Filósofo artefactualista estructural. Investigador en educación matemática y analista político. Su n

martes, 22 de abril de 2025

LA PERFORMATIVIDAD DEL LENGUAJE: SU PERTINENCIA Y SUS EXTRAVIOS DESDE JUDITH BUTLER, PASANDO POR EL PROGRAMA FUERTE DE LA SOCIOLOGÍA DE LA CIENCIA HASTA LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

                                                                                        Victor M. Oxley

La teoría performativa del lenguaje de John Langshaw Austin representa un giro decisivo en la filosofía del lenguaje del siglo XX. Su obra central, How to do things with words (publicada póstumamente en 1962), inauguró lo que hoy llamamos la filosofía del lenguaje ordinario.

En sus desarrollos, Austin critica la visión tradicional según la cual la función principal del lenguaje es describir hechos del mundo, es decir, emitir enunciados verdaderos o falsos. Esta visión era típica de muchas corrientes analíticas, desde Frege hasta el primer Wittgenstein. Austin muestra que no todos los enunciados tienen valor de verdad, y que hay formas de hablar que no describen el mundo, sino que hacen algo en el mundo. A partir de esto Austin construye su concepto de enunciado performativo.

Un enunciado performativo es uno en el que al decir algo, se está haciendo algo. Ejemplos tenemos en "Lo juro" (cuando se está prestando juramento). "Los declaro marido y mujer" (en una boda). "Prometo ayudarte" (no describe un hecho; es la promesa). Estos no son enunciados que puedan ser verdaderos o falsos.

Con esto en mente, Austin construye su posición teórica de los actos del habla, en tal empresa propone una tipología tripartita.

a) Acto locucionario: Es el mero hecho de proferir un enunciado con sentido (gramatical y fonéticamente correcto). Ejemplo: "Te dejo el paraguas en el recibidor". "Locutionary acts [...] are roughly equivalent to uttering a certain sentence with a certain sense and reference" (Austin, 1962, p. 108)

b) Acto ilocucionario: Es el acto que se realiza al decir algo: afirmar, prometer, ordenar, pedir, preguntar, etc. Ejemplo: al decir “Te dejo el paraguas en el recibidor”, puede que estés advirtiendo, informando, prometiendo, etc. “When I say, before the registrar or altar, ‘I do’, I am not reporting on a marriage: I am getting married” (Austin, 1962, p. 5).

c) Acto perlocucionario: Es el efecto que el acto tiene sobre el interlocutor: convencer, asustar, entristecer, alegrar, etc. Ejemplo: tu frase podría tranquilizar a alguien que teme mojarse. “Saying something will often, or even normally, produce certain consequential effects upon the feelings, thoughts, or actions of the audience [...]” (Austin, 1962, p. 101).

Austin introduce el concepto de condiciones de felicidad (felicity conditions). Un enunciado performativo no es verdadero o falso, sino que puede ser afortunado (feliz) o desafortunado (infeliz) dependiendo de si se cumplen ciertas condiciones, por ejemplo, para que "Los declaro marido y mujer" sea afortunado o feliz: debe ser dicho por una autoridad competente (un juez o sacerdote); en una situación apropiada (una ceremonia de boda); con consentimiento de las partes y sin errores o imposturas. Si alguna de estas falla, el acto no se realiza, aunque las palabras se pronuncien. El acto "fracasa".

Con estos desarrollos Austin rompe con la idea de que el lenguaje solo describe el mundo, muestra que hablar es hacer cosas. Introduce una nueva forma de pensar la semántica y la pragmática.

Contemporáneamente podemos decir que existe una tensión innecesaria entre el análisis pragmático del habla ordinaria (en Austin) y su traducción teórica a campos con estructuras discursivas propias, como la biología o la teoría social del género.

 

La pensadora Judith Butler propone que el género no debe entenderse como una identidad fija, interna o natural del sujeto, sino como una construcción social que se sostiene y se reproduce a través de prácticas, discursos y normas culturales. Según esta perspectiva, el género no es algo que uno es, sino algo que uno hace: una serie de actos, gestos, estilos de comportamiento, formas de vestir, hablar y moverse que se reiteran en el tiempo y que producen el efecto de una identidad coherente y estable.

El término “performativo” significa aquí que el género no es una expresión de una identidad previa, sino el efecto repetido de actos que lo constituyen. La identidad de género no precede a los actos, sino que es producida por ellos. “Gender is the repeated stylization of the body, a set of repeated acts within a highly rigid regulatory frame that congeal over time to produce the appearance of substance, of a natural sort of being.” (Butler, 1990, p. 33)

Así el género no es una esencia, sino una práctica repetida. Esa repetición genera la ilusión de que hay una identidad fija y natural.

Para Butler, el cuerpo no es una base natural neutra, sino también una entidad que se forma a través de normas culturales y sociales. Lo que se considera un cuerpo “masculino” o “femenino” responde a criterios regulativos que le dan forma, lo materializan de determinada manera. Esta idea está desarrollada especialmente en su obra Bodies that matter (1993), donde afirma que el cuerpo es el efecto de un proceso de materialización regulada. “Matter is not a site or surface, but a process of materialization that stabilizes over time to produce the effect of boundary, fixity, and surface we call matter.” (Butler, 1993, p. 9) 

Judith Butler sostiene que incluso la distinción entre “sexo” (biológico) y “género” (social) es problemática. Según ella, el “sexo” no es una categoría natural previa, sino una categoría ya cargada de sentido cultural. “Perhaps this construct called ‘sex’ is as culturally constructed as gender; indeed, perhaps it was always already gender.” (Butler, 1990, p. 10) Esto significa que el sexo también es producido y regulado dentro de marcos normativos, y por tanto no puede considerarse un fundamento neutral y objetivo sobre el cual se construye el género.

Uno de los efectos más importantes de la performatividad es que los actos de repetición no parecen artificiales, sino que generan la apariencia de una identidad natural. Así, se produce un sujeto que parece tener un género "propio", cuando en realidad se trata del efecto sedimentado de prácticas sociales.

Como la identidad de género es el resultado de actos repetidos, Butler sostiene que esa repetición puede alterarse o desviarse, produciendo efectos de resistencia o subversión frente a las normas. Ejemplos de esto serían expresiones que interrumpen la coherencia esperada entre sexo, género y deseo, como el travestismo, la performance drag o ciertas formas de disidencia sexual.

En síntesis apretada, se puede decir que la teoría de la performatividad de Judith Butler afirma que el género no es una identidad estable ni natural, sino un efecto repetido de actos sociales normados. Estos actos no expresan una esencia, sino que producen la apariencia de esa esencia. El cuerpo y el sexo también están configurados dentro de este marco normativo. La repetición, aunque regulada, permite la posibilidad de subversión o resignificación.

