(Victor Oxley)
—Cuento para niños que aprenden a desconfiar—
Yace en los anales del Ministerio de Educación, en un legajo
polvoriento que nadie ha abierto desde el año del Tercer Estudio Regional, un
problema que los examinadores creían inocente. Dice así:
"El Pombero tiene tres patas de cabra, dos sombreros
mágicos y un bastón que brilla en la oscuridad. ¿Cuántas cosas tiene el
Pombero?"
Lo copiaron de un libro de cuentos, lo pegaron en una hoja
de examen, y lo enviaron a las escuelas del sur. Lo que no sabían —o quizá lo
sabían y les dio lo mismo— es que ese problema era un laberinto.
—Tres patas de cabra —murmuró Juan Cruz para sí, y de pronto
las vio: negras, hendidas, con pezuñas que sonaban en el barro. —¿De verdad el
Pombero tiene patas de cabra? Eso significa que camina raro, como los chivos de
mi abuelo.
—Dos sombreros mágicos —siguió leyendo, y aparecieron: uno
verde, otro rojo, del que salían palomas de humo. —Ojalá yo tuviera un sombrero
mágico. Lo usaría para volverme invisible y no tener que dar los exámenes.
—Un bastón que brilla en la oscuridad —terminó, y la luz
apareció, temblando en la noche del monte, como una luciérnaga gigante. —Eso sí
que debe ser lindo. Un bastón que alumbra. Así no tendrías miedo de nada.
Cerró los ojos y sonrió. El Pombero estaba ahí, en algún
lugar entre la página y su cabeza. Yo lo vi en ese momento, aunque ustedes no
puedan verme. Yo soy el que escribe estas líneas, y los vi a los dos: al niño
con esos ojazos bien redondos y al duende de sombreros absurdos. Se miraban
como dos viejos conocidos que se encuentran por casualidad en un examen.
Luego volvió a leer la pregunta:
—¿Cuántas cosas tiene el Pombero?
Y sucedió algo extraño. No pensó en sumar. Pensó en cosas.
—¿Qué es una cosa? —se preguntó. —Las patas, seguro. Pero ¿cada
pata es una cosa o las tres patas juntas son una cosa? Porque si yo digo
"un par de zapatos", son dos cosas, pero si digo "un
zapato", es una. Acá dice "tres patas". Son tres, eso está
claro.
Pero entonces vino la duda. Y yo, que los observaba desde esa
penumbra en la que ocurren las cosas verdaderas, vi cómo la duda se instalaba
en él como una polilla en un libro viejo.
—¿El brillo es una cosa? —susurró. —El bastón brilla. El
brillo no es el bastón. Si el bastón se apaga, el brillo se va. Pero el bastón
sigue siendo un bastón. Entonces el bastón es una cosa y el brillo es otra. O
tal vez el brillo es parte del bastón, como el color. El color no es una cosa
aparte. ¿O sí?
Siguió pensando. Hizo una pausa, mordió el lápiz. Los
examinadores, si lo hubieran visto, habrían dicho que estaba perdiendo el
tiempo. Yo, en cambio, vi cómo se abría una grieta en el mundo.
—¿La magia es una cosa? —siguió. —Los sombreros son mágicos.
La magia no se ve, pero está. Si la magia se va, los sombreros siguen siendo
sombreros, pero ya no son mágicos. Entonces los sombreros son una cosa y la
magia es otra. O la magia no es una cosa, es una propiedad. Pero en el problema
dice "sombreros mágicos", no "sombreros y aparte la magia".
Se complicó más. Su frente se arrugó. Yo sentí, en ese
momento, una ternura infinita por él. Porque él estaba haciendo lo que se
supone que hay que hacer con las palabras: tomarlas en serio.
