Llamémoslo el hombre fuerte, aunque el nombre sea impreciso. No es solo fuerza lo que lo define, ni solo poder, ni solo voluntad. Es una constelación de atributos que, reunidos en un solo hombre, producen un fenómeno que el Paraguay ha visto nacer una y otra vez, desde mediados del siglo pasado hasta el día de hoy. No es un invento paraguayo, claro. Maquiavelo lo describió antes de que existiera el Paraguay (Maquiavelo, 1513). Pero aquí, en este rincón del mundo, el hombre fuerte ha encontrado un territorio fértil donde multiplicarse y persistir.
Para entenderlo, hemos debido transitar por tres niveles de
análisis que, como capas de una cebolla, van revelando su naturaleza esquiva.
El primer nivel es el hamletiano: la pregunta por el ser. ¿Es el expresidente
senador vitalicio? ¿Puede dejar de serlo? ¿Puede ser dos cosas a la vez? La
duda existencial, la angustia ante la contradicción, el fantasma de la
indecisión que paraliza (Shakespeare, 1603). El segundo nivel es el
maquiavélico: la pregunta por la acción. ¿Cómo se obtiene y conserva el poder?
¿Qué medios son legítimos cuando el fin es la permanencia? La fuerza bruta de
la discreción, la consumación de los hechos, el cálculo cínico de la eficacia
(Maquiavelo, 1513). El tercer nivel es el nietzscheano: la pregunta por la
voluntad. ¿Qué es la realidad última que subyace a las normas y a los hechos?
La voluntad de poder, la interpretación como imposición, la verdad como aquello
que la voluntad más fuerte decide que sea (Nietzsche, 1887).
El hombre fuerte del Partido Colorado es, a la vez, Hamlet
que duda sin resolver, Maquiavelo que actúa sin escrúpulos, y Nietzsche que
impone sin límites. Pero ninguna de estas máscaras es su esencia —porque no
tiene esencia— sino los roles que asume según la coyuntura. Cuando la fuerza
formal de la Constitución se le enfrenta, duda y pregunta "ser o no
ser". Cuando ve una oportunidad, actúa con la frialdad del príncipe. Y
cuando ninguna de las dos funciona, impone su voluntad por la fuerza bruta. La
quimera cambia de rostro, pero el propósito es siempre el mismo: permanecer.
El hombre fuerte no nace como líder hegemónico. Se hace. Y
para hacerlo, necesita una organización. Esa organización se llama Partido
Colorado. No es que el partido lo cree, porque sería darle al partido una
potencia que no tiene. El partido no es una madre que pare. El partido es un
vehículo. O mejor: es un campo de fuerzas donde los hombres fuertes emergen,
compiten, se devoran y, eventualmente, uno de ellos se impone a todos los
demás. Entonces, por un tiempo, el campo se estabiliza. El hombre fuerte se
sienta en la cima. Y desde allí, mira hacia abajo.
La historia del Partido Colorado desde 1947 es la historia
de esta lucha intestina por la hegemonía. Los hombres fuertes se suceden.
Algunos duran años. Otros, apenas meses. Pero todos comparten una misma lógica:
el poder no se comparte. Se posee. No se delega. Se ejerce. No se negocia. Se
impone. Al menos, esa es la aspiración. La realidad, como veremos, es más
turbia y menos épica. Porque el hombre fuerte, por más que lo intente, nunca
logra controlarlo todo. Siempre hay una fisura. Siempre hay un notable que dice
no. Siempre hay un límite que la fuerza bruta no puede traspasar.
La trayectoria de esta quimera comienza, para nuestra
historia, en 1947. El Partido Colorado gana la guerra civil y se convierte en
el único partido. El historiador paraguayo Alfredo Boccia Romañach ha
documentado este período fundacional con precisión quirúrgica, mostrando cómo
la victoria militar se tradujo inmediatamente en un monopolio político que no
admitía fisuras (Boccia Romañach, 1985). También Ricardo Scavone Yegros, en su
análisis sobre la construcción del poder colorado, señala que la guerra civil
de 1947 no fue solo un conflicto militar sino el parteaguas que definió la
estructura de dominación del siglo XX paraguayo (Scavone Yegros, 2011). Pero la
victoria no resuelve el problema de la sucesión. ¿Quién manda? Durante siete
años, nadie logra imponerse del todo. Los hombres fuertes de esa época —Rolón,
González, Chávez— tienen poder, pero no todo el poder. Las Fuerzas Armadas, en
particular, son un poder autónomo. Y allí, en las sombras del cuartel, crece
otro hombre fuerte que aún no es presidente. Se llama Alfredo Stroessner.