Cuando Austin y los filósofos de Oxford (como Gilbert Ryle o el segundo Wittgenstein) promueven la filosofía del lenguaje ordinario, su intención no fue fundar una teoría universal del lenguaje que se aplique a todas sus formas (científica, lógica, matemática, jurídica, etc.), sino volver al análisis fino de los usos concretos del lenguaje en la vida cotidiana como una herramienta para disolver los problemas filosóficos tradicionales.

Austin estudia cómo usamos efectivamente las palabras en contextos ordinarios, porque allí es donde muchas confusiones filosóficas surgen por extrapolaciones mal hechas, como pensar que todos los enunciados deben ser descriptivos o que deben tener valor de verdad.

Por nuestra parte nos preguntamos ¿qué pasa cuando se aplica a otros lenguajes, como el científico? Aquí surge un problema que podemos categorizar como una extrapolación indebida. Por ejemplo, en la ciencia, muchas proposiciones no son ni descriptivas del modo "observacional puro" ni performativas en el sentido de Austin, sino que funcionan dentro de sistemas altamente formalizados, donde las reglas de juego son otras. El lenguaje matemático, físico o lógico no se rige por la flexibilidad contextual ni por las condiciones pragmáticas del lenguaje ordinario. Tiene convenciones propias, y un grado de precisión que deliberadamente elimina la ambigüedad del habla cotidiana.

Austin mismo tenía cierto cuidado con estas extrapolaciones. De hecho, How to do things with words no es una generalización total del lenguaje, sino un intento por comprender la diversidad de los actos lingüísticos, no por subsumirlos todos en el modelo performativo.

Aplicar sin mediaciones la teoría performativa a contextos como la teoría científica, el discurso jurídico formal o el discurso matemático o lógico, por citar algunas áreas, puede llevar a confusiones sobre cómo operan los actos de habla en esos registros. Allí los actos no siempre son "promesas", "juramentos", o "declaraciones", sino que operan dentro de esquemas teóricos, simbólicos o experimentales muy distintos a la acción cotidiana.

La filosofía del lenguaje ordinario (y en particular Austin) es más una metodología crítica y analítica que un marco explicativo global. Lo que ofrece es un modo de inspeccionar con cuidado los usos del lenguaje, no una ontología del lenguaje en sí. No todo es performativo, aunque todo acto lingüístico tenga una dimensión pragmática.

Relacionando la obra de Austin podemos escribir que Judith Butler retoma la noción de "performativo" en su obra Gender trouble (1990), pero hace una relectura radicalizada: ya no se trata de actos del habla en sentido austineano (decir “sí, quiero” en una boda), sino de una ontología construida a través de la repetición social de normas, como si el sujeto mismo fuera el resultado de una performatividad discursiva. En esta perspectiva, el género no es un dato biológico ni una identidad esencial, sino el efecto de una serie de actos performativos reiterados —discursos, gestos, prácticas institucionalizadas— que lo "producen" como si fuera natural.

Butler traslada la noción de performativo desde el nivel lingüístico-pragmático (Austin) al nivel ontológico-social, se comete un salto conceptual problemático que es un grave error filosófico.

El acto performativo en Austin es lingüístico, explícito, dependiente de condiciones contextuales de fortuna o felicidad. Su éxito o fracaso está anclado en convenciones reconocibles (como un contrato o una promesa). En cambio, Butler transforma esta noción en un mecanismo constitutivo del sujeto. Pero este nuevo uso no se corresponde con los parámetros de performatividad definidos por Austin. No respeta las condiciones explícitas que hacen posible un acto ilocucionario (agente competente, contexto institucional, etc.). Desdibuja la distinción entre acto locutivo, ilocutivo y perlocutivo.

Butler mezcla el nivel del lenguaje ordinario (cómo hablamos y actuamos con palabras), con el nivel de la construcción social de identidades (cómo las normas configuran cuerpos, afectos, etc.), e incluso con el nivel biológico (al relativizar el sexo en función del género). Pero lo que es pragmática del habla en Austin no puede sustentar ontologías sociopolíticas sin sufrir una distorsión grave.

Lo que se deriva del análisis de los actos de habla no puede simplemente convertirse en categorías ontológicas, pues esto requiere analizar con precisión el marco epistémico del discurso científico (por ejemplo, biología o genética), que no es performativo en sentido lingüístico. También diferenciar el uso del lenguaje como acción situada (Austin) del uso del lenguaje como constructo político de subjetividades (Butler) y reconocer que el lenguaje no agota lo real, y menos aún lo sustituye.

Es legítimo pensar el género como fenómeno social, cultural o incluso normativo. Pero no es legítimo fundar ese argumento sobre una lectura desfigurada de la performatividad lingüística, porque lo performativo en Austin requiere condiciones convencionales explícitas; Butler proyecta lo performativo sobre estructuras sociales difusas, sin esas condiciones, por lo tanto, las conclusiones que extrae carecen del anclaje conceptual que el modelo original exigía.

En síntesis, no es que el género no sea problematizable, sino que el fundamento conceptual que Butler escoge es erróneo, y esto debilita la legitimidad filosófica de su construcción.

Existe un giro lingüístico llevado al exceso, y es sumamente agudo. Existe una hiperextensión epistemológica de conceptos originalmente delimitados, como el de "acto de habla" o "performatividad", que, al ser llevados fuera de su contexto metodológico adecuado, pierden su fuerza analítica y se convierten en dogmas ideológicos.

Los conceptos filosóficos —y especialmente los de la filosofía del lenguaje— tienen regímenes de validez acotados, así el análisis de Austin se aplica al lenguaje ordinario; los conceptos de Frege o Russell se aplican al lenguaje lógico-formal y las nociones de pragmática o semántica están ligadas a condiciones de uso, convenciones, intenciones comunicativas, etc. Generalizarlos sin restricciones (por ejemplo, al lenguaje científico, al discurso biológico, o a la constitución del sujeto) implica un salto epistémicamente ilegítimo.

Autores como Bruno Latour, Karin Knorr-Cetina, o Steve Woolgar (en la línea del "Programa fuerte" y del constructivismo social del conocimiento) afirman que “Los hechos científicos no son descubiertos, sino construidos discursivamente.” Esta postura confunde la dimensión lingüístico-pragmática del enunciado científico con su contenido epistémico y ontológico. En otras palabras, transforman una teoría de la mediación simbólica (el lenguaje como mediador del conocimiento) en una ontología del lenguaje creador (el lenguaje como generador de lo real). Y esto que se señala, es filosóficamente insostenible, por varias razones.

Decir que el lenguaje media el conocimiento no implica que cree la realidad. El lenguaje organiza, representa, interpreta, pero no genera electrones ni bacterias. Que los científicos "produzcan" discursos y teorías en laboratorios no significa que produzcan ontológicamente los objetos. Esta es una falacia performativa-ontológica. Ahora, si todo es construcción social, no hay criterios para distinguir entre teorías más y menos verdaderas, lo cual socava la racionalidad del discurso científico.

