Filósofo artefactualista estructural. Investigador en educación matemática y analista político. Su n

jueves, 21 de mayo de 2026

El hombre fuerte: Anatomía de una quimera política

Llamémoslo el hombre fuerte, aunque el nombre sea impreciso. No es solo fuerza lo que lo define, ni solo poder, ni solo voluntad. Es una constelación de atributos que, reunidos en un solo hombre, producen un fenómeno que el Paraguay ha visto nacer una y otra vez, desde mediados del siglo pasado hasta el día de hoy. No es un invento paraguayo, claro. Maquiavelo lo describió antes de que existiera el Paraguay (Maquiavelo, 1513). Pero aquí, en este rincón del mundo, el hombre fuerte ha encontrado un territorio fértil donde multiplicarse y persistir.

Para entenderlo, hemos debido transitar por tres niveles de análisis que, como capas de una cebolla, van revelando su naturaleza esquiva. El primer nivel es el hamletiano: la pregunta por el ser. ¿Es el expresidente senador vitalicio? ¿Puede dejar de serlo? ¿Puede ser dos cosas a la vez? La duda existencial, la angustia ante la contradicción, el fantasma de la indecisión que paraliza (Shakespeare, 1603). El segundo nivel es el maquiavélico: la pregunta por la acción. ¿Cómo se obtiene y conserva el poder? ¿Qué medios son legítimos cuando el fin es la permanencia? La fuerza bruta de la discreción, la consumación de los hechos, el cálculo cínico de la eficacia (Maquiavelo, 1513). El tercer nivel es el nietzscheano: la pregunta por la voluntad. ¿Qué es la realidad última que subyace a las normas y a los hechos? La voluntad de poder, la interpretación como imposición, la verdad como aquello que la voluntad más fuerte decide que sea (Nietzsche, 1887).

El hombre fuerte del Partido Colorado es, a la vez, Hamlet que duda sin resolver, Maquiavelo que actúa sin escrúpulos, y Nietzsche que impone sin límites. Pero ninguna de estas máscaras es su esencia —porque no tiene esencia— sino los roles que asume según la coyuntura. Cuando la fuerza formal de la Constitución se le enfrenta, duda y pregunta "ser o no ser". Cuando ve una oportunidad, actúa con la frialdad del príncipe. Y cuando ninguna de las dos funciona, impone su voluntad por la fuerza bruta. La quimera cambia de rostro, pero el propósito es siempre el mismo: permanecer.

El hombre fuerte no nace como líder hegemónico. Se hace. Y para hacerlo, necesita una organización. Esa organización se llama Partido Colorado. No es que el partido lo cree, porque sería darle al partido una potencia que no tiene. El partido no es una madre que pare. El partido es un vehículo. O mejor: es un campo de fuerzas donde los hombres fuertes emergen, compiten, se devoran y, eventualmente, uno de ellos se impone a todos los demás. Entonces, por un tiempo, el campo se estabiliza. El hombre fuerte se sienta en la cima. Y desde allí, mira hacia abajo.

La historia del Partido Colorado desde 1947 es la historia de esta lucha intestina por la hegemonía. Los hombres fuertes se suceden. Algunos duran años. Otros, apenas meses. Pero todos comparten una misma lógica: el poder no se comparte. Se posee. No se delega. Se ejerce. No se negocia. Se impone. Al menos, esa es la aspiración. La realidad, como veremos, es más turbia y menos épica. Porque el hombre fuerte, por más que lo intente, nunca logra controlarlo todo. Siempre hay una fisura. Siempre hay un notable que dice no. Siempre hay un límite que la fuerza bruta no puede traspasar.

La trayectoria de esta quimera comienza, para nuestra historia, en 1947. El Partido Colorado gana la guerra civil y se convierte en el único partido. El historiador paraguayo Alfredo Boccia Romañach ha documentado este período fundacional con precisión quirúrgica, mostrando cómo la victoria militar se tradujo inmediatamente en un monopolio político que no admitía fisuras (Boccia Romañach, 1985). También Ricardo Scavone Yegros, en su análisis sobre la construcción del poder colorado, señala que la guerra civil de 1947 no fue solo un conflicto militar sino el parteaguas que definió la estructura de dominación del siglo XX paraguayo (Scavone Yegros, 2011). Pero la victoria no resuelve el problema de la sucesión. ¿Quién manda? Durante siete años, nadie logra imponerse del todo. Los hombres fuertes de esa época —Rolón, González, Chávez— tienen poder, pero no todo el poder. Las Fuerzas Armadas, en particular, son un poder autónomo. Y allí, en las sombras del cuartel, crece otro hombre fuerte que aún no es presidente. Se llama Alfredo Stroessner.

