Dr. Victor Oxley
La brillante conducción por
el gobierno nacional de la defensa del Chaco paraguayo, durante la Guerra que
hoy categoriza el conflicto armado como el más sangriento del continente en la época,
fue posible gracias a la convergencia excepcional de talentos en los frentes
decisivos de la contienda. Esta sinergia única entre la mente estratégica, el
liderazgo militar y el genio logístico-industrial ha quedado magistralmente
sintetizada en una cita que captura la esencia de aquel esfuerzo
tripartito: “El Dr. Eusebio Ayala, en el campo de la diplomacia, la
economía y las finanzas de la Nación, el Gral. José F. Estigarribia en la
conducción del Ejército en los campos de batalla para darle las resonantes
victorias que el pueblo festeja hoy, y el Capitán de Navío José Alfredo Bozzano
en la retaguardia, para proveer a las tropas del frente de operaciones de todos
los elementos bélicos para triunfar, constituyen la trilogía excepcional con
que contó la nación para demoler y hacer añicos la soberbia boliviana” (Semblanza
Militares – Cnel. D.E.M. (S.R.) Alfredo Ramos – Tomo II – Criterio-Ediciones -
Pág. 54).
La referencia al Capitán
de Navío José Alfredo Bozzano en la retaguardia, amerita tomos de estudios y
conclusiones, aquí queremos subrayar algunos aspectos de tan maravillosa y
única talentosa excepcionalidad.
Los orígenes de José
Alfredo Bozzano Baglietto estuvieron profundamente marcados por una herencia
familiar que predestinaba su conexión con la navegación marina y la técnica.
Nació en el barrio asunceno de Loma San Jerónimo, aunque la fecha exacta oscila
entre el 7 de diciembre de 1895 y el 17 de diciembre de 1894, un pequeño
misterio que envuelve sus primeros años. Su linaje explica en gran medida su
destino, era hijo del armador naviero José Bozzano, un inmigrante italiano
procedente de Varazze, en la región de Liguria, y de Benedicta Baglietto, de
origen argentino. Esta unión fusionó dos tradiciones ribereñas y dio
continuidad a un legado profesional que ya tenía raíces en el Paraguay del
siglo XIX. Un tío abuelo suyo, también constructor naval, había llegado al país
en 1852, durante el gobierno de Carlos Antonio López.
Desde muy joven, Bozzano
respiró el ambiente de los astilleros y la carpintería de ribera. Con apenas
trece años, en 1908, ya se le veía “de barco en barco”, absorbiendo el oficio
de manera práctica y natural en un entorno donde el conocimiento se transmitía
en el taller más que en las aulas. Este aprendizaje orgánico y precoz forjó en
él una inteligencia manual y espacial que luego se volvería fundamental. Aunque
su camino no fue el tradicional de un oficial de carrera —la Escuela Militar se
había inaugurado apenas un año antes—, su talento innato no pasó desapercibido
para la Armada. Ingresó el 21 de septiembre de 1917 con el grado de
Guardiamarina en comisión, un título que pronto quedó pequeño ante sus
capacidades.
Su genio práctico se
manifestó de inmediato. Mientras prestaba servicio, no se limitó a cumplir
órdenes; comenzó a diseñar y construir aparatos para mejorar los talleres
navales, demostrando una inventiva que trascendía su rango. Incluso, en
colaboración con su padre —dueño de un astillero privado—, construyó un yate
crucero de madera al que bautizaron “Ygurey”, un proyecto que evidenciaba su
dominio del diseño y la construcción naval desde una edad temprana. Esta
combinación de herencia familiar, formación práctica autodidacta y un talento
evidente para la materialización de ideas, llamó la atención de sus superiores.
El reconocimiento formal llegó rápidamente: en abril de 1918 fue nombrado jefe
de la Segunda Sección de los Arsenales, y unos meses después fue destinado
definitivamente a los Arsenales de Guerra y Marina. Allí, en ese crisol de
creación y reparación, comenzó a forjarse la leyenda del ingeniero que,
partiendo de los conocimientos ancestrales de la construcción en madera,
terminaría diseñando los buques de guerra más modernos de su tiempo y
dirigiendo la maquinaria industrial que sostendría al Paraguay en su hora más
crítica. Sus orígenes, por tanto, no fueron solo un punto de partida
biográfico, sino el humus esencial donde germinó una de las inteligencias
técnicas más brillantes y decisivas de la historia paraguaya.
