jueves, 12 de febrero de 2026

¿Debate en el bar filosófico o borrar lápidas con eufemismos? La filosofía no elige: desenmascara

                                                                                      Dr. Victor Oxley

Lo que sigue es una respuesta a un texto titulado “Austin como patovica y Husserl como psicólogo perito en el bar filosófico nacional”, publicada en El Trueno el 9 de febrero de 2026, una crítica que intenta ridiculizar mi uso de la filosofía para analizar un discurso revisionista sobre la dictadura stronista. En esa crítica, se me acusa de ser un guardián dogmático que usa conceptos filosóficos para excluir voces disidentes y blindar un consenso hegemónico. Pero permítanme aclarar desde el principio, mi respuesta no es una defensa de la ortodoxia, sino del rigor.

Cuando analicé los enunciados que intentan presentar a Alfredo Stroessner como un “presidente constitucional”, no estaba ejerciendo censura, sino aplicando herramientas filosóficas para mostrar algo muy concreto, que ciertos actos de habla no cumplen las condiciones mínimas para ser considerados afirmaciones históricas legítimas. Usé la teoría de los actos de habla (y otras más) porque esta nos enseña que las palabras no solo describen, sino que hacen cosas. Y lo que hacen ciertas formulaciones puede ser, justamente, vaciar de sentido la historia, reescribir la memoria y blanquear la violencia.

En mi análisis, recurrí a varios filósofos no por pedantería académica, sino porque cada uno ilumina una faceta distinta del problema. Así el filósofo del lenguaje me proporcionó el marco para distinguir entre lo que una oración parece decir y lo que realmente hace en un contexto dado. Demostró que llamar "constitucional" a un régimen instaurado por la fuerza y sostenido por el terror no es un error factual; es un acto lingüístico fallido, una pretensión que colapsa porque carece de las condiciones de verdad y de convención que lo harían válido. El fenomenólogo me permitió examinar la estructura intencional del discurso revisionista. No para adivinar intenciones ocultas, sino para describir cómo se construye, en el acto mismo de enunciar, un “Stroessner” reevaluado, desplazado del horizonte de la dictadura hacia el de la normalidad institucional. Esto no es psicologismo; es el análisis de cómo se dirige la conciencia discursiva hacia la rehabilitación, no hacia la descripción. El lógico me ayudó a mostrar las contradicciones internas de los argumentos que, al comparar niveles de represión, buscan atenuar la naturaleza criminal del régimen. Sus herramientas exponen la inconsistencia de querer sostener, en un mismo marco racional, el reconocimiento de los hechos y su negación eufemística. El pensador de la ciencia y el lenguaje me recordó que todo enunciado que aspira a ser tomado en serio debe someterse a la contrastación y al acuerdo comunitario basado en evidencias. Negar este suelo compartido no es un gesto de rebeldía, sino un salto al vacío que hace imposible cualquier debate real.

Lejos de ser un “patovica” que reparte credenciales en un bar filosófico, lo que he hecho es señalar que no se puede entrar a ese espacio —el espacio del pensamiento riguroso— sin pagar la entrada de la coherencia, la evidencia y la responsabilidad sobre lo que se dice. Mi interlocutor quiere los beneficios de ser escuchado como un polemista serio, pero rechaza las reglas básicas que hacen posible la controversia seria, anclaje en los hechos, claridad conceptual y honestidad intelectual.

Esta réplica, por tanto, es más que una contra-crítica puntual. Es una defensa de la filosofía como instrumento de claridad y desenmascaramiento. Frente al ruido elegante de los eufemismos, que busca adormecer la memoria y confundir los límites entre lo democrático y lo despótico, la tarea del pensamiento es nombrar las cosas con precisión, exponer los fracasos performativos del lenguaje y recordar que, en última instancia, las palabras están al servicio de la verdad o de su ocultamiento.

