martes, 10 de febrero de 2026

Insostenibilidad de la Caja Fiscal: Anatomía de una irresponsabilidad

                                                                                          Dr. Victor Oxley

La insostenibilidad de la Caja Fiscal paraguaya no es un fenómeno natural, ni un accidente estadístico, ni el resultado de fuerzas económicas impersonales. Es, ante todo, un monumento a la irresponsabilidad política construido ladrillo a ladrillo, año tras año, por gobernantes y legisladores concretos que elevaron el cortoplacismo a virtud y la omisión a estrategia. La ficción jurídica del “Estado” como ente abstracto se disuelve al contacto con la evidencia, fueron hombres y mujeres, miembros de partidos políticos, los que desde sus escaños y despachos diseñaron, votaron y promulgaron un sistema previsional destinado al colapso desde su primer día de vida. Este fraude institucional no ocurrió en un vacío legal, sino que fue posibilitado por un marco constitucional incompleto y por leyes que, en lugar de corregir el defecto original, lo profundizaron con cálculo político.

La Constitución Nacional de 1992, en su artículo 103, consagró un derecho fundamental: “Los haberes jubilatorios [...] se actualizarán periódicamente, en igualdad de tratamiento con las remuneraciones del personal en actividad”. Sin embargo, en un acto de omisión grave, el constituyente calló respecto a la obligación esencial que haría posible ese derecho, el aporte del Estado como empleador. Estableció el qué —la igualdad de tratamiento— pero omitió deliberadamente el cómo —el financiamiento responsable. Sentó así la base para un edificio de derechos sin cimientos fiscales. Esta omisión no fue inocente; fue la puerta abierta para que el poder político de turno utilizara las promesas previsionales como moneda de cambio, sin asumir el costo de su garantía. El derecho quedó proclamado en el papel, mientras su viabilidad financiera se abandonaba al terreno movedizo de la discrecionalidad política.

Esta omisión constitucional se cristalizó y agravó con la Ley N° 2345 del año 2003, sancionada durante el gobierno de Nicanor Duarte Frutos (ANR, 2003-2008). Esta norma, que pretendía “ordenar el sistema previsional del sector público”, consolidó el pecado original. Sus artículos, desde el 8 en adelante, detallan meticulosamente el aporte obligatorio del trabajador, pero en ninguna de sus páginas se encuentra un solo artículo que establezca una contribución patronal obligatoria y explícita para el Estado. El legislador, que conocía perfectamente los principios básicos de cualquier sistema de seguridad social, diseñó un esquema donde solo una de las partes debía poner dinero sobre la mesa. El Estado aparecía solo como un garante difuso, un rescatista de última instancia cuando el déficit estallara, pero nunca como un empleador responsable que cotiza por sus empleados en el presente. Fue en este periodo donde se sentaron las bases técnicas del desastre: se creó un sistema de reparto puro, sin fondo de capitalización, financiado unilateralmente por el trabajador, mientras se ofrecían beneficios cuya generosidad no guardaba relación alguna con la realidad de sus ingresos. El gobierno y la mayoría legislativa que lo acompañaba institucionalizaron la contradicción, prometieron seguridad en la vejez mientras desmantelaban, desde su diseño mismo, cualquier posibilidad de cumplirla.

La prueba irrefutable de que la omisión del aporte patronal en la Ley 2345/2003 fue un acto de mala fe política —y no de desconocimiento técnico— es que el principio del aporte patronal obligatorio ya estaba profundamente institucionalizado en Paraguay desde hacía más de medio siglo. El Instituto de Previsión Social (IPS), que rige al sector privado, consolidó su estructura moderna bajo el Decreto Ley Nº 1.860 del año 1950 (luego ratificado por la Ley 375/56), el cual en su artículo 17° estableció, desde su origen, la obligación ineludible de los empleadores de financiar el sistema. 

Este modelo de financiamiento tripartito —donde el empleador asume la mayor carga (actualmente el 16,5%), junto al trabajador y el Estado— era la norma de hierro para todo el sector privado cuando, en diciembre de 2003, el gobierno de Nicanor Duarte Frutos y su mayoría legislativa sancionaron la Ley 2345 para la Caja Fiscal. En ella, se detalló minuciosamente el aporte del servidor público, pero se omitió toda mención a una contribución patronal equivalente por parte del Estado-Empleador. No fue un descuido, fue una decisión consciente de autoeximir al mayor empleador del país de una obligación que el propio Estado imponía rigurosamente a cualquier pequeño comerciante o gran industria. La arquitectura de la injusticia previsional estaba servida, un sistema con base técnica para los privados, y un castillo de naipes financiero, condenado al déficit, para los servidores públicos.

