todavía vibrantes, de su historia reciente.

Estos argumentos son propaganda pura, no historia. Intentan operar con la lógica goebbelsiana: simplifican, repiten, emocionan y redefinen. Su éxito no se mide en veracidad, sino en cuánto consiguen que una sociedad tolere su propia vergüenza histórica al envolverla en eufemismos y falsas comparaciones. La batalla contra ellos no es académica; es por la memoria misma.

Ludwig Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas (§109) afirma: "Los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje está de fiesta. (Y para añadir: también cuando el lenguaje, por así decirlo, hace dieta.) La filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio del lenguaje”; el "chichón" que las palabras nos causan —la incomodidad que sentimos ante estos argumentos— es precisamente la señal de que hemos topado con un uso engañoso del lenguaje. Y ese dolor, lejos de ser inútil, es valioso: nos obliga a despertar del embrujo y a ver el mundo con mayor claridad.

Referencias

Ayer, A. J. (1936). Lenguaje, verdad y lógica. Editorial Gredos.

Bentham, J. (1789). Introducción a los principios de moral y legislación. Fondo de Cultura Económica.

Blackburn, S. (1998). Ruling Passions: A Theory of Practical Reasoning. Oxford University Press.

Goebbels, J. (1934). Der Kampf um Berlin [La lucha por Berlín]. Franz Eher Verlag.

Husserl, E. (1913). Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica. Fondo de Cultura Económica.

Klemperer, V. (2001). LTI. La lengua del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo. Minúscula. (Traducción de Adán Kovacsics). ISBN: 978-84-95587-05-6.

Merleau-Ponty, M. (1945). Fenomenología de la percepción. Editorial Planeta.

Mill, J. S. (1863). El utilitarismo. Alianza Editorial.

Parfit, D. (1984). Reasons and Persons. Oxford University Press.

Popper, K. (1945). La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós.

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*caricatura de Jean Cabut para el semanario Charlie Hebdo (París)




viernes, 6 de febrero de 2026

La impostura ilocutiva: desmontando un acto de habla “infeliz” de un polemista de turno sobre la dictadura de Alfredo Stroessner

                                                                                           Dr. Victor Oxley

Este escrito aborda el último contexto necesario para cerrar el fantasmagórico, ilusorio y fantasioso pseudo-debate que un polemista de turno intenta hacer pasar como legítimo y urgente. A la luz de la teoría de los actos de habla de John Langshaw Austin, la totalidad de los cuatro análisis filosóficos y su denuncia de las trampas lógicas y lingüísticas, ya hechos (ver en las referencias al pie de este escrito), no representa sino la documentación exhaustiva de un fracaso performativo masivo. Lo que el polemista presenta como un debate histórico es, en realidad, un conjunto de enunciados que, al ser emitidos, no cumplen su propósito declarado de “plantear un debate” o “comprender la historia”, sino que ejecutan otros actos totalmente distintos, buscan rehabiliar, confundir y corromper el espacio público del recuerdo. Austin, en “Cómo hacer cosas con palabras” (1962), nos enseñó que decir es hacer, que ciertas expresiones no describen un estado de cosas, sino que realizan una acción al ser emitidas bajo las condiciones apropiadas. El núcleo de su análisis reside en la distinción entre lo locutivo (el acto de decir algo con un sentido y una referencia), lo ilocutivo (la fuerza que tiene el decir, como ordenar, advertir o afirmar) y lo perlocutivo (los efectos o consecuencias que el decir produce en los sentimientos o acciones del interlocutor). Cuando examinamos los argumentos del polemista (“mató menos”, “fue presidente constitucional”) a través de este prisma, queda al desnudo que su ilocución primaria no es informar o argumentar, sino una performación fraudulenta. Su acto de habla es, usando la terminología de Austin, un “abuso” (misfire o abuse), las condiciones para que la afirmación “fue presidente constitucional” funcione como una aserción histórica legítima simplemente no se cumplen; su emisión es hueca, no porque sea falsa, sino porque es insincera y se apoya en una infracción sistemática de los hechos que la harían aceptable. El polemista no está cometiendo un error; está realizando el acto de pretender debatir.