Stroessner es el arquetipo del hombre fuerte consumado. No pide permiso para tomar el poder. Lo toma. En mayo de 1954, da un golpe. No es un golpe contra el Partido Colorado, porque él mismo es colorado. Es un golpe dentro del partido, contra los que no aceptaban su liderazgo. Carlos R. Fernández (2020), en su estudio Stroessner: la construcción del poder absoluto, analiza cómo el golpe de 1954 representa el momento de cristalización de una lógica que venía gestándose desde la victoria de 1947: la eliminación sistemática de todo contrapeso interno. Milda Rivarola, en El stronismo: una historia de impunidad y violencia, sostiene que el régimen de Stroessner institucionalizó la confusión entre partido y Estado, transformando al Partido Colorado en una mera extensión de la voluntad dictatorial (Rivarola, 2005). El golpe es la expresión pura de su método: actuar primero, legalizar después. Durante un interinato, un títere ocupa formalmente la presidencia. Pero todos saben quién manda. En agosto, Stroessner asume como presidente. Las elecciones han sido un mero trámite. No había oponentes. No había dudas. El hombre fuerte ha llegado (Lewis, 1980).

Una vez en la cima, Stroessner no se detiene. No comparte. En 1956, destituye a Epifanio Méndez Fleitas, el caudillo colorado que lo había apoyado en el golpe pero que comenzaba a tener aspiraciones propias (Neri Farina, 2019). En 1959, disuelve el Congreso y detiene a los congresistas disidentes. Todos eran colorados. No importa. La lealtad al hombre fuerte es incondicional, o no es lealtad. El partido entero se pliega a su voluntad. No porque tenga una "esencia autoritaria", sino porque los notables que lo componen calculan que resistir cuesta más que obedecer. Y obedecen. Bernardo Neri Farina, en su obra El último dictador, documenta con detalle estos episodios de purga interna y disolución del Congreso, mostrando cómo Stroessner eliminó metódicamente cualquier atisbo de disidencia dentro del propio partido (Neri Farina, 2019).

En 1967, Stroessner necesita una Constitución que lo habilite a seguir siendo reelegido. La Constitución de 1940 se lo impedía. Entonces convoca a una Asamblea Constituyente controlada, y los constituyentes colorados —hombres fuertes menores, notables de segunda línea— le dan lo que pide. La nueva Constitución es un traje a medida. No es un límite al poder. Es una herramienta del poder. El hombre fuerte se viste de legalidad sin dejar de ser lo que es. Luis María Benítez Riera, constitucionalista paraguayo, ha analizado en profundidad este proceso, señalando que la Constitución de 1967 fue "la primera gran operación de ingeniería normativa del stronismo para perpetuarse en el poder" (Benítez Riera, 2021, p. 89).

Durante treinta y cinco años, Stroessner gobierna sin contrapesos reales. Pero ni siquiera el hombre más fuerte es eterno. En 1989, una facción del propio partido lo derroca. El general Andrés Rodríguez, otro hombre fuerte, otro colorado, toma el poder. No es un cambio de régimen. Es un recambio en la cúpula. El partido sigue siendo el mismo. Los notables, los mismos. La lógica del poder, la misma. Herib Caballero Campos ha estudiado la transición de 1989 como un caso paradigmático de "ruptura sin solución de continuidad", donde el partido hegemónico logró renovar su liderazgo sin alterar sus estructuras de dominación (Caballero Campos, 2005).

 Rodríguez gobierna apenas tres años. Le sucede Juan Carlos Wasmosy, el primer presidente colorado elegido en democracia (aunque con el partido todavía hegemónico). Wasmosy es un hombre fuerte de otra estirpe: no viene del cuartel, viene de los negocios. Pero el partido sigue siendo el vehículo. Y la lógica, la misma. Durante su mandato, estalla el conflicto con el general Lino Oviedo, otro hombre fuerte que aspira a la cima. La lucha es cruenta. Oviedo es encarcelado. El partido se fractura, pero no se rompe. Porque los notables saben que la fractura abierta beneficia a los de afuera, a los liberales, a los opositores. Y prefieren seguir dentro, aunque el líder de turno no les guste del todo. Horacio Galeano Perrone, en sus escritos sobre la transición democrática, analiza cómo la crisis de 1996-1999 evidenció la capacidad del Partido Colorado para absorber conflictos internos sin perder su hegemonía (Galeano Perrone, 2002).

En 2008, por primera y única vez, el Partido Colorado pierde el gobierno. Fernando Lugo, un obispo progresista, gana las elecciones (Soto, 2010). Durante cinco años, el hombre fuerte parece estar ausente. Pero el partido no desaparece. Se reorganiza. Espera. Y en 2013, emerge un nuevo hombre fuerte, otro empresario, otro colorado. Se llama Horacio Cartes. Line Bareiro y Clyde Soto (2015) han analizado el fenómeno Cartes como una reconfiguración de la tradicional "maquinaria política" colorada, donde el poder económico del líder se combina con la estructura clientelar del partido para producir un nivel de control interno sin precedentes. Milda Rivarola (2015) sostiene que Cartes representa "el retorno del caudillo", una figura que el Paraguay creía haber dejado atrás con la caída de Stroessner pero que resurgió con nueva vestidura empresarial.

