miércoles, 4 de febrero de 2026

La mente del MIT que ganó una guerra: Bozzano y el poder de la matemática aplicada

                                                                                      Dr. Victor Oxley

La brillante conducción por el gobierno nacional de la defensa del Chaco paraguayo, durante la Guerra que hoy categoriza el conflicto armado como el más sangriento del continente en la época, fue posible gracias a la convergencia excepcional de talentos en los frentes decisivos de la contienda. Esta sinergia única entre la mente estratégica, el liderazgo militar y el genio logístico-industrial ha quedado magistralmente sintetizada en una cita que captura la esencia de aquel esfuerzo tripartito: “El Dr. Eusebio Ayala, en el campo de la diplomacia, la economía y las finanzas de la Nación, el Gral. José F. Estigarribia en la conducción del Ejército en los campos de batalla para darle las resonantes victorias que el pueblo festeja hoy, y el Capitán de Navío José Alfredo Bozzano en la retaguardia, para proveer a las tropas del frente de operaciones de todos los elementos bélicos para triunfar, constituyen la trilogía excepcional con que contó la nación para demoler y hacer añicos la soberbia boliviana” (Semblanza Militares – Cnel. D.E.M. (S.R.) Alfredo Ramos – Tomo II – Criterio-Ediciones - Pág. 54).

La referencia al Capitán de Navío José Alfredo Bozzano en la retaguardia, amerita tomos de estudios y conclusiones, aquí queremos subrayar algunos aspectos de tan maravillosa y única talentosa excepcionalidad.

Los orígenes de José Alfredo Bozzano Baglietto estuvieron profundamente marcados por una herencia familiar que predestinaba su conexión con la navegación marina y la técnica. Nació en el barrio asunceno de Loma San Jerónimo, aunque la fecha exacta oscila entre el 7 de diciembre de 1895 y el 17 de diciembre de 1894, un pequeño misterio que envuelve sus primeros años. Su linaje explica en gran medida su destino, era hijo del armador naviero José Bozzano, un inmigrante italiano procedente de Varazze, en la región de Liguria, y de Benedicta Baglietto, de origen argentino. Esta unión fusionó dos tradiciones ribereñas y dio continuidad a un legado profesional que ya tenía raíces en el Paraguay del siglo XIX. Un tío abuelo suyo, también constructor naval, había llegado al país en 1852, durante el gobierno de Carlos Antonio López.

Desde muy joven, Bozzano respiró el ambiente de los astilleros y la carpintería de ribera. Con apenas trece años, en 1908, ya se le veía “de barco en barco”, absorbiendo el oficio de manera práctica y natural en un entorno donde el conocimiento se transmitía en el taller más que en las aulas. Este aprendizaje orgánico y precoz forjó en él una inteligencia manual y espacial que luego se volvería fundamental. Aunque su camino no fue el tradicional de un oficial de carrera —la Escuela Militar se había inaugurado apenas un año antes—, su talento innato no pasó desapercibido para la Armada. Ingresó el 21 de septiembre de 1917 con el grado de Guardiamarina en comisión, un título que pronto quedó pequeño ante sus capacidades.

Su genio práctico se manifestó de inmediato. Mientras prestaba servicio, no se limitó a cumplir órdenes; comenzó a diseñar y construir aparatos para mejorar los talleres navales, demostrando una inventiva que trascendía su rango. Incluso, en colaboración con su padre —dueño de un astillero privado—, construyó un yate crucero de madera al que bautizaron “Ygurey”, un proyecto que evidenciaba su dominio del diseño y la construcción naval desde una edad temprana. Esta combinación de herencia familiar, formación práctica autodidacta y un talento evidente para la materialización de ideas, llamó la atención de sus superiores. El reconocimiento formal llegó rápidamente: en abril de 1918 fue nombrado jefe de la Segunda Sección de los Arsenales, y unos meses después fue destinado definitivamente a los Arsenales de Guerra y Marina. Allí, en ese crisol de creación y reparación, comenzó a forjarse la leyenda del ingeniero que, partiendo de los conocimientos ancestrales de la construcción en madera, terminaría diseñando los buques de guerra más modernos de su tiempo y dirigiendo la maquinaria industrial que sostendría al Paraguay en su hora más crítica. Sus orígenes, por tanto, no fueron solo un punto de partida biográfico, sino el humus esencial donde germinó una de las inteligencias técnicas más brillantes y decisivas de la historia paraguaya.

La labor del Capitán Bozzano durante la Guerra del Chaco, fue hercúlea, aquí solo reseñamos aspectos que creemos muy buenos que resaltar entre tantos otros que muy bien pueden llenar páginas de varios tomos de investigaciones.

El capitán José Bozzano encarnó un tipo de inteligencia poco común, la del ingeniero integral, capaz de traducir la necesidad más apremiante en un proceso industrial eficaz. Su gestión durante la Guerra del Chaco fue un ejercicio continuo de ingenio aplicado, donde cada limitación se transformó en el motor de una innovación. Cuando el Paraguay se enfrentó a la titánica tarea de mover una guerra en el inhóspito Chaco con camiones sin carrocerías, Bozzano no se conformó con una solución improvisada. Diseñó un prototipo estandarizado y, con una visión clara de la eficiencia, orquestó una transformación radical en los Arsenales. Lo que al principio demandaba una semana de trabajo de siete hombres para una sola unidad, se optimizó de tal modo que, en cuestión de meses, la producción alcanzó la cifra de cinco carrocerías por hora. Este salto no fue casual; fue el fruto de un pensamiento metódico enfocado en la normalización, la organización del trabajo y la escalabilidad industrial, convirtiendo un taller en una fábrica de guerra.

Su ingenio, sin embargo, trascendió las paredes del taller. Ante el férreo embargo de la Liga de las Naciones, que privaba al ejército de los repuestos vitales para sus fusiles Mauser, Bozzano desplegó una astucia estratégica. Comprendiendo las complejidades del comercio internacional y las fisuras del sistema, ideó una ruta de contrabando técnico. A través de una casa comercial en Asunción, logró importar desde la ciudad libre de Danzig el instrumental de precisión completo—vitolas, calibres, recámaras—bajo la ingeniosa etiqueta de "implemento agrícola". Este movimiento, más propio de un estratega que de un simple técnico, permitió mantener operativo el armamento del ejército y reparar incluso el del enemigo capturado. Fue un acto de ingeniería de sistemas en su sentido más amplio, donde el problema técnico se resolvió con una solución logística y geopolítica.