El análisis popperiano presentado en el texto, que sitúa estos argumentos en el “Mundo 3” del conocimiento objetivo, encuentra su complemento perfecto en Austin. Popper examina la entidad lógica de los enunciados; Austin examina el acto social de su emisión. Para Austin, un enunciado como “fue presidente constitucional” sólo puede aspirar a ser una aserción feliz si existe un acuerdo común sobre los hechos que lo respaldan. Austin señala que “el acto de afirmar, de aseverar algo, es tan susceptible de ser infeliz como cualquier otro” (Austin, 1962, p. 136). Lo infeliz aquí es total, el contexto histórico establecido por la evidencia (golpe de estado, elecciones fraudulentas, terror de estado) anula por completo las condiciones de verdad y de adecuación que harían de esa cadena de palabras un acto de afirmación válido. En consecuencia, lo que se emite no es una aserción, sino una impostura. Su fuerza ilocutiva real no es la de informar, sino la de provocar un efecto perlocutivo específico: el de sembrar la duda sobre el consenso moral e histórico, de desgastar la claridad de los conceptos. Es un acto de habla que, en el fondo, es un acto de sabotaje lingüístico.

La fenomenología de Husserl, también evocada en el compilado, ilumina la intencionalidad detrás del acto. Austin estaría de acuerdo en que todo acto de habla lleva consigo una intención del hablante. El análisis fenomenológico revela que la intención del polemista no es constituir el sentido histórico del stronismo, sino desconstituirlo para reemplazarlo por otro. Austin diría que el acto de habla aquí es esencialmente evaluativo y no constatativo. No busca describir un hecho, sino conferir un valor. Al elegir deliberadamente las palabras “presidente constitucional” sobre “dictador”, el polemista está realizando un acto de nominación valorativa, similar a bautizar. Pero, como Austin aclararía, para que tal bautismo funcione socialmente, requiere de una aceptación comunitaria que en este caso es inexistente y que se busca obtener precisamente mediante la repetición fraudulenta del acto. Es un intento de hacer que el mundo se ajuste a sus palabras, no de ajustar sus palabras al mundo.

 Desde la perspectiva utilitarista y emotivista, la teoría de Austin sobre los actos perlocutivos resulta crucial. El grupo de artículos que desnudan las maniobras del polemista de turno, advierte sobre las consecuencias sociales tóxicas de estos argumentos y desnuda su núcleo emotivo. Austin distinguía cuidadosamente entre el acto ilocutivo (lo que se hace “al” decir) y el efecto perlocutivo (lo que se logra “por” decir). La maniobra del polemista consiste en enmascarar sus efectos perlocutivos deseados —minimizar la condena moral, rehabilitar al dictador, entorpecer la memoria— bajo la máscara de un inocuo acto ilocutivo de “planteamiento de debate”. Él afirma estar realizando el acto de “preguntar” o “cuestionar la hegemonía”. Sin embargo, el análisis de sus palabras y del contexto revela que el verdadero acto ilocutivo es el de “negar” la calificación de dictadura y el de “sugerir” una revaluación moral, mientras que el efecto perlocutivo buscado es la confusión y la relativización. Austin nos previene contra estos desplazamientos: “Debemos distinguir entre el acto ilocucionario y el acto perlocucionario. Así, al advertirle a un hombre, podemos asustarlo o alarmarlo… pero asustarlo no es advertirle” (Austin, 1962, p. 101). El polemista pretende que discutamos sobre si su acto fue o no una “advertencia” legítima sobre la historiografía, mientras que el verdadero efecto, el “susto” o la alarma que busca producir, es la duda sobre la naturaleza criminal del régimen.