El daño no se detuvo allí. Los gobiernos siguientes, independientemente de su color partidario, optaron por explotar el sistema defectuoso en lugar de repararlo. Si bien hubo intentos de debate sobre la seguridad social, no se abordó el núcleo del problema, la inexistencia del aporte patronal estatal. En cambio, la práctica de crear regímenes especiales se aceleró. El gobierno de Horacio Cartes (ANR, 2013-2018) profundizó este camino clientelar. Bajo su administración y con el apoyo de un Congreso mayoritariamente colorado, se sancionaron o mantuvieron múltiples leyes que creaban beneficios previsionales específicos y generosos para sectores de presión —magisterio, fuerzas armadas, policía, judiciales— sin ningún mecanismo de financiamiento adicional. Cada una de estas leyes era un clavo más en el ataúd de la Caja Fiscal. Se priorizó la compra de paz social y lealtad política a corto plazo, hipotecando el futuro del sistema y transfiriendo la deuda a los funcionarios que aún no se jubilaban. La administración de Mario Abdo Benítez (ANR, 2018-2023) heredó una bomba de tiempo y, a pesar de las advertencias cada vez más urgentes de los organismos de control y las calificadoras internacionales, postergó nuevamente la reforma estructural. La crisis, ya inocultable, se manejó con parches y transferencias discrecionales del Tesoro, hasta que la imposibilidad matemática del sistema se volvió evidente para todos.

El resultado de esta ingeniería política del desastre es la realidad que hoy enfrenta el funcionario que, por ejemplo a los cincuenta y cinco años, llevando dieciocho aportando con disciplina. Él, que cumplió su parte del contrato fantasma, se encuentra ahora con que los arquitectos del fracaso le presentan la factura. La reforma necesaria llega, sí, pero como un ajuste que recae sobre sus hombros. Se le dice que deberá trabajar siete años más, hasta los sesenta y dos; que su jubilación ya no se calculará con el salario que tuvo al final, sino con un promedio de los últimos diez años que diluye sus mejores ingresos; que el Estado, por fin, comenzará a aportar un porcentaje gradual, como si empezar hoy borrara dieciocho años de ausencia. Es la injusticia perfecta, el que incumplió el pacto dicta los términos del nuevo acuerdo, y la víctima del incumplimiento financia la corrección. El Estado, es decir, los gobernantes de ayer y hoy, evita así el reconocimiento explícito de su deuda histórica. No hay bonos de reconocimiento como en otras experiencias regionales, ni reparación simbólica, ni siquiera una disculpa. Hay un “se acabó lo que se daba” disfrazado de modernización, y una transferencia masiva de riqueza —en años de vida, en calidad de vejez— desde los bolsillos de los trabajadores hacia las cuentas fiscales que ellos mismos mal administraron.

Hablar de “sostenibilidad” y “equidad intergeneracional” en este contexto es un ejercicio de cinismo. La verdadera equidad intergeneracional se quebró en 2003, cuando una generación de políticos sacrificó el futuro de las siguientes en el altar de su conveniencia inmediata. La sostenibilidad que hoy se busca se construye sobre un segundo sacrificio de los mismos que ya fueron sacrificados una vez, al hacerles aportar por décadas a un fondo sin fondo. Esta reforma es, en esencia, un pacto de silencio fiscal. El Estado dice: “Empezamos a aportar ahora, pero no hablemos del pasado”. Y los trabajadores, con la soga al cuello de un sistema al borde del colapso, aceptan. No por convicción, sino porque el abismo es la única alternativa.

La crudeza de esta realidad es que desnuda la verdadera naturaleza del poder. Muestra cómo las decisiones técnicas están siempre impregnadas de política, cómo los números sirven a las agendas y cómo la deuda más pesada no es la que figura en los balances, sino la moral. Los funcionarios públicos no son números en una planilla actuarial; son personas que planificaron sus vidas, criaron a sus hijos y soñaron su retiro bajo un conjunto de reglas que resultaron ser una mentira institucionalizada. La reforma puede salvar las cifras de la Caja Fiscal, pero no salda esta deuda. Queda, como una herida abierta en el contrato social, la evidencia de que en Paraguay se pudo construir un sistema justo y técnico para unos —el sector privado— mientras para sus propios servidores, bajo la Ley 2345/2003, se diseñó conscientemente un camino hacia el precipicio. El ajuste es la factura técnica. La traición a la confianza legítima de una vida de trabajo, esa factura política y moral contraída por los gobiernos pasados citados, todavía no se ha cobrado. Y tal vez, en la memoria colectiva y en la desconfianza hacia las instituciones que esto siembra, sea la más cara de todas.



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