Aqui un compilado de escritos sobre las palabras e intenciones de Josè Duarte Penayo y la figura de Alfredo Stroessner
El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 1 de febrero https://www.facebook.com/victor.oxley/posts/pfbid063XMM6yZREzHiNAYH6G5zrmrm9d9z13Z9nepWha77GLUbc1Pf9kuim3XSRHTfYNwl?__cft__[0]=AZb5QdKqDtjiSChl0i2jqOIe6nohhcVeKI9nqHWJhO2zwyXrjGvNfL-13CgiTLEmECfl2Qh2fcZyopKZzEXbyRFi0kcdNf9Nqn-d_r4_zBEMWWXjKHLZfFrEI0x2trNoRg65tYKmltgG66O8zP458INop84gvwXAxLuBOzYjMD-KmvvdG8GWjWPn3Z6bYggr1FM&__tn__=%2CO%2CP-R
Hemos escrito una serie de contrargumentos frente a un polemista de turno, no como respuesta personal ni como intercambio coyuntural, sino como un ejercicio deliberado de desarme discursivo. Desde el inicio asumimos que no estábamos ante un error ingenuo ni ante una discusión historiográfica legítima, sino frente a una operatoria retórica reconocible, reiterada y eficaz. Los enunciados que intentan revaluar la dictadura de Alfredo Stroessner —cuando se afirma que “mató menos que los gobiernos liberales previos, siendo benigno en materia de muerte” o que “fue presidente constitucional, no dictador”— no aparecen en nuestros textos como meras opiniones discutibles, sino como piezas de una maquinaria comunicacional cuya lógica interna hemos intentado hacer visible y explícita. Estas ideas fueron desarrolladas originalmente en Las palabras del poder o el poder de las palabras, publicado el 23 de enero de 2026 en:
En ese sentido, lo que fuimos
mostrando a lo largo de estos escritos es que tales argumentos funcionan
exactamente como propaganda política en el sentido clásico del término, esto
es, como una forma de guerra simbólica orientada no a esclarecer el pasado,
sino a volverlo tolerable mediante su distorsión. No se trata de negar hechos,
sino de reconfigurarlos mediante reducciones estratégicas, comparaciones
espurias y desplazamientos constantes del eje del debate. Como señalamos allí,
el argumento comparativo no es un cálculo neutral, sino “un acto intencional de
la conciencia que opera una reducción radical: reduce la experiencia
totalitaria a una sola variable cuantificable (el número de muertes),
excluyendo deliberadamente la dimensión vivida del terror”.
Al insistir en métricas aisladas y en
balances macabros, el polemista abandona toda evaluación cualitativa del
régimen y desplaza la discusión hacia un terreno donde el horror puede
relativizarse. Ya no se juzga la naturaleza criminal del stronismo, sino su
posición comparativa en una escala distorsionada de atrocidades. Esta lógica
fue profundizada en el texto publicado el 24 de enero de 2026, donde advertimos
que el relativismo moral opera como una falsa racionalidad que atenúa el mal
por comparación y no por comprensión histórica. Ese desarrollo puede leerse en:
https://www.facebook.com/share/p/1ANduucKXT/
Cuando esta estrategia comienza a
mostrar fisuras, el discurso vuelve a desplazarse. En lugar de defender los
hechos que afirma, el polemista pasa a discutir el derecho mismo a debatirlos.