Pero quizás donde su brillantez como arquitecto de soluciones resplandeció con mayor fuerza fue en el desarrollo de la granada Karumbe’i. Bozzano identificó, a partir del análisis táctico de las batallas, una necesidad crítica en el frente. Inmediatamente canalizó esa necesidad hacia un proyecto de investigación y desarrollo, reuniendo y dirigiendo a un selecto grupo de ingenieros químicos y técnicos mecánicos. No se limitó a copiar; innovó. El resultado fue un artefacto no solo fabricable localmente y veinticinco veces más barato que su equivalente importado, sino también técnicamente superior en su poder de fragmentación. Bajo su supervisión, la producción escaló de un puñado de unidades a un ritmo febril de 160 granadas por hora. Este ciclo completo—de la detección de la necesidad al diseño, y de la prototipación a la producción masiva—es el sello distintivo de una mente maestra de la industrialización.

Su versatilidad técnica era asombrosa. Los mismos Arsenales que fabricaban carrocerías y granadas se convirtieron, bajo su dirección, en un centro polivalente de soluciones. Construyeron máquinas cifradoras para las comunicaciones secretas, demostrando habilidades avanzadas de ingeniería inversa y mecánica de precisión. Diseñaron y produjeron más de dos mil bombas de aviación para los aviones Potez, un logro que exigió integrar la balística de los explosivos con la compleja mecánica de los artefatos, todo partiendo de cero y reutilizando materiales. Y al mismo tiempo, atendieron la retaguardia fabricando en serie miles de camillas, estufas y hasta instrumental médico especializado, mostrando una comprensión profunda de que la guerra es un sistema donde la logística y el soporte son tan vitales como el armamento.

La confianza del gobierno en su capacidad fue tan absoluta que lo nombró Director General de la Aviación Militar mientras continuaba al frente de los Arsenales, cargando sobre sus hombros la responsabilidad técnica de dos frentes cruciales simultáneamente. Esta capacidad para integrar y gestionar sistemas complejos define su legado. Bozzano no fue solo un hábil técnico; fue un solucionador estratégico, un innovador bajo restricciones extremas y un maestro en la optimización de procesos. Su mente representaba el arquetipo del cerebro industrial, aquel que no solo resuelve problemas, sino que diseña sistemas, escala producciones y convierte la escasez en la madre de la invención. Para un Paraguay que aspira a su desarrollo e industrialización, cultivar esa misma clase de inteligencia aplicada, sistémica y tenaz no es una opción, sino una necesidad imperiosa. Es la inteligencia que transforma los límites en cimientos y las ideas en realidades tangibles.

Como muy bien señalamos líneas atrás, el talento del Capitán Bozzano que hizo posibles tales proezas, no floreció desde la nada y en la nada, es digno de subrayar sobre qué bases se desarrolló.

La pasión de José Bozzano por el conocimiento exacto y su formidable preparación matemática no fueron un accidente, sino el fundamento consciente de su genio ingenieril. Desde muy joven, tras abandonar los estudios de Derecho, su mente buscó con avidez un lenguaje más preciso y universal, el de las matemáticas superiores. Su dedicación autodidacta al cálculo integral, al cálculo infinitesimal y a la geometría analítica bajo la tutela del profesor francés Lacroix, revela una inclinación temprana y decidida hacia el pensamiento abstracto y la resolución de problemas complejos. Esta base no era un mero adorno académico; era la herramienta que le permitía comprender y modelar el mundo físico, una capacidad que inmediatamente aplicó de forma práctica diseñando y construyendo aparatos para los talleres navales con apenas veinte años.

Fue precisamente esta rara combinación de talento práctico innato —evidente en la construcción de embarcaciones como el yate “Ygurey”— y una sólida formación teórica autoconstruida, lo que atrajo la atención de sus superiores. En un entorno donde la formación técnica especializada era casi inexistente en Paraguay, el perfil de Bozzano destacaba como una anomalía prometedora. Su dominio de las matemáticas avanzadas no pasó desapercibido para ojos astutos como los del capitán Atilio Peña y el ministro coronel Adolfo Chirife. Ellos reconocieron que aquel joven guardiamarina, que ya dirigía secciones de arsenales y montaba maquinaria compleja, poseía el potencial intelectual crudo que, debidamente pulido, podría convertirse en un activo estratégico para la nación.

La beca para estudiar en los Estados Unidos, por tanto, no fue un simple premio o un destino casual. Fue una “inversión estratégica basada en un diagnóstico preciso”: Paraguay necesitaba ingenieros del más alto calibre, y Bozzano había demostrado, con sus estudios autónomos y sus realizaciones concretas, poseer la chispa y la disciplina intelectual para convertirse en uno. El gobierno no enviaba a un novato, sino a un talento en bruto que ya hablaba el lenguaje de los diferenciales y las integrales, y que contaba con una experiencia práctica invaluable. Su viaje al MIT de Cambridge en diciembre de 1919 fue la coronación lógica de esa preparación previa.

Allí, en uno de los epicentros mundiales de la ciencia y la ingeniería, la base matemática que Bozzano había cultivado con tanto esfuerzo en Asunción encontró su pleno despliegue. Esa formación previa fue el andamiaje que le permitió absorber y dominar, en solo cuatro años intensos, las complejidades de la arquitectura e ingeniería naval, y luego especializarse con una maestría en ingeniería aeronáutica. Su trayectoria educativa —del estudio solitario con un libro de cálculo en Paraguay a las aulas del MIT y a las bases navales de Hampton Roads— es un testimonio elocuente de cómo una preparación matemática sólida y un interés superlativo por las ciencias exactas actúan como un pasaporte universal. Fue esa disciplina mental, adquirida antes de la beca, la que transformó la oportunidad en un éxito rotundo, forjando al ingeniero integral que años después salvaría a su país con el poder de la innovación sistemática.

La gesta industrial que hizo posible la defensa del Chaco paraguayo es un testimonio histórico de cómo una nación puede convertir la necesidad extrema en suprema capacidad técnica.

Hoy, sin embargo, Paraguay enfrenta una paradoja estructural que parece desmentir la lección de su propia historia. Según datos del Banco Mundial (2023), el país crece económicamente a un ritmo envidiable en la región (4.1% promedio del PIB entre 2010-2022), pero este crecimiento no se traduce en desarrollo humano ni en una distribución equitativa. Al contrario, se ahonda la brecha: el 23.5% de la población vive en pobreza y la desigualdad, medida por el coeficiente de Gini, es de las más altas de América Latina. Este desacople es el síntoma de un modelo productivo anclado en un sector primario extractivo y de bajo encadenamiento interno, donde las exportaciones de productos primarios representan más del 76% del total. Es un crecimiento que, en palabras de Joseph Stiglitz, concentra la riqueza más que la distribuye, y que refleja la "maldición de los recursos" que advirtieron Auty y Sachs & Warner: la abundancia de commodities puede, paradójicamente, reprimir la industrialización y perpetuar la dependencia.