Esteban Caballero Carrizosa (2018), en su análisis para el Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (CADEP), ha estudiado la evolución del Partido Colorado hacia una lógica marcadamente transaccional, donde las decisiones políticas se basan más en el intercambio de favores, lealtades y recursos que en el diseño de políticas públicas eficaces. Este análisis, retomado por el CADEP en sus informes de 2025, advierte que el modelo clientelista, aunque eficaz para mantener cohesión interna, es incompatible con una gestión pública eficiente (Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya, 2025). Bareiro, ha señalado en múltiples trabajos que el clientelismo es el "pegamento" que mantiene unida a la ANR, pero también su principal fuente de fragilidad a largo plazo (Bareiro, 2014). Ignacio González Bozzolasco ha analizado las dinámicas facciosas dentro del Partido Colorado, mostrando cómo las disputas internas entre cartistas y disidentes reflejan una tensión irresoluble entre el control hegemónico y la necesidad de renovación de liderazgos (González Bozzolasco, 2020).

El Precedente: Nicanor Duarte Frutos y el ensayo de una estrategia

Antes de Cartes, hubo otro hombre fuerte que intentó la misma jugada. Se llamó Nicanor Duarte Frutos, y su fracaso allanó el camino para que otro, años después, ensayara los mismos movimientos con idéntico resultado.

Duarte Frutos fue presidente del Paraguay entre 2003 y 2008. Al final de su mandato, se enfrentó a la pregunta hamletiana por excelencia: ¿ser o no ser? ¿Ser senador vitalicio sin voz ni voto, condenado a la irrelevancia institucional? ¿O no serlo, negar su propia condición para reinventarse como senador activo? La Constitución le ofrecía una respuesta clara: sería senador vitalicio, y punto. Pero el hombre fuerte no acepta respuestas que no haya dado él mismo. Así que se embarcó en una travesía que lo llevaría por los tres niveles de nuestra indagación.

El primer intento de Duarte Frutos fue la reelección vía enmienda constitucional, impulsada en 2006 cuando pretendió presidir la Junta de Gobierno de la ANR sin dejar la Presidencia de la República. Aquella decisión fue judicializada por el entonces diputado Edmundo Rolón Osnaghi, argumentando la incompatibilidad de funciones. Aunque la Justicia habilitó su candidatura, la presión política lo obligó a retroceder parcialmente, solicitando un permiso indefinido. Aquí operaba como Maquiavelo: el cálculo estratégico, la manipulación de las reglas, la búsqueda de la eficacia por encima de la legalidad. La maniobra no prosperó del todo. Las resistencias internas y externas fueron demasiado grandes. Pero el hombre fuerte no se rindió. Simplemente cambió de tablero.

A principios de 2008, mientras aún ejercía la presidencia, Duarte Frutos se inscribió como candidato a senador activo en las elecciones generales de abril. El argumento jurídico era audaz: la Constitución no prohíbe explícitamente que un presidente en ejercicio sea candidato. La Corte Suprema, en un fallo que crearía escuela, lo habilitó. El 20 de abril de 2008, Duarte Frutos fue electo senador con 509.907 votos, el 27,23% de los sufragios. El Tribunal Superior de Justicia Electoral lo proclamó. El hombre fuerte tenía un pie dentro del Senado.

Pero había un problema de base: la duplicidad de funciones. El artículo 237 de la Constitución es claro: el Presidente de la República no puede ejercer otro cargo público mientras dure su mandato. Duarte Frutos seguía siendo presidente hasta el 15 de agosto de 2008. Y el Senado debía instalarse el 1 de julio de ese mismo año. Había cuarenta y cinco días de superposición inevitable.

La solución que ensayó Duarte Frutos fue la misma que intentaría Cartes una década después: renunciar a la presidencia antes de tiempo. El 23 de junio de 2008, Duarte Frutos presentó su renuncia al Congreso (Seitz, 2008). Su plan era que el vicepresidente, Francisco Oviedo, asumiera el mando hasta el 15 de agosto, liberándolo para jurar como senador activo el 1 de julio. La jugada estaba calcada: renunciar para no caer en duplicidad, consumar el juramento, y seguir en la política activa desde el Senado. Era el maquiavelismo en estado puro: el fin justifica los medios, y el fin era la permanencia.

Pero el Congreso —ese cuerpo que el hombre fuerte no controlaba del todo— se negó a tratar su renuncia. La oposición, encabezada por la Alianza Patriótica para el Cambio y el Partido Patria Querida, boicoteó la sesión. Argumentaban que la candidatura de Duarte Frutos era inconstitucional y que renunciar a la presidencia para evitar la duplicidad era una maniobra fraudulenta. Sin quórum, no hubo votación. La renuncia no fue aceptada. El primer movimiento falló. La pregunta hamletiana seguía sin respuesta: ¿podía ser o no ser?

Duarte Frutos cumplió su mandato hasta el 15 de agosto. Al día siguiente, ya como expresidente, se presentó en el Senado para reclamar su banca. Pero el presidente del Congreso, el liberal Miguel Abdón Saguier, se negó a convocarlo. En su lugar, convocó al suplente, Jorge Antonio Céspedes, quien juró como senador activo en su reemplazo (Última Hora, 2008). El argumento de Saguier era técnico: Duarte Frutos no podía jurar el 1 de julio porque era presidente; después del 15 de agosto, ya era senador vitalicio, no activo. La oportunidad se había perdido. El ser se había impuesto al no ser. La piedra, por esta vez, seguía siendo piedra (El Nacional, 2026).