No celebro este intercambio. Lo asumo como una obligación, la de mostrar que, a veces, lo que se presenta como disidencia intelectual es, en realidad, la vieja y siniestra estrategia de querer cambiar el nombre a las cosas para que duelan menos. Y contra eso, la filosofía —cuando es fiel a sí misma— no puede sino oponer un análisis incisivo y un compromiso inquebrantable con la realidad. Esto es lo que he pretendido hacer. Vayamos directo al asunto.

Penayo comenta “… considero que Oxley evita cuidadosamente el terreno donde tienen sentido las discusiones sobre una determinada interpretación historiográfica. No discute el contenido de mis afirmaciones sobre el régimen de Alfredo Stroessner, no contrasta criterios, no define conceptos elementales como constitucionalidad, legitimidad, dictadura o violencia estatal”.

Su declaración de que no discuto el contenido de sus afirmaciones, no contrasto criterios ni defino conceptos elementales es falsa. No solo es falsa; es una muestra más de la estrategia evasiva que ya he desmontado, pretender que no he respondido, para no tener que reconocer que sus argumentos han sido refutados con rigor filosófico e histórico.

En mis escritos desmontando su maquinaria sofista sí defino, sí contrasto y sí discuto.

Cite a Karl Popper (La sociedad abierta y sus enemigos) para distinguir entre un régimen formalmente constitucional y uno sustancialmente democrático. Un texto constitucional manipulado no convierte a un dictador en presidente legítimo. Stroessner llegó al poder por un golpe de Estado, mantuvo elecciones fraudulentas y suprimió toda alternancia real. Eso no es constitucionalidad; es la perversión de ella.

La dictadura stronista se define a partir de sus características objetivas, concentración ilimitada del poder, supresión violenta de la oposición, uso sistemático del terror de Estado y anulación de los mecanismos de control democrático. No es una “opinión”; es una descripción histórica documentada por la Comisión de Verdad y Justicia y la memoria colectiva. La legitimidad no se reduce a la legalidad formal. Un régimen que tortura, desaparece y exilia a sus ciudadanos carece de legitimidad moral y política, por más que use una fachada legal. El argumento de la “benignidad comparativa” se compara con una evaluación integral del terror, no solo el número de muertos, sino el trauma de la tortura, el exilio, la censura y la corrupción sistémica. Su reducción de la violencia a una métrica numérica es, como señalo, un acto de “reducción fenomenológica” engañosa. Las expresiones “Mató menos” se confronta con la lógica utilitarista y la falsabilidad popperiana. Lo de “Presidente constitucional” cae solo con la teoría de actos de habla de Austin, mostrando que es un acto de nominación fraudulenta, no una aserción histórica.  Que “No fue tan dictador”: se refuta con lógica modal, demostrando que es inconsistente en cualquier mundo posible con hechos establecidos.

Lo que Penayo llama “no discutir” es, en realidad, no aceptar su marco retórico como válido. Pero un marco que llama “presidente constitucional” a un dictador no es historiografía, es impostura lingüística. Y a eso sí respondí, con contundencia y desde múltiples tradiciones filosóficas, Popper, Austin, Husserl, lógica modal, emotivismo, utilitarismo. Su queja, por tanto, no es una crítica sustantiva; es un intento de fuga hacia el metalenguaje. Mientras yo debatía sus afirmaciones en el lenguaje-objeto (hechos, conceptos, lógica), ahora responde desde el metalenguaje (“no estás debatiendo como yo quiero”). Pero como enseñan Tarski y la filosofía analítica, mezclar esos planos sin claridad es un abuso discursivo. Su movimiento no es argumentativo; es performativo, busca crear la ilusión de un debate que nunca existió, porque su posición no es debatible, es insostenible.

Penayo dice que “(opte) por un rodeo y efectu(e) un análisis de un par de enunciados … desde el léxico de los actos de habla de J. L. Austin. El problema, entonces, … no es si mis planteos tienen o no verosimilitud o plausibilidad, sino que los haya formulado, desafiando lo que el autor denomina “consenso común”. Así, la historia desaparece y es reemplazada por un “tribunal lingüístico” imaginario, donde el veredicto se dicta antes de escuchar las pruebas”.