El eje ya no es si Stroessner fue un dictador, sino si quienes lo sostienen
participan de una supuesta “hegemonía historiográfica”. Tal como mostramos, en
ese punto el debate deja de ser histórico y pasa a ser metadiscursivo: ya no se
discuten los hechos, sino la legitimidad de quienes los nombran. Esta
operatoria fue analizada con mayor detalle en el texto publicado el 27 de enero
de 2026, donde se señala cómo el cambio de nivel lingüístico funciona como una
trampa argumentativa:
https://www.facebook.com/share/p/1ANduucKXT/
Insistimos también en que la eficacia
de este tipo de argumentos no reside en su solidez lógica —que es débil— sino
en su potencia emocional y en su capacidad de repetición. Un enunciado pobre en
términos racionales puede ser, sin embargo, enormemente eficaz en el mundo de
la vida, allí donde operan la memoria, la afectividad y la necesidad de
reconciliar biografías personales con un pasado violento. Esta dimensión fue
abordada nuevamente al analizar la continuidad metodológica entre viejas y
nuevas formas de distorsión histórica, en el texto publicado el 27 de enero de
2026 en:
https://www.facebook.com/share/p/1GLWBUSnSY/
En última instancia, lo que está en
juego no es un matiz interpretativo sobre la historia reciente, sino la
configuración misma de la memoria colectiva. Por eso afirmamos, sin
ambigüedades, que estos argumentos no pertenecen al campo de la historia sino
al de la propaganda, y que su éxito no se mide en términos de verdad, sino en
su capacidad para volver tolerable lo que debería permanecer como límite moral
infranqueable. La batalla contra ellos no es académica: es una disputa por la
memoria, por el lenguaje público y, en última instancia, por las condiciones
simbólicas que hacen posible una democracia que no se funda en el olvido ni en
el eufemismo.
El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 27 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=10229320968036555&id=1468595806&rdid=8GUqY09i8ujK5Q7H#
La trampa de las palabras: cuando la
defensa de un dictador se esconde detrás de un debate sobre el debate
Imaginemos que el lenguaje es como una caja de herramientas. A veces usamos las herramientas para trabajar (para hablar “de” algo), y a veces tomamos una herramienta en la mano, la señalamos y hablamos “de ella misma”. Esa diferencia, que parece un juego de palabras, es en realidad uno de los descubrimientos más útiles de la filosofía del siglo XX para acabar con discusiones que daban vueltas en círculo sin salida. Filósofos como Alfred Tarski, en obras como El concepto de verdad en los lenguajes formalizados (1933), y Willard Van Orman Quine, en Desde un punto de vista lógico (1953), nos ayudaron a ver esto con claridad. Ellos distinguieron entre el lenguaje-objeto y el metalenguaje. El lenguaje-objeto es el que usamos para hablar del mundo: "La mesa es de madera", "Stroessner fue un dictador". El metalenguaje es el que usamos para hablar “del propio lenguaje”: "La palabra 'dictador' tiene tres sílabas", "La frase 'Stroessner fue un dictador' es una afirmación histórica". La confusión surge, y se vuelve tramposa, cuando mezclamos estos niveles sin avisar, como cambiar las reglas a mitad de un partido.
Esto nos lleva a la diferencia entre
“uso” y “mención”. Cuando “usamos” una palabra, la ponemos a trabajar con su
significado habitual. Cuando “mencionamos” una palabra, la tratamos como un
objeto, la ponemos entre comillas para examinarla. Si digo "Paraguay es un
país", estoy "usando" la palabra "Paraguay". Si digo
"'Paraguay' tiene ocho letras", estoy “mencionando” la palabra,
hablando de ella como un objeto. Parece sencillo, pero esta distinción es un
antídoto poderoso contra los juegos de palabras engañosos.
Y justo este es el juego que estamos
viendo en el caso de un polemista de turno. Su estrategia es un abuso constante
de estos dos niveles. Primero, en el nivel del lenguaje-objeto, usa las
palabras para hacer afirmaciones contundentes sobre la historia, dice que
Stroessner "mató menos que los gobiernos liberales previos, siendo benigno
en materia de muerte" y que "fue presidente constitucional, no
dictador". Aquí, las palabras "mató menos" y "presidente
constitucional" están trabajando, están pretendiendo describir la
realidad. Es una jugada en el tablero de la historia, y como tal, se gana o se pierde
con datos y documentos.
El problema, y la trampa, viene
cuando le pedimos que muestre sus cartas, que justifique esos datos. En ese
momento, hace un movimiento furtivo, abandona el tablero del lenguaje-objeto y
salta al del metalenguaje. Ya no defiende que Stroessner fuera constitucional.
En lugar de eso, toma sus propias frases polémicas y las convierte en el tema
de la conversación. Las menciona para hablar sobre ellas. Pregunta:
"¿plantear este debate? ¿Significa tratar de comprender la historia larga
del autoritarismo (...) hacer una apología a Stroessner? No, no
significa." Fíjense el cambio: ya no está discutiendo los hechos de la
dictadura, sino que está discutiendo el acto de discutir sobre la dictadura. Ha
cambiado el partido de cancha. De repente, el tema ya no es si sus números son
ciertos, sino si tiene derecho a plantear la pregunta. Es como si un jugador de
fútbol, al ver que le van a marcar un gol, detuviera el juego para discutir
fervientemente sobre las reglas del fair play, acusando al equipo rival de ser
unos violentos que no entienden el verdadero espíritu del deporte.