Superar este estancamiento y salir del pozo del crecimiento vacío exige, de manera inexorable, una transformación estructural hacia una economía industrializada que agregue valor. La historia económica, desde Kuznets hasta los tigres asiáticos documentados por Alice Amsden, es clara, no hay ejemplo de desarrollo amplio y sostenido sin una fase significativa de industrialización. Pero esta transición tiene un requisito humano no negociable. Una industria moderna no se sustenta solo en máquinas importadas, sino en una fuerza laboral capaz de operar, adaptar e innovar en tecnologías complejas. Requiere competencias lógico-matemáticas sólidas para gestionar procesos, controlar variables y resolver problemas. Como demostraron Hanushek y Woessmann, el progreso sostenible depende de la calidad del capital humano y las habilidades cognitivas de la población.

Es aquí donde el panorama se vuelve crítico y donde la lección del pasado choca con la realidad del presente. El sistema educativo paraguayo está fallando de manera catastrófica en construir ese capital humano fundamental. La educación matemática, el sustrato cognitivo para el pensamiento industrial y la innovación, se encuentra en un estado de crisis profunda. Las evaluaciones son elocuentes y desoladoras, solo el 28.8% de los estudiantes de 6to grado y un 22.8% de los de 3er curso de la Educación Media alcanzan un nivel satisfactorio (SNEPE, 2023). En las pruebas PISA, Paraguay se ubica consistentemente en los últimos puestos globales en Matemáticas, con apenas el 10% de los estudiantes alcanzando un nivel mínimo de competencia (OCDE, 2023). Este fracaso masivo no es un déficit de cálculo aritmético, sino una incapacidad sistémica para pensar matemáticamente.

La raíz del problema, como analizan teorías como la de los campos conceptuales de Vergnaud y el modelo de significados institucionales de Oxley, es epistemológica. Los estudiantes no logran procesar la "Complejidad Ontológica" del lenguaje matemático, no pueden traducir un problema del mundo real en un modelo abstracto, confundiendo las representaciones con los conceptos. Este bloqueo cognitivo se origina, en gran medida, en una formación docente insuficiente. Muchos docentes carecen del Conocimiento del Contenido Pedagógico necesario para guiar a los estudiantes desde sus comprensiones parciales hacia el significado institucional y profundo de los conceptos. Se perpetúa así un círculo vicioso de enseñanza algorítmica y aprendizaje superficial que genera aversión y fracaso, alejando a las nuevas generaciones de las carreras científicas y técnicas que el país necesita desesperadamente.

Por tanto, la secuencia lógica es clara e implacable. Sin una fuerza laboral competente en matemáticas, no habrá industrialización viable. Sin industrialización que agregue valor y cree encadenamientos productivos, no se transformará la matriz productiva primario-exportadora. Y sin esta transformación, Paraguay está condenado a perpetuar la paradoja del crecimiento sin desarrollo, donde el PIB aumenta, pero el bienestar de la mayoría se estanca.

La inversión estratégica que una vez hizo posible el milagro industrial de Bozzano debe ser replicada hoy, pero a escala nacional y con una visión de largo plazo. No se trata de enviar a un solo genio al MIT, sino de crear las condiciones para que miles de potenciales Bozzanos florezcan dentro del país. Esto exige una revolución en la educación matemática, priorizando una formación docente de excelencia que domine los significados profundos de la disciplina y sepa mediar pedagógicamente para desarrollar el pensamiento abstracto y la resolución de problemas. Es una inversión fundacional, tan estratégica como lo fue aquella beca en 1919. Superar el pozo del subdesarrollo solo será posible cuando Paraguay comprenda, una vez más, que su recurso más valioso no está en sus tierras o sus ríos, sino en la capacidad intelectual de su pueblo. Cultivar esa inteligencia aplicada y sistemática, comenzando por la matemática, no es una opción educativa; es la condición de posibilidad para un nacimiento industrial y el desarrollo auténtico y compartido de la nación.

El 13 de setiembre de 1935, el comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, general José Félix Estigarribia, visitó los Arsenales y dejó unas palabras para la historia:

"Soldados que defendisteis la Patria desde los Arsenales de Guerra y Marina, vuestras labores durante la campaña fueron dignas de Vulcano y de los cantos de Homero. Yo vengo para expresaros conmovido los agradecimientos del Ejército del Chaco por la colaboración patriótica y eficiente en el sacrificio común. Y vengo a proclamar aquí vuestra parte brillante en la gloria nacional (...) Observadores superficiales del esfuerzo enorme realizado en estos talleres pueden fácilmente atribuir a un milagro, a algo sobrehumano lo que aquí se ha elaborado paciente y patrióticamente. Yo veo, sin embargo, después de recorrer complacido estos talleres donde forjasteis el hierro que salvó a la Patria, que esta obra es sencillamente una obra humana porque ha tenido la única dirección digna de vuestro patriotismo inmenso; esta obra maravillosa, soldados, se debe a la inteligencia superior de un hombre extraordinario, se debe al patriotismo, al genio constructivo del Capitán Bozzano."

Estigarribia desentrañó la verdadera naturaleza del milagro que había sostenido al Paraguay en la guerra. Ante la obra titánica de producción, pudo haber hablado de magia o de un don divino, pero no lo hizo. Con clarividencia, atribuyó aquella hazaña a algo profundamente humano, a la inteligencia superior y al genio constructivo del Capitán Bozzano, dirigidos por un patriotismo inmenso. Reconoció que lo que parecía sobrehumano era, en realidad, el fruto supremo del ingenio, la disciplina y la voluntad aplicados a un propósito nacional, una conquista de la razón y el esfuerzo organizado.

He ahí la reflexión que nos interpela desde el presente, si eso fue posible en tiempos de guerra, ¿cómo es que nos estamos cruzando de brazos en tiempos de paz? ¿Cómo permitimos que la lección más luminosa de nuestra historia —que el progreso material se forja invirtiendo en la inteligencia humana— se diluya en la complacencia de un crecimiento económico vacío? El país que una vez movilizó toda su capacidad intelectual para diseñar granadas, buques de guerra y sistemas de producción en medio de un embargo, hoy observa cómo su sistema educativo fracasa en enseñar a sus niños a pensar matemáticamente. La nación que supo ver en un joven autodidacta una inversión estratégica y lo envió a los mejores centros del mundo, hoy no logra formar a miles de ese mismo talento dentro de sus propias fronteras.