Hay límites epistémicos y metodológicos en cada dominio del discurso. El lenguaje ordinario tiene su lógica pragmática. El lenguaje científico tiene una lógica formalizada, teórico-experimental. Las categorías ontológicas no emergen automáticamente de categorías lingüísticas.

Esto no significa caer en el realismo ingenuo, pero sí reconocer que el lenguaje no crea la realidad, aunque sí organiza nuestra relación con lo real, y no toda organización lingüística es performativa ni ideológica.

Se puede afirmar que existen límites filosóficos objetivos a la extrapolación de conceptos entre dominios. Y cuando estos límites se ignoran, como ocurre en cierta sociología posmoderna o en Butler, se cae en una forma de idealismo lingüístico radical, donde la realidad se disuelve en discurso.

Por otro lado, asociando a lo hablado hasta este momento, cuando se habla de "ideología de género" (con o sin comillas), se suele aludir a un conjunto de tesis, entre las que destacan que el género como construcción social pura, independiente del sexo biológico. La idea de que el sujeto se autodetermina completamente en cuanto a su identidad de género. La noción de que la diferencia sexual no tiene ninguna base ontológica o natural estable, sino que es una “invención normativa”. Que el género no solo es distinto del sexo, sino que el sexo mismo es una construcción social. Estas tesis, en su forma más influyente, se originan en la obra de Judith Butler, especialmente a partir de Gender trouble (1990) y Bodies that matter (1993), aunque otros autores como Jacques Derrida o Miche Foucault también son fuentes comunes que se citan frecuentemente.

Así el Posmodernismo y la desconstrucción de Derrida o Foucault convergen en el desarrollo intelectual de Butler. Foucault, con su idea de que el cuerpo y la sexualidad son el producto de relaciones de poder y de tecnologías discursivas. Y Derrida, con la noción de que no hay “presencia plena”, ni sentido fijo: todo significado es diferido, y el lenguaje no puede anclar ontológicamente nada. Pero ni Foucault ni Derrida elaboran una teoría del género. Sus ideas son utilizadas por Butler, pero ellos mismos no construyen una ontología del género.

Pero autores citados frecuentemente como Paul B. Preciado, Eve Kosofsky Sedgwick o Jack Halberstam desarrollan líneas similares, pero no aportan un marco fundacional distinto. Estos radicalizan aún más la postura, desdibujando toda forma de identidad fija o incluso de cuerpo “natural”. Aquí hay expansión ideológica, pero no fundamentos epistemológicos más sólidos.

Por su parte la sociología postmoderna y los etiquetados como estudios culturales, con autores como Donna Haraway (con su Manifiesto Cyborg), Karen Barad o Knorr-Cetina mezclan estudios de ciencia y género, pero adoptan también un constructivismo radical. Evitan definir fundamentos epistemológicos claros y muchas veces relativizan el concepto mismo de verdad. Estos enfoques repiten el problema, el lenguaje como constituyente absoluto de lo real, sin base empírica o lógica firme.

En contraparte general, podemos entender que la biología del desarrollo sexual muestra una clara distinción (con excepciones patológicas) entre los sexos. La medicina y la endocrinología reconocen que el sexo tiene fundamentos genéticos y fisiológicos objetivos. La psicología (clínica y evolutiva) reconoce la existencia de disforia de género, pero no niega el sexo biológico, sino que trata la identidad como experiencia subjetiva, no como hecho ontológico. Las ciencias empíricas no respaldan la ideología de género en su forma butleriana. A lo sumo reconocen dimensiones subjetivas (sentimientos, identidades, roles) que son válidas en el plano de la experiencia personal, pero no como fundamentos ontológicos ni científicos del sexo o del cuerpo.

No hay, hasta ahora, una teoría del género desvinculada de Butler que ofrezca un marco epistemológico coherente; una distinción clara entre lenguaje, biología y experiencia subjetiva, o una teoría ontológica del cuerpo o del sujeto que no cometa los errores de la performatividad mal entendida. Por lo tanto, la ideología de género, en su forma dominante, depende filosóficamente de los postulados de Butler y del posestructuralismo, y estos son epistemológicamente defectuosos como se vio, así que la ideología derivada, en concreto “la ideología de género”, carece de validez racional.

Referencias

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miércoles, 11 de diciembre de 2024

QUÉ ES PRIMERO: ¿ESTRATEGIA O TÁCTICA?

                                                                                          Dr. Victor Oxley

La cuestión ¿Qué fue primero, la gallina o el huevo? ha sido una de las más debatidas en filosofía, biología y lógica. En ajedrez, esta misma pregunta puede reformularse como ¿Qué fue o está primero, la estrategia o la táctica?

La estrategia en ajedrez se refiere al plan a largo plazo que un jugador sigue durante la partida. Implica decisiones sobre cómo estructurar las piezas en el tablero, crear fortalezas, debilitar al oponente y, en última instancia, establecer una situación en la que se pueda ganar. La estrategia involucra planes globales como el control del centro, el desarrollo de piezas, la seguridad del rey y la creación de un peón fuerte o una conexión de piezas.

La táctica, por otro lado, se refiere a las jugadas concretas y a corto plazo que tienen el objetivo de ganar material, crear amenazas inmediatas o incluso lograr un jaque mate. Las tácticas se basan en maniobras que se ejecutan en momentos específicos, como un ataque doble, descubierto, clavada o jaque a la descubierta.

Podemos decir que el lenguaje especializado del ajedrez, incluida su notación, puede interpretarse como un sistema conceptual que describe y opera en un campo particular: el de las ideas estratégicas y tácticas propias del juego. Las expresiones lingüísticas y simbólicas tienen un correlato en la realidad, ya sea física, social o conceptual. En el caso del ajedrez, la realidad representada no es física, sino una estructura conceptual consistente en configuraciones, relaciones y dinámicas de las piezas sobre el tablero.

La notación ajedrecística (por ejemplo, e4, Nf6, etc.) codifica de manera precisa las posiciones y movimientos en el tablero. Estas representaciones tienen significado porque refieren a elementos concretos dentro del sistema del ajedrez, como piezas, posiciones y acciones permitidas por las reglas. Los conceptos de estrategia y táctica en ajedrez se fundamentan en patrones, principios y planes que emergen de la interacción de las piezas. Estos conceptos son eidéticos, en el sentido de que no existen físicamente, pero son objetivamente válidos dentro del marco del juego. Por ejemplo, términos como "sacrificio", "ataque doble" o "estructura de peones" refieren a fenómenos específicos que se pueden observar y analizar. Así tenemos que el lenguaje sirve para representar sistemas reales o ideales, en el ajedrez, la notación y el lenguaje especializado capturan no solo estados concretos (como una posición específica) sino también relaciones abstractas, como el control de una casilla o la presión sobre una pieza. Aunque el ajedrez es un sistema formal, su análisis estratégico y táctico tiene una dimensión realista porque se apoya en regularidades y patrones observables que tienen una existencia objetiva dentro del mundo conceptual del ajedrez. El lenguaje ajedrecístico no solo facilita la comunicación, sino que también estructura el pensamiento y la comprensión del juego.