La labor del Capitán
Bozzano durante la Guerra del Chaco, fue hercúlea, aquí solo reseñamos aspectos
que creemos muy buenos que resaltar entre tantos otros que muy bien pueden
llenar páginas de varios tomos de investigaciones.
El capitán José Bozzano
encarnó un tipo de inteligencia poco común, la del ingeniero integral, capaz de
traducir la necesidad más apremiante en un proceso industrial eficaz. Su
gestión durante la Guerra del Chaco fue un ejercicio continuo de ingenio aplicado,
donde cada limitación se transformó en el motor de una innovación. Cuando el
Paraguay se enfrentó a la titánica tarea de mover una guerra en el inhóspito
Chaco con camiones sin carrocerías, Bozzano no se conformó con una solución
improvisada. Diseñó un prototipo estandarizado y, con una visión clara de la
eficiencia, orquestó una transformación radical en los Arsenales. Lo que al
principio demandaba una semana de trabajo de siete hombres para una sola
unidad, se optimizó de tal modo que, en cuestión de meses, la producción
alcanzó la cifra de cinco carrocerías por hora. Este salto no fue casual; fue
el fruto de un pensamiento metódico enfocado en la normalización, la
organización del trabajo y la escalabilidad industrial, convirtiendo un taller
en una fábrica de guerra.
Su ingenio, sin embargo,
trascendió las paredes del taller. Ante el férreo embargo de la Liga de las
Naciones, que privaba al ejército de los repuestos vitales para sus fusiles
Mauser, Bozzano desplegó una astucia estratégica. Comprendiendo las
complejidades del comercio internacional y las fisuras del sistema, ideó una
ruta de contrabando técnico. A través de una casa comercial en Asunción, logró
importar desde la ciudad libre de Danzig el instrumental de precisión
completo—vitolas, calibres, recámaras—bajo la ingeniosa etiqueta de
"implemento agrícola". Este movimiento, más propio de un estratega
que de un simple técnico, permitió mantener operativo el armamento del ejército
y reparar incluso el del enemigo capturado. Fue un acto de ingeniería de
sistemas en su sentido más amplio, donde el problema técnico se resolvió con
una solución logística y geopolítica.
Pero quizás donde su
brillantez como arquitecto de soluciones resplandeció con mayor fuerza fue en
el desarrollo de la granada Karumbe’i. Bozzano identificó, a partir del
análisis táctico de las batallas, una necesidad crítica en el frente.
Inmediatamente canalizó esa necesidad hacia un proyecto de investigación y
desarrollo, reuniendo y dirigiendo a un selecto grupo de ingenieros químicos y
técnicos mecánicos. No se limitó a copiar; innovó. El resultado fue un
artefacto no solo fabricable localmente y veinticinco veces más barato que su
equivalente importado, sino también técnicamente superior en su poder de
fragmentación. Bajo su supervisión, la producción escaló de un puñado de
unidades a un ritmo febril de 160 granadas por hora. Este ciclo completo—de la
detección de la necesidad al diseño, y de la prototipación a la producción
masiva—es el sello distintivo de una mente maestra de la industrialización.
Su versatilidad técnica
era asombrosa. Los mismos Arsenales que fabricaban carrocerías y granadas se
convirtieron, bajo su dirección, en un centro polivalente de soluciones.
Construyeron máquinas cifradoras para las comunicaciones secretas, demostrando
habilidades avanzadas de ingeniería inversa y mecánica de precisión. Diseñaron
y produjeron más de dos mil bombas de aviación para los aviones Potez, un logro
que exigió integrar la balística de los explosivos con la compleja mecánica de
los artefatos, todo partiendo de cero y reutilizando materiales. Y al mismo
tiempo, atendieron la retaguardia fabricando en serie miles de camillas,
estufas y hasta instrumental médico especializado, mostrando una comprensión
profunda de que la guerra es un sistema donde la logística y el soporte son tan
vitales como el armamento.
La confianza del gobierno
en su capacidad fue tan absoluta que lo nombró Director General de la Aviación
Militar mientras continuaba al frente de los Arsenales, cargando sobre sus
hombros la responsabilidad técnica de dos frentes cruciales simultáneamente.
Esta capacidad para integrar y gestionar sistemas complejos define su legado.