No se trata de nostalgia, sino de una demanda de coherencia histórica. El camino ya fue trazado y probado en las circunstancias más adversas, el desarrollo auténtico nace de la apuesta deliberada por el capital científico y técnico de la nación. Paraguay lo merece. Merece superar la paradoja del crecimiento sin desarrollo, merece una industrialización que surja de sus propias capacidades humanas, merece un futuro donde la riqueza no se concentre, sino que se multiplique a través del ingenio de su gente. Cruzarnos de brazos ahora, sabiendo lo que somos capaces de lograr, sería la más grande traición a aquel legado. La paz no es excusa para la inacción; es la oportunidad histórica para construir, con la misma determinación y visión estratégica que una vez nos salvó, la prosperidad compartida que siempre hemos merecido. La obra humana, como dijo Estigarribia, solo necesita una dirección digna. Es tiempo de retomarla. ¡Por más Bozzanos paraguayos, nuestros niños y jóvenes merecen esa oportunidad, la ciudadanía toda necesita de auténtica dignidad social!

Referencias

Amsden, A. H. (1989). Asia's next giant: South Korea and late industrialization. Oxford University Press.

Auty, R. M. (1993). Sustaining development in mineral economies: The resource curse thesis. Routledge.

Banco Mundial. (2023). Paraguay: Panorama General. Washington D.C.: World Bank Group. Recuperado de https://www.bancomundial.org/es/country/paraguay/overview

Bozzano, J. A. (1962). Reminiscencias. Casa Editorial Toledo.

Hanushek, E. A., & Woessmann, L. (2015). The knowledge capital of nations: Education and the economics of growth. MIT Press.

Kuznets, S. (1966). Modern economic growth: Rate, structure, and spread. Yale University Press.

Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación (LLECE/UNESCO). (2021). Informe de Resultados del Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE 2019) - Paraguay. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org

Ministerio de Educación y Ciencias (MEC). (2023). Informe Nacional de Resultados PISA 2022. MEC.

Ministerio de Educación y Ciencias (MEC). (2024). Resultados del Sistema Nacional de Evaluación del Proceso Educativo (SNEPE) 2023. MEC. https://www.mec.edu.py

OCDE. (2023). PISA 2022 Results (Volume I): The State of Learning and Equity in Education. OECD Publishing.

Oxley, V. M. (2023). SNEPE 2018: La eficacia docente en matemáticas. Revista Científica de la UCSA, 10(1), 3–12.

Oxley, V. (2024). Exploring institutional and partial meanings in mathematics: A model of structure and dynamics. Journal of Educational Studies in Science and Mathematics (JESSM), 3(2), 77-86.

Oxley Insfrán, V. M. (2020). Complejidad ontológica y enunciados de problemas matemáticos. Revista Científica Estudios E Investigaciones, 9(1), 17–39.

Oxley Insfrán, V. (2025). Los Campos conceptuales y complejidad ontológica en resolución de problemas de matemáticas. UNIÓN - REVISTA IBEROAMERICANA DE EDUCACIÓN MATEMÁTICA, 21(73). Recuperado a partir de https://revistaunion.org/index.php/UNION/article/view/1666

Ramos, A. (s.f.). Semblanza Militares, Tomo II. Criterio-Ediciones.

Sachs, J. D., & Warner, A. M. (1995). Natural resource abundance and economic growth. NBER Working Paper, 5398.

Stiglitz, J. E. (2012). The price of inequality: How today's divided society endangers our future. W. W. Norton & Company.

Vergnaud, G. (1990). La théorie des champs conceptuels. Recherches en Didactique des Mathématiques, 10(2.3), 133-170.

Vergnaud, G. (1998). Towards a cognitive theory of practice. En A. Sierpinska & J. Kilpatrick (Eds.), Mathematics Education as a Research Domain: A Search for Identity (pp. 227-241). Kluwer Academic Publishers.



viernes, 23 de enero de 2026

¿Cómo es posible que nuestro país crezca económicamente pero sin desarrollo?

                                                                                        Dr. Victor Oxley

La situación socioeconómica de Paraguay presenta una contradicción estructural fundamental: un crecimiento macroeconómico sostenido que no logra traducirse en desarrollo social ni en una distribución equitativa de la riqueza (Banco Mundial, 2023). Este desacople entre el Producto Interno Bruto (PIB) y el bienestar material se manifiesta en cifras concretas. Según el Banco Mundial (2023), Paraguay mantuvo una tasa promedio de crecimiento del PIB del 4.1% entre 2010 y 2022, destacándose como una de las economías de más rápido crecimiento en América Latina. Sin embargo, ese mismo año, el 23.5% de la población vivía en pobreza monetaria y el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, se situaba en 0.45, uno de los más altos de la región. Esta paradoja ejemplifica la distinción conceptual que Sen (1999) estableció entre crecimiento económico, medido por el PIB, y desarrollo humano, entendido como la expansión de las libertades y capacidades reales de las personas.

La explicación de esta paradoja tiene su origen en una matriz productiva desequilibrada y excesivamente dependiente de un sector primario extractivo (Banco Central del Paraguay, 2023). Según datos oficiales, las exportaciones de productos primarios representaron el 76.4% del total en 2022, mostrando una tendencia de reprimarización, pues en 2012 esta proporción era del 68%. Esta dinámica refleja lo que la literatura económica ha denominado la “maldición de los recursos”, donde la abundancia de recursos naturales, lejos de impulsar un desarrollo diversificado, puede reprimir la industrialización y concentrar el ingreso (Auty, 1993; Sachs & Warner, 1995). Como señala Stiglitz (2012), el crecimiento impulsado por commodities y ventajas comparativas estáticas tiende a concentrar la riqueza más que a distribuirla. En Paraguay, esto se evidencia en que el sector agropecuario, responsable del 24% del PIB (CEPAL, 2022), emplea solo al 18% de la población económicamente activa, pero concentra el 45% de las tierras productivas (INDI, 2021). Este tipo de crecimiento, desarticulado de cadenas productivas internas, crea pocos encadenamientos y limita severamente la creación de empleo decente (Rodrik, 2011).

En este contexto, el crecimiento del PIB opera como un indicador engañoso, pues se desvincula del bienestar de la mayoría. Como demostraron Hanushek y Woessmann (2015), lo que impulsa el progreso sostenible no es la magnitud del crecimiento, sino la calidad del capital humano y las habilidades cognitivas de la población. Así, la paradoja paraguaya es el resultado lógico de un patrón de acumulación que, en términos de Piketty (2014), permite que la tasa de retorno del capital supere persistentemente la tasa de crecimiento general de la economía, profundizando la brecha entre los dueños de los factores de producción y el resto de la sociedad. Los datos del Ministerio de Hacienda (2023) muestran que el 20% más rico de la población concentra el 54% del ingreso nacional, mientras que el 40% más pobre recibe apenas el 12%.