Finalmente, la denuncia de la trampa metalíngüística es el punto donde el análisis austiniano se vuelve más contundente. La estrategia del polemista de saltar del lenguaje-objeto al metalenguaje cuando es presionado es el colapso total de la sinceridad que Austin exige para un acto de habla feliz. Él no defiende sus afirmaciones en el nivel en que las hizo (lenguaje-objeto: los hechos), sino que cambia la conversación para hablar sobre el derecho a hacerlas (metalenguaje: el debate sobre el debate). Esto es lo que Austin llamaría una maniobra para evadir la responsabilidad que conlleva todo acto ilocutivo. Al emitir una aserción, uno se compromete con su verdad. Al retirarse al metalenguaje para discutir sobre “hegemonías” y “sentidos comunes”, el polemista intenta eludir ese compromiso, pretendiendo que su acto original no era una aserción sobre hechos, sino una mera provocación metacrítica. Es una retirada cobarde de la fuerza ilocutiva que inicialmente proyectó. Su discurso se revela así como una serie de actos de habla “infelices”, insinceros y abusivos, cuyo único propósito perlocutivo persistente es mantener abierto un espacio fantasmagórico de discusión donde lo incuestionable se vuelva, ilusoriamente, cuestionable. El compilado, al diseccionar estas capas con lógica, fenomenología, ética y análisis del lenguaje, no hace más que demostrar el fracaso performativo de toda la empresa. Lo cierra mostrando que no hay debate posible donde una de las partes no usa el lenguaje para buscar la verdad, sino para realizar el acto hollow, el acto hueco, de simular que lo hay.

Referencias

Austin, J. L. (1962). Cómo hacer cosas con palabras: Palabras y acciones. Paidós. (Trabajo original publicado en 1955 como How to do things with words).

Las palabras del poder o el poder las palabras: Publicado 23 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/victor.oxley/posts/pfbid0FrWByR7FzG9sMmWJXSzW8HwBx2F1CSvp4wM8vxNSw4Z6AvHGvCJmMxyvpqVYadp8l

 Imagina que te digo: "Stroessner no fue tan dictador" o "mató menos que otros". Publicado 24 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=10229298389152097&id=1468595806&rdid=dilSZ1tQCWJK43Rc#

Un siglo y una tesis separan las intervenciones de Juan Emiliano O'Leary y un posmoderno imitador. Publicado 27 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=10229298389152097&id=1468595806&rdid=eT20r5IzcGeOYqdh

La trampa de las palabras: cuando la defensa de un dictador se esconde detrás de un debate sobre el debate. Publicado 27 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=10229320968036555&id=1468595806&rdid=8GUqY09i8ujK5Q7H#



miércoles, 4 de febrero de 2026

La mente del MIT que ganó una guerra: Bozzano y el poder de la matemática aplicada

                                                                                      Dr. Victor Oxley

La brillante conducción por el gobierno nacional de la defensa del Chaco paraguayo, durante la Guerra que hoy categoriza el conflicto armado como el más sangriento del continente en la época, fue posible gracias a la convergencia excepcional de talentos en los frentes decisivos de la contienda. Esta sinergia única entre la mente estratégica, el liderazgo militar y el genio logístico-industrial ha quedado magistralmente sintetizada en una cita que captura la esencia de aquel esfuerzo tripartito: “El Dr. Eusebio Ayala, en el campo de la diplomacia, la economía y las finanzas de la Nación, el Gral. José F. Estigarribia en la conducción del Ejército en los campos de batalla para darle las resonantes victorias que el pueblo festeja hoy, y el Capitán de Navío José Alfredo Bozzano en la retaguardia, para proveer a las tropas del frente de operaciones de todos los elementos bélicos para triunfar, constituyen la trilogía excepcional con que contó la nación para demoler y hacer añicos la soberbia boliviana” (Semblanza Militares – Cnel. D.E.M. (S.R.) Alfredo Ramos – Tomo II – Criterio-Ediciones - Pág. 54).