Bozzano no fue solo un hábil técnico; fue un solucionador estratégico, un
innovador bajo restricciones extremas y un maestro en la optimización de
procesos. Su mente representaba el arquetipo del cerebro industrial, aquel que
no solo resuelve problemas, sino que diseña sistemas, escala producciones y
convierte la escasez en la madre de la invención. Para un Paraguay que aspira a
su desarrollo e industrialización, cultivar esa misma clase de inteligencia
aplicada, sistémica y tenaz no es una opción, sino una necesidad imperiosa. Es
la inteligencia que transforma los límites en cimientos y las ideas en realidades
tangibles.
Como muy bien señalamos líneas
atrás, el talento del Capitán Bozzano que hizo posibles tales proezas, no floreció
desde la nada y en la nada, es digno de subrayar sobre qué bases se desarrolló.
La pasión de José Bozzano
por el conocimiento exacto y su formidable preparación matemática no fueron un
accidente, sino el fundamento consciente de su genio ingenieril. Desde muy
joven, tras abandonar los estudios de Derecho, su mente buscó con avidez un lenguaje
más preciso y universal, el de las matemáticas superiores. Su dedicación
autodidacta al cálculo integral, al cálculo infinitesimal y a la geometría
analítica bajo la tutela del profesor francés Lacroix, revela una inclinación
temprana y decidida hacia el pensamiento abstracto y la resolución de problemas
complejos. Esta base no era un mero adorno académico; era la herramienta que le
permitía comprender y modelar el mundo físico, una capacidad que inmediatamente
aplicó de forma práctica diseñando y construyendo aparatos para los talleres
navales con apenas veinte años.
Fue precisamente esta
rara combinación de talento práctico innato —evidente en la construcción de
embarcaciones como el yate “Ygurey”— y una sólida formación teórica
autoconstruida, lo que atrajo la atención de sus superiores. En un entorno
donde la formación técnica especializada era casi inexistente en Paraguay, el
perfil de Bozzano destacaba como una anomalía prometedora. Su dominio de las
matemáticas avanzadas no pasó desapercibido para ojos astutos como los del
capitán Atilio Peña y el ministro coronel Adolfo Chirife. Ellos reconocieron
que aquel joven guardiamarina, que ya dirigía secciones de arsenales y montaba
maquinaria compleja, poseía el potencial intelectual crudo que, debidamente
pulido, podría convertirse en un activo estratégico para la nación.
La beca para estudiar en
los Estados Unidos, por tanto, no fue un simple premio o un destino casual. Fue
una “inversión estratégica basada en un diagnóstico preciso”: Paraguay
necesitaba ingenieros del más alto calibre, y Bozzano había demostrado, con sus
estudios autónomos y sus realizaciones concretas, poseer la chispa y la
disciplina intelectual para convertirse en uno. El gobierno no enviaba a un
novato, sino a un talento en bruto que ya hablaba el lenguaje de los
diferenciales y las integrales, y que contaba con una experiencia práctica
invaluable. Su viaje al MIT de Cambridge en diciembre de 1919 fue la coronación
lógica de esa preparación previa.
Allí, en uno de los
epicentros mundiales de la ciencia y la ingeniería, la base matemática que
Bozzano había cultivado con tanto esfuerzo en Asunción encontró su pleno
despliegue. Esa formación previa fue el andamiaje que le permitió absorber y
dominar, en solo cuatro años intensos, las complejidades de la arquitectura e
ingeniería naval, y luego especializarse con una maestría en ingeniería
aeronáutica. Su trayectoria educativa —del estudio solitario con un libro de
cálculo en Paraguay a las aulas del MIT y a las bases navales de Hampton Roads—
es un testimonio elocuente de cómo una preparación matemática sólida y un
interés superlativo por las ciencias exactas actúan como un pasaporte
universal. Fue esa disciplina mental, adquirida antes de la beca, la que
transformó la oportunidad en un éxito rotundo, forjando al ingeniero integral
que años después salvaría a su país con el poder de la innovación sistemática.
La gesta industrial que
hizo posible la defensa del Chaco paraguayo es un testimonio histórico de cómo
una nación puede convertir la necesidad extrema en suprema capacidad técnica.