La superación de este estancamiento exige, de manera inexorable, la transformación estructural de la base productiva nacional mediante la industrialización orientada a la agregación de valor. Como demostró históricamente Kuznets (1966), este cambio estructural es el motor fundamental para elevar la productividad y el ingreso per cápita a largo plazo. No se trata de una mera ampliación del aparato industrial, sino de un proceso estratégico de incorporación de eslabones productivos posteriores a la extracción y cosecha, lo que Hirschman (1958) conceptualizó como la creación de “encadenamientos productivos” hacia atrás y hacia adelante. La evidencia empírica es contundente: como sostiene Rodrik (2013), no existe ejemplo histórico de un país que haya logrado un desarrollo amplio y sostenido sin atravesar una fase significativa de industrialización.

Sin embargo, esta transición industrial no es un proceso automático. Su viabilidad y éxito dependen de un presupuesto humano capacitado. Este principio fue claramente ilustrado por el éxito de los tigres asiáticos. Como documentó Amsden (1989), el milagro industrial de Corea del Sur se basó en una inversión masiva y estratégica en la formación de una fuerza laboral capaz de dominar, adaptar y finalmente innovar en procesos tecnológicos complejos. Una industria moderna requiere una fuerza laboral con competencias lógico-matemáticas sólidas para operar, mantener y optimizar tecnologías complejas; gestionar procesos bajo estándares de calidad; controlar variables logísticas y financieras; y analizar datos para la mejora continua. La ausencia de estas competencias convierte la inversión en infraestructura industrial en un gasto estéril. Este riesgo es especialmente alto en contextos de “industrialización tardía”, donde, como advierte Chang (2002), la mera transferencia de tecnología sin el correspondiente desarrollo de capacidades humanas locales conduce a dependencia tecnológica. En última instancia, como concluye el Banco Mundial (2013), la calidad de los empleos creados y la sostenibilidad del crecimiento industrial dependen directamente de las habilidades de la población.

Es en este nexo causal donde la educación, y de manera específica y prioritaria la educación matemática, emerge como la variable estratégica decisiva. Esta afirmación se sustenta en la teoría económica del capital humano, desarrollada por Becker (1964), que postula que la inversión en educación, particularmente en habilidades cognitivas complejas, es la principal fuente de crecimiento de la productividad laboral. El pensamiento lógico-matemático constituye el sustrato cognitivo indispensable para el desarrollo de las competencias antes mencionadas. No se trata del mero aprendizaje de algoritmos aritméticos, sino de la formación de una estructura mental rigurosa para la resolución de problemas, la modelización de sistemas y el pensamiento abstracto. Como demostraron empíricamente Hanushek y Woessmann (2015), son precisamente estas habilidades cognitivas de alto nivel, medidas a través del desempeño en matemáticas, las que tienen un poder predictivo sobre el crecimiento económico a largo plazo. La matemática, por tanto, deja de ser una disciplina académica aislada para erigirse en el componente fundamental de la empleabilidad en una economía industrializada, reflejando lo que Goldin y Katz (2008) denominaron la “carrera entre educación y tecnología”.

El diagnóstico del sistema educativo paraguayo, sin embargo, revela una crisis profunda en este punto neurálgico. Evaluaciones nacionales e internacionales confirman un déficit masivo y persistente en el aprendizaje de las matemáticas. A nivel nacional, el Sistema Nacional de Evaluación del Proceso Educativo (SNEPE) 2023 revela que solo el 28.8% de los estudiantes de 6to grado y un 22.8% de los de 3er curso de la Educación Media alcanzan el nivel satisfactorio (Ministerio de Educación y Ciencias [MEC], 2024). En las pruebas PISA de la OCDE, Paraguay se ha ubicado consistentemente en las últimas posiciones globales en Matemáticas, con un puntaje promedio de 327 puntos en 2022 y solo el 10% de los estudiantes en o por encima del nivel mínimo de competencia (OCDE, 2023). Esta trayectoria se origina tempranamente, como lo muestran los resultados del Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE) 2019 de la UNESCO, donde Paraguay obtuvo 689 puntos en 3er grado, con solo un 22.1% de estudiantes en niveles satisfactorio y avanzado (Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación [LLECE], 2021).

La explicación de esta crisis persistente va más allá de los datos de rendimiento y se adentra en las deficiencias epistémico-cognitivas de los procesos de enseñanza y aprendizaje. Una perspectiva crucial es la teoría de los campos conceptuales de Vergnaud (1990, 1998), que analiza la complejidad de la adquisición de conceptos matemáticos. Complementariamente, el modelo de los significados institucionales y parciales de los objetos matemáticos (Oxley, 2024) ofrece una lente precisa para diagnosticar la naturaleza del aprendizaje superficial que predomina. Según este modelo, el significado institucional representa la comprensión formal y completa aceptada por la comunidad matemática, mientras que el significado parcial corresponde a la comprensión limitada y contextual de un estudiante. El aprendizaje exitoso implica una transición guiada donde los significados parciales convergen hacia el significado institucional (Oxley, 2024). El problema central es que el sistema educativo falla sistémicamente en facilitar esta transición.

La raíz de este fracaso reside en una formación docente críticamente insuficiente. Los docentes, a menudo carentes de un Conocimiento del Contenido Pedagógico (PCK) específico en matemáticas (Shulman, 1986), no dominan ellos mismos los significados institucionales profundos de los conceptos que enseñan. Como se señala (Oxley, 2024), el docente es eficaz solo si logra que la interpretación parcial del estudiante pertenezca a la intersección entre los conjuntos de significado parcial e institucional. Sin embargo, la evidencia muestra que una proporción muy alta de docentes son inefectivos para lograr este objetivo (Oxley, 2023). Esta deficiencia conduce a una práctica pedagógica reduccionista, algorítmica y descontextualizada, que prioriza la ejecución de procedimientos (complejidad algorítmica) sobre la comprensión de las relaciones conceptuales subyacentes (Oxley Insfrán, 2024). Esta práctica refuerza en los estudiantes significados parciales estancados y genera confusión ontológica, donde confunden la representación de un objeto matemático (un dibujo) con el concepto abstracto en sí (Oxley Insfrán, 2020).

Esta problemática se alinea con las reflexiones sobre el aprendizaje mediado por representaciones semióticas, lo que puede generar una confusión entre el objeto y sus representaciones si no se media adecuadamente (Duval, 1993, citado en Oxley, 2023). Se configura así un círculo vicioso: docentes con significados parciales institucionalizados implementan una enseñanza que genera y consolida significados parciales estancados en los estudiantes, lo que se traduce en los bajos resultados crónicos que revelan las evaluaciones.