La referencia al Capitán de Navío José Alfredo Bozzano en la retaguardia, amerita tomos de estudios y conclusiones, aquí queremos subrayar algunos aspectos de tan maravillosa y única talentosa excepcionalidad.

Los orígenes de José Alfredo Bozzano Baglietto estuvieron profundamente marcados por una herencia familiar que predestinaba su conexión con la navegación marina y la técnica. Nació en el barrio asunceno de Loma San Jerónimo, aunque la fecha exacta oscila entre el 7 de diciembre de 1895 y el 17 de diciembre de 1894, un pequeño misterio que envuelve sus primeros años. Su linaje explica en gran medida su destino, era hijo del armador naviero José Bozzano, un inmigrante italiano procedente de Varazze, en la región de Liguria, y de Benedicta Baglietto, de origen argentino. Esta unión fusionó dos tradiciones ribereñas y dio continuidad a un legado profesional que ya tenía raíces en el Paraguay del siglo XIX. Un tío abuelo suyo, también constructor naval, había llegado al país en 1852, durante el gobierno de Carlos Antonio López.

Desde muy joven, Bozzano respiró el ambiente de los astilleros y la carpintería de ribera. Con apenas trece años, en 1908, ya se le veía “de barco en barco”, absorbiendo el oficio de manera práctica y natural en un entorno donde el conocimiento se transmitía en el taller más que en las aulas. Este aprendizaje orgánico y precoz forjó en él una inteligencia manual y espacial que luego se volvería fundamental. Aunque su camino no fue el tradicional de un oficial de carrera —la Escuela Militar se había inaugurado apenas un año antes—, su talento innato no pasó desapercibido para la Armada. Ingresó el 21 de septiembre de 1917 con el grado de Guardiamarina en comisión, un título que pronto quedó pequeño ante sus capacidades.

Su genio práctico se manifestó de inmediato. Mientras prestaba servicio, no se limitó a cumplir órdenes; comenzó a diseñar y construir aparatos para mejorar los talleres navales, demostrando una inventiva que trascendía su rango. Incluso, en colaboración con su padre —dueño de un astillero privado—, construyó un yate crucero de madera al que bautizaron “Ygurey”, un proyecto que evidenciaba su dominio del diseño y la construcción naval desde una edad temprana. Esta combinación de herencia familiar, formación práctica autodidacta y un talento evidente para la materialización de ideas, llamó la atención de sus superiores. El reconocimiento formal llegó rápidamente: en abril de 1918 fue nombrado jefe de la Segunda Sección de los Arsenales, y unos meses después fue destinado definitivamente a los Arsenales de Guerra y Marina. Allí, en ese crisol de creación y reparación, comenzó a forjarse la leyenda del ingeniero que, partiendo de los conocimientos ancestrales de la construcción en madera, terminaría diseñando los buques de guerra más modernos de su tiempo y dirigiendo la maquinaria industrial que sostendría al Paraguay en su hora más crítica. Sus orígenes, por tanto, no fueron solo un punto de partida biográfico, sino el humus esencial donde germinó una de las inteligencias técnicas más brillantes y decisivas de la historia paraguaya.

La labor del Capitán Bozzano durante la Guerra del Chaco, fue hercúlea, aquí solo reseñamos aspectos que creemos muy buenos que resaltar entre tantos otros que muy bien pueden llenar páginas de varios tomos de investigaciones.

El capitán José Bozzano encarnó un tipo de inteligencia poco común, la del ingeniero integral, capaz de traducir la necesidad más apremiante en un proceso industrial eficaz. Su gestión durante la Guerra del Chaco fue un ejercicio continuo de ingenio aplicado, donde cada limitación se transformó en el motor de una innovación. Cuando el Paraguay se enfrentó a la titánica tarea de mover una guerra en el inhóspito Chaco con camiones sin carrocerías, Bozzano no se conformó con una solución improvisada. Diseñó un prototipo estandarizado y, con una visión clara de la eficiencia, orquestó una transformación radical en los Arsenales. Lo que al principio demandaba una semana de trabajo de siete hombres para una sola unidad, se optimizó de tal modo que, en cuestión de meses, la producción alcanzó la cifra de cinco carrocerías por hora. Este salto no fue casual; fue el fruto de un pensamiento metódico enfocado en la normalización, la organización del trabajo y la escalabilidad industrial, convirtiendo un taller en una fábrica de guerra.