Para sellar su jugada, desde este
nuevo nivel metalingüístico lanza una acusación que pretende invalidar
cualquier respuesta en el nivel original. Afirma que existe una "hegemonía
historiográfica que ha dejado de pensar y se ha dedicado a reproducir ciertos
sentidos comunes que al parecer no se pueden objetar". Esto ya no es un
argumento sobre Stroessner; es un argumento sobre quienes lo critican a él. Es
un juicio desde el metalenguaje diseñado para envenenar el pozo. Cualquier
intento de refutarlo en el lenguaje-objeto ("mire, aquí están los archivos
que muestran las torturas") puede ser descartado desde su metalenguaje
como un simple acto de reproducción del "sentido común" hegemónico
que él denuncia. Ha construido una trampa de espejos, criticar sus afirmaciones
históricas parece confirmar su acusación metalingüística de que somos unos
dogmáticos.
La única forma de salir de este
laberinto es siendo más claros que el polemista con los niveles. En un primer
momento, el polemista está confundiendo dos conversaciones distintas. En la
primera conversación, la del lenguaje-objeto, hace afirmaciones concretas,
'mató menos' y 'presidente constitucional'. Es una exigencia que debe
mantenerse aquí y sus respuestas deben ser pruebas. En la segunda conversación,
la del metalenguaje, sobre si hay hegemonía o no, sobre si esto es un 'debate'
o una 'apología', es una derivación que el polemista inventó para no tener que
jugar en la primera. No se debe caer en esta confusión. Hay que hablar de lo
que dijo, no de su derecho a decirlo. El polemista debe traer sus datos al
tablero de la historia, que es donde los puso, y debe dejar de cambiar las
reglas a mitad del partido. Al señalar este abuso de los niveles del lenguaje,
se desinfla por completo la supuesta profundidad de su maniobra y queda al
descubierto lo que es, una artimaña verbal para evadir el único debate que
importa, el de los hechos.
Referencias
Quine, W. V. O. (1953). Desde un
punto de vista lógico. Editorial Paidós.
Tarski, A. (1933). El concepto de
verdad en los lenguajes formalizados. En A. Tarski, Logic, Semantics,
Metamathematics (pp. 152-278). Clarendon Press.
El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 27 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=10229298389152097&id=1468595806&rdid=eT20r5IzcGeOYqdh
Un siglo y una tesis separan las
intervenciones de Juan Emiliano O'Leary y un posmoderno imitador, pero un mismo
hilo metodológico —torcido, resistente— los une en la vasta y fracturada
telaraña de la memoria paraguaya. No es un hilo de continuidad ideológica
directa, sino uno de estrategia retórica, un mecanismo casi mimético para
desmontar la crítica histórica sustituyendo su objeto. Allí donde la razón
analítica busca causas, ellos ofrecen desvíos; donde se nombran realidades
incómodas, proponen comparaciones oblicuas. Es la táctica del espejismo
argumentativo.
O'Leary, en el alba turbulenta del
siglo XX, se enfrentó a la demoledora tesis sociológica de Cecilio Báez. Báez
no insultaba; diagnosticaba. Su argumento era estructural y causal: un siglo de
despotismo, desde Francia hasta los López y más allá, había
"cretinizado" —es decir, había desmoralizado, inculturado y
corrompido— el cuerpo social paraguayo. El pueblo era la víctima terminal de un
sistema. La viveza criolla retórica de O'Leary consistió en negarse a debatir
en ese terreno. Con sagacidad, tomó el término "cretino", le arrancó
su carga teórica y sociológica, y lo revistió de un significado puramente
emocional e injurioso. Así, con prestidigitación, desplazó el debate desde las
causas sistémicas del atraso —el verdadero núcleo de Báez— hacia el honor
herido de la colectividad. Ya no se discutía sobre tiranía y sus efectos, sino
sobre quién tenía derecho a hablar en nombre de un pueblo supuestamente
ofendido. Fue una falacia de hombre de paja monumental: atacó una posición que
Báez no sostenía como eje central. Su triunfo, nos revela el análisis, fue
retórico y político, no intelectual; logró obnubilar la lógica con el
sentimiento, sustituyendo el análisis por la arenga.