El núcleo de esta crisis cognitiva puede conceptualizarse como la incapacidad de los estudiantes para procesar la “Complejidad Ontológica” (CO) (Oxley Insfrán, 2020, 2024). La CO es una propiedad de los enunciados matemáticos verbales que mide la transformación estructural requerida para pasar del Lenguaje Natural (LN) al Lenguaje Matemático (LM). Esta transformación no es meramente sintáctica, sino ontológica: el estudiante debe reconocer qué entidades existen matemáticamente dentro del relato y cómo se relacionan, realizando una reducción ontológica para filtrar lo irrelevante y construir el modelo matemático correspondiente. El estudiante paraguayo promedio no logra traducir el lenguaje natural en esquemas lógicos formalizables. Su dificultad no es aritmética, sino semántico-ontológica: no comprende de qué se habla en el enunciado matemático. Esta complejidad ontológica no procesada bloquea la transición del pensamiento concreto al abstracto, esencial para el desarrollo matemático y para las competencias requeridas por la industria.

Si se suman estas variables, se evidencia un círculo vicioso de implicación nacional: baja competencia matemática → desinterés por carreras científicas → falta de profesionales en ciencia y tecnología → estancamiento del desarrollo nacional. Como documenta Oxley (2019/2023) al analizar los datos de ingreso a la Universidad Nacional de Asunción, carreras fundamentales como Matemática Pura o Física registran menos de 20 ingresantes anuales, una cifra insignificante comparada con las centenas que optan por carreras tradicionales. El problema de la educación matemática en Paraguay no se resuelve con más ejercicios de suma o más horas de clase. Se resuelve enseñando a pensar matemáticamente: a decodificar la ontología del lenguaje matemático, a distinguir entre objeto y representación, a estructurar relaciones lógicas. Mientras no se ataque este núcleo —la incapacidad para procesar complejidad ontológica—, cualquier reforma será cosmética.

En síntesis, la secuencia lógica es clara y su dirección, irreversible: sin una fuerza laboral competente en matemáticas, no hay industrialización viable; sin industrialización que agregue valor, no hay transformación de la matriz productiva; y sin esta transformación, no hay posibilidad de superar la paradoja del crecimiento sin desarrollo. La educación matemática se revela, así, no como un gasto, sino como la inversión fundacional para el futuro económico y la justicia social en el Paraguay. Revertir la situación exige una transformación radical que interrumpa el círculo vicioso. La prioridad debe ser el desarrollo del conocimiento especializado del docente (MKT), asegurando que ellos mismos posean una comprensión institucional profunda de las matemáticas. Sobre esta base, la práctica debe reorientarse hacia una mediación pedagógica explícita que, a través del diálogo matemático auténtico, la exploración de invariantes y el uso múltiple de representaciones (Vergnaud, 1998), guíe activamente a los estudiantes en la evolución de sus significados parciales hacia el significado institucional. Solo así se superará la instrucción algorítmica y se sentarán las bases para un pensamiento matemático genuino y competente, que es, en última instancia, la condición de posibilidad para el desarrollo auténtico de la nación.

Referencias

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jueves, 22 de enero de 2026

La soberanía cautiva: Un análisis crítico del principio de soberanía popular en la Constitución paraguaya de 1992

                                                                                          Dr. Víctor Oxley

Introducción: El enigma de un principio vacío

La Constitución Nacional del Paraguay de 1992, piedra angular de la transición democrática, proclama con solemnidad en su artículo 2: "En la República del Paraguay la soberanía reside en el pueblo". Esta declaración, aparentemente rotunda y fundacional, encierra una paradoja que atraviesa la vida política del país. Cuando se la contrasta con el mecanismo concreto que la Constitución establece para su ejercicio –la elección presidencial por mayoría simple (art. 230)– y con los resultados históricos de su aplicación (presidentes electos con pluralidades minoritarias), surge una pregunta incómoda: ¿es la "soberanía popular" un principio sustantivo que ordena el sistema político, o es meramente una fórmula retórica, vaciada de contenido operativo por un diseño constitucional pragmático y calculado? Este ensayo argumenta que la soberanía en la Constitución paraguaya es un concepto cautivo: declarado como supremo, pero deliberadamente despojado de herramientas para una expresión directa y mayoritaria, como resultado de una transición democrática negociada por la misma élite autoritaria en retirada. Esta problemática se inscribe en lo que Mainwaring (2018) identifica como los "dilemas de la representación" en las nuevas democracias latinoamericanas, donde las cartas magnas suelen oscilar entre principios ambiciosos y diseños institucionales conservadores.

I. La arquitectura de la soberanía: Declaración sublime y mecanismo mínimo

El texto constitucional sitúa la soberanía en el "pueblo", un sujeto abstracto y colectivo. Sin embargo, su materialización se canaliza de forma inmediata y restrictiva. El artículo 3 ata irremisiblemente su ejercicio al "sufragio". Este no es un sufragio cualquiera, sino uno reglado por el propio texto constitucional que, para la elección presidencial, especifica el sistema de mayoría simple (art. 230). Esta cadena normativa –de lo sublime (soberanía) a lo específico (mayoría simple)– revela una opción de diseño fundamental que refleja lo que Garretón (2007) denomina una "ciudadanía empobrecida", donde los derechos políticos se limitan a la elección periódica de representantes sin canales efectivos de participación intermedia.

Desde la teoría política, este diseño es vulnerable a la crítica ilustrada por la Paradoja de Condorcet (Condorcet, 1785): en elecciones con más de dos candidatos, el ganador por mayoría simple puede no representar la voluntad de la mayoría del electorado, e incluso puede ser rechazado por una coalición mayoritaria en enfrentamientos cara a cara. Así, el sistema permite legalmente que un presidente gobierne con el mandato de una minoría plural, mientras una mayoría numérica votó en contra de él. Para una interpretación sustantiva de la soberanía –que la entiende como la expresión de la voluntad mayoritaria del cuerpo político– esto constituye una grave distorsión. La soberanía, en la práctica, no "reside en el pueblo" como un todo, sino que es secuestrada por la fracción más grande de un electorado fragmentado. Este riesgo es particularmente agudo en sistemas de partidos emergentes y fragmentados, como era el caso paraguayo post-dictadura (Sartori, 2005). El diseño paraguayo contrasta con las recomendaciones de la teoría contemporánea sobre sistemas electorales, que para elecciones presidenciales en sociedades plurales sugiere mecanismos de doble vuelta o voto alternativo para garantizar mayorías más amplias y consensuadas (Shugart & Carey, 1992).