El sentido y la referencia del lenguaje del ajedrez se pueden analizar desde dos perspectivas complementarias.

El sentido está relacionado con el significado de las expresiones lingüísticas o simbólicas dentro del sistema del ajedrez. En este caso, el sentido se define por las reglas, conceptos y principios que estructuran el juego. El sentido del lenguaje del ajedrez depende de las reglas que rigen el juego. Por ejemplo, la notación "e4" significa mover un peón desde la casilla "e2" a la "e4". Este movimiento tiene sentido solo dentro del marco normativo del ajedrez. Términos como "ataque", "defensa", "control central" o "peón aislado" adquieren sentido a través de su función y relevancia en las dinámicas del juego. Por ejemplo, "sacrificio" no tiene un significado absoluto, sino que su sentido depende del contexto en el que se realice y su propósito táctico o estratégico. La notación ajedrecística es un lenguaje simbólico que proporciona un sentido preciso y universal para describir movimientos y posiciones, eliminando ambigüedades.

La referencia se relaciona con los objetos o entidades reales o conceptuales a los que aluden las expresiones del lenguaje del ajedrez. Así, el lenguaje del ajedrez puede referirse a entidades físicas como el tablero, las piezas, y su disposición en un momento dado. Por ejemplo, "D5" refiere a una casilla específica en el tablero. Más allá de lo físico, el lenguaje del ajedrez también refiere a ideas abstractas como posiciones estratégicas, planes de juego, estructuras de peones o configuraciones tácticas. Por ejemplo, "controlar el centro" no se refiere a una acción física, sino a un objetivo estratégico definido dentro del sistema conceptual del ajedrez. Muchas referencias en el lenguaje del ajedrez aluden a patrones reconocibles, como "una horquilla" o "un mate del pasillo". Estos patrones tienen una existencia objetiva dentro del sistema conceptual del ajedrez.

En el lenguaje del ajedrez, el sentido organiza y da significado a las expresiones dentro del sistema, mientras que la referencia vincula estas expresiones con entidades (físicas o abstractas) que pueden ser observadas, analizadas o manipuladas. La notación "e4" tiene sentido porque describe un movimiento permitido según las reglas. Su referencia es la acción concreta de mover un peón a la casilla e4 en el tablero. La expresión "peón débil" tiene sentido dentro del contexto estratégico del ajedrez y su referencia es un peón que cumple condiciones específicas (por ejemplo, falta de apoyo de otros peones). Así, el sentido del lenguaje del ajedrez está enmarcado en las reglas y conceptos del juego, mientras que su referencia se orienta hacia los objetos y patrones (concretos o ideales) que estructuran la realidad del ajedrez como sistema conceptual.

En términos lógicos y matemáticos, podemos seguir una estructura formal que defina los componentes del lenguaje, sus relaciones y las reglas dentro de un sistema de ajedrez.

El lenguaje del ajedrez está constituido por notaciones que representan movimientos y configuraciones del tablero. Denotamos estos signos como L, quienes se corresponden al conjunto de símbolos utilizados en las partidas.

L= {s1, s2, s3, …, sn}

Donde cada si representa una notación específica en el ajedrez, como movimientos de piezas o cambios de posición.

Los referentes son las entidades concretas que los símbolos del lenguaje (notaciones) representan en el mundo físico (tablero de ajedrez). Denotamos los referentes como R, un conjunto de todas las posibles configuraciones o movimientos en el ajedrez.

R = {r1, r2, r3, …, rm}

Donde cada ri es una acción específica (como mover un peón a la casilla "e4") o una configuración (como una posición particular en el tablero).

La relación entre los signos del lenguaje y los referentes se puede modelar mediante una función de mapeo f que asocia cada notación si a un referente ri.

f  :  L R  

Esta función describe cómo los signos (notaciones) se refieren a los elementos del juego, como las piezas y sus movimientos.

Las estrategias y tácticas en ajedrez corresponden a proposiciones más abstractas que guían las decisiones dentro del juego. Denotamos estas proposiciones como E, que incluye todas las teorías relacionadas con el juego (como las aperturas, los finales, etc.). Cada proposición es una regla lógica o una hipótesis sobre la mejor forma de jugar según una situación.

E = {e1, e2, e3, …, ek}

Donde cada ei es una regla o estrategia dentro del juego de ajedrez. Por ejemplo, e1 podría ser "desarrollar las piezas rápidamente en la apertura".

Las reglas del ajedrez son las leyes que definen el sistema. Estas reglas limitan los posibles movimientos y estrategias dentro del juego. Denotamos las reglas como Rj.

Rj = {rj1, rj2, …, rjm}

Donde cada rji  es una regla del ajedrez, como "el rey no puede moverse a una casilla atacada".

Dada una estrategia o táctica, se evalúa su efectividad en función de su conformidad con las reglas del juego. Esto puede formalizarse mediante una relación g que evalúa si una proposición estratégica ei  es válida bajo las reglas del ajedrez rji.

g : E × Rj {0,1}

Si g (ei, rji) = 1, significa que la estrategia ei es válida según la regla rji. Si g (ei, rji) = 0, significa que la estrategia no se ajusta a la regla del juego.

El sistema semántico del ajedrez, estructura el lenguaje del ajedrez (notaciones) relacionando los referentes (movimientos y configuraciones en el tablero) mediante una función de mapeo, y las estrategias y tácticas se evalúan en función de las reglas del juego.

En una perspectiva kantiana, las nociones de estrategia y táctica en el ajedrez podrían interpretarse en términos de las categorías fundamentales de la razón práctica y teórica. Estas categorías organizan la comprensión del mundo y la relación entre fines (lo que se busca lograr) y medios (cómo se hace).

Por un lado, la estrategia, como plan general que guía la dirección del juego, es una manifestación de la razón práctica kantiana. Así, la estrategia establece el propósito u objetivo del juego, basado en principios racionales universales aplicables al contexto del ajedrez (como controlar el centro o desarrollar las piezas). En términos kantianos, la estrategia se alinea con el imperativo hipotético (reglas condicionales): "Si quiero ganar, debo formular un plan general adecuado". La estrategia también refleja la idea de teleología, ya que organiza las acciones tácticas hacia un fin racional.

Por otro lado, la táctica puede asociarse al uso instrumental de la razón, que aplica principios generales a situaciones concretas para cumplir objetivos específicos. La táctica sería el medio por el cual los fines estratégicos se realizan. Este aspecto refleja el dominio de los juicios empíricos o contingentes, ya que la táctica responde a situaciones particulares en el tablero. En términos kantianos, la táctica representa la subsunción de lo particular bajo lo universal, donde una maniobra concreta (como un ataque doble) se ejecuta dentro del marco estratégico.