La expresión que "Stroessner no
fue tan dictador" o la afirmación que "mató menos que otros",
hoy a caballo del ya entrado siglo XXI, opera con la misma lógica esencial,
aunque su herramienta no es el agravio sentimental, sino la frialdad de una
comparación perversa. Al defender, el que afirma de ese modo, la figura de
Alfredo Stroessner, no se enfrenta a un Báez, sino al consenso histórico y a
las evidencias irrefutables de la Comisión de Verdad y Justicia y de quienes
pueden esgrimir contra argumentos a tal audacia. Su movimiento es gemelo en su
estructura, pero distinto en su piel. Primero, una concesión táctica: admite
"violaciones" en el "tramo final", un gesto que busca
aparentar ecuanimidad para ganar credibilidad antes del giro. Luego, ejecuta el
desvío. El debate cualitativo sobre la naturaleza dictatorial, represiva y
criminal del régimen —su carácter ilegítimo, su maquinaria de terror— es
bruscamente abandonado. En su lugar, este malabarista instala una pregunta
cuantitativa y macabra: ¿quién mató más? Al afirmar que Stroessner "mató
menos que los gobiernos liberales" y calificar su dictadura de
"benigna en materia de muerte", traslada la discusión a un terreno de
falso equilibrio. Ya no se juzga lo que fue el stronismo, sino que se lo mide
en una escala distorsionada de atrocidades. Es la falacia de la falsa
equivalencia y el relativismo moral llevada a su extremo: el mal se atenúa
porque hubo, supuestamente, un mal mayor en otro lado. Finalmente, remata con
el reencuadre lingüístico definitivo: Stroessner no fue un dictador, sino un
"presidente constitucional". El lenguaje es vaciado de su significado
histórico para servir a la rehabilitación.
La similitud, pues, es metodológica y
profunda. Ambos polemistas, ante una crítica fundada, rehúsan el combate en el
terreno elegido por su adversario. O'Leary cambia el tema de la tiranía al
honor. El acusador de turno, cambia la métrica de la cualidad a la cantidad. El
primero apela al pathos de la dignidad colectiva; el segundo, a una fría y
espuria razón utilitaria. Los dos persiguen un mismo fin: desactivar un juicio
histórico incómodo que pone en tela de juicio pilares de cierta narrativa
nacional —el heroísmo lopista en un caso, el orden y progreso stronista en el
otro— no refutándolo con evidencias superiores, sino nublando los términos del
debate. Crean una inconmensurabilidad: hablan de algo distinto a lo que sus
críticos plantean.
El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 24 de enero https://www.facebook.com/victor.oxley/posts/pfbid0HvXjTjbgW8JvgUduDVUDDWexF4TjUKx3KfWyS31Jg6bv4wcLKuLj67pkY4awEuFxl?__cft__[0]=AZZ7N9tWqsbZwrOeyq6mg5GkhY6u_PJRbZRyhwfyurE3A3yiNnpUCoBI-w9g0eIcR5o8j4B07YnjrsmhawImVGTh0MjXN0tF26vxgetciIFYFB_zzT0aETB9o-RbesT8tJls4UYimZ4j3ANJmegJyLlN7oxrUjZv_7OEkmxf2vxgCyudQmSuxy1bL94W2hGTpqU&__tn__=%2CO%2CP-R
Imagina que te digo: "Stroessner no fue tan dictador" o "mató menos que otros". Tu primera reacción podría ser pensar que soy un ignorante, alguien que simplemente no estudió historia. Pero aquí está el truco: no se trata de ignorancia. Se trata de algo mucho más sofisticado y peligroso. Se trata de una manipulación lógica perfectamente estructurada, un castillo de naipes argumentativo que parece sólido pero que se sostiene sobre violaciones sistemáticas de cómo pensamos correctamente. Te voy a mostrar los niveles de esta trampa, desde el engaño más superficial hasta la corrupción más profunda de la razón.