El ex presidente no aceptó la derrota. Recurrió a la Corte Suprema. Y en septiembre de 2010 —dos años después de los hechos— la Sala Constitucional le dio la razón. La Corte anuló las resoluciones del Senado que habían convocado a Céspedes y declaró que Duarte Frutos tenía derecho a ocupar su banca como senador activo (Duarte Frutos, 2008). El fallo llegó tarde. La Legislatura ya estaba en marcha. El presidente Fernando Lugo ya había construido sus mayorías. Duarte Frutos recuperó formalmente su escaño, pero el daño político ya estaba hecho.

Sin embargo, el precedente judicial estaba sembrado: la Corte había reconocido el derecho de un expresidente a ser senador activo, y había establecido que la incompatibilidad era temporal, no absoluta. Era la jurisprudencia que Horacio Cartes aprovecharía años después. El voluntarismo nietzscheano —la voluntad de poder que se impone por encima de las normas— había encontrado un aliado inesperado: la letra de un fallo judicial. La verdad ya no era lo que la Constitución decía, sino lo que la Corte decidía que decía. El poder había producido su propia verdad.

El final de esta historia fue una jugada desesperada: el 26 de agosto de 2008, el presidente del Senado, Enrique González Quintana, tomó juramento a Duarte Frutos sin quórum, en un acto paralelo mientras la oposición realizaba su propia sesión (Notimérica, 2008). La crisis institucional fue mayúscula. El gobierno entrante de Lugo temió por la gobernabilidad. Pero no hubo muertos. No hubo incendios. La resistencia fue política, no sangrienta. Duarte Frutos, en el fondo, seguía siendo un Hamlet: dudaba, calculaba, pero no traspasaba el umbral de la violencia.

La ambición desmedida: El proyecto de la reelección

Cartes llegó a la presidencia en 2013 con una ventaja que sus antecesores no tuvieron: controlaba el partido desde antes de gobernar. No heredó la estructura partidaria. La construyó a su imagen y semejanza. Durante su mandato, tejió una red de lealtades que atravesó los tres poderes del Estado. Los jueces de la Corte Suprema fueron designados con su influencia. Los senadores y diputados colorados le debían favores. El partido, esa organización centenaria, se convirtió en su instrumento personal.

Pero no le bastaba con un solo mandato. Quería más. Quería la reelección. Aquí la pregunta hamletiana se reformulaba: ¿ser presidente por un período más, o no serlo y condenarse a la irrelevancia? La respuesta de Cartes fue inequívocamente nietzscheana: la voluntad de poder no admite límites. Si la Constitución se interponía, había que cambiarla.

Duarte Frutos lo había intentado antes y había fracasado. Cartes, que había aprendido de la experiencia de su antecesor, creyó que podría lograrlo donde el otro no pudo. La Constitución de 1992, paraguaya hasta la médula, había sido escrita para conjurar el fantasma de la dictadura. Su artículo 229 era un muro: el presidente durará cinco años en sus funciones y no podrá ser reelegido en ningún caso. No había ambigüedad. No había resquicio. Era la cláusula pétrea que separaba la democracia recuperada del stronismo que la había destrozado.

Cartes y su movimiento, Honor Colorado, decidieron que ese muro debía caer. No mediante una reforma total de la Constitución —el camino largo, complejo y sujeto a control popular— sino mediante una enmienda. El artículo 290 de la Constitución permitía modificaciones puntuales sin necesidad de una Convención Constituyente, siempre que fueran aprobadas por dos tercios del Congreso y refrendadas en referéndum. El plan era sencillo: cambiar el artículo 229, habilitar la reelección, y que Cartes pudiera presentarse nuevamente en 2018. De paso, la enmienda también beneficiaría a Fernando Lugo, el ex obispo y expresidente de izquierda, quien veía en la reelección la oportunidad de un retorno. Una alianza insólita: el empresario tabacalero y el ex obispo, unidos por la misma ambición. Era la quintaesencia del maquiavelismo: el enemigo de hoy es el aliado de mañana, si la conveniencia así lo dicta.

El 31 de marzo de 2017 fue el día elegido para consumar la maniobra. La Cámara de Senadores estaba presidida por el liberal Roberto Acevedo, un opositor a la reelección. Para sortear su autoridad, 25 senadores afines al oficialismo —colorados, luguistas y algunos liberales disidentes— se reunieron en una oficina del Frente Guasu, a puerta cerrada, y aprobaron el proyecto de enmienda en una sesión paralela. Fue un acto de ingeniería parlamentaria extrema: cambiaron el reglamento interno de la Cámara para vaciar de poder a la mesa directiva y luego aprobaron la enmienda en un cuarto, mientras el resto de los senadores ocupaba el hemiciclo. La forma se respetaba; el fondo, se violaba. Era la política como teatro, la legalidad como máscara.