Kant introduce el concepto de esquema para mediar entre conceptos universales (estrategia) y percepciones particulares (táctica). En este caso la estrategia actúa como un concepto a priori: un plan general que no depende de las circunstancias inmediatas del tablero. La táctica es la aplicación concreta de ese concepto en el ámbito fenoménico (el tablero de ajedrez). El esquema sería el conjunto de reglas prácticas que conectan lo estratégico y lo táctico, permitiendo que el jugador traduzca principios generales en acciones específicas.

Si se toma como fondo la distinción entre libertad práctica y causalidad natural. la estrategia simboliza la libertad práctica del jugador, quien elige racionalmente el propósito y el plan a largo plazo. La táctica, en cambio, opera bajo restricciones inmediatas del tablero (las "leyes naturales" del juego, como las reglas de movimiento de las piezas). Esta dualidad refleja la síntesis kantiana entre libertad y determinismo: el jugador es libre de elegir su estrategia, pero está condicionado por las circunstancias tácticas.

En términos kantianos encontramos que la estrategia es el ejercicio de la razón práctica para establecer fines racionales generales. La táctica es la aplicación contingente y empírica de estos fines, mediada por el juicio práctico. La interacción entre ambas refleja la estructura kantiana de la acción racional: la unión entre principios universales (estrategia) y su implementación particular (táctica), gobernada por la teleología y las limitaciones del contexto fenoménico.

Desde la perspectiva de Edmund Husserl y su fenomenología, las cuestiones de estrategia y táctica en el ajedrez podrían entenderse como experiencias intencionales que revelan cómo la conciencia del jugador constituye y da sentido al juego.

Para Husserl, la conciencia siempre es intencional, es decir, está dirigida hacia algo, un objeto, una idea o una situación. En el contexto del ajedrez la estrategia sería la intención global del jugador dirigida hacia un fin u horizonte (como ganar la partida o lograr una posición ventajosa). Es el marco que guía toda la experiencia del juego. La táctica sería la intención concreta dirigida a los medios específicos necesarios para realizar el objetivo estratégico. Es la forma en que el jugador interactúa con el tablero en situaciones particulares. La táctica, entonces, sería una realización parcial y momentánea del horizonte estratégico, que permanece como un telos (meta) más amplio.

En la fenomenología husserliana, toda experiencia tiene un horizonte de sentido que le da contexto y significado. En este caso la estrategia constituye el horizonte de sentido dentro del cual se interpretan y se valoran las acciones tácticas. Por ejemplo, un movimiento táctico (como un sacrificio de pieza) tiene sentido solo en relación con el horizonte estratégico que lo contiene (un ataque al rey enemigo o el control del centro). La estrategia no es una estructura fija, sino un horizonte dinámico que se ajusta conforme el jugador revisa su percepción de la situación en el tablero.

Husserl propone una epoché (suspensión de juicios) para analizar el fenómeno, en nuestro caso del ajedrez tal como se daría en la experiencia del jugador, sin presuposiciones externas, así desde esta actitud reflexiva, se puede observar cómo la estrategia y la táctica emergen como constituciones de la conciencia del jugador. La estrategia sería vista como la forma a priori en la que el jugador organiza su experiencia del juego, mientras que la táctica sería la actualización fenomenológica de esa forma en la práctica.

Husserl introduce los conceptos de retención (memoria del pasado inmediato) y protención (anticipación del futuro) para explicar cómo la conciencia experimenta el tiempo. En el ajedrez la retención permite al jugador recordar las posiciones y movimientos previos, lo que es crucial para ajustar tanto la estrategia como la táctica. La protención guía la anticipación de posibles jugadas futuras, conectando el marco estratégico con las tácticas específicas. Esto implica que la estrategia y la táctica están unidas en un flujo continuo de conciencia que da coherencia a la experiencia del juego.

En la fenomenología de Husserl, el significado de las cosas se constituye en niveles. La estrategia opera en un nivel superior de constitución, donde el jugador forma estructuras de sentido amplias, como planes y objetivos generales. La táctica opera en un nivel más básico, relacionado con la experiencia inmediata y concreta de los movimientos en el tablero. Ambos niveles están interconectados: la estrategia depende de las tácticas para materializarse, mientras que las tácticas adquieren significado solo en relación con la estrategia.

Desde la fenomenología de Husserl, la estrategia sería el horizonte intencional global que organiza la experiencia del jugador, constituyendo el marco en el que las acciones tienen sentido. La táctica sería la realización concreta de esa intención en actos específicos, dependientes del contexto inmediato. Ambas están unidas en un flujo dinámico de retención y protención, donde la conciencia del jugador da sentido y coherencia a la experiencia del ajedrez. Husserl pondría el énfasis en cómo el jugador vive y constituye la experiencia del ajedrez, mostrando que la estrategia y la táctica no son entidades separadas, sino aspectos diferentes de una misma intencionalidad que organiza el fenómeno del juego.

Ludwig Wittgenstein utilizó el concepto de juegos en sus obras filosóficas para ilustrar su enfoque sobre el lenguaje y las reglas. Aunque no se refiere específicamente al ajedrez, el concepto de "juego" es central en su filosofía, especialmente en su obra Investigaciones Filosóficas, donde introduce la idea de que el lenguaje funciona de manera similar a un juego, con reglas que se aprenden y se aplican de forma práctica.

Así por ejemplo en este pasaje, Wittgenstein introduce la famosa idea de los juegos de lenguaje: “El significado de una palabra es su uso en el lenguaje. [...] Piensa en las muchas formas diferentes de usar una palabra. Cada forma de uso de una palabra tiene algo en común con las demás, algo que, por decirlo de alguna manera, puede ser llamado su "familia". Las formas de vida no se componen de elementos que están relacionados entre sí por una estructura lógica, sino por una multiplicidad de puntos de contacto. Lo que se parece a un juego de ajedrez en esta comparación es el concepto de una “familia de juegos”." Wittgenstein está sugiriendo que el lenguaje y sus usos son similares a los juegos en los que las reglas cambian de acuerdo con el contexto, pero siguen ciertos patrones comunes. Esta idea se aplica también al ajedrez, donde las reglas son claras, pero deben ser comprendidas en el contexto específico del juego.

Wittgenstein hace una comparación entre el lenguaje y un juego, sugiriendo que el lenguaje tiene diferentes "juegos" o formas de uso que se adaptan a diferentes contextos: “Un juego de lenguaje es, en parte, un sistema de actividades que involucra reglas, y las reglas no son siempre explícitas, sino que a menudo se aprenden a través de la práctica." Esta observación es muy relevante para el ajedrez, que es un "juego de reglas" que se aprende en la práctica y que tiene diferentes formas de interacción dependiendo de las reglas que se aplican.

