jueves, 27 de noviembre de 2025

La carne paraguaya es para todos menos para los paraguayos

                                                                                     Dr. Victor Oxley

Existe una verdad numérica, incontrovertible en las planillas del Banco Central, Paraguay es una potencia cárnica cuyos índices de exportación rompen récords mientras su PIB exhibe un vigor envidiable. Sin embargo, esta realidad abstracta choca contra la evidencia tangible que se respira en las carnicerías y se refleja en los presupuestos familiares recortados. El pueblo paraguayo está siendo progresivamente exiliado de su propia mesa, y la parrilla, ese núcleo cultural y nutricional, se enfría. Esta disonancia estructural obliga a una pregunta definitoria ¿hasta qué punto es sostenible un modelo que capitaliza las estadísticas nacionales mientras descapitaliza el plato de sus ciudadanos?

Para disecar esta paradoja debemos abandonar toda sentimentalidad y observar la lógica implacable del mecanismo económico. No existe escasez, Paraguay produce suficiente carne para alimentar a su población y exportar más del ochenta por ciento. El problema es de asignación, no de volumen. El motor de la industria ya no es la necesidad local, sino la demanda solvente internacional, donde un contrato en dólares con un importador chino u otro, ejerce una fuerza gravitacional infinitamente superior a la demanda dispersa del mercado interno. Aquí surge el teorema del precio-piso, el valor internacional establece un mínimo racional para cualquier transacción. Para que un carnicero en Concepción pueda acceder a un animal, debe ofrecer un precio en guaraníes que equivalga al que recibiría un exportador en divisas. Así, el consumidor paraguayo compite en una arena global donde su poder adquisitivo es estructuralmente inferior. La conclusión es lógica e inexorable, la carne no desaparece, se transacciona donde maximiza su valor, transformando el mercado interno en un subproducto residual donde la ecuación "precio alto, volumen bajo" resulta más rentable que su alternativa, porque el volumen principal ya tiene un destino asegurado y más lucrativo.

Esta lógica se torna socialmente corrosiva cuando analizamos el papel del Estado. Lejos de ser un mero espectador, se convierte en cómplice a través de un mecanismo de subsidiaridad perversa. El Estado, utilizando capital público o su capacidad de garantía, proporciona créditos y políticas favorables al sector ganadero-exportador. Este sector, optimizando su rentabilidad, canaliza la producción hacia el mercado externo, inflando el precio interno hasta niveles inaccesibles. La conclusión es crudamente deductiva, el dinero del contribuyente paraguayo está financiando un sistema que luego priva a ese mismo contribuyente del acceso al producto final de dicha inversión. El gobierno, atrapado en su encrucijada, prioriza el mandato de crecimiento—divisas y PIB—vulnerando su mandato social de seguridad alimentaria. Y el PIB per cápita, ese espejismo estadístico, enmascara la verdad, el crecimiento, cuando es concentrado, no gotea; se evapora en la cúspide, dejando un suelo social más árido.

Un modelo que sacrifica el consumo básico en el altar de la exportación no es económicamente inteligente; es socialmente pirotécnico. Quema rápido y deja cenizas. La sostenibilidad de un país reside en su cohesión social, un activo intangible pero fundamental. ¿Qué legitimidad conserva un contrato social donde el ciudadano percibe que las instituciones trabajan para un proyecto ajeno, uno donde el fruto de su tierra le es arrebatado por la lógica implacable de un mercado que su propio Estado subsidia? La fractura no es económica; es cívica. La pregunta "¿por qué no puedo comer lo que produce mi país?" contiene la semilla de una deslegitimación profunda. La disyuntiva real no es entre actores buenos o malos, sino sobre la arquitectura política que Paraguay debe revisar. Se requiere una reingeniería del pacto social mediante instrumentos de precisión que reconcilien rentabilidad y abastecimiento interno, una política fiscal genuinamente redistributiva y el abandono del fetichismo del PIB por una métrica que incluya el acceso a la alimentación como indicador central de éxito. El verdadero desarrollo no consiste en que las cifras nacionales prosperen mientras la mesa ciudadana se empobrece. O Paraguay construye una prosperidad que sus ciudadanos puedan saborear, o el éxito de sus gráficas no será más que el epitafio de su cohesión como nación.



 

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