La noticia se filtró. Y Asunción ardió.

Esa tarde, miles de personas rodearon el Congreso Nacional. La consigna era clara: "Dictadura nunca más". Era el grito de una sociedad que recordaba los 35 años de stronismo y no estaba dispuesta a permitir que la historia se repitiera. La policía reprimió con gases lacrimógenos y balines de goma. Los heridos fueron decenas. Entre ellos, el diputado liberal Edgar Acosta, quien recibió un disparo en la boca que le destrozó el rostro y requirió múltiples cirugías reconstructivas. Los manifestantes, enfurecidos, rompieron las vallas, ingresaron al edificio y le prendieron fuego. Las llamas devoraron parte del Senado. Era la imagen más violenta que el Paraguay democrático había producido desde el Marzo Paraguayo de 1999.

Pero la noche no había terminado. Pasada la medianoche, efectivos de la Policía Nacional irrumpieron en la sede del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), el principal partido de la oposición. Los jóvenes que se refugiaban allí fueron golpeados. Y en medio del operativo, el suboficial Gustavo Florentín disparó a quemarropa y mató a Rodrigo Quintana, un joven dirigente liberal de 25 años.

La Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy) ha documentado la impunidad que rodeó el caso y la posterior criminalización de quienes exigían justicia (Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay, 2023). Ocho años después, en abril de 2025, un tribunal sentenció a Gustavo Florentín a 24 años de cárcel por homicidio doloso (Infobae/EFE, 2025). La Cámara de Apelaciones ratificó el fallo, aunque el caso estuvo plagado de chicanas procesales (Última Hora, 2024). La muerte de Rodrigo Quintana se inscribe, según Codehupy, "dentro de un atropello generalizado a las instituciones democráticas y una criminalización muy extendida de la protesta social" (Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay, 2019).

Aquí la voluntad de poder nietzscheana mostró su rostro más brutal. No se trata ya de interpretar la Constitución de un modo favorable, ni de calcular estratégicamente los movimientos parlamentarios. Se trata de imponer la voluntad por la fuerza, de aplastar al que se interpone, de hacer que la sangre corra si es necesario. El hombre fuerte, cuando la duda hamletiana se disuelve y el cálculo maquiavélico no alcanza, recurre a la violencia. Es su último recurso, pero también su naturaleza más auténtica.

Ante la magnitud de la crisis, el presidente de la Cámara de Diputados, Hugo Velázquez, suspendió la sesión que debía ratificar la enmienda al día siguiente. El gobierno destituyó al ministro del Interior y al jefe de la Policía Nacional, como ofrendas expiatorias. Pero la sangre ya estaba derramada. La comunidad internacional reaccionó con horror: la CIDH habló de "presunta ejecución extrajudicial" y la ONU expresó su preocupación por los actos de tortura contra los detenidos.

El proyecto de reelección murió aquella noche. Meses después, el Congreso lo rechazó formalmente. El hombre fuerte había intentado torcer la Constitución y había fracasado. Pero el costo fue altísimo: un muerto, decenas de heridos, la sede del Parlamento incendiada, y la democracia paraguaya profundamente herida. La pregunta hamletiana —"ser o no ser" reelegido— había recibido una respuesta maquiavélica teñida de sangre nietzscheana.

La segunda jugada: El asalto al senado (El espejo de Duarte Frutos)

La reelección había fracasado, pero Cartes no se rindió. Si no podía seguir siendo presidente, quería ser otra cosa. Quería ser senador activo. Y de nuevo, la Constitución se lo impedía. El artículo 189 —aquel que convierte a los ex presidentes en senadores vitalicios pero sin voto ni capacidad de integrar el quórum— era su nueva muralla. Otra vez la pregunta hamletiana: ¿ser senador vitalicio sin poder, o no serlo para reinventarse como senador activo? (El Nacional, 2026).

Cartes había observado con atención la fallida jugada de Duarte Frutos. Había visto cómo su antecesor había intentado renunciar a la presidencia para jurar como senador, y cómo el Congreso se lo había impedido mediante el boicot y la falta de quórum. Ahora, una década después, Cartes controlaba el partido como Duarte Frutos nunca lo había hecho. Tenía la Corte de su lado. Tenía el TSJE de su lado. Tenía la mayoría en el Congreso. ¿Qué podía salir mal?

El 11 de abril de 2018, la Corte Suprema declaró constitucional su candidatura a senador. El argumento era el mismo que había beneficiado a Duarte Frutos una década antes: la incompatibilidad entre la presidencia y la senaduría era temporal, no absoluta. Era la voluntad de poder haciéndose ley: la Corte no interpretaba la Constitución; la doblegaba a la voluntad del hombre fuerte. El TSJE lo proclamó senador electo. El 22 de abril, Cartes fue el senador más votado del país, con más de 766.000 sufragios.