Stroessner es el arquetipo del hombre fuerte consumado. No
pide permiso para tomar el poder. Lo toma. En mayo de 1954, da un golpe. No es
un golpe contra el Partido Colorado, porque él mismo es colorado. Es un golpe
dentro del partido, contra los que no aceptaban su liderazgo. Carlos R. Fernández
(2020), en su estudio Stroessner: la construcción del poder absoluto, analiza
cómo el golpe de 1954 representa el momento de cristalización de una lógica que
venía gestándose desde la victoria de 1947: la eliminación sistemática de todo
contrapeso interno. Milda Rivarola, en El stronismo: una historia de impunidad
y violencia, sostiene que el régimen de Stroessner institucionalizó la
confusión entre partido y Estado, transformando al Partido Colorado en una mera
extensión de la voluntad dictatorial (Rivarola, 2005). El golpe es la expresión
pura de su método: actuar primero, legalizar después. Durante un interinato, un
títere ocupa formalmente la presidencia. Pero todos saben quién manda. En
agosto, Stroessner asume como presidente. Las elecciones han sido un mero
trámite. No había oponentes. No había dudas. El hombre fuerte ha llegado
(Lewis, 1980).
Una vez en la cima, Stroessner no se detiene. No comparte.
En 1956, destituye a Epifanio Méndez Fleitas, el caudillo colorado que lo había
apoyado en el golpe pero que comenzaba a tener aspiraciones propias (Neri
Farina, 2019). En 1959, disuelve el Congreso y detiene a los congresistas
disidentes. Todos eran colorados. No importa. La lealtad al hombre fuerte es
incondicional, o no es lealtad. El partido entero se pliega a su voluntad. No
porque tenga una "esencia autoritaria", sino porque los notables que
lo componen calculan que resistir cuesta más que obedecer. Y obedecen. Bernardo
Neri Farina, en su obra El último dictador, documenta con detalle estos
episodios de purga interna y disolución del Congreso, mostrando cómo Stroessner
eliminó metódicamente cualquier atisbo de disidencia dentro del propio partido
(Neri Farina, 2019).
En 1967, Stroessner necesita una Constitución que lo
habilite a seguir siendo reelegido. La Constitución de 1940 se lo impedía.
Entonces convoca a una Asamblea Constituyente controlada, y los constituyentes
colorados —hombres fuertes menores, notables de segunda línea— le dan lo que
pide. La nueva Constitución es un traje a medida. No es un límite al poder. Es
una herramienta del poder. El hombre fuerte se viste de legalidad sin dejar de
ser lo que es. Luis María Benítez Riera, constitucionalista paraguayo, ha
analizado en profundidad este proceso, señalando que la Constitución de 1967
fue "la primera gran operación de ingeniería normativa del stronismo para
perpetuarse en el poder" (Benítez Riera, 2021, p. 89).
Durante treinta y cinco años, Stroessner gobierna sin
contrapesos reales. Pero ni siquiera el hombre más fuerte es eterno. En 1989,
una facción del propio partido lo derroca. El general Andrés Rodríguez, otro
hombre fuerte, otro colorado, toma el poder. No es un cambio de régimen. Es un
recambio en la cúpula. El partido sigue siendo el mismo. Los notables, los
mismos. La lógica del poder, la misma. Herib Caballero Campos ha estudiado la
transición de 1989 como un caso paradigmático de "ruptura sin solución de
continuidad", donde el partido hegemónico logró renovar su liderazgo sin
alterar sus estructuras de dominación (Caballero Campos, 2005).
En 2008, por primera y única vez, el Partido Colorado pierde
el gobierno. Fernando Lugo, un obispo progresista, gana las elecciones (Soto,
2010). Durante cinco años, el hombre fuerte parece estar ausente. Pero el
partido no desaparece. Se reorganiza. Espera. Y en 2013, emerge un nuevo hombre
fuerte, otro empresario, otro colorado. Se llama Horacio Cartes. Line Bareiro y
Clyde Soto (2015) han analizado el fenómeno Cartes como una reconfiguración de
la tradicional "maquinaria política" colorada, donde el poder
económico del líder se combina con la estructura clientelar del partido para
producir un nivel de control interno sin precedentes. Milda Rivarola (2015) sostiene
que Cartes representa "el retorno del caudillo", una figura que el
Paraguay creía haber dejado atrás con la caída de Stroessner pero que resurgió
con nueva vestidura empresarial.
Esteban Caballero Carrizosa (2018), en su análisis para el
Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (CADEP), ha estudiado la
evolución del Partido Colorado hacia una lógica marcadamente transaccional,
donde las decisiones políticas se basan más en el intercambio de favores,
lealtades y recursos que en el diseño de políticas públicas eficaces. Este
análisis, retomado por el CADEP en sus informes de 2025, advierte que el modelo
clientelista, aunque eficaz para mantener cohesión interna, es incompatible con
una gestión pública eficiente (Centro de Análisis y Difusión de la Economía
Paraguaya, 2025). Bareiro, ha señalado en múltiples trabajos que el
clientelismo es el "pegamento" que mantiene unida a la ANR, pero
también su principal fuente de fragilidad a largo plazo (Bareiro, 2014).
Ignacio González Bozzolasco ha analizado las dinámicas facciosas dentro del
Partido Colorado, mostrando cómo las disputas internas entre cartistas y
disidentes reflejan una tensión irresoluble entre el control hegemónico y la
necesidad de renovación de liderazgos (González Bozzolasco, 2020).