Hoy, sin embargo,
Paraguay enfrenta una paradoja estructural que parece desmentir la lección de
su propia historia. Según datos del Banco Mundial (2023), el país crece
económicamente a un ritmo envidiable en la región (4.1% promedio del PIB entre
2010-2022), pero este crecimiento no se traduce en desarrollo humano ni en una
distribución equitativa. Al contrario, se ahonda la brecha: el 23.5% de la
población vive en pobreza y la desigualdad, medida por el coeficiente de Gini,
es de las más altas de América Latina. Este desacople es el síntoma de un modelo
productivo anclado en un sector primario extractivo y de bajo encadenamiento
interno, donde las exportaciones de productos primarios representan más del 76%
del total. Es un crecimiento que, en palabras de Joseph Stiglitz, concentra la
riqueza más que la distribuye, y que refleja la "maldición de los
recursos" que advirtieron Auty y Sachs & Warner: la abundancia de
commodities puede, paradójicamente, reprimir la industrialización y perpetuar
la dependencia.
Superar este
estancamiento y salir del pozo del crecimiento vacío exige, de manera
inexorable, una transformación estructural hacia una economía industrializada
que agregue valor. La historia económica, desde Kuznets hasta los tigres
asiáticos documentados por Alice Amsden, es clara, no hay ejemplo de desarrollo
amplio y sostenido sin una fase significativa de industrialización. Pero esta
transición tiene un requisito humano no negociable. Una industria moderna no se
sustenta solo en máquinas importadas, sino en una fuerza laboral capaz de
operar, adaptar e innovar en tecnologías complejas. Requiere competencias
lógico-matemáticas sólidas para gestionar procesos, controlar variables y
resolver problemas. Como demostraron Hanushek y Woessmann, el progreso
sostenible depende de la calidad del capital humano y las habilidades
cognitivas de la población.
Es aquí donde el panorama
se vuelve crítico y donde la lección del pasado choca con la realidad del presente.
El sistema educativo paraguayo está fallando de manera catastrófica en
construir ese capital humano fundamental. La educación matemática, el sustrato
cognitivo para el pensamiento industrial y la innovación, se encuentra en un
estado de crisis profunda. Las evaluaciones son elocuentes y desoladoras, solo
el 28.8% de los estudiantes de 6to grado y un 22.8% de los de 3er curso de la
Educación Media alcanzan un nivel satisfactorio (SNEPE, 2023). En las pruebas
PISA, Paraguay se ubica consistentemente en los últimos puestos globales en
Matemáticas, con apenas el 10% de los estudiantes alcanzando un nivel mínimo de
competencia (OCDE, 2023). Este fracaso masivo no es un déficit de cálculo
aritmético, sino una incapacidad sistémica para pensar matemáticamente.
La raíz del problema,
como analizan teorías como la de los campos conceptuales de Vergnaud y el
modelo de significados institucionales de Oxley, es epistemológica. Los estudiantes
no logran procesar la "Complejidad Ontológica" del lenguaje
matemático, no pueden traducir un problema del mundo real en un modelo
abstracto, confundiendo las representaciones con los conceptos. Este bloqueo
cognitivo se origina, en gran medida, en una formación docente insuficiente.
Muchos docentes carecen del Conocimiento del Contenido Pedagógico necesario
para guiar a los estudiantes desde sus comprensiones parciales hacia el
significado institucional y profundo de los conceptos. Se perpetúa así un
círculo vicioso de enseñanza algorítmica y aprendizaje superficial que genera
aversión y fracaso, alejando a las nuevas generaciones de las carreras
científicas y técnicas que el país necesita desesperadamente.
Por tanto, la secuencia
lógica es clara e implacable. Sin una fuerza laboral competente en matemáticas,
no habrá industrialización viable. Sin industrialización que agregue valor y
cree encadenamientos productivos, no se transformará la matriz productiva
primario-exportadora. Y sin esta transformación, Paraguay está condenado a
perpetuar la paradoja del crecimiento sin desarrollo, donde el PIB aumenta,
pero el bienestar de la mayoría se estanca.