Su lectura es nuevamente evasiva y falaz. No opté por un "rodeo", sino que desmonté la arquitectura misma de su acto discursivo, porque su problema no es de "verosimilitud histórica", sino de validez pragmática y responsabilidad ilocutiva. No analicé "un par de enunciados" aislados, sino la estructura performativa de su discurso.  Utilicé a Austin porque su teoría explica por qué ciertos enunciados —como "fue presidente constitucional"— no funcionan como afirmaciones históricas, sino como actos de nominación valorativa que buscan reconfigurar la memoria colectiva. No es un "rodeo", es ir al núcleo de lo que su lenguaje hace, no solo de lo que dice. El "consenso común" no es un fantasma, es el suelo histórico compartido. Cuando hablo de consenso, me refiero al cuerpo de hechos establecidos por la investigación histórica, la jurisprudencia y la memoria social, el golpe de Estado de 1954, las elecciones amañadas, el terror institucionalizado, los informes de la Comisión de Verdad y Justicia. Un enunciado que ignora o niega eso no es "plausible" ni "verosímil"; es insincero y abusivo, en términos austinianos. No sustituí la historia por un "tribunal lingüístico". Lo que hice fue mostrar que su discurso opera en dos niveles simultáneos, en el nivel histórico, sus afirmaciones son falsas, en el nivel ilocutivo, su acto de habla es infeliz, no cumple las condiciones para ser una aserción válida. Esto no anula la historia; la protege de la manipulación semántica. El veredicto no se dictó "antes de las pruebas".  Las pruebas históricas ya están dadas. Su intento de llamar "presidente constitucional" a Stroessner es como intentar declarar "soltero" a un hombre casado, el acto de habla falla porque viola las condiciones convencionales que lo harían posible. Austin lo llama misfire, el acto no llega a realizarse. No es censura; es imposibilidad lógica.

Mi análisis no niega la discusión histórica; la exige con más rigor. Si quiere debatir "verosimilitud", presente evidencia de que Stroessner llegó al poder en elecciones libres, que hubo separación de poderes, que no hubo torturas sistemáticas. Pero no lo hace. En su lugar, salta al metalenguaje y acusa a sus críticos, en especial a mí, de usar un "tribunal lingüístico". Es la misma táctica que ya identifiqué, cuando no puede sostener sus afirmaciones en el lenguaje-objeto, se refugia en el metalenguaje para discutir sobre el debate. En conclusión, no hubo rodeo, hubo profundización.  No hubo tribunal imaginario, sino aplicación rigurosa de la filosofía del lenguaje a un discurso público que busca blanquear una dictadura.  Y el único "veredicto" que emití es el que ya emitieron los hechos, Stroessner fue un dictador. Querer llamarlo de otra forma no es historiografía; es impostura ilocutiva. Si quiere debatir historia, que debata historia. Pero que no pretenda que llamar "presidente constitucional" a un tirano es un "planteamiento verosímil". Es, literalmente, un acto de habla infeliz. Y eso, en filosofía del lenguaje, no es una opinión, es una descripción técnica de un fracaso performativo.

Penayo afirma “… Oxley sostiene que un enunciado como “fue presidente constitucional”, respecto de Stroessner, “sólo puede aspirar a ser una aserción feliz si existe un acuerdo común sobre los hechos que lo respaldan”.