En la superficie, el juego es simple:
tomar una verdad dura, fría e incuestionable y bañarla de
"posibilidades". Es el viejo truco del "tal vez". "Tal
vez no fue tan malo". "Tal vez las cifras están exageradas".
"Tal vez había un contexto". El operador lógico de la posibilidad,
ese "es posible que", se saca de contexto y se usa como un borrador
mágico. Porque en lógica, cuando algo es necesariamente verdadero – como que
una dictadura es, por definición, opresiva – afirmar que "es posible que
no lo haya sido" no es una opinión, es una contradicción. Es como decir
"es posible que este círculo cuadrado exista". La primera violación
es ésta: tratar lo necesario como si fuera contingente, lo definitivo como si
fuera debatible. Es convertir los hechos en opiniones, y los crímenes en puntos
de vista.
Bajemos un nivel. Aquí encontramos la
separación entre lo que se sabe y lo que se dice. El manipulador no es un
ingenuo; conoce los archivos, ha visto las listas, escuchó los testimonios.
Sabe que la afirmación "no fue tan dictador" es falsa. Pero la pronuncia
igual. En lógica epistémica, que estudia el conocimiento, esto es un pecado
capital: afirmar lo contrario de lo que se sabe. No es un error; es una doble
conciencia. Se construye un personaje público que duda, mientras en la
privacidad del conocimiento no hay duda alguna. Esta fractura entre el saber
interno y el discurso externo es la marca de la mala fe, no de la equivocación.
Ahora penetremos más hondo, a la
cocina de la motivación. ¿Por qué haría alguien esto? Aquí la lógica se mezcla
con el deseo. El operador "creo que" se infecta con el virus del
"quiero que". Ya no se cree algo porque la evidencia lo apoye, sino
porque conviene que sea cierto. La racionalidad se subordina a la utilidad. El
mecanismo es perverso: "Deseo absolver al dictador, por tanto afirmo que
no fue tan dictador". La creencia deja de ser una relación con la verdad
para convertirse en un instrumento de un deseo. La lógica doxástica, que modela
las creencias, se tuerce: la creencia ya no se forma por evidencias, sino por
conveniencias. Es el autoengaño convertido en estrategia discursiva.
Llegamos al núcleo moral. Todo este
andamiaje conduce a una inversión de los operadores del deber. Lo que era
moralmente obligatorio – recordar, nombrar, condenar – se transforma en algo
optativo. Lo que era impermisible – olvidar, perdonar lo imperdonable,
relativizar el horror – se presenta como un gesto de "madurez" o
"paz". La lógica deóntica, que rige las obligaciones, es secuestrada.
El imperativo "nunca más" se diluye en un "pasemos página".
La estructura moral del mundo se revierte: el bien y el mal intercambian sus
signos bajo el disfraz de la "reconciliación". Esto no es evolución
moral; es corrupción de los fundamentos éticos.
Finalmente, en el nivel más abstracto
y poderoso, está el ataque al tiempo mismo. La lógica temporal nos dice que los
hechos pasados son fijos, necesarios, inalterables. Lo que ocurrió, ocurrió. La
manipulación intenta lo imposible: modificar el valor de verdad de las
proposiciones sobre el pasado. No con una máquina del tiempo, sino con una
máquina del relato. "No fue lo que fue, sino lo que nosotros digamos que
fue". Es una negación de la flecha del tiempo, una pretensión de soberanía
sobre lo ya acontecido. Es querer ganar, en el tribunal de la historia
presente, los juicios que se perdieron en el tribunal de los hechos pasados.
Este es el edificio completo de la
manipulación: un piso de posibilidades falsas, levantado sobre una planta de
conocimiento negado, sostenido por los pilares torcidos del deseo, decorado con
una fachada de moralidad invertida, y coronado con la ambición de reescribir el
tiempo. No es un discurso "alternativo"; es un discurso antilógico.
Usa las formas del razonamiento – "tal vez", "creo",
"debemos" – para vaciarlas de su contenido racional.
Por eso, cuando escuches estos
argumentos, no discutas solo fechas o cifras. Señala la arquitectura de la
trampa. Pregunta: ¿Están tratando lo necesario como posible? ¿Están separando
lo que saben de lo que dicen? ¿Están disfrazando un deseo como una creencia?