Su ingenio, sin embargo, trascendió las paredes del taller. Ante el férreo embargo de la Liga de las Naciones, que privaba al ejército de los repuestos vitales para sus fusiles Mauser, Bozzano desplegó una astucia estratégica. Comprendiendo las complejidades del comercio internacional y las fisuras del sistema, ideó una ruta de contrabando técnico. A través de una casa comercial en Asunción, logró importar desde la ciudad libre de Danzig el instrumental de precisión completo—vitolas, calibres, recámaras—bajo la ingeniosa etiqueta de "implemento agrícola". Este movimiento, más propio de un estratega que de un simple técnico, permitió mantener operativo el armamento del ejército y reparar incluso el del enemigo capturado. Fue un acto de ingeniería de sistemas en su sentido más amplio, donde el problema técnico se resolvió con una solución logística y geopolítica.

Pero quizás donde su brillantez como arquitecto de soluciones resplandeció con mayor fuerza fue en el desarrollo de la granada Karumbe’i. Bozzano identificó, a partir del análisis táctico de las batallas, una necesidad crítica en el frente. Inmediatamente canalizó esa necesidad hacia un proyecto de investigación y desarrollo, reuniendo y dirigiendo a un selecto grupo de ingenieros químicos y técnicos mecánicos. No se limitó a copiar; innovó. El resultado fue un artefacto no solo fabricable localmente y veinticinco veces más barato que su equivalente importado, sino también técnicamente superior en su poder de fragmentación. Bajo su supervisión, la producción escaló de un puñado de unidades a un ritmo febril de 160 granadas por hora. Este ciclo completo—de la detección de la necesidad al diseño, y de la prototipación a la producción masiva—es el sello distintivo de una mente maestra de la industrialización.

Su versatilidad técnica era asombrosa. Los mismos Arsenales que fabricaban carrocerías y granadas se convirtieron, bajo su dirección, en un centro polivalente de soluciones. Construyeron máquinas cifradoras para las comunicaciones secretas, demostrando habilidades avanzadas de ingeniería inversa y mecánica de precisión. Diseñaron y produjeron más de dos mil bombas de aviación para los aviones Potez, un logro que exigió integrar la balística de los explosivos con la compleja mecánica de los artefatos, todo partiendo de cero y reutilizando materiales. Y al mismo tiempo, atendieron la retaguardia fabricando en serie miles de camillas, estufas y hasta instrumental médico especializado, mostrando una comprensión profunda de que la guerra es un sistema donde la logística y el soporte son tan vitales como el armamento.

La confianza del gobierno en su capacidad fue tan absoluta que lo nombró Director General de la Aviación Militar mientras continuaba al frente de los Arsenales, cargando sobre sus hombros la responsabilidad técnica de dos frentes cruciales simultáneamente. Esta capacidad para integrar y gestionar sistemas complejos define su legado. Bozzano no fue solo un hábil técnico; fue un solucionador estratégico, un innovador bajo restricciones extremas y un maestro en la optimización de procesos. Su mente representaba el arquetipo del cerebro industrial, aquel que no solo resuelve problemas, sino que diseña sistemas, escala producciones y convierte la escasez en la madre de la invención. Para un Paraguay que aspira a su desarrollo e industrialización, cultivar esa misma clase de inteligencia aplicada, sistémica y tenaz no es una opción, sino una necesidad imperiosa. Es la inteligencia que transforma los límites en cimientos y las ideas en realidades tangibles.

Como muy bien señalamos líneas atrás, el talento del Capitán Bozzano que hizo posibles tales proezas, no floreció desde la nada y en la nada, es digno de subrayar sobre qué bases se desarrolló.