El Precedente: Nicanor Duarte Frutos y el ensayo de una estrategia
Antes de Cartes, hubo otro hombre fuerte que intentó la
misma jugada. Se llamó Nicanor Duarte Frutos, y su fracaso allanó el camino
para que otro, años después, ensayara los mismos movimientos con idéntico
resultado.
Duarte Frutos fue presidente del Paraguay entre 2003 y 2008.
Al final de su mandato, se enfrentó a la pregunta hamletiana por excelencia:
¿ser o no ser? ¿Ser senador vitalicio sin voz ni voto, condenado a la
irrelevancia institucional? ¿O no serlo, negar su propia condición para
reinventarse como senador activo? La Constitución le ofrecía una respuesta
clara: sería senador vitalicio, y punto. Pero el hombre fuerte no acepta
respuestas que no haya dado él mismo. Así que se embarcó en una travesía que lo
llevaría por los tres niveles de nuestra indagación.
El primer intento de Duarte Frutos fue la reelección vía
enmienda constitucional, impulsada en 2006 cuando pretendió presidir la Junta
de Gobierno de la ANR sin dejar la Presidencia de la República. Aquella
decisión fue judicializada por el entonces diputado Edmundo Rolón Osnaghi,
argumentando la incompatibilidad de funciones. Aunque la Justicia habilitó su
candidatura, la presión política lo obligó a retroceder parcialmente,
solicitando un permiso indefinido. Aquí operaba como Maquiavelo: el cálculo
estratégico, la manipulación de las reglas, la búsqueda de la eficacia por
encima de la legalidad. La maniobra no prosperó del todo. Las resistencias
internas y externas fueron demasiado grandes. Pero el hombre fuerte no se
rindió. Simplemente cambió de tablero.
A principios de 2008, mientras aún ejercía la presidencia,
Duarte Frutos se inscribió como candidato a senador activo en las elecciones
generales de abril. El argumento jurídico era audaz: la Constitución no prohíbe
explícitamente que un presidente en ejercicio sea candidato. La Corte Suprema,
en un fallo que crearía escuela, lo habilitó. El 20 de abril de 2008, Duarte
Frutos fue electo senador con 509.907 votos, el 27,23% de los sufragios. El
Tribunal Superior de Justicia Electoral lo proclamó. El hombre fuerte tenía un
pie dentro del Senado.
Pero había un problema de base: la duplicidad de funciones.
El artículo 237 de la Constitución es claro: el Presidente de la República no
puede ejercer otro cargo público mientras dure su mandato. Duarte Frutos seguía
siendo presidente hasta el 15 de agosto de 2008. Y el Senado debía instalarse
el 1 de julio de ese mismo año. Había cuarenta y cinco días de superposición
inevitable.
La solución que ensayó Duarte Frutos fue la misma que
intentaría Cartes una década después: renunciar a la presidencia antes de
tiempo. El 23 de junio de 2008, Duarte Frutos presentó su renuncia al Congreso
(Seitz, 2008). Su plan era que el vicepresidente, Francisco Oviedo, asumiera el
mando hasta el 15 de agosto, liberándolo para jurar como senador activo el 1 de
julio. La jugada estaba calcada: renunciar para no caer en duplicidad, consumar
el juramento, y seguir en la política activa desde el Senado. Era el
maquiavelismo en estado puro: el fin justifica los medios, y el fin era la
permanencia.
Pero el Congreso —ese cuerpo que el hombre fuerte no
controlaba del todo— se negó a tratar su renuncia. La oposición, encabezada por
la Alianza Patriótica para el Cambio y el Partido Patria Querida, boicoteó la
sesión. Argumentaban que la candidatura de Duarte Frutos era inconstitucional y
que renunciar a la presidencia para evitar la duplicidad era una maniobra
fraudulenta. Sin quórum, no hubo votación. La renuncia no fue aceptada. El
primer movimiento falló. La pregunta hamletiana seguía sin respuesta: ¿podía
ser o no ser?
Duarte Frutos cumplió su mandato hasta el 15 de agosto. Al
día siguiente, ya como expresidente, se presentó en el Senado para reclamar su
banca. Pero el presidente del Congreso, el liberal Miguel Abdón Saguier, se
negó a convocarlo. En su lugar, convocó al suplente, Jorge Antonio Céspedes,
quien juró como senador activo en su reemplazo (Última Hora, 2008). El
argumento de Saguier era técnico: Duarte Frutos no podía jurar el 1 de julio
porque era presidente; después del 15 de agosto, ya era senador vitalicio, no
activo. La oportunidad se había perdido. El ser se había impuesto al no ser. La
piedra, por esta vez, seguía siendo piedra (El Nacional, 2026).
El ex presidente no aceptó la derrota. Recurrió a la Corte
Suprema. Y en septiembre de 2010 —dos años después de los hechos— la Sala
Constitucional le dio la razón. La Corte anuló las resoluciones del Senado que
habían convocado a Céspedes y declaró que Duarte Frutos tenía derecho a ocupar
su banca como senador activo (Duarte Frutos, 2008). El fallo llegó tarde. La
Legislatura ya estaba en marcha. El presidente Fernando Lugo ya había
construido sus mayorías. Duarte Frutos recuperó formalmente su escaño, pero el
daño político ya estaba hecho.