¿Están invirtiendo los deberes morales? ¿Están pretendiendo reescribir el
pasado?
Detectar esto no es solo un ejercicio
intelectual; es un acto de defensa. Defensa de la memoria, que es el suelo de
la identidad. Defensa de la verdad, que es el marco de la convivencia. Defensa
de la lógica, que es el dique contra el caos de las palabras vacías. Al final,
el arma más poderosa contra quien quiere que toleremos lo intolerable es
recordar, con una claridad implacable, lo que necesariamente ocurrió. Porque lo
necesario, en lógica y en historia, no admite "tal vez".
El siguiente artìculo fue publicado en la red social Facebook el dìa 23 de enero de 2026 en https://www.facebook.com/victor.oxley/posts/pfbid0FrWByR7FzG9sMmWJXSzW8HwBx2F1CSvp4wM8vxNSw4Z6AvHGvCJmMxyvpqVYadp8l
Las palabras del poder o el poder las palabras
Los argumentos que buscan revaluar la dictadura de Alfredo Stroessner – aquel que sostiene que “mató menos que los gobiernos liberales previos, siendo benigno en materia de muerte”, y el que insiste en que “fue presidente constitucional, no dictador” – no son meras opiniones aisladas. Constituyen, más bien, un fenómeno discursivo complejo que podemos iluminar por lo menos, con cuatro tradiciones filosóficas fundamentales, cada una de las cuales revela una capa distinta de su significado e intencionalidad. En su aparente simpleza, estos enunciados condensan tensiones profundas entre la objetividad y la emoción, entre la lógica y la memoria vivida.
Desde la lente del filósofo Karl
Popper, estos argumentos adquieren una existencia objetiva y autónoma en lo que
él denominó el “Mundo 3”: el reino de los contenidos del pensamiento, las
teorías y los problemas lógicos. Para Popper, autor de Conocimiento objetivo,
una vez formulados, estos argumentos se independizan de su creador y se someten
a un escrutinio crítico y lógico. El primero, el de la “benignidad
comparativa”, se presenta como una hipótesis histórica falsable. Su validez
popperiana dependería de su capacidad para ser refutada con datos empíricos:
¿Es rigurosamente cierto que hubo menos víctimas mortales directas? ¿Incluye el
cálculo a los desaparecidos, los muertos por torturas o el exilio político como
una forma de muerte civil? Popper, en Conjeturas y refutaciones, exigiría una
precisión conceptual de la que el argumento carece, haciendo de él una entidad
lógica débil, pero aun así existente en ese mundo de las ideas donde puede ser
analizada y mejorada. El segundo argumento, el terminológico, se convierte en
el Mundo 3 en un problema de definición política. Popper, en La sociedad
abierta y sus enemigos, distinguía entre regímenes que permiten el cambio
pacífico y aquellos que lo suprimen. La mera existencia de una constitución
manipulada no convierte a un régimen en constitucional en sentido democrático.
Así, el argumento puede ser refutado contrastando su definición con las
características objetivas de una dictadura: concentración ilimitada del poder,
supresión de la oposición y ausencia de mecanismos reales de alternancia. Lo
crucial en la visión popperiana es que, más allá de su veracidad, ambos
enunciados generan “consecuencias lógicas no intencionadas”. El primero plantea
implícitamente la pregunta incómoda: ¿qué nivel de violencia estatal es
socialmente tolerable? El segundo fuerza una reflexión sobre los límites
conceptuales entre democracia y autoritarismo. Estas preguntas, una vez
planteadas, viven una vida propia en el dominio del conocimiento objetivo.
Sin embargo, si con Popper examinamos
la estructura lógica de los argumentos, con Edmund Husserl nos sumergimos en la
intencionalidad que los anima. Para el fundador de la fenomenología, toda
conciencia es conciencia de algo; está dirigida a un objeto y, en ese acto, lo
constituye con un sentido particular. Desde Ideas relativas a una fenomenología
pura, Husserl nos invita a suspender el juicio sobre la realidad exterior –
aplicar la epoché – y examinar cómo se constituye el fenómeno en la vivencia.
