Dr. Victor Oxley
Existe una verdad numérica, incontrovertible en las planillas del Banco Central, Paraguay es una potencia cárnica cuyos índices de exportación rompen récords mientras su PIB exhibe un vigor envidiable. Sin embargo, esta realidad abstracta choca contra la evidencia tangible que se respira en las carnicerías y se refleja en los presupuestos familiares recortados. El pueblo paraguayo está siendo progresivamente exiliado de su propia mesa, y la parrilla, ese núcleo cultural y nutricional, se enfría. Esta disonancia estructural obliga a una pregunta definitoria ¿hasta qué punto es sostenible un modelo que capitaliza las estadísticas nacionales mientras descapitaliza el plato de sus ciudadanos?
Para disecar esta paradoja debemos abandonar toda sentimentalidad y observar la lógica implacable del mecanismo económico. No existe escasez, Paraguay produce suficiente carne para alimentar a su población y exportar más del ochenta por ciento. El problema es de asignación, no de volumen. El motor de la industria ya no es la necesidad local, sino la demanda solvente internacional, donde un contrato en dólares con un importador chino u otro, ejerce una fuerza gravitacional infinitamente superior a la demanda dispersa del mercado interno. Aquí surge el teorema del precio-piso, el valor internacional establece un mínimo racional para cualquier transacción. Para que un carnicero en Concepción pueda acceder a un animal, debe ofrecer un precio en guaraníes que equivalga al que recibiría un exportador en divisas. Así, el consumidor paraguayo compite en una arena global donde su poder adquisitivo es estructuralmente inferior. La conclusión es lógica e inexorable, la carne no desaparece, se transacciona donde maximiza su valor, transformando el mercado interno en un subproducto residual donde la ecuación "precio alto, volumen bajo" resulta más rentable que su alternativa, porque el volumen principal ya tiene un destino asegurado y más lucrativo.
Esta lógica se torna socialmente corrosiva cuando analizamos
el papel del Estado. Lejos de ser un mero espectador, se convierte en cómplice
a través de un mecanismo de subsidiaridad perversa. El Estado, utilizando
capital público o su capacidad de garantía, proporciona créditos y políticas
favorables al sector ganadero-exportador. Este sector, optimizando su
rentabilidad, canaliza la producción hacia el mercado externo, inflando el
precio interno hasta niveles inaccesibles. La conclusión es crudamente
deductiva, el dinero del contribuyente paraguayo está financiando un sistema
que luego priva a ese mismo contribuyente del acceso al producto final de dicha
inversión. El gobierno, atrapado en su encrucijada, prioriza el mandato de
crecimiento—divisas y PIB—vulnerando su mandato social de seguridad
alimentaria. Y el PIB per cápita, ese espejismo estadístico, enmascara la
verdad, el crecimiento, cuando es concentrado, no gotea; se evapora en la
cúspide, dejando un suelo social más árido.
Un modelo que sacrifica el consumo básico en el altar de la
exportación no es económicamente inteligente; es socialmente pirotécnico. Quema
rápido y deja cenizas. La sostenibilidad de un país reside en su cohesión
social, un activo intangible pero fundamental. ¿Qué legitimidad conserva un
contrato social donde el ciudadano percibe que las instituciones trabajan para
un proyecto ajeno, uno donde el fruto de su tierra le es arrebatado por la
lógica implacable de un mercado que su propio Estado subsidia? La fractura no
es económica; es cívica. La pregunta "¿por qué no puedo comer lo que
produce mi país?" contiene la semilla de una deslegitimación profunda. La
disyuntiva real no es entre actores buenos o malos, sino sobre la arquitectura
política que Paraguay debe revisar. Se requiere una reingeniería del pacto
social mediante instrumentos de precisión que reconcilien rentabilidad y
abastecimiento interno, una política fiscal genuinamente redistributiva y el
abandono del fetichismo del PIB por una métrica que incluya el acceso a la
alimentación como indicador central de éxito. El verdadero desarrollo no
consiste en que las cifras nacionales prosperen mientras la mesa ciudadana se
empobrece. O Paraguay construye una prosperidad que sus ciudadanos puedan
saborear, o el éxito de sus gráficas no será más que el epitafio de su cohesión
como nación.

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