Wittgenstein continúa hablando sobre la relación entre juegos y reglas: “Las reglas de un juego no pueden ser entendidas sin la práctica del juego, sin un conocimiento previo de cómo se juega. El significado de una palabra se deriva de su uso dentro de una determinada práctica lingüística." Este concepto también se puede aplicar al ajedrez: el conocimiento de las reglas del ajedrez solo se vuelve significativo cuando se está jugando el juego, es decir, el "uso" del juego es lo que da sentido a las reglas. Así como las reglas de un juego de ajedrez solo tienen relevancia cuando se están aplicando, las reglas del lenguaje también toman sentido dentro de las prácticas sociales que las configuran.

En este pasaje, Wittgenstein explica cómo la variedad de formas de juego y sus reglas se parecen al lenguaje: “Es como si dijéramos que el lenguaje tiene una familia de juegos, y que uno puede observar cómo las reglas de cada juego se ajustan a diferentes situaciones de forma única. En algunos juegos las reglas son muy estrictas, en otros más flexibles." Al igual que en el ajedrez, las reglas en los juegos de lenguaje no son siempre rígidas, y la flexibilidad o rigidez de las reglas puede variar dependiendo de la situación. Este enfoque es útil para entender cómo Wittgenstein conceptualizaba la relación entre el lenguaje y las reglas.

Otro pasaje famoso sobre los juegos de lenguaje: “Los juegos de lenguaje son como una serie de formas de vida, cada una con su propio conjunto de reglas. Un juego no tiene un único conjunto de reglas, sino que tiene muchas variantes. El sentido de una palabra depende del tipo de juego que se esté jugando." Este punto resalta cómo los "juegos" en general, ya sea en el ajedrez o en el lenguaje, son diversos y contextuales, lo que permite interpretaciones diferentes y variadas de las reglas dentro de cada situación específica.

Estas citas muestran cómo Wittgenstein utilizó la metáfora del juego para explicar cómo se desarrollan y aplican las reglas dentro de un sistema determinado. En el caso del ajedrez, el juego es un ejemplo claro de cómo las reglas estructuran el comportamiento y las interacciones dentro del sistema del juego. De manera similar, Wittgenstein veía el lenguaje como un conjunto de "juegos" con reglas que son comprendidas y aplicadas a través de la práctica. Aunque Wittgenstein no se refiere directamente al ajedrez, sus reflexiones sobre los "juegos de lenguaje" pueden interpretarse en términos del ajedrez, en el que las reglas del juego son comprendidas y aplicadas solo dentro del contexto de su práctica, de manera similar a cómo las palabras adquieren su significado dentro del uso concreto del lenguaje.

En las Investigaciones Filosóficas, ofreció una forma poderosa de interpretar cómo las reglas y el uso de las mismas en un contexto dado (como el ajedrez) estructuran la experiencia y el significado, y cuando hablamos del lenguaje podemos ver, para el caso de Kant y Husserl, como sus categorías pueden estructurar una comprensión macro del fenómeno “ajedrez”, en sus visiones particulares dentro de sus sistemas filosóficos (sus propios juegos lingüísticos).

Por nuestra parte, asumiendo un “realismo”, del tipo desarrollado por Mario Bunge, el lenguaje especializado del ajedrez, incluida su notación, puede interpretarse como un sistema conceptual que describe y opera en un campo particular: el de las ideas estratégicas y tácticas propias del juego. Según el realismo semántico, las expresiones lingüísticas y simbólicas tienen un correlato en la realidad, ya sea física, social o conceptual. En el caso del ajedrez, la realidad representada no es física, sino una estructura conceptual consistente en configuraciones, relaciones y dinámicas de las piezas sobre el tablero. Dentro de este contexto encontramos que la notación ajedrecística (por ejemplo, e4, Nf6, etc.) codifica de manera precisa las posiciones y movimientos en el tablero. Para el realismo semántico, estas representaciones tienen significado porque refieren a elementos concretos dentro del sistema del ajedrez, como piezas, posiciones y acciones permitidas por las reglas. Los conceptos de estrategia y táctica en ajedrez se fundamentan en patrones, principios y planes que emergen de la interacción de las piezas. Estos conceptos son ideales, en el sentido de que no existen físicamente, pero son objetivamente válidos dentro del marco del juego. Por ejemplo, términos como "sacrificio", "ataque doble" o "estructura de peones" refieren a fenómenos específicos que se pueden observar y analizar. El lenguaje sirve para representar sistemas reales o ideales. En el ajedrez, la notación y el lenguaje especializado capturan no solo estados concretos (como una posición específica) sino también relaciones abstractas, como el control de una casilla o la presión sobre una pieza. Aunque el ajedrez es un sistema formal, su análisis estratégico y táctico tiene una dimensión realista porque se apoya en regularidades y patrones observables que tienen una existencia objetiva dentro del mundo conceptual del ajedrez.

En el realismo semántico, del tipo bungeano, las referencias lingüísticas y simbólicas del ajedrez pueden interpretarse como descripciones de una realidad conceptual, donde las ideas estratégicas y tácticas constituyen el núcleo significativo del sistema. Este enfoque permite analizar cómo el lenguaje ajedrecístico no solo facilita la comunicación, sino que también estructura el pensamiento y la comprensión del juego.

Dentro del marco filosófico del realismo semántico, la relación entre estrategia y táctica en ajedrez podría analizarse siguiendo su enfoque de ontología realista, en el cual las entidades del mundo existen independientemente de nuestras ideas o representaciones de ellas. En términos de ajedrez, las estrategias y las tácticas representan conceptos o entidades dentro de un sistema que tienen una existencia objetiva, aunque sus manifestaciones dependen de las circunstancias del juego.

Según Bunge, las teorías y las entidades, en general, tienen una existencia ontológica independiente, pero nuestra comprensión de ellas evoluciona en función de la interacción con el mundo (en este caso, con el tablero de ajedrez). Desde este punto de vista, la Estrategia (el "qué" y "por qué") se considera una estructura de alto nivel dentro del juego, una especie de plan global que orienta el desarrollo de la partida. Este marco general orienta las decisiones tácticas que se tomarán más adelante. La estrategia se concibe como un conjunto de proposiciones que guían el juego hacia un objetivo final. La Táctica (el "cómo") representa acciones específicas dentro de esa estrategia global. Son los movimientos concretos que se realizan para lograr un avance en el contexto de la estrategia general. En términos bungeanos, la estrategia estaría ontológicamente por encima de la táctica, ya que es un marco superior que organiza y dirige las tácticas, las cuales son las manifestaciones concretas de la estrategia en la práctica del juego. La táctica depende de la estrategia, pero a su vez, los movimientos tácticos también pueden afectar y reajustar la estrategia en función de los resultados inmediatos.

Así podríamos formular:

Estrategia (S): Conjunto de proposiciones abstractas que definen el plan general de acción dentro de una partida de ajedrez, en términos de cómo un jugador buscará alcanzar la victoria.