Sin embargo, el precedente judicial estaba sembrado: la
Corte había reconocido el derecho de un expresidente a ser senador activo, y
había establecido que la incompatibilidad era temporal, no absoluta. Era la
jurisprudencia que Horacio Cartes aprovecharía años después. El voluntarismo
nietzscheano —la voluntad de poder que se impone por encima de las normas—
había encontrado un aliado inesperado: la letra de un fallo judicial. La verdad
ya no era lo que la Constitución decía, sino lo que la Corte decidía que decía.
El poder había producido su propia verdad.
El final de esta historia fue una jugada desesperada: el 26
de agosto de 2008, el presidente del Senado, Enrique González Quintana, tomó
juramento a Duarte Frutos sin quórum, en un acto paralelo mientras la oposición
realizaba su propia sesión (Notimérica, 2008). La crisis institucional fue
mayúscula. El gobierno entrante de Lugo temió por la gobernabilidad. Pero no
hubo muertos. No hubo incendios. La resistencia fue política, no sangrienta.
Duarte Frutos, en el fondo, seguía siendo un Hamlet: dudaba, calculaba, pero no
traspasaba el umbral de la violencia.
La ambición desmedida: El proyecto de la reelección
Cartes llegó a la presidencia en 2013 con una ventaja que
sus antecesores no tuvieron: controlaba el partido desde antes de gobernar. No
heredó la estructura partidaria. La construyó a su imagen y semejanza. Durante
su mandato, tejió una red de lealtades que atravesó los tres poderes del
Estado. Los jueces de la Corte Suprema fueron designados con su influencia. Los
senadores y diputados colorados le debían favores. El partido, esa organización
centenaria, se convirtió en su instrumento personal.
Pero no le bastaba con un solo mandato. Quería más. Quería
la reelección. Aquí la pregunta hamletiana se reformulaba: ¿ser presidente por
un período más, o no serlo y condenarse a la irrelevancia? La respuesta de
Cartes fue inequívocamente nietzscheana: la voluntad de poder no admite
límites. Si la Constitución se interponía, había que cambiarla.
Duarte Frutos lo había intentado antes y había fracasado.
Cartes, que había aprendido de la experiencia de su antecesor, creyó que podría
lograrlo donde el otro no pudo. La Constitución de 1992, paraguaya hasta la
médula, había sido escrita para conjurar el fantasma de la dictadura. Su
artículo 229 era un muro: el presidente durará cinco años en sus funciones y no
podrá ser reelegido en ningún caso. No había ambigüedad. No había resquicio.
Era la cláusula pétrea que separaba la democracia recuperada del stronismo que
la había destrozado.
Cartes y su movimiento, Honor Colorado, decidieron que ese
muro debía caer. No mediante una reforma total de la Constitución —el camino
largo, complejo y sujeto a control popular— sino mediante una enmienda. El
artículo 290 de la Constitución permitía modificaciones puntuales sin necesidad
de una Convención Constituyente, siempre que fueran aprobadas por dos tercios
del Congreso y refrendadas en referéndum. El plan era sencillo: cambiar el
artículo 229, habilitar la reelección, y que Cartes pudiera presentarse
nuevamente en 2018. De paso, la enmienda también beneficiaría a Fernando Lugo,
el ex obispo y expresidente de izquierda, quien veía en la reelección la
oportunidad de un retorno. Una alianza insólita: el empresario tabacalero y el
ex obispo, unidos por la misma ambición. Era la quintaesencia del maquiavelismo:
el enemigo de hoy es el aliado de mañana, si la conveniencia así lo dicta.
El 31 de marzo de 2017 fue el día elegido para consumar la
maniobra. La Cámara de Senadores estaba presidida por el liberal Roberto
Acevedo, un opositor a la reelección. Para sortear su autoridad, 25 senadores
afines al oficialismo —colorados, luguistas y algunos liberales disidentes— se
reunieron en una oficina del Frente Guasu, a puerta cerrada, y aprobaron el
proyecto de enmienda en una sesión paralela. Fue un acto de ingeniería
parlamentaria extrema: cambiaron el reglamento interno de la Cámara para vaciar
de poder a la mesa directiva y luego aprobaron la enmienda en un cuarto,
mientras el resto de los senadores ocupaba el hemiciclo. La forma se respetaba;
el fondo, se violaba. Era la política como teatro, la legalidad como máscara.
La noticia se filtró. Y Asunción ardió.
Esa tarde, miles de personas rodearon el Congreso Nacional.
La consigna era clara: "Dictadura nunca más". Era el grito de una
sociedad que recordaba los 35 años de stronismo y no estaba dispuesta a
permitir que la historia se repitiera. La policía reprimió con gases
lacrimógenos y balines de goma. Los heridos fueron decenas. Entre ellos, el
diputado liberal Edgar Acosta, quien recibió un disparo en la boca que le
destrozó el rostro y requirió múltiples cirugías reconstructivas. Los
manifestantes, enfurecidos, rompieron las vallas, ingresaron al edificio y le
prendieron fuego. Las llamas devoraron parte del Senado. Era la imagen más
violenta que el Paraguay democrático había producido desde el Marzo Paraguayo
de 1999.