II. La interpretación jurídico-positiva: El triunfo de la formalidad

Frente a esta crítica, la interpretación jurídico-formal ofrece una defensa aparentemente irrefutable. La Constitución es clara y explícita: "mayoría simple" (art. 230). Por lo tanto, cualquier resultado que emane de aplicar fielmente esa regla es, per se, la expresión de la voluntad soberana. La soberanía se define aquí de manera procedimental y minimalista: es el derecho del pueblo a seguir las reglas del juego que él mismo, a través de su Asamblea Constituyente, se dio. En esta visión, no hay tensión ni violación. La soberanía no es un estándar de resultados (gobierno con apoyo mayoritario), sino un principio de legitimidad de origen (el poder surge de una elección reglada). Esta lectura, técnicamente correcta, reduce la soberanía a un fantasma constitucional: un principio invocado en los preámbulos pero sin capacidad de influir en el diseño de los mecanismos que lo ejecutan. Como señala Nino (1996), una constitución puede consagrar principios "semánticamente inanes" si no se les dota de instituciones que los hagan operativos y justiciables. Esta disociación entre principio y práctica institucional genera lo que Bobbio (1987) identificó como una "promesa incumplida" de la democracia, donde el ideal de soberanía popular se mantiene en el plano discursivo pero se frustra en la operación concreta del sistema.

III. El contexto histórico-decisivo: El pragmatismo como estrategia de poder

La clave para resolver esta aparente contradicción entre principio grandioso y mecanismo mezquino no está en la filosofía política, sino en la sociología histórica del poder. La Asamblea Constituyente de 1992 no fue una reunión de filósofos desinteresados. Fue un ámbito donde el Partido Colorado, pilar del régimen stronista que gobernó por 35 años, conservó una mayoría decisiva (122 de 198 escaños, según datos del TSJE). Para esta fuerza en transición forzada, el desafío era doble: adoptar una fachada democrática creíble para la comunidad internacional y la ciudadanía, mientras preservaba las máximas ventajas posibles para perpetuarse en el poder bajo las nuevas reglas. Esta dinámica es característica de lo que O’Donnell y Schmitter (1986) denominaron "transiciones desde arriba" o "pactadas", donde las élites salientes negocian los términos de la salida para conservar importantes cuotas de influencia. En el caso paraguayo, como analiza Arditi (1992), la transición fue particularmente "controlada" por el régimen saliente, que mantuvo una posición dominante en el proceso constituyente.

En este contexto, el diseño constitucional de la soberanía y sus mecanismos deja de ser un ejercicio técnico para convertirse en una estrategia de supervivencia política. Un sistema de mayoría absoluta con segunda vuelta (ballotage) habría sido un riesgo existencial para el Colorado. Le habría obligado a formar amplias coaliciones y a ceder cuotas de poder a una oposición fragmentada para ganar en una segunda vuelta, poniendo en peligro su unidad interna y su control del aparato estatal (Abente Brun, 1995). En cambio, el sistema de mayoría simple era perfecto para sus fines. Premia al partido mejor organizado, con maquinaria territorial y clientelar intacta –precisamente las fortalezas del Colorado post-Stroessner–. Le permitía apostar a ganar en primera vuelta con su base fiel, sin necesidad de ampliar su atractivo hacia mayorías consensuales. La "soberanía popular", así, fue reducida a un mecanismo de cerradura: un concepto que legitimaba el nuevo sistema mientras las reglas finas aseguraban la continuidad de los actores tradicionales en el poder. Como analiza Corral (1999), se instauró así una "democracia de baja intensidad", con un pluralismo limitado por las reglas de origen. Esta configuración se ajusta a lo que Levitsky y Way (2010) conceptualizarían posteriormente como "autoritarismo competitivo", donde existen elecciones multipartidistas pero con condiciones desiguales que favorecen sistemáticamente al partido en el poder.

IV. Consecuencias: Una democracia de baja intensidad y la rebelión de la soberanía real

Las consecuencias de este diseño se hicieron evidentes en la práctica. Entre 1993 y 2003, el sistema produjo presidentes colorados electos con porcentajes que oscilaron alrededor del 40% o menos, confirmando que era funcional al continuismo partidario bajo formas electorales. La democracia paraguaya se consolidó como una democracia "minimalista" o "de baja intensidad", donde la alternancia parecía un horizonte lejano precisamente porque las reglas habían sido amoldadas para evitarla (Corral, 1999). Esta situación generó lo que Riquelme (1994) denominó una "democracia sin alternancia", que mantenía las formas republicanas pero vaciaba de contenido la competencia política real.

Sin embargo, la ironía histórica es que la propia Constitución, a pesar de sus sesgos, creó un espacio de disputa legítima. El acto soberano por excelencia –la reforma constitucional– quedó abierto. Y más importante aún, el sistema, aun siendo favorable al partido grande, no era una garantía absoluta. En 2008, ocurrió lo improbable: la oposición, capitalizando un desgaste monumental y una candidatura unificadora, logró vencer bajo las reglas diseñadas para otro fin. La elección de Fernando Lugo fue, en este sentido, la verdadera rebelión de la soberanía popular real contra el diseño constitucional que pretendía cauterizarla. Demostró que, a la larga, ningún mecanismo puede contener indefinidamente la voluntad política de una mayoría social determinada a cambiar su gobierno. Este evento resonó con lo que Linz y Stepan (1996) consideran un momento crítico en la consolidación democrática: cuando las reglas son aceptadas incluso por quienes las diseñaron para su beneficio, al perder una elección. El triunfo de Lugo constituyó, en términos de Przeworski (1991), el momento en que la incertidumbre sobre los resultados electorales –esencia de la democracia– se hizo realidad en Paraguay, rompiendo la predictibilidad que el sistema había garantizado por 15 años.

Conclusión: Hacia una reivindicación sustantiva de la soberanía

La soberanía popular en la Constitución paraguaya de 1992 es, pues, un concepto con una doble vida. En su vida textual y formal, es un principio declamado pero operativamente vaciado, cautivo de un diseño electoral que priorizó la gobernabilidad del partido hegemónico en transición sobre la representatividad mayoritaria. La Asamblea Constituyente no fue un foro neutral, sino el campo de batalla institucional donde el Partido Colorado, aún hegemónico, redactó las reglas del nuevo juego democrático con el objetivo principal de asegurar su propia supervivencia y ventaja competitiva (Flecha, 1993). La parquedad en el desarrollo del concepto de soberanía no fue un descuido filosófico, sino una consecuencia lógica y deliberada de este objetivo político, en línea con lo que Negretto (2013) identifica como un patrón regional donde las élites utilizan el diseño constitucional para proteger sus intereses en contextos de transición.