—¿El Pombero mismo es una cosa? —continuó. —Porque si él
tiene cosas, entonces él es algo que tiene cosas. Pero la pregunta dice
"¿cuántas cosas tiene el Pombero?", no "¿cuántas cosas hay
incluyendo al Pombero?". Así que el Pombero no se cuenta a sí mismo. El
Pombero es el que tiene. Él es el dueño. Los dueños no se cuentan entre lo que
tienen. Eso tiene sentido.
Hizo una mueca. Algo no cerraba.
—¿Y la cabra? —dijo al fin. —Las patas son de cabra. La
cabra no está, pero las patas le pertenecen a una cabra. ¿Eso significa que hay
una cabra invisible? El Pombero tiene patas de cabra, pero la cabra no es del
Pombero, la cabra es aparte. O las patas ya no son de ninguna cabra, son del
Pombero. Como cuando mi mamá compra patas de pollo, las patas ya no son del
pollo, es nuestra.
El bastón brillaba en su mente. Los sombreros flotaban. Las
patas caminaban solas. Yo vi cómo todas esas preguntas se enredaban en su
cabeza como hilos de colores que alguien hubiera desovillado sin querer. Y
supe, en ese momento, que ese niño no iba a responder bien el examen.
—Señorita —dijo al fin, levantando la mano.
—Dime, Juan Cruz.
—¿El brillo cuenta?
—¿El brillo de qué?
—Del bastón. El bastón brilla. ¿El brillo es una cosa o es
parte del bastón?
La maestra lo miró. Yo conocía esa mirada. La había visto en
otras maestras, en otros años, en otras escuelas. Es la mirada de quien ha
recorrido muchas veces el mismo pasillo y ya no recuerda por qué el pasillo fue
construido.
—Juan Cruz, el bastón es una cosa. No importa si brilla o
no. Suma nomás.
—Pero...
—Suma, Juan Cruz. Tres más dos más uno.
Juan bajó la cabeza. Agarró el lápiz. Yo lo vi dudar. Vi
cómo su mano temblaba apenas sobre la hoja.
"Seis", pensó —y yo, desde mi rincón invisible,
escuché su pensamiento como si fuera mío—. "Seis es la respuesta que
quiere. Pero el bastón brilla. Eso no puede ser seis. Seis es un número frío.
El bastón que brilla no es frío. Es tibio, como la lamparita del velador cuando
la toco de costado."
Escribió, con la letra que usaba para dibujar, no la que
usaba para los números:
"El Pombero tiene 3 patas, 2 sombreros y 1 bastón. Pero
también tiene la noche y el miedo y el silbido que viene del monte. Así que
tiene muchas cosas. Demasiadas para contarlas."
Entregó la hoja con el corazón latiendo fuerte. Yo lo vi
caminar de vuelta a su banco. Sabía que se había equivocado. Pero también sabía
—y esto yo lo supe con una claridad que me dolió— que no podía hacer otra cosa.
Porque él era de los que creen. De los que toman las palabras en serio. De los
que, cuando alguien dice "bastón que brilla en la oscuridad", cierran
los ojos y ven la luz.
La maestra puso una marca roja. Grande. Furiosa. Escribió al
lado: "Vuelve a leer. Solo suma los números."
Juan leyó la corrección. Y en ese momento, yo vi cómo algo
se cerraba en su interior. Como una puerta que se cierra para siempre, pero muy
despacio, casi sin ruido.
"Claro", pensó. Y yo escuché su pensamiento como
un eco en una cueva vacía. "Ellos ponen 'Pombero' para que sea lindo, pero
no quieren que piense en el Pombero. Quieren que lo borre. Como si nunca lo
hubiera leído."
Al lado, Lucía, su compañera de banco, levantó la mano.
Entregó su examen. Juan alcanzó a ver el número escrito en la hoja: 6. Redondo.
Seguro. Sin dudas.
Yo también lo vi. Y vi, además, algo que Juan no podía ver:
el camino que Lucía había recorrido para llegar hasta ese 6. Un camino más
corto, más limpio, sin preguntas ni desvíos. Ella simplemente había borrado al
Pombero de su mente. No lo había visto. No había cerrado los ojos. Había leído
"tres", "dos", "uno", y nada más. El resto eran
decoraciones. Papel de regalo que se tira a la basura.