Pero la noche no había terminado. Pasada la medianoche,
efectivos de la Policía Nacional irrumpieron en la sede del Partido Liberal
Radical Auténtico (PLRA), el principal partido de la oposición. Los jóvenes que
se refugiaban allí fueron golpeados. Y en medio del operativo, el suboficial
Gustavo Florentín disparó a quemarropa y mató a Rodrigo Quintana, un joven
dirigente liberal de 25 años.
La Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy)
ha documentado la impunidad que rodeó el caso y la posterior criminalización de
quienes exigían justicia (Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay, 2023).
Ocho años después, en abril de 2025, un tribunal sentenció a Gustavo Florentín
a 24 años de cárcel por homicidio doloso (Infobae/EFE, 2025). La Cámara de
Apelaciones ratificó el fallo, aunque el caso estuvo plagado de chicanas
procesales (Última Hora, 2024). La muerte de Rodrigo Quintana se inscribe,
según Codehupy, "dentro de un atropello generalizado a las instituciones
democráticas y una criminalización muy extendida de la protesta social" (Coordinadora
de Derechos Humanos del Paraguay, 2019).
Aquí la voluntad de poder nietzscheana mostró su rostro más
brutal. No se trata ya de interpretar la Constitución de un modo favorable, ni
de calcular estratégicamente los movimientos parlamentarios. Se trata de
imponer la voluntad por la fuerza, de aplastar al que se interpone, de hacer
que la sangre corra si es necesario. El hombre fuerte, cuando la duda
hamletiana se disuelve y el cálculo maquiavélico no alcanza, recurre a la
violencia. Es su último recurso, pero también su naturaleza más auténtica.
Ante la magnitud de la crisis, el presidente de la Cámara de
Diputados, Hugo Velázquez, suspendió la sesión que debía ratificar la enmienda
al día siguiente. El gobierno destituyó al ministro del Interior y al jefe de
la Policía Nacional, como ofrendas expiatorias. Pero la sangre ya estaba
derramada. La comunidad internacional reaccionó con horror: la CIDH habló de
"presunta ejecución extrajudicial" y la ONU expresó su preocupación
por los actos de tortura contra los detenidos.
El proyecto de reelección murió aquella noche. Meses
después, el Congreso lo rechazó formalmente. El hombre fuerte había intentado
torcer la Constitución y había fracasado. Pero el costo fue altísimo: un
muerto, decenas de heridos, la sede del Parlamento incendiada, y la democracia
paraguaya profundamente herida. La pregunta hamletiana —"ser o no
ser" reelegido— había recibido una respuesta maquiavélica teñida de sangre
nietzscheana.
La segunda jugada: El asalto al senado (El espejo de Duarte
Frutos)
La reelección había fracasado, pero Cartes no se rindió. Si
no podía seguir siendo presidente, quería ser otra cosa. Quería ser senador
activo. Y de nuevo, la Constitución se lo impedía. El artículo 189 —aquel que
convierte a los ex presidentes en senadores vitalicios pero sin voto ni
capacidad de integrar el quórum— era su nueva muralla. Otra vez la pregunta
hamletiana: ¿ser senador vitalicio sin poder, o no serlo para reinventarse como
senador activo? (El Nacional, 2026).
Cartes había observado con atención la fallida jugada de
Duarte Frutos. Había visto cómo su antecesor había intentado renunciar a la
presidencia para jurar como senador, y cómo el Congreso se lo había impedido
mediante el boicot y la falta de quórum. Ahora, una década después, Cartes
controlaba el partido como Duarte Frutos nunca lo había hecho. Tenía la Corte
de su lado. Tenía el TSJE de su lado. Tenía la mayoría en el Congreso. ¿Qué
podía salir mal?
El 11 de abril de 2018, la Corte Suprema declaró
constitucional su candidatura a senador. El argumento era el mismo que había
beneficiado a Duarte Frutos una década antes: la incompatibilidad entre la
presidencia y la senaduría era temporal, no absoluta. Era la voluntad de poder
haciéndose ley: la Corte no interpretaba la Constitución; la doblegaba a la
voluntad del hombre fuerte. El TSJE lo proclamó senador electo. El 22 de abril,
Cartes fue el senador más votado del país, con más de 766.000 sufragios.
El 28 de mayo de 2018, a dos meses de terminar su mandato,
Cartes presentó su renuncia a la presidencia. La maniobra era idéntica a la de
Duarte Frutos en 2008: renunciar antes del 1 de julio para no caer en
duplicidad de funciones, permitiendo que su vicepresidenta, Alicia Pucheta,
asumiera el mando hasta el 15 de agosto, mientras él juraba como senador
activo. Todo estaba calculado con precisión maquiavélica. Todo, menos la
resistencia.