La inversión estratégica
que una vez hizo posible el milagro industrial de Bozzano debe ser replicada
hoy, pero a escala nacional y con una visión de largo plazo. No se trata de
enviar a un solo genio al MIT, sino de crear las condiciones para que miles de
potenciales Bozzanos florezcan dentro del país. Esto exige una revolución en la
educación matemática, priorizando una formación docente de excelencia que
domine los significados profundos de la disciplina y sepa mediar
pedagógicamente para desarrollar el pensamiento abstracto y la resolución de
problemas. Es una inversión fundacional, tan estratégica como lo fue aquella
beca en 1919. Superar el pozo del subdesarrollo solo será posible cuando
Paraguay comprenda, una vez más, que su recurso más valioso no está en sus
tierras o sus ríos, sino en la capacidad intelectual de su pueblo. Cultivar esa
inteligencia aplicada y sistemática, comenzando por la matemática, no es una
opción educativa; es la condición de posibilidad para un nacimiento industrial
y el desarrollo auténtico y compartido de la nación.
El 13 de setiembre de 1935, el comandante en Jefe de las
Fuerzas Armadas, general José Félix Estigarribia, visitó los Arsenales y dejó
unas palabras para la historia:
"Soldados que
defendisteis la Patria desde los Arsenales de Guerra y Marina, vuestras labores
durante la campaña fueron dignas de Vulcano y de los cantos de Homero. Yo vengo
para expresaros conmovido los agradecimientos del Ejército del Chaco por la
colaboración patriótica y eficiente en el sacrificio común. Y vengo a proclamar
aquí vuestra parte brillante en la gloria nacional (...) Observadores
superficiales del esfuerzo enorme realizado en estos talleres pueden fácilmente
atribuir a un milagro, a algo sobrehumano lo que aquí se ha elaborado paciente
y patrióticamente. Yo veo, sin embargo, después de recorrer complacido estos
talleres donde forjasteis el hierro que salvó a la Patria, que esta obra es
sencillamente una obra humana porque ha tenido la única dirección digna de
vuestro patriotismo inmenso; esta obra maravillosa, soldados, se debe a la
inteligencia superior de un hombre extraordinario, se debe al patriotismo, al
genio constructivo del Capitán Bozzano."
Estigarribia desentrañó la verdadera naturaleza del
milagro que había sostenido al Paraguay en la guerra. Ante la obra titánica de
producción, pudo haber hablado de magia o de un don divino, pero no lo hizo.
Con clarividencia, atribuyó aquella hazaña a algo profundamente humano, a la inteligencia
superior y al genio constructivo del Capitán Bozzano, dirigidos por un
patriotismo inmenso. Reconoció que lo que parecía sobrehumano era, en realidad,
el fruto supremo del ingenio, la disciplina y la voluntad aplicados a un
propósito nacional, una conquista de la razón y el esfuerzo organizado.
He ahí la reflexión que nos interpela desde el presente, si eso fue
posible en tiempos de guerra, ¿cómo es que nos estamos cruzando de brazos en
tiempos de paz? ¿Cómo permitimos que la lección más luminosa de nuestra
historia —que el progreso material se forja invirtiendo en la inteligencia
humana— se diluya en la complacencia de un crecimiento económico vacío? El país
que una vez movilizó toda su capacidad intelectual para diseñar granadas,
buques de guerra y sistemas de producción en medio de un embargo, hoy observa
cómo su sistema educativo fracasa en enseñar a sus niños a pensar
matemáticamente. La nación que supo ver en un joven autodidacta una inversión
estratégica y lo envió a los mejores centros del mundo, hoy no logra formar a
miles de ese mismo talento dentro de sus propias fronteras.
No se trata de nostalgia, sino de una demanda de coherencia histórica.
El camino ya fue trazado y probado en las circunstancias más adversas, el
desarrollo auténtico nace de la apuesta deliberada por el capital científico y
técnico de la nación. Paraguay lo merece. Merece superar la paradoja del
crecimiento sin desarrollo, merece una industrialización que surja de sus
propias capacidades humanas, merece un futuro donde la riqueza no se concentre,
sino que se multiplique a través del ingenio de su gente. Cruzarnos de brazos
ahora, sabiendo lo que somos capaces de lograr, sería la más grande traición a
aquel legado. La paz no es excusa para la inacción; es la oportunidad histórica
para construir, con la misma determinación y visión estratégica que una vez nos
salvó, la prosperidad compartida que siempre hemos merecido. La obra humana,
como dijo Estigarribia, solo necesita una dirección digna. Es tiempo de
retomarla. ¡Por más Bozzanos paraguayos, nuestros niños y jóvenes merecen esa oportunidad,
la ciudadanía toda necesita de auténtica dignidad social!
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