La pasión de José Bozzano por el conocimiento exacto y su formidable preparación matemática no fueron un accidente, sino el fundamento consciente de su genio ingenieril. Desde muy joven, tras abandonar los estudios de Derecho, su mente buscó con avidez un lenguaje más preciso y universal, el de las matemáticas superiores. Su dedicación autodidacta al cálculo integral, al cálculo infinitesimal y a la geometría analítica bajo la tutela del profesor francés Lacroix, revela una inclinación temprana y decidida hacia el pensamiento abstracto y la resolución de problemas complejos. Esta base no era un mero adorno académico; era la herramienta que le permitía comprender y modelar el mundo físico, una capacidad que inmediatamente aplicó de forma práctica diseñando y construyendo aparatos para los talleres navales con apenas veinte años.

Fue precisamente esta rara combinación de talento práctico innato —evidente en la construcción de embarcaciones como el yate “Ygurey”— y una sólida formación teórica autoconstruida, lo que atrajo la atención de sus superiores. En un entorno donde la formación técnica especializada era casi inexistente en Paraguay, el perfil de Bozzano destacaba como una anomalía prometedora. Su dominio de las matemáticas avanzadas no pasó desapercibido para ojos astutos como los del capitán Atilio Peña y el ministro coronel Adolfo Chirife. Ellos reconocieron que aquel joven guardiamarina, que ya dirigía secciones de arsenales y montaba maquinaria compleja, poseía el potencial intelectual crudo que, debidamente pulido, podría convertirse en un activo estratégico para la nación.

La beca para estudiar en los Estados Unidos, por tanto, no fue un simple premio o un destino casual. Fue una “inversión estratégica basada en un diagnóstico preciso”: Paraguay necesitaba ingenieros del más alto calibre, y Bozzano había demostrado, con sus estudios autónomos y sus realizaciones concretas, poseer la chispa y la disciplina intelectual para convertirse en uno. El gobierno no enviaba a un novato, sino a un talento en bruto que ya hablaba el lenguaje de los diferenciales y las integrales, y que contaba con una experiencia práctica invaluable. Su viaje al MIT de Cambridge en diciembre de 1919 fue la coronación lógica de esa preparación previa.

Allí, en uno de los epicentros mundiales de la ciencia y la ingeniería, la base matemática que Bozzano había cultivado con tanto esfuerzo en Asunción encontró su pleno despliegue. Esa formación previa fue el andamiaje que le permitió absorber y dominar, en solo cuatro años intensos, las complejidades de la arquitectura e ingeniería naval, y luego especializarse con una maestría en ingeniería aeronáutica. Su trayectoria educativa —del estudio solitario con un libro de cálculo en Paraguay a las aulas del MIT y a las bases navales de Hampton Roads— es un testimonio elocuente de cómo una preparación matemática sólida y un interés superlativo por las ciencias exactas actúan como un pasaporte universal. Fue esa disciplina mental, adquirida antes de la beca, la que transformó la oportunidad en un éxito rotundo, forjando al ingeniero integral que años después salvaría a su país con el poder de la innovación sistemática.

La gesta industrial que hizo posible la defensa del Chaco paraguayo es un testimonio histórico de cómo una nación puede convertir la necesidad extrema en suprema capacidad técnica.

Hoy, sin embargo, Paraguay enfrenta una paradoja estructural que parece desmentir la lección de su propia historia. Según datos del Banco Mundial (2023), el país crece económicamente a un ritmo envidiable en la región (4.1% promedio del PIB entre 2010-2022), pero este crecimiento no se traduce en desarrollo humano ni en una distribución equitativa. Al contrario, se ahonda la brecha: el 23.5% de la población vive en pobreza y la desigualdad, medida por el coeficiente de Gini, es de las más altas de América Latina. Este desacople es el síntoma de un modelo productivo anclado en un sector primario extractivo y de bajo encadenamiento interno, donde las exportaciones de productos primarios representan más del 76% del total. Es un crecimiento que, en palabras de Joseph Stiglitz, concentra la riqueza más que la distribuye, y que refleja la "maldición de los recursos" que advirtieron Auty y Sachs & Warner: la abundancia de commodities puede, paradójicamente, reprimir la industrialización y perpetuar la dependencia.