El miércoles 30 de mayo, el Congreso debía tratar su
renuncia. Pero la oposición —el Partido Liberal, el Frente Guasu de Fernando
Lugo— se ausentó. Y lo que era peor: dentro de su propio partido, la facción
"Colorado Añetete" liderada por Mario Abdo Benítez, el presidente
electo, también se negó a dar quórum. Sólo 13 de 45 senadores se presentaron.
La renuncia de Cartes no fue tratada. El presidente electo, que asumiría el 15
de agosto, no quería un Cartes omnipresente en el Senado condicionando su
gobierno. La unidad colorada, ese mito fundacional del partido hegemónico, se
quebraba en el momento crucial.
Aquí se reveló la falacia del voluntarismo nietzscheano
aplicado a la política. Cartes había supuesto que su voluntad de poder era
omnívora, que podía doblegar todo a su paso. Pero se encontró con que la
voluntad de otros notables —Mario Abdo Benítez, los senadores liberales,
Fernando Lugo— era más fuerte, o al menos, estaba mejor posicionada. La
voluntad de poder no es un atributo individual. Es un campo de fuerzas donde
chocan múltiples voluntades. Y en ese campo, Cartes, por más poderoso que
fuera, no pudo imponerse.
El 26 de junio de 2018, Cartes retiró su renuncia. En su
cuenta de Twitter, escribió: "Veo con gran pena que algunos legisladores
no desean que se cumpla la voluntad popular del 22 de abril, por lo que retiro
mi renuncia al cargo de Presidente de la República. Lamento que entre colorados
no pudimos llegar con una bancada unida al próximo periodo". La confesión
era brutal: el hombre fuerte había supuesto que el partido era una extensión de
su voluntad. La realidad le demostró lo contrario. La pregunta hamletiana —¿puedo
ser senador activo?— recibió una respuesta que no esperaba: no, no puedes. Y la
respuesta no vino de la Constitución, sino de la política.
El 1 de julio de 2018, Fernando Lugo —presidente del
Congreso y enemigo histórico de Cartes— no convocó al presidente saliente a
jurar. En su lugar, convocó al suplente. La jugada de Cartes se había
desmoronado. Como Duarte Frutos antes que él, había ganado las elecciones,
había obtenido el respaldo de la Corte, pero había perdido en el terreno de la
política real: la votación en el Senado. La lección era la misma para ambos: el
Congreso, ese cuerpo rebelde, seguía siendo el dueño de la llave del juramento.
Sin sus votos, la proclamación electoral y el fallo judicial eran papel mojado.
Años después, en 2022, el abogado de Cartes desistió
formalmente de las acciones judiciales para reclamar la banca. El archivo se
cerró. La piedra, otra vez, siguió siendo piedra (El Nacional, 2026). El hombre
fuerte, por segunda vez, admitió tácitamente la derrota.
La sangre y el fuego: El precio de la ambición
Hay una diferencia crucial entre los dos intentos, que
ilumina la naturaleza del hombre fuerte y su evolución entre 2008 y 2018. Es la
diferencia entre Hamlet y Maquiavelo, entre la duda y el cálculo, entre la
angustia existencial y la fría estrategia. Y también es la diferencia entre
Maquiavelo y Nietzsche, entre el cálculo y la imposición violenta.
En 2008, Duarte Frutos intentó forzar su juramento como
senador activo sin la anuencia del Congreso. La crisis institucional fue
mayúscula. El gobierno entrante de Fernando Lugo temió por la gobernabilidad.
Pero no hubo muertos. No hubo incendios. No hubo allanamientos violentos
(Notimérica, 2008). La resistencia fue política, no sangrienta. Duarte Frutos,
en el fondo, seguía siendo un Hamlet: dudaba, calculaba, pero no traspasaba el
umbral de la violencia.
En 2017, cuando Cartes intentó la reelección vía enmienda,
la respuesta del poder fue radicalmente distinta. La noche del 31 de marzo, el
aparato represivo del Estado se desplegó con toda su fuerza. El resultado fue
un joven muerto y el Congreso en llamas. Aquí ya no había Hamlet. Tampoco era
solo Maquiavelo. Era Nietzsche en su versión más cruda: la voluntad de poder
que no acepta límites, que está dispuesta a aplastar todo lo que se interponga,
que convierte la política en una guerra sin cuartel.
La diferencia entre 2008 y 2017 no es solo de contexto. Es
de naturaleza del hombre fuerte. Duarte Frutos, a pesar de sus intentos, seguía
siendo un producto de la transición democrática, con ciertos escrúpulos, con
ciertos límites internos. Cartes es otra cosa: un empresario con poder
omnívoro, acostumbrado a que nada ni nadie se le interponga en el mundo de los
negocios, y que trasladó esa lógica a la política. Bareiro y Soto (2015) han
señalado que esta diferencia marca una mutación en la naturaleza del liderazgo
colorado: del caudillo político al empresario que trata al Estado como una
empresa más. Cuando la política no le dio lo que quería, recurrió a la fuerza.
Cuando la fuerza le falló, recurrió a la manipulación judicial. Y cuando la
manipulación judicial no fue suficiente, se retiró y esperó. Pero la sangre de
Rodrigo Quintana quedó en su haber, aunque ningún tribunal haya podido
probarlo.