El 28 de mayo de 2018, a dos meses de terminar su mandato, Cartes presentó su renuncia a la presidencia. La maniobra era idéntica a la de Duarte Frutos en 2008: renunciar antes del 1 de julio para no caer en duplicidad de funciones, permitiendo que su vicepresidenta, Alicia Pucheta, asumiera el mando hasta el 15 de agosto, mientras él juraba como senador activo. Todo estaba calculado con precisión maquiavélica. Todo, menos la resistencia.

El miércoles 30 de mayo, el Congreso debía tratar su renuncia. Pero la oposición —el Partido Liberal, el Frente Guasu de Fernando Lugo— se ausentó. Y lo que era peor: dentro de su propio partido, la facción "Colorado Añetete" liderada por Mario Abdo Benítez, el presidente electo, también se negó a dar quórum. Sólo 13 de 45 senadores se presentaron. La renuncia de Cartes no fue tratada. El presidente electo, que asumiría el 15 de agosto, no quería un Cartes omnipresente en el Senado condicionando su gobierno. La unidad colorada, ese mito fundacional del partido hegemónico, se quebraba en el momento crucial.

Aquí se reveló la falacia del voluntarismo nietzscheano aplicado a la política. Cartes había supuesto que su voluntad de poder era omnívora, que podía doblegar todo a su paso. Pero se encontró con que la voluntad de otros notables —Mario Abdo Benítez, los senadores liberales, Fernando Lugo— era más fuerte, o al menos, estaba mejor posicionada. La voluntad de poder no es un atributo individual. Es un campo de fuerzas donde chocan múltiples voluntades. Y en ese campo, Cartes, por más poderoso que fuera, no pudo imponerse.

El 26 de junio de 2018, Cartes retiró su renuncia. En su cuenta de Twitter, escribió: "Veo con gran pena que algunos legisladores no desean que se cumpla la voluntad popular del 22 de abril, por lo que retiro mi renuncia al cargo de Presidente de la República. Lamento que entre colorados no pudimos llegar con una bancada unida al próximo periodo". La confesión era brutal: el hombre fuerte había supuesto que el partido era una extensión de su voluntad. La realidad le demostró lo contrario. La pregunta hamletiana —¿puedo ser senador activo?— recibió una respuesta que no esperaba: no, no puedes. Y la respuesta no vino de la Constitución, sino de la política.

El 1 de julio de 2018, Fernando Lugo —presidente del Congreso y enemigo histórico de Cartes— no convocó al presidente saliente a jurar. En su lugar, convocó al suplente. La jugada de Cartes se había desmoronado. Como Duarte Frutos antes que él, había ganado las elecciones, había obtenido el respaldo de la Corte, pero había perdido en el terreno de la política real: la votación en el Senado. La lección era la misma para ambos: el Congreso, ese cuerpo rebelde, seguía siendo el dueño de la llave del juramento. Sin sus votos, la proclamación electoral y el fallo judicial eran papel mojado.

Años después, en 2022, el abogado de Cartes desistió formalmente de las acciones judiciales para reclamar la banca. El archivo se cerró. La piedra, otra vez, siguió siendo piedra (El Nacional, 2026). El hombre fuerte, por segunda vez, admitió tácitamente la derrota.

La sangre y el fuego: El precio de la ambición

Hay una diferencia crucial entre los dos intentos, que ilumina la naturaleza del hombre fuerte y su evolución entre 2008 y 2018. Es la diferencia entre Hamlet y Maquiavelo, entre la duda y el cálculo, entre la angustia existencial y la fría estrategia. Y también es la diferencia entre Maquiavelo y Nietzsche, entre el cálculo y la imposición violenta.

En 2008, Duarte Frutos intentó forzar su juramento como senador activo sin la anuencia del Congreso. La crisis institucional fue mayúscula. El gobierno entrante de Fernando Lugo temió por la gobernabilidad. Pero no hubo muertos. No hubo incendios. No hubo allanamientos violentos (Notimérica, 2008). La resistencia fue política, no sangrienta. Duarte Frutos, en el fondo, seguía siendo un Hamlet: dudaba, calculaba, pero no traspasaba el umbral de la violencia.

En 2017, cuando Cartes intentó la reelección vía enmienda, la respuesta del poder fue radicalmente distinta. La noche del 31 de marzo, el aparato represivo del Estado se desplegó con toda su fuerza. El resultado fue un joven muerto y el Congreso en llamas. Aquí ya no había Hamlet. Tampoco era solo Maquiavelo. Era Nietzsche en su versión más cruda: la voluntad de poder que no acepta límites, que está dispuesta a aplastar todo lo que se interponga, que convierte la política en una guerra sin cuartel.

La diferencia entre 2008 y 2017 no es solo de contexto. Es de naturaleza del hombre fuerte. Duarte Frutos, a pesar de sus intentos, seguía siendo un producto de la transición democrática, con ciertos escrúpulos, con ciertos límites internos. Cartes es otra cosa: un empresario con poder omnívoro, acostumbrado a que nada ni nadie se le interponga en el mundo de los negocios, y que trasladó esa lógica a la política. Bareiro y Soto (2015) han señalado que esta diferencia marca una mutación en la naturaleza del liderazgo colorado: del caudillo político al empresario que trata al Estado como una empresa más. Cuando la política no le dio lo que quería, recurrió a la fuerza. Cuando la fuerza le falló, recurrió a la manipulación judicial. Y cuando la manipulación judicial no fue suficiente, se retiró y esperó. Pero la sangre de Rodrigo Quintana quedó en su haber, aunque ningún tribunal haya podido probarlo.