S = {Conquistar el centro, Desarrollar las piezas, … }

Táctica (T): Movimientos y maniobras concretas que forman parte de la estrategia, con el objetivo de lograr una mejora inmediata en la situación del juego.

T = {Ataque doble, Clavada, … }

La estrategia y la táctica no son independientes; la táctica debe estar al servicio de la estrategia. Es decir, la táctica tiene sentido solo en el contexto de una estrategia más amplia. T S, es decir, la táctica puede ser reajustada en función de los cambios estratégicos.

Desde la perspectiva ontológica de Bunge, tanto la gallina como el huevo son partes de un sistema causal continuo, y este sistema se debe entender como una cadena de eventos que sigue leyes naturales (biológicas, genéticas, evolutivas). El concepto de causa y efecto no es un simple ciclo, sino una relación de dependencia entre elementos dentro de un proceso evolutivo que depende de factores empíricos y materiales. Por lo tanto, no se trata de un dilema circular o de un "primer origen" que debe ser resuelto, sino de una explicación gradual basada en la evolución. Desde la evolución biológica, se sabe que los animales que evolucionaron para ser gallinas como las conocemos hoy son descendientes de otras especies, y en algún punto de esa evolución, un huevo contenía el primer gén de una gallina moderna. Así, en el contexto bungeano, el huevo es la respuesta más coherente, ya que las especies evolucionan a través de procesos graduales y el huevo es el medio biológico mediante el cual se transmiten los códigos genéticos. En la filosofía de Bunge, la respuesta a la pregunta "¿Qué fue primero, la gallina o el huevo?" no se reduce a un dilema filosófico, sino que se resuelve a través de una explicación causal y empírica que se basa en la evolución biológica. En este sentido, el huevo precede a la gallina como parte de una cadena causal que puede ser explicada mediante el conocimiento científico y la observación empírica.

Desde un punto de vista realista y semántico, la estrategia precede a la táctica en ajedrez, dado que la estrategia establece los marcos generales de la partida y la táctica se emplea para ejecutar esos marcos de forma concreta. Sin embargo, la relación es dinámica, la táctica puede modificar la estrategia en función de las situaciones que surjan en el juego.

 

 


viernes, 22 de noviembre de 2024

¡LARGA VIDA A LA FILOSOFÌA!

                                    (Reflexiones en torno al Día Mundial de la Filosofía*)

                                                                             Dr. Victor M. Oxley

¿Quién no ha citado a Sócrates, Platón o Aristóteles, figuras emblemáticas que han dejado una huella imborrable en la humanidad? Más allá de los nombres y las citas, lo que realmente nos conecta con ellos es la práctica de filosofar, esa actividad humana que consiste en cuestionar, reflexionar y buscar sentido. La filosofía es mucho más que una disciplina académica; es una expresión de nuestra esencia como seres racionales. Cada vez que reflexionamos sobre el propósito de la vida, lo justo, lo verdadero o lo bello, estamos haciendo filosofía, aunque no lo llamemos así. Este acto de detenerse, pensar y dialogar nos define como humanos.

A lo largo de la historia, la filosofía ha sido el terreno donde enfrentamos nuestras dudas más profundas y buscamos las herramientas para entendernos a nosotros mismos y al mundo. En un sentido coloquial, la filosofía no es solo para los grandes pensadores; está presente en el consejo de un amigo, en la curiosidad de un niño y en el deseo de resolver los dilemas cotidianos.

En Crisis y reconstrucción de la filosofía, Mario Bunge comenta que "La filosofía académica actual se encuentra en un preocupante estancamiento. Pero eso no autoriza a proclamar su muerte, porque el ejercicio de filosofar no es un mero capricho de especialistas, sino una actividad propia a toda la especie humana" (Crisis y reconstrucción de la filosofía). Podemos decir que la filosofía es una de las actividades más humanas, porque responde a una necesidad intrínseca: la búsqueda de sentido. Este impulso nos lleva a mirar más allá de lo inmediato, a imaginar posibilidades, a cuestionar lo establecido y a crear nuevos horizontes. Filosofar no es un lujo ni una rareza; es una invitación permanente a participar en el diálogo más antiguo y universal de todos.

En esta era de triunfo de la ciencia y las tecnologías, muchos pensadores han declarado la "muerte" de la filosofía. Ludwig Wittgenstein, en su obra Tractatus Logico-Philosophicus, sugirió que la filosofía debía desaparecer como sistema de metafísicas especulativas, cediendo espacio a la ciencia y la lógica. Wittgenstein sostenía que muchos problemas filosóficos eran confusiones lingüísticas y que el rol de la filosofía era aclarar el lenguaje, no hacer afirmaciones sobre el mundo. Los positivistas lógicos, como Carnap y Ayer, argumentaron que la filosofía debía limitarse al análisis lógico del lenguaje y que los problemas metafísicos no eran más que pseudoproblemas. Según ellos, la ciencia era la única vía legítima de conocimiento, y lo que no podía ser verificado empíricamente era especulativo. El filósofo Friedrich Nietzsche también anticipó el declive de la filosofía tradicional, vinculada a la religión y la metafísica. Los filósofos contemporáneos han señalado que, con el triunfo de la ciencia, muchas preguntas filosóficas tradicionales parecen obsoletas, ya que carecen de base en la era del conocimiento empírico.

Mientras algunos críticos radicales consideran que la filosofía ha sido reemplazada por la ciencia, se contrargumenta que la ciencia misma tiene fundamentos filosóficos. Mario Bunge, en Entre dos mundos: Memorias, afirma: "La filosofía no ha muerto porque toda ciencia y toda práctica dependen de supuestos filosóficos, sean estos conscientes o inconscientes." Sin filosofía, no existirían conceptos como causalidad, objetividad o ética científica. Según Bunge, la filosofía sirve como crítica de los supuestos científicos y sociales. En Filosofía para médicos subraya: "Sin filosofía, la ciencia corre el riesgo de volverse dogmática o caer en el reduccionismo." Esto resalta la importancia de la filosofía como guardián crítico del conocimiento. Las decisiones éticas y los marcos epistemológicos que subyacen en campos como la biomedicina o la política dependen de la reflexión filosófica.