La pregunta que atraviesa toda nuestra indagación —¿puede el
hombre fuerte doblegar la Constitución a su voluntad?— tiene, pues, una
respuesta trágica. En el plano de la necesidad formal, la respuesta es no: la
Constitución dice lo que dice, y la lógica muestra que el expresidente no puede
ser senador activo. En el plano de la política real, la respuesta es más
compleja: a veces puede, a veces no. Duarte Frutos no pudo. Cartes, a pesar de
todo su poder, tampoco pudo. Pero en el intento, Cartes mató. Esa es la
diferencia que ilumina la evolución del hombre fuerte en el Partido Colorado:
de la duda hamletiana a la acción maquiavélica, y de la acción maquiavélica a
la violencia nietzscheana. La quimera se ha vuelto más peligrosa con el tiempo,
no menos.
Las vías muertas y la persistencia de la quimera
¿Qué queda después de dos intentos fallidos? Duarte Frutos
nunca fue senador activo. Su fallo favorable de la Corte llegó tarde y no logró
revertir la realidad política. Terminó siendo un senador vitalicio sin voto,
como la Constitución siempre había dispuesto. Su intento de burlar el artículo
189 fracasó en todos los frentes. La piedra siguió siendo piedra. La pregunta
hamletiana —"ser o no ser" senador activo— recibió una respuesta
negativa, y el fantasma de la duda se disipó en el fracaso.
Cartes, a pesar de controlar el partido, la Corte y el TSJE,
no pudo vencer la última barrera: la votación en el Senado. La facción
"Colorado Añetete" de Mario Abdo Benítez, los liberales y el Frente
Guasu coincidieron en negarle el quórum. El hombre fuerte más poderoso desde
Stroessner tuvo que retirar su renuncia y admitir la derrota. En 2022, su
abogado desistió formalmente de las acciones judiciales para reclamar la banca.
El archivo se cerró. La piedra, otra vez, siguió siendo piedra (El Nacional,
2026).
Pero la quimera no muere. Sigue ahí, acechando. En 2025, el
proyecto de ley para reinterpretar el artículo 189 sigue durmiendo en las
comisiones del Senado (El Nacional, 2026). Los notables colorados calculan
costos y beneficios. Algunos quieren aprobarlo. Otros, no. El hombre fuerte
presiona, negocia, ofrece, amenaza. Pero los números no le dan. El partido no
es una máquina perfecta. Es un campo de fuerzas con fisuras. Mientras las
fisuras existan, la consumación no se completa.
La lección final es la siguiente: el hombre fuerte no es un
dictador omnívoro que todo lo puede. Es un estratega que calcula costos, que
mide resistencias, que a veces gana y a veces pierde. Stroessner pudo porque
tuvo 35 años, porque eliminó físicamente a sus oponentes, porque controló las
FFAA sin fisuras. Cartes no tiene 35 años. Tiene una democracia —frágil, pero
democracia— que impone costos a la represión abierta. Tiene una oposición que,
aunque débil, aún puede bloquear. Tiene, sobre todo, un partido que ya no es el
de 1954. Los notables colorados de hoy son más autónomos, más calculadores,
menos leales (Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya, 2025).
Siguen a Cartes mientras les conviene. Cuando deja de convenirles, lo
abandonan. Como abandonaron a Stroessner en 1989. Como estuvieron a punto de
abandonar a Cartes en 2018 si intentaba forzar la jura por decreto.
Por eso, el hombre fuerte del Partido Colorado es una
quimera. No porque no exista —existe, y es poderoso—, sino porque su poder
tiene límites que él mismo no puede traspasar. La fuerza bruta de la discreción
choca una y otra vez contra la fuerza de la necesidad formal, y en ese choque,
ni una ni otra vencen del todo. La Constitución no se pliega a la voluntad del
poderoso, pero el poderoso no se pliega a la Constitución. La tensión persiste.
Y mientras persiste, la política sigue siendo ese campo de batalla donde se
dirimen, con sangre o sin ella, las preguntas fundamentales: ¿quién manda?
¿hasta dónde? ¿a costa de qué?
Epílogo: El Ser o No Ser del derecho frente al Poder
El intelectual paraguayo Augusto Roa Bastos, en su
monumental obra Yo el Supremo, ya había anticipado esta lógica: el poder
absoluto que se funda a sí mismo, que crea su propia legalidad, que no reconoce
más límite que su propia voluntad (Roa Bastos, 1974). La novela de Roa Bastos
es, en el fondo, una radiografía anticipada del hombre fuerte paraguayo. El
crítico literario Helio Vera (1985) profundizó esta lectura, mostrando cómo la
figura del dictador en la literatura paraguaya refleja una estructura de poder
que trasciende a los individuos y se instala en el imaginario colectivo.
El sociólogo Tomás Palau ha estudiado las continuidades
estructurales entre el stronismo y el cartismo, señalando que "el cambio
de época no implicó un cambio en las lógicas profundas de acumulación de
poder" (Palau, 2022, p. 145). Luis Rojas (2019), en El asedio a la
democracia, analiza cómo las élites coloradas han desarrollado una
"cultura política" basada en la impunidad y la captura institucional.