La pregunta que atraviesa toda nuestra indagación —¿puede el hombre fuerte doblegar la Constitución a su voluntad?— tiene, pues, una respuesta trágica. En el plano de la necesidad formal, la respuesta es no: la Constitución dice lo que dice, y la lógica muestra que el expresidente no puede ser senador activo. En el plano de la política real, la respuesta es más compleja: a veces puede, a veces no. Duarte Frutos no pudo. Cartes, a pesar de todo su poder, tampoco pudo. Pero en el intento, Cartes mató. Esa es la diferencia que ilumina la evolución del hombre fuerte en el Partido Colorado: de la duda hamletiana a la acción maquiavélica, y de la acción maquiavélica a la violencia nietzscheana. La quimera se ha vuelto más peligrosa con el tiempo, no menos.

Las vías muertas y la persistencia de la quimera

¿Qué queda después de dos intentos fallidos? Duarte Frutos nunca fue senador activo. Su fallo favorable de la Corte llegó tarde y no logró revertir la realidad política. Terminó siendo un senador vitalicio sin voto, como la Constitución siempre había dispuesto. Su intento de burlar el artículo 189 fracasó en todos los frentes. La piedra siguió siendo piedra. La pregunta hamletiana —"ser o no ser" senador activo— recibió una respuesta negativa, y el fantasma de la duda se disipó en el fracaso.

Cartes, a pesar de controlar el partido, la Corte y el TSJE, no pudo vencer la última barrera: la votación en el Senado. La facción "Colorado Añetete" de Mario Abdo Benítez, los liberales y el Frente Guasu coincidieron en negarle el quórum. El hombre fuerte más poderoso desde Stroessner tuvo que retirar su renuncia y admitir la derrota. En 2022, su abogado desistió formalmente de las acciones judiciales para reclamar la banca. El archivo se cerró. La piedra, otra vez, siguió siendo piedra (El Nacional, 2026).

Pero la quimera no muere. Sigue ahí, acechando. En 2025, el proyecto de ley para reinterpretar el artículo 189 sigue durmiendo en las comisiones del Senado (El Nacional, 2026). Los notables colorados calculan costos y beneficios. Algunos quieren aprobarlo. Otros, no. El hombre fuerte presiona, negocia, ofrece, amenaza. Pero los números no le dan. El partido no es una máquina perfecta. Es un campo de fuerzas con fisuras. Mientras las fisuras existan, la consumación no se completa.

La lección final es la siguiente: el hombre fuerte no es un dictador omnívoro que todo lo puede. Es un estratega que calcula costos, que mide resistencias, que a veces gana y a veces pierde. Stroessner pudo porque tuvo 35 años, porque eliminó físicamente a sus oponentes, porque controló las FFAA sin fisuras. Cartes no tiene 35 años. Tiene una democracia —frágil, pero democracia— que impone costos a la represión abierta. Tiene una oposición que, aunque débil, aún puede bloquear. Tiene, sobre todo, un partido que ya no es el de 1954. Los notables colorados de hoy son más autónomos, más calculadores, menos leales (Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya, 2025). Siguen a Cartes mientras les conviene. Cuando deja de convenirles, lo abandonan. Como abandonaron a Stroessner en 1989. Como estuvieron a punto de abandonar a Cartes en 2018 si intentaba forzar la jura por decreto.

Por eso, el hombre fuerte del Partido Colorado es una quimera. No porque no exista —existe, y es poderoso—, sino porque su poder tiene límites que él mismo no puede traspasar. La fuerza bruta de la discreción choca una y otra vez contra la fuerza de la necesidad formal, y en ese choque, ni una ni otra vencen del todo. La Constitución no se pliega a la voluntad del poderoso, pero el poderoso no se pliega a la Constitución. La tensión persiste. Y mientras persiste, la política sigue siendo ese campo de batalla donde se dirimen, con sangre o sin ella, las preguntas fundamentales: ¿quién manda? ¿hasta dónde? ¿a costa de qué?

Epílogo: El Ser o No Ser del derecho frente al Poder

El intelectual paraguayo Augusto Roa Bastos, en su monumental obra Yo el Supremo, ya había anticipado esta lógica: el poder absoluto que se funda a sí mismo, que crea su propia legalidad, que no reconoce más límite que su propia voluntad (Roa Bastos, 1974). La novela de Roa Bastos es, en el fondo, una radiografía anticipada del hombre fuerte paraguayo. El crítico literario Helio Vera (1985) profundizó esta lectura, mostrando cómo la figura del dictador en la literatura paraguaya refleja una estructura de poder que trasciende a los individuos y se instala en el imaginario colectivo.