—¿Vos no pensaste en el brillo? —le susurró Juan cuando ella
volvió a sentarse.
Lucía lo miró como si hablara en otro idioma. Yo conocía esa
mirada también. Es la mirada de quienes ya han aprendido la lección que la
escuela enseña en silencio.
—Brillo —repitió, despacio, como probando una palabra
extranjera. —No, no pensé en ningún brillo. Es un problema de matemática.
—Pero dice "que brilla en la oscuridad".
—Y qué. Es para que sea más entretenido nomás. No es de
verdad.
Juan sintió algo raro. Yo lo vi fruncir el ceño.
—¿No es de verdad? ¿El Pombero no es de verdad?
Lucía se rió. No malamente, sino como quien explica una
obviedad. Y esa risa, lo supe en ese instante, era el sonido de una pequeña
muerte.
—El Pombero no existe, Juan. Es un cuento.
Juan se quedó mudo. Yo quise hablar. Quise decirle que yo
había visto al Pombero. Que lo había escuchado silbar. Que lo había sentido en
la noche del monte, cuando era niño y me perdí volviendo de lo de mi abuela.
Quise decirle que el Pombero sí existe, pero no como existen los números o las
mesas o las sillas. Existe en el silbido que se escucha cuando uno está solo y
tiene miedo y, sin embargo, no quiere que nadie lo sepa. Existe en la luz
temblorosa que a veces, en la oscuridad, uno jura haber visto. Existe en las
historias que los viejos cuentan y que los niños creen y que después, cuando crecen,
olvidan o matan o convierten en "para que sea más entretenido nomás".
Pero no dije nada. Porque yo soy apenas el que escribe estas
líneas, y los que escriben no pueden meterse en las historias. Solo pueden
contarlas.
Esa noche, en la cama, Juan no podía dormir. Yo lo vi desde
esa distancia que separa al que narra del que vive. Dio vueltas. Miró el techo.
La oscuridad de su cuarto no era total; entraba un poco de luz de la calle por
la ventana. Era como la oscuridad del monte, pensó. No del todo negra. Un poco
azul.
Y entonces lo escuchó.
Un silbido.
Lejano. Triste. Como si alguien estuviera sentado en una
rama, mirando las luces de la ciudad, extrañando algo que había perdido hace
mucho tiempo.
—Pombero —susurró Juan en la oscuridad.
El silbido se detuvo. Hubo un silencio largo. Yo, que sé
estas cosas, supe que el Pombero estaba ahí, sentado en la punta de la cama,
con sus tres patas de cabra colgando y sus dos sombreros absurdos y su bastón
que brillaba apenas, como una brasa que se apaga.
Y luego, muy cerca, una voz ronca y baja dijo:
—No importa cuántas cosas tengo. Importa que ustedes me
vieron.
Juan abrió los ojos de golpe. No había nadie. El silbido
había vuelto, pero ahora era apenas un eco, alejándose, perdiéndose entre los
techos.
Se durmió con una sonrisa.
Yo también sonreí. Porque por un momento, en medio de ese
cuarto a oscuras, el Pombero había vuelto a ser visto.
A la mañana siguiente, Juan llegó al colegio y vio a Lucía
conversando con la maestra. La maestra tenía su examen en la mano.
—Lucía —decía la maestra—, felicitaciones. Nota perfecta.
Lucía sonrió. —Gracias, señorita.
Juan pasó cerca. Lucía lo miró. Por un segundo, sus ojos se
encontraron. Y Juan vio algo que yo ya había visto la noche anterior, mientras
él dormía y yo velaba sus sueños. Vio la sombra de algo que Lucía había matado.
Vio a una niña que había decidido no creer. Vio, en el fondo de sus ojos, el
lugar vacío donde antes había estado el Pombero.