Ciento ochenta mil caracteres no alcanzarían para describir
todas las metamorfosis del hombre fuerte en el Partido Colorado. Hay tantas
como hombres fuertes hubo. El rasgo común, sin embargo, se mantiene a lo largo
de las décadas: ninguno de ellos acepta que haya algo por encima de su
voluntad. La Constitución es un obstáculo a sortear, no un límite a respetar.
El derecho es un instrumento, no un marco. La oposición es un enemigo, no un
interlocutor. Y cuando las instituciones no ceden, la violencia es la
respuesta.
Esta es la conclusión que nos golpea en la cara, como un
puñetazo que viene de lejos. Comenzamos con Hamlet, con la pregunta por el ser:
¿puede el expresidente ser senador activo? ¿Puede la piedra convertirse en
agua? La lógica nos mostró que no. La necesidad formal es implacable: una cosa
no puede ser y no ser al mismo tiempo. El senador vitalicio no vota, no integra
el quórum. Si vota, no es senador vitalicio. La contradicción es clara.
Pero luego llegó Maquiavelo, con su sonrisa cínica, para
recordarnos que la lógica no gobierna el mundo. Lo gobierna la eficacia, la
fuerza, la capacidad de imponer la propia voluntad. El hombre fuerte no
pregunta "¿es lógicamente posible?" Pregunta "¿puedo
hacerlo?" Y si puede, lo hace. La consumación de los hechos, esa doctrina
maquiavélica por excelencia, nos enseñó que un acto ilegal, si se consuma y
nadie lo detiene a tiempo, se vuelve irreversible. La piedra se convierte en
agua porque el poder dice que es agua.
Y finalmente, llegó Nietzsche, con su martillo, para
mostrarnos que detrás de las normas y los hechos hay algo más profundo: la
voluntad de poder. La Constitución no es un hecho objetivo. Es una
interpretación. Y toda interpretación es un acto de voluntad. El poderoso
interpreta como quiere, y su interpretación se vuelve verdad porque tiene el
poder para imponerla. La piedra no es piedra ni el agua es agua. Todo es
voluntad. Todo es poder. Todo es interpretación.
Pero nuestra radiografía histórica del Partido Colorado
—desde 1947 hasta hoy, pasando por Stroessner, Duarte Frutos y Cartes— nos
muestra que ninguna de estas tres perspectivas es suficiente por sí sola. El
hombre fuerte no es solo Hamlet, porque duda y a veces se paraliza. No es solo
Maquiavelo, porque su estrategia a menudo fracasa. No es solo Nietzsche, porque
su voluntad de poder encuentra límites insalvables. Es las tres cosas a la vez,
y ninguna exclusivamente. Es una quimera: un ser compuesto de partes
heterogéneas que, sin embargo, funciona como una máquina de poder.
La pregunta final no es, entonces, "¿qué es el hombre
fuerte?" La pregunta es "¿hasta dónde puede llegar?" La historia
del Partido Colorado es la historia de esa pregunta, planteada una y otra vez,
respondida una y otra vez con sangre, con fuego, con fallos judiciales a
medida, con renuncias frustradas y juras imposibles. La respuesta provisional
es: puede llegar lejos, muy lejos. Puede intentar cambiar la Constitución.
Puede intentar torcer el sentido del artículo 189. Puede intentar imponer su
voluntad por la fuerza. Pero no puede todo. Siempre hay un límite. Siempre hay
un notable que dice no. Siempre hay una facción que se rebela. Siempre hay un
Rodrigo Quintana cuya muerte, aunque no detenga al poder, deja una mancha que
el tiempo no borra.
Esa es la única certeza que nos queda. El hombre fuerte, esa
quimera que ha dominado la política paraguaya durante más de setenta años, no
es invencible. No es omnipotente. No es eterno. Es contingente. Es histórico.
Es humano. Y como todo lo humano, encuentra límites. La pregunta no es si los
encontrará, sino cuándo, y cómo, y quién estará ahí para aprovechar la
oportunidad. Porque después del hombre fuerte, suele venir otro hombre fuerte.
Pero también puede venir otra cosa. En eso, quizás, consiste la política: en la
impredecible posibilidad de que, algún día, la piedra deje de querer ser agua y
acepte ser piedra. O que el agua, por fin, aprenda a fluir sin romper todo lo
que toca.
Hasta entonces, nos queda el análisis. Mostrar la
contradicción. Registrar los movimientos. Señalar las fisuras. No porque eso
vaya a detener al hombre fuerte —quizás no pueda—, sino porque alguien tiene
que dejar constancia de que la piedra era piedra, aunque el poder dijera que
era agua. Alguien tiene que recordar que la sangre fue sangre, aunque el poder
pretenda que fue un accidente. Alguien tiene que decir, cuando la noche termine
y el humo se disipe, que Rodrigo Quintana no murió en vano. Que murió
defendiendo la Constitución contra quienes querían romperla para seguir
mandando.
Ese alguien, quizás, somos nosotros.
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