Superar este estancamiento y salir del pozo del crecimiento vacío exige, de manera inexorable, una transformación estructural hacia una economía industrializada que agregue valor. La historia económica, desde Kuznets hasta los tigres asiáticos documentados por Alice Amsden, es clara, no hay ejemplo de desarrollo amplio y sostenido sin una fase significativa de industrialización. Pero esta transición tiene un requisito humano no negociable. Una industria moderna no se sustenta solo en máquinas importadas, sino en una fuerza laboral capaz de operar, adaptar e innovar en tecnologías complejas. Requiere competencias lógico-matemáticas sólidas para gestionar procesos, controlar variables y resolver problemas. Como demostraron Hanushek y Woessmann, el progreso sostenible depende de la calidad del capital humano y las habilidades cognitivas de la población.

Es aquí donde el panorama se vuelve crítico y donde la lección del pasado choca con la realidad del presente. El sistema educativo paraguayo está fallando de manera catastrófica en construir ese capital humano fundamental. La educación matemática, el sustrato cognitivo para el pensamiento industrial y la innovación, se encuentra en un estado de crisis profunda. Las evaluaciones son elocuentes y desoladoras, solo el 28.8% de los estudiantes de 6to grado y un 22.8% de los de 3er curso de la Educación Media alcanzan un nivel satisfactorio (SNEPE, 2023). En las pruebas PISA, Paraguay se ubica consistentemente en los últimos puestos globales en Matemáticas, con apenas el 10% de los estudiantes alcanzando un nivel mínimo de competencia (OCDE, 2023). Este fracaso masivo no es un déficit de cálculo aritmético, sino una incapacidad sistémica para pensar matemáticamente.

La raíz del problema, como analizan teorías como la de los campos conceptuales de Vergnaud y el modelo de significados institucionales de Oxley, es epistemológica. Los estudiantes no logran procesar la "Complejidad Ontológica" del lenguaje matemático, no pueden traducir un problema del mundo real en un modelo abstracto, confundiendo las representaciones con los conceptos. Este bloqueo cognitivo se origina, en gran medida, en una formación docente insuficiente. Muchos docentes carecen del Conocimiento del Contenido Pedagógico necesario para guiar a los estudiantes desde sus comprensiones parciales hacia el significado institucional y profundo de los conceptos. Se perpetúa así un círculo vicioso de enseñanza algorítmica y aprendizaje superficial que genera aversión y fracaso, alejando a las nuevas generaciones de las carreras científicas y técnicas que el país necesita desesperadamente.

Por tanto, la secuencia lógica es clara e implacable. Sin una fuerza laboral competente en matemáticas, no habrá industrialización viable. Sin industrialización que agregue valor y cree encadenamientos productivos, no se transformará la matriz productiva primario-exportadora. Y sin esta transformación, Paraguay está condenado a perpetuar la paradoja del crecimiento sin desarrollo, donde el PIB aumenta, pero el bienestar de la mayoría se estanca.

La inversión estratégica que una vez hizo posible el milagro industrial de Bozzano debe ser replicada hoy, pero a escala nacional y con una visión de largo plazo. No se trata de enviar a un solo genio al MIT, sino de crear las condiciones para que miles de potenciales Bozzanos florezcan dentro del país. Esto exige una revolución en la educación matemática, priorizando una formación docente de excelencia que domine los significados profundos de la disciplina y sepa mediar pedagógicamente para desarrollar el pensamiento abstracto y la resolución de problemas. Es una inversión fundacional, tan estratégica como lo fue aquella beca en 1919. Superar el pozo del subdesarrollo solo será posible cuando Paraguay comprenda, una vez más, que su recurso más valioso no está en sus tierras o sus ríos, sino en la capacidad intelectual de su pueblo. Cultivar esa inteligencia aplicada y sistemática, comenzando por la matemática, no es una opción educativa; es la condición de posibilidad para un nacimiento industrial y el desarrollo auténtico y compartido de la nación.