El argumento comparativo no es, entonces, un frío cálculo, sino un acto
intencional de la conciencia que opera una “reducción” radical: reduce la
experiencia totalitaria a una sola variable cuantificable (el número de
muertes), excluyendo deliberadamente la dimensión vivida del terror. Como notó
Maurice Merleau-Ponty en Fenomenología de la percepción, percibir es siempre
destacar algo y relegar otro algo al fondo. Aquí, se destaca un presunto dato
numérico y se relega al olvido fenomenológico la atmósfera de miedo, la censura
autocensurada, la humillación y la pérdida de autonomía. La intencionalidad que
se revela no es puramente descriptiva, sino justificativa: se constituye un
“Stroessner” aceptable al compararlo con un pasado caótico seleccionado. El
segundo argumento es aún más revelador como acto intencional. No busca
describir, sino performar; busca cambiar la identidad del objeto mediante un
acto de nominación. Husserl diría que estamos ante una lucha por la
“constitución de sentido” dentro del Lebenswelt o mundo de la vida compartido.
La palabra “dictador” no es un flatus vocis; está cargada, en el Paraguay
post-Stroessner, con las vivencias de generaciones. Intentar sustituirla por
“presidente constitucional” es un intento de reconfigurar esa memoria
intersubjetiva, de alterar la capa afectiva y significativa que recubre al
personaje histórico. Como Paul Ricoeur exploró en La memoria, la historia, el
olvido, siguiendo la estela husserliana, la batalla por los nombres es siempre
una batalla por el significado vivido y por el derecho a definir la identidad
colectiva.
Esta batalla, sin embargo, tiene
consecuencias prácticas y medibles, y es aquí donde el lente del utilitarismo
consecuencialista enfoca con crudeza. Desde Jeremy Bentham, quien en su
Introducción a los principios de moral y legislación postuló el principio de la
mayor felicidad para el mayor número, hasta pensadores contemporáneos como
Peter Singer, la ética utilitarista juzga los actos – y los discursos – por sus
resultados en el bienestar general. Evaluados así, estos argumentos revelan su
potencial toxicidad social. El argumento de la “benignidad” aplica un
utilitarismo miope y reduccionista. Como argumentó John Stuart Mill en El
utilitarismo, el bienestar humano no se compone sólo de la mera supervivencia
biológica, sino de la libertad, la dignidad y la seguridad para proyectar una
vida propia. Un cálculo utilitario honesto del régimen stronista debería
incluir el trauma de las torturas, el desgarro del exilio, el costo económico
de la corrupción sistémica y el déficit democrático que legó al país. Al omitir
estos factores, el argumento no solo es históricamente incompleto, sino
éticamente engañoso. Peor aún, sus consecuencias sociales son potencialmente
dañinas. Como analizó Derek Parfit en Razones y personas, los discursos sobre
el pasado tienen efectos a muy largo plazo. Minimizar la gravedad de una
dictadura puede debilitar los anticuerpos sociales contra el autoritarismo,
entorpecer los procesos de justicia y reparación, y perpetuar una cultura de
impunidad. El segundo argumento, el del “presidente constitucional”, cae en lo
que Bernard Williams, en Ética y los límites de la filosofía, criticó como el
desprecio utilitarista por la verdad. Su defensa podría ser que usar un término
más “suave” promueve la reconciliación social. Pero una reconciliación basada
en un eufemismo es frágil y falsa. Socava la confianza en el lenguaje público y
corrompe el espacio de la deliberación democrática, donde llamar a las cosas
por su nombre es un requisito para la salud cívica. El utilitarismo
sofisticado, por tanto, probablemente condenaría estos argumentos: sus
beneficios (confort identitario para unos pocos) son ampliamente superados por
sus costos sociales (obstaculización de una memoria curativa y de una cultura
política robusta).
Finalmente, si nos adentramos en la
teoría emotivista del lenguaje, asociada a A.J. Ayer y, de forma más matizada,
a C.L. Stevenson, descubrimos el núcleo afectivo que late bajo la cáscara
lógica de estos enunciados. Para Ayer, en Lenguaje, verdad y lógica, los
juicios de valor son expresiones de emoción disfrazadas de proposiciones
fácticas. Bajo este prisma, el primer argumento se traduce menos como “X es un
hecho” y más como “¡Qué alivio que no fue peor!” combinado con el imperativo
emotivo “¡No sientas una indignación moral tan profunda!”. La comparación
numérica es el andamiaje retórico que da una apariencia de racionalidad a lo
que es, en esencia, una petición emocional de moderación del juicio histórico.