El sociólogo Tomás Palau ha estudiado las continuidades estructurales entre el stronismo y el cartismo, señalando que "el cambio de época no implicó un cambio en las lógicas profundas de acumulación de poder" (Palau, 2022, p. 145). Luis Rojas (2019), en El asedio a la democracia, analiza cómo las élites coloradas han desarrollado una "cultura política" basada en la impunidad y la captura institucional.

Ciento ochenta mil caracteres no alcanzarían para describir todas las metamorfosis del hombre fuerte en el Partido Colorado. Hay tantas como hombres fuertes hubo. El rasgo común, sin embargo, se mantiene a lo largo de las décadas: ninguno de ellos acepta que haya algo por encima de su voluntad. La Constitución es un obstáculo a sortear, no un límite a respetar. El derecho es un instrumento, no un marco. La oposición es un enemigo, no un interlocutor. Y cuando las instituciones no ceden, la violencia es la respuesta.

Esta es la conclusión que nos golpea en la cara, como un puñetazo que viene de lejos. Comenzamos con Hamlet, con la pregunta por el ser: ¿puede el expresidente ser senador activo? ¿Puede la piedra convertirse en agua? La lógica nos mostró que no. La necesidad formal es implacable: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. El senador vitalicio no vota, no integra el quórum. Si vota, no es senador vitalicio. La contradicción es clara.

Pero luego llegó Maquiavelo, con su sonrisa cínica, para recordarnos que la lógica no gobierna el mundo. Lo gobierna la eficacia, la fuerza, la capacidad de imponer la propia voluntad. El hombre fuerte no pregunta "¿es lógicamente posible?" Pregunta "¿puedo hacerlo?" Y si puede, lo hace. La consumación de los hechos, esa doctrina maquiavélica por excelencia, nos enseñó que un acto ilegal, si se consuma y nadie lo detiene a tiempo, se vuelve irreversible. La piedra se convierte en agua porque el poder dice que es agua.

Y finalmente, llegó Nietzsche, con su martillo, para mostrarnos que detrás de las normas y los hechos hay algo más profundo: la voluntad de poder. La Constitución no es un hecho objetivo. Es una interpretación. Y toda interpretación es un acto de voluntad. El poderoso interpreta como quiere, y su interpretación se vuelve verdad porque tiene el poder para imponerla. La piedra no es piedra ni el agua es agua. Todo es voluntad. Todo es poder. Todo es interpretación.

Pero nuestra radiografía histórica del Partido Colorado —desde 1947 hasta hoy, pasando por Stroessner, Duarte Frutos y Cartes— nos muestra que ninguna de estas tres perspectivas es suficiente por sí sola. El hombre fuerte no es solo Hamlet, porque duda y a veces se paraliza. No es solo Maquiavelo, porque su estrategia a menudo fracasa. No es solo Nietzsche, porque su voluntad de poder encuentra límites insalvables. Es las tres cosas a la vez, y ninguna exclusivamente. Es una quimera: un ser compuesto de partes heterogéneas que, sin embargo, funciona como una máquina de poder.

La pregunta final no es, entonces, "¿qué es el hombre fuerte?" La pregunta es "¿hasta dónde puede llegar?" La historia del Partido Colorado es la historia de esa pregunta, planteada una y otra vez, respondida una y otra vez con sangre, con fuego, con fallos judiciales a medida, con renuncias frustradas y juras imposibles. La respuesta provisional es: puede llegar lejos, muy lejos. Puede intentar cambiar la Constitución. Puede intentar torcer el sentido del artículo 189. Puede intentar imponer su voluntad por la fuerza. Pero no puede todo. Siempre hay un límite. Siempre hay un notable que dice no. Siempre hay una facción que se rebela. Siempre hay un Rodrigo Quintana cuya muerte, aunque no detenga al poder, deja una mancha que el tiempo no borra.

Esa es la única certeza que nos queda. El hombre fuerte, esa quimera que ha dominado la política paraguaya durante más de setenta años, no es invencible. No es omnipotente. No es eterno. Es contingente. Es histórico. Es humano. Y como todo lo humano, encuentra límites. La pregunta no es si los encontrará, sino cuándo, y cómo, y quién estará ahí para aprovechar la oportunidad. Porque después del hombre fuerte, suele venir otro hombre fuerte. Pero también puede venir otra cosa. En eso, quizás, consiste la política: en la impredecible posibilidad de que, algún día, la piedra deje de querer ser agua y acepte ser piedra. O que el agua, por fin, aprenda a fluir sin romper todo lo que toca.

Hasta entonces, nos queda el análisis. Mostrar la contradicción. Registrar los movimientos. Señalar las fisuras. No porque eso vaya a detener al hombre fuerte —quizás no pueda—, sino porque alguien tiene que dejar constancia de que la piedra era piedra, aunque el poder dijera que era agua. Alguien tiene que recordar que la sangre fue sangre, aunque el poder pretenda que fue un accidente. Alguien tiene que decir, cuando la noche termine y el humo se disipe, que Rodrigo Quintana no murió en vano. Que murió defendiendo la Constitución contra quienes querían romperla para seguir mandando.

Ese alguien, quizás, somos nosotros.

 

Referencias

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