Dr. Victor Oxley
El sistema de jubilaciones se alimenta de trabajadores
formales. La ganadería y la soja paraguayas los aniquilan. Su éxito no es
económico; es un proyecto sistemático de erosión social. No producen empleo,
producen fantasma laborales. Peones que duermen en galpones, roqueros que se
envenenan con glifosato por un salario de miseria, capataces sin contrato que
son dueños solo de sus deudas. Son sectores diseñados para el despojo, despojan
al trabajador de su seguridad, a la tierra de su biodiversidad, al pueblo de su
tejido social. Cada hectárea de soja es un cementerio verde donde murieron
bosques, arroyos y el futuro de comunidades enteras; cada cabeza de ganado
pasta sobre un desierto humano, donde antes hubo agricultura familiar y ahora
solo hay alambrados y silencio.
Estas producciones no construyen nación, la desmiembran.
Concentran la tierra en manos que no sudan, exportan nutrientes del suelo que
nunca se reponen, fugan divisas que nunca se transforman en hospitales o
escuelas. Su lógica es extractiva y nómada, cuando la tierra se agota, el
capital se mueve, dejando atrás pueblos fantasma, suelos esterilizados y una
estela de pobreza. Son economías de enclave que operan como colonias internas,
conectando puertos chinos y mercados europeos mientras desconectan a paraguayos
de sus propios derechos.
El daño es doble y letal. Primero, vacían el presente,
condenan a generaciones a la informalidad crónica, sin seguridad social, sin
horizonte. Segundo, hipotecan el futuro, al no crear aportantes, dinamitan la
base del sistema de reparto. La paradoja es atroz, el campo, románticamente
asociado al sustento, se convirtió en la fábrica de la inseguridad vital. La
riqueza que brota de la tierra no moja los surcos de la justicia social; se
evapora en cuentas offshore o se entierra en más tierra, en un ciclo de
acumulación estéril y antisocial.
Así, estos sectores brillantes condenan al Estado a la
esquizofrenia fiscal, celebra sus exportaciones mientras recoge, con los
impuestos de todos, los desechos humanos que dejan. El IVA que paga la
ciudadana común, financia la jubilación que el peón sojero nunca tendrá. Es un
circuito perverso donde la prosperidad de unos pocos se subsidia con la
precariedad de todos.
No son motores de desarrollo. Son máquinas de segregación.
Fabrican desigualdad con la misma eficiencia con que fabrican granos y carne.
Su cosecha más abundante no es la soja, es la exclusión; su producto final no
es el filete, es un país fracturado donde la vejez será un lujo y la dignidad,
un recuerdo. Brillan en los gráficos de exportación mientras apagan, uno a uno,
los derechos de toda una nación. Esa no es inteligencia económica. Es un pacto
suicida firmado con la tierra ensangrentada de los que nunca aparecerán en las
estadísticas.

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