En su vida política e histórica, es una promesa incumplida pero potentemente evocadora, un estándar contra el cual la ciudadanía puede –y debe– juzgar la legitimidad de sus gobernantes y la justicia de sus reglas electorales. Este ideal de soberanía, aunque formalmente limitado, mantiene un poder normativo que, como argumenta Rosanvallon (2020), sigue orientando las demandas de profundización democrática incluso en sistemas con déficits representativos.

El debate, por tanto, no debe quedar atrapado en la disyuntiva estéril entre legalidad formal y espíritu democrático. Debe avanzar hacia un reconocimiento franco: la Constitución de 1992, producto de su tiempo y de una correlación de fuerzas específica, consagró un sistema electoral que no maximiza la expresión fiel de la soberanía popular entendida como voluntad mayoritaria. Superar esta limitación histórica no requiere una reinterpretación forzada, sino un nuevo acto constituyente –en forma de reforma constitucional– que sea capaz de dotar a la soberanía de mecanismos más robustos y directos para su expresión, tal como propone la teoría del constitucionalismo democrático (Nino, 1996). La experiencia comparada en América Latina muestra que la introducción de mecanismos de democracia directa y semidirecta, como el referéndum y la iniciativa popular, puede complementar la representación y dar mayor sustancia al principio de soberanía (Lissidini, 2011). Solo así el principio rector del Artículo 2 dejará de ser una cautiva declaración de fe para convertirse en el motor vivo de una democracia verdaderamente representativa y legítima.

Referencias

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jueves, 15 de enero de 2026

La producción ganadera y sojera, económicamente brillantes y socialmente suicidas

                                                                                                 Dr. Victor Oxley

El sistema de jubilaciones se alimenta de trabajadores formales. La ganadería y la soja paraguayas los aniquilan. Su éxito no es económico; es un proyecto sistemático de erosión social. No producen empleo, producen fantasma laborales. Peones que duermen en galpones, roqueros que se envenenan con glifosato por un salario de miseria, capataces sin contrato que son dueños solo de sus deudas. Son sectores diseñados para el despojo, despojan al trabajador de su seguridad, a la tierra de su biodiversidad, al pueblo de su tejido social. Cada hectárea de soja es un cementerio verde donde murieron bosques, arroyos y el futuro de comunidades enteras; cada cabeza de ganado pasta sobre un desierto humano, donde antes hubo agricultura familiar y ahora solo hay alambrados y silencio.

Estas producciones no construyen nación, la desmiembran. Concentran la tierra en manos que no sudan, exportan nutrientes del suelo que nunca se reponen, fugan divisas que nunca se transforman en hospitales o escuelas. Su lógica es extractiva y nómada, cuando la tierra se agota, el capital se mueve, dejando atrás pueblos fantasma, suelos esterilizados y una estela de pobreza. Son economías de enclave que operan como colonias internas, conectando puertos chinos y mercados europeos mientras desconectan a paraguayos de sus propios derechos.

El daño es doble y letal. Primero, vacían el presente, condenan a generaciones a la informalidad crónica, sin seguridad social, sin horizonte. Segundo, hipotecan el futuro, al no crear aportantes, dinamitan la base del sistema de reparto. La paradoja es atroz, el campo, románticamente asociado al sustento, se convirtió en la fábrica de la inseguridad vital. La riqueza que brota de la tierra no moja los surcos de la justicia social; se evapora en cuentas offshore o se entierra en más tierra, en un ciclo de acumulación estéril y antisocial.

Así, estos sectores brillantes condenan al Estado a la esquizofrenia fiscal, celebra sus exportaciones mientras recoge, con los impuestos de todos, los desechos humanos que dejan. El IVA que paga la ciudadana común, financia la jubilación que el peón sojero nunca tendrá. Es un circuito perverso donde la prosperidad de unos pocos se subsidia con la precariedad de todos.

No son motores de desarrollo. Son máquinas de segregación. Fabrican desigualdad con la misma eficiencia con que fabrican granos y carne. Su cosecha más abundante no es la soja, es la exclusión; su producto final no es el filete, es un país fracturado donde la vejez será un lujo y la dignidad, un recuerdo. Brillan en los gráficos de exportación mientras apagan, uno a uno, los derechos de toda una nación. Esa no es inteligencia económica. Es un pacto suicida firmado con la tierra ensangrentada de los que nunca aparecerán en las estadísticas.



miércoles, 14 de enero de 2026

Caja de Jubilaciones en rojo: Sangre Fiscal para un Sistema Muerto

                                                                                                  Dr. Victor Oxley

El colapso de las jubilaciones en Paraguay no es una posibilidad, es la conclusión matemática de una ecuación rota. La lógica es impecable y cruel, un sistema de reparto exige una base amplia y constante de trabajadores formales que aporten. 

Sin embargo, la máquina económica paraguaya está diseñada para lo contrario, nuestro crecimiento, impulsado por campos mecanizados y un mar de comercio informal, produce commodities y supervivencia, no empleos formales masivos. NO GENERA EL INSUMO VITAL, EL APORTANTE. Peor aún, el Estado profundizó la falla. Mientras abandonaba a la inmensa mayoría a la informalidad sin políticas de inclusión, cultivó en su propio seno un régimen de privilegios jubilatorios absurdos, jubilaciones tempranas y millonarias financiadas por el Tesoro. 

El resultado es una lógica perversa, una base de aportantes cada vez más pequeña y esquiva debe sostener una promesa de beneficios cada vez más costosa. El déficit millonario no es un accidente, es el síntoma inevitable. 

Taparlo subiendo el IVA o retrasando la edad para los que recién empiezan es un acto de cinismo, es hacer pagar a la víctima por el crimen. 

La solución real no está en manipular la conclusión de la ecuación, sino en reescribir sus premisas. Requiere una transformación dolorosa, una guerra frontal contra la informalidad con incentivos reales, una revolución industrial que priorice la creación de empleo formal masivo sobre la mera exportación de materias primas, y la anulación sin miramientos de los regímenes privilegiados. 

Finalmente, exige la honestidad de admitir que el pacto intergeneracional está muerto y transitar hacia un sistema donde el ahorro individual sea la base, con una red solidaria mínima para que ningún anciano caiga en la indigencia. Todo lo demás es administrar la decadencia y condenar a generaciones enteras a una vejez sin dignidad. 

La lógica es clara. Ignorarla es una decisión política, y su precio será la pobreza masiva y la fractura social.