Stevenson, en Ética y lenguaje, profundizó esta idea, argumentando que tales
enunciados tienen un “componente descriptivo” (a veces muy débil) y un
“componente dinámico” o prescriptivo-emotivo, que es el dominante. El segundo
argumento es un caso de libro de texto. “Fue presidente constitucional”
funciona, en el nivel emotivo, como un grito de “¡Rehabilitémoslo!” o
“¡Trátenlo con el respeto debido a un mandatario!”. No es un debate semántico
frío, sino una lucha por la carga afectiva de un símbolo histórico. Como ha
argumentado el filósofo Simon Blackburn desde su “cuasi-realismo”, estas
expresiones no son irracionales, sino que operan dentro de una economía de
sentimientos y actitudes complejas. El deseo de suavizar la imagen de
Stroessner puede emanar de necesidades psicológicas legítimas: el anhelo de
coherencia en la biografía familiar, la búsqueda de elementos positivos en un
período oscuro, o el intento de integrar lealtades contradictorias. El problema
surge – y aquí el emotivismo se encuentra con la crítica popperiana – cuando
estas expresiones de deseo se presentan con el ropaje de la objetividad
histórica, bloqueando así la posibilidad de un examen racional y honesto de los
hechos.
La conjunción de estas cuatro
perspectivas – popperiana, husserliana, utilitarista y emotivista – no nos
ofrece una respuesta simple, sino una comprensión ampliada de por qué ciertos
argumentos persisten y generan tanta pasión. Nos muestran que el discurso sobre
el pasado dictatorial es un campo de fuerza donde chocan la lógica y el deseo,
la intención justificativa y la consecuencia social, la construcción de sentido
y la expresión de emoción. Un argumento aparentemente débil en el Mundo 3
popperiano puede ser enormemente potente en el mundo de la vida husserliano o
en la economía emocional del hablante. Entender esto no implica conceder
validez a los argumentos, sino reconocer que su refutación completa exige más
que presentar contra-datos. Exige desentrañar las intencionalidades que los
animan, evaluar conscientemente las consecuencias de su circulación y reconocer
con honestidad las emociones que los alimentan. Solo una crítica que sea,
enriquecida, y con esos fines, nos sumergimos en terrenos de la lógica, la
fenomenología, la ética y la psicología, aspirando a disolver, con rigor, los
nudos discursivos que atan a las sociedades a versiones empobrecidas y
justificativas de su propio pasado. La calidad de la democracia paraguaya del
presente se juega, en no poca medida, en la capacidad para sostener este tipo
de reflexión compleja sobre los ecos, todavía vibrantes, de su historia
reciente.
Estos argumentos son propaganda pura,
no historia. Intentan operar con la lógica goebbelsiana: simplifican, repiten,
emocionan y redefinen. Su éxito no se mide en veracidad, sino en cuánto
consiguen que una sociedad tolere su propia vergüenza histórica al envolverla
en eufemismos y falsas comparaciones. La batalla contra ellos no es académica;
es por la memoria misma.
Ludwig Wittgenstein en sus
Investigaciones filosóficas (§109) afirma: "Los problemas filosóficos
surgen cuando el lenguaje está de fiesta. (Y para añadir: también cuando el
lenguaje, por así decirlo, hace dieta.) La filosofía es una lucha contra el
embrujo de nuestro entendimiento por medio del lenguaje”; el
"chichón" que las palabras nos causan —la incomodidad que sentimos
ante estos argumentos— es precisamente la señal de que hemos topado con un uso
engañoso del lenguaje. Y ese dolor, lejos de ser inútil, es valioso: nos obliga
a despertar del embrujo y a ver el mundo con mayor claridad.
Referencias
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y lógica. Editorial Gredos.
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Berlin [La lucha por Berlín]. Franz Eher Verlag.
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Económica.
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lenguaje. Paidós.
Williams, B. (1985). Ethics and the
Limits of Philosophy. Harvard University Press.
*caricatura de Jean Cabut para el semanario Charlie Hebdo (París)

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