El 13 de setiembre de 1935, el comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, general José Félix Estigarribia, visitó los Arsenales y dejó unas palabras para la historia:

"Soldados que defendisteis la Patria desde los Arsenales de Guerra y Marina, vuestras labores durante la campaña fueron dignas de Vulcano y de los cantos de Homero. Yo vengo para expresaros conmovido los agradecimientos del Ejército del Chaco por la colaboración patriótica y eficiente en el sacrificio común. Y vengo a proclamar aquí vuestra parte brillante en la gloria nacional (...) Observadores superficiales del esfuerzo enorme realizado en estos talleres pueden fácilmente atribuir a un milagro, a algo sobrehumano lo que aquí se ha elaborado paciente y patrióticamente. Yo veo, sin embargo, después de recorrer complacido estos talleres donde forjasteis el hierro que salvó a la Patria, que esta obra es sencillamente una obra humana porque ha tenido la única dirección digna de vuestro patriotismo inmenso; esta obra maravillosa, soldados, se debe a la inteligencia superior de un hombre extraordinario, se debe al patriotismo, al genio constructivo del Capitán Bozzano."

Estigarribia desentrañó la verdadera naturaleza del milagro que había sostenido al Paraguay en la guerra. Ante la obra titánica de producción, pudo haber hablado de magia o de un don divino, pero no lo hizo. Con clarividencia, atribuyó aquella hazaña a algo profundamente humano, a la inteligencia superior y al genio constructivo del Capitán Bozzano, dirigidos por un patriotismo inmenso. Reconoció que lo que parecía sobrehumano era, en realidad, el fruto supremo del ingenio, la disciplina y la voluntad aplicados a un propósito nacional, una conquista de la razón y el esfuerzo organizado.

He ahí la reflexión que nos interpela desde el presente, si eso fue posible en tiempos de guerra, ¿cómo es que nos estamos cruzando de brazos en tiempos de paz? ¿Cómo permitimos que la lección más luminosa de nuestra historia —que el progreso material se forja invirtiendo en la inteligencia humana— se diluya en la complacencia de un crecimiento económico vacío? El país que una vez movilizó toda su capacidad intelectual para diseñar granadas, buques de guerra y sistemas de producción en medio de un embargo, hoy observa cómo su sistema educativo fracasa en enseñar a sus niños a pensar matemáticamente. La nación que supo ver en un joven autodidacta una inversión estratégica y lo envió a los mejores centros del mundo, hoy no logra formar a miles de ese mismo talento dentro de sus propias fronteras.

No se trata de nostalgia, sino de una demanda de coherencia histórica. El camino ya fue trazado y probado en las circunstancias más adversas, el desarrollo auténtico nace de la apuesta deliberada por el capital científico y técnico de la nación. Paraguay lo merece. Merece superar la paradoja del crecimiento sin desarrollo, merece una industrialización que surja de sus propias capacidades humanas, merece un futuro donde la riqueza no se concentre, sino que se multiplique a través del ingenio de su gente. Cruzarnos de brazos ahora, sabiendo lo que somos capaces de lograr, sería la más grande traición a aquel legado. La paz no es excusa para la inacción; es la oportunidad histórica para construir, con la misma determinación y visión estratégica que una vez nos salvó, la prosperidad compartida que siempre hemos merecido. La obra humana, como dijo Estigarribia, solo necesita una dirección digna. Es tiempo de retomarla. ¡Por más Bozzanos paraguayos, nuestros niños y jóvenes merecen esa oportunidad, la ciudadanía toda necesita de auténtica dignidad social!

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