—¿Y vos? —le preguntó Lucía.
Juan mostró su hoja, con la marca roja y la nota baja.
—Yo también tengo una cosa —dijo Juan. Y no dijo más.
Yo sé qué cosa era. Era el bastón que brilla en la
oscuridad. Lo llevaba guardado adentro, como quien guarda una piedrita en el
bolsillo. No servía para sumar. No servía para el examen. Pero era suyo. Nadie
podía quitárselo.
Años después, Juan Cruz se hizo librero. Tiene una tienda en
una calle angosta del centro, con libros viejos que huelen a humedad y a tiempo
detenido. Yo lo visito a veces. Me siento en una silla de mimbre y lo veo
atender a los niños del barrio.
Los jueves, después del almuerzo, se sienta en la puerta. Los
niños se acercan. Les lee cuentos. Nunca les dice que estudien. Nunca les pone
exámenes. Cuando se acerca la hora de cerrar, les pregunta:
—¿Qué color creen que tenía el sombrero del Pombero?
Y los niños inventan colores que no existen. Azul murmullo.
Verde esperanza. Rojo que canta. Amarillo silencio.
Juan Cruz sonríe. Cierra el libro. Y por un rato, muy
adentro, vuelve a escuchar el silbido.
Yo, desde mi rincón, también sonrío. Y escribo estas líneas
para que quede constancia de lo que vi. Porque los examinadores siguen usando
el problema del Pombero. Los niños siguen sumando mal. Las maestras siguen
poniendo marcas rojas. El Ministerio sigue diciendo que hay que reforzar las
operaciones básicas.
Y el Pombero, todas las noches, recorre las escuelas vacías.
Mira las hojas de exámenes sobre los pupitres. Ve los "6" escritos
con caligrafía temblorosa. Ve los "3+2+1=6" subrayados con regla. Ve
las marcas rojas y las caritas tristes.
Entonces silba. Un silbido largo, triste, que nadie escucha
porque ya no hay niños en la escuela. Ya no hay niños que, al leer "bastón
que brilla en la oscuridad", cierren los ojos y vean la luz. Ya no hay
niños que se pregunten si el brillo es una cosa. Ya no hay niños que levanten
la mano y pregunten: "Señorita, ¿el Pombero cuenta su propia sombra?"
Pero si algún niño quedara —si algún niño, en algún rincón
de alguna escuela del sur, todavía tuviera la costumbre de creer lo que lee—,
ese niño sabría la verdad. Sabría, como lo supo Juan Cruz, como lo supo mi
abuela, como lo sé yo que escribo estas líneas, que el Pombero no está
preguntando cuántas cosas tiene.
El Pombero está preguntando: "¿Todavía me ves?"
Y la respuesta de la escuela, todos los años, año tras año,
década tras década, es la misma. No con palabras. Con marcas rojas. Con notas
perfectas para los que no ven. Con exámenes que miden todo menos lo que
importa.
—¿Todavía me ves?
No. Ya no te vemos.
Solo vemos números.
El bastón, en la oscuridad, se apaga.
Yo, que he visto apagarse muchos bastones a lo largo de los
años, cierro aquí este relato. Lo escribí para los niños que todavía preguntan.
Para los que todavía ven. Para los que se equivocan en los exámenes porque
prefieren un bastón que brilla antes que un seis redondo y seguro.
El Pombero existe. No en el mundo de los números, pero sí en
ese otro mundo que los exámenes no pueden medir. Y mientras haya un niño que
cierre los ojos al leer "bastón que brilla en la oscuridad", su
bastón seguirá brillando.
Esa es la única suma que importa.
[i] Este cuento está inspirado como
secuela colateral de mi paper de investigación titulado “Índice de Complejidad
Ontológica (ICO): Un Modelo Semicomputacional para el Análisis de Problemas
Matemáticos Escolares. Con estudio de validación empírica en ítems de SERCE,
TERCE, SNEPE y PISA”.

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