La corriente contraria a la vigencia de la filosofía surge de una percepción utilitaria y pragmática del conocimiento, promovida por el éxito de las ciencias naturales y las tecnologías aplicadas. Estos defensores sostienen que la filosofía ha perdido relevancia frente a los avances de las ciencias empíricas, que consideran más efectivas para resolver problemas prácticos y comprender el mundo. Argumentan que la ciencia moderna ha proporcionado respuestas a preguntas que antes eran dominio de la filosofía, como el origen del universo, la naturaleza de la materia o el funcionamiento del cerebro humano. A partir de la capacidad de las ciencias para producir resultados verificables y aplicables, muchos concluyen que las especulaciones filosóficas son innecesarias o irrelevantes. En El gran diseño, Stephen Hawking y Leonard Mlodinow sostienen que “La física moderna ha superado a la filosofía en la búsqueda del conocimiento. Los filósofos ya no están calificados para hablar de temas científicos.” En un mundo que prioriza resultados tangibles sobre reflexiones éticas o epistemológicas profundas, la filosofía puede parecer desconectada de la vida cotidiana. La filosofía contemporánea, especialmente en el ámbito académico, tiende a volverse técnica y abstracta, limitándose a debates especializados que parecen irrelevantes para problemas sociales o científicos más amplios.

Algunos críticos también asocian la filosofía con el relativismo y el escepticismo radical promovido por corrientes como el posmodernismo. Científicos como Richard Dawkins y Stephen Pinker han acusado a los posmodernos de socavar la búsqueda de la verdad objetiva, desprestigiando la filosofía. Dawkins, por ejemplo, señaló que "El posmodernismo ha hecho más daño al pensamiento que cualquier dogma religioso en la academia." El cientificismo del filósofo que mira a través de la ciencia, no es un sinónimo de desprecio por otras formas de conocimiento, sino una defensa de la ciencia como el camino más fiable para el entendimiento humano, especialmente frente a las tendencias irracionales que proliferan en la cultura contemporánea. En este sentido la acusación de "cientificismo" es frecuentemente una táctica de aquellos que prefieren las explicaciones no científicas, como las pseudociencias o las creencias religiosas. "El cientificismo no ha de ser motivo de vergüenza. Más ciencia, no menos, es lo que la sociedad necesita"(Mario Bunge). El cientificismo es una postura que no solo es válida, sino que es crucial para el progreso de la sociedad moderna, que necesita más, no menos, ciencia. Este enfoque científico debe ser aplicado a todos los campos, incluso aquellos donde tradicionalmente se ha intentado evitar su aplicación. “La ciencia debe trascender las fronteras que tradicionalmente se le han querido imponer. Defender a la ciencia no es motivo de vergüenza; es una necesidad para la sociedad moderna"(Bunge).

Karl Popper defendió que la filosofía y la ciencia comparten una característica esencial: ambas surgen y evolucionan a partir de problemas, y su progreso radica en tratar de resolverlos. Estos problemas, en muchos casos, son filosóficos en su origen y siguen siendo relevantes.

Popper también sostiene que problemas como la lógica, la ética o el lenguaje tienen raíces en preguntas proto-científicas. La filosofía no ha perdido relevancia; más bien se ha refinado para abordar problemas más generales y conceptuales. Para Popper, el pensamiento protocientífico no solo dio origen a la filosofía, sino que definió su naturaleza como búsqueda racional de respuestas a problemas fundamentales.

Aunque muchas disciplinas científicas nacieron de la filosofía, esta sigue siendo el espacio donde los problemas más amplios y fundamentales se reformulan. Lejos de ser un vestigio del pasado, la filosofía es el terreno donde los problemas originales de la humanidad encuentran nuevas formas de expresión y resolución, alimentando tanto la ciencia como nuestra comprensión de la realidad.

En cuanto a la “muerte de la filosofía” vinculada a Wittgenstein, se ha interpretado de manera selectiva. Aunque el Tractatus contribuyó a la deslegitimación de las grandes preguntas tradicionales, el pensamiento posterior de Wittgenstein devolvió a la filosofía un papel activo en la comprensión de los usos del lenguaje y la vida humana. La interpretación de que la filosofía ha muerto, en gran medida promovida por el Círculo de Viena y el positivismo lógico, fue criticada por pensadores como Carnap, quien afirmó que las proposiciones metafísicas no son proposiciones en absoluto, sino simplemente una mezcla de palabras. Alfred Ayer, por su parte, argumentó que la filosofía debía limitarse al análisis lingüístico.

La ironía de esta situación es que la filosofía analítica, que inicialmente intentó “matar” la filosofía tradicional, terminó proporcionándole las herramientas más sofisticadas para demostrar su vitalidad. Los métodos de análisis lógico y semántico, desarrollados por los primeros filósofos, no destruyeron la filosofía, sino que la transformaron profundamente, permitiendo abordar con rigor cuestiones sobre lenguaje, mente, ética y epistemología. Hoy, disciplinas como la filosofía de la ciencia, la ética aplicada y la filosofía política emplean estas herramientas para explorar cuestiones sustantivas, demostrando que la filosofía está más viva que nunca. Como afirma Mario Bunge: "La filosofía no se muere por delimitar su tarea, sino que encuentra en ello su fuerza y su verdad."

Lejos de estar relegada, la filosofía contemporánea se adapta y se transforma. La filosofía no ha muerto, sino que sigue siendo un componente esencial para la reflexión crítica, tanto en la ciencia como en la vida cotidiana., "No creo en filosofías eternas, perennes, creo que la filosofía es hacer permanentemente" (Bunge, Elogio de la curiosidad). La filosofía no es una disciplina muerta o estática, sino es un proceso continuo, dinámico, que se adapta y responde a los desafíos del presente. La filosofía no se ha quedado atrás frente al avance de la ciencia, como pretende Hawking, según comentamos líneas atrás, el cual dijimos sostiene que la ciencia ha reemplazado a la filosofía, al contrario, la filosofía lejos de ser irrelevante, sigue siendo fundamental para contextualizar, evaluar y dar sentido a los avances científicos y tecnológicos., en este sentido "La filosofía no ha muerto porque toda ciencia y toda práctica dependen de supuestos filosóficos, sean estos conscientes o inconscientes" (Bunge, Elogio de la curiosidad).

 Aunque la ciencia y la tecnología dominan muchos aspectos de la vida, la filosofía sigue siendo una brújula crítica que guía nuestras decisiones éticas y reflexiones sobre el significado de ser humanos en un entorno cada vez más digitalizado. Si bien la ciencia nos ofrece soluciones técnicas, la filosofía sigue siendo esencial para evaluar el impacto de los avances científicos y tecnológicos, proporcionando un marco ético en debates sobre inteligencia artificial, edición genética o cambio climático. En un mundo saturado de información, la filosofía sigue ayudando a distinguir entre conocimiento significativo y ruido, y ha encontrado espacios en ámbitos como la política, la educación y el liderazgo.

A favor de la Vigencia de la Filosofía, Mario Bunge dice "No hay escapatoria de la filosofía. Solo podremos evitar la mala filosofía si nos atenemos a la razón, a la ciencia y a la moral que manda disfrutar la vida y ayudar a vivir.". Aunque algunos vean la filosofía como irrelevante, está lejos de estar muerta. Más que nunca, la filosofía está viva, como una constante búsqueda de sentido en un mundo complejo.



* El tercer jueves del mes de noviembre se celebra el dìa Mundial de la Filosofìa