Penayo acusa que mi regla —“un enunciado como ‘fue presidente constitucional’ sólo puede aspirar a ser una aserción feliz si existe un acuerdo común sobre los hechos que lo respaldan”— arruina mi propia propuesta. Sin embargo, esta objeción no solo es errónea, sino que revela que él mismo depende de un “acuerdo común” que niega y a la vez presupone. Él también requiere un “acuerdo común” para que su discurso sea inteligible. Cuando Penayo afirma que Stroessner “fue presidente constitucional”, presupone que sus interlocutores compartimos el significado de “presidente”, “constitucional” y “Stroessner”. Sin un acuerdo básico sobre la referencia y el sentido de esos términos, su enunciado sería incomprensible.  Es decir, él también depende de un consenso lingüístico e histórico mínimo para que su acto de habla siquiera sea interpretable. Si ese consenso no existiera, estaría hablando en un código privado, no en un debate público. Lo que él llama “acuerdo común” yo lo llamo “condiciones de felicidad” austinianas. Austin no habla de “mayorías” o “censura”, sino de condiciones convencionales y fácticas que deben darse para que un acto de habla sea “feliz” (esto es, realizado con éxito).  Por ejemplo, para que la expresión “los declaro marido y mujer” funcione, debe haber una autoridad reconocida, dos personas presentes, un marco legal vigente, etc. Si no se cumplen, el acto es un misfire, no ocurre. Para que “Stroessner fue presidente constitucional” funcione como aserción histórica legítima, deben cumplirse condiciones como, que Stroessner haya accedido al poder mediante elecciones libres. Que haya existido separación de poderes. Que se respetaran los derechos fundamentales. Que hubiera mecanismos de alternancia. Estas condiciones no se cumplen, por lo tanto, su acto de habla no es una “aserción infeliz” sino un misfire, no llega a ser una aserción histórica válida. 

Mi regla no “arruina” mi propuesta; describe por qué la suya colapsa. Se confunde “acuerdo común” con “consenso unánime y acrítico”. En mi texto, “acuerdo común” se refiere al cuerpo de hechos históricos establecidos y verificables, no a una “opinión mayoritaria” o a un dogma intocable.  En cambio, Ud. trata ese acuerdo como un obstáculo al debate, cuando en realidad es su condición de posibilidad, sin un suelo factual compartido, no hay discusión histórica, sino pura ficción narrativa. Su crítica se vuelve contra sí mismo cuando exige “pruebas” del consenso. Penayo pregunta: “¿De qué comunidad habla? ¿Consenso epistémico, jurídico, sociológico?”  Pero al hacerlo, reconoce implícitamente que un enunciado histórico debe respaldarse en alguna forma de validación comunitaria. Es decir, acepta que un acto de habla asertivo requiere algo más que su mera emisión, necesita anclaje en un mundo de hechos y en una comunidad de interpretación. El problema es que su propio enunciado no supera esa exigencia. Epistémicamente, la historiografía seria no avala su tesis.  Jurídicamente, el régimen stronista fue denunciado como dictadura por tribunales y comisiones de verdad.  Sociológicamente, la memoria colectiva paraguaya no reconoce a Stroessner como “presidente constitucional” en sentido democrático. Por tanto, su acto de habla tampoco cumple las condiciones que él mismo reclama tácitamente. En definitiva, su objeción es performativamente contradictoria. Al decir: “Oxley exige un acuerdo común que no demuestra”, Penayo está exigiendo a su vez que yo demuestre ese acuerdo, lo cual implica que él mismo valida la necesidad de un respaldo comunitario para los enunciados históricos. Pero al mismo tiempo, su propio enunciado carece de ese respaldo. Luego, su crítica se aplica a sí misma, si mi regla arruina mi propuesta, la suya —que depende de un acuerdo que niega— se arruina doblemente. La expresión “El corazón de su posición es una regla que, por sí sola, explicita su propuesta y al mismo tiempo la arruina” es aplicable a Penayo, no a mí.  Él necesita un “acuerdo común” para que su discurso sea inteligible y evaluable, pero rechaza el acuerdo histórico real que invalida sus afirmaciones.  Yo, en cambio, no invento el acuerdo, lo identifico en el suelo factual e interpretativo que hace posible—o imposible—ciertos actos de habla.  Su movimiento es el de quien quiere debatir el ajedrez negando las reglas del ajedrez, pero usando todavía el tablero y las piezas. Eso no es debate; es impostura lúdica. Penayo me acusa de arruinar mi propuesta con una regla. Pero esa regla —la de las condiciones de felicidad de Austin— es justamente lo que muestra por qué su enunciado sobre Stroessner no funciona como aserción histórica. Él, sin embargo, la presupone cada vez que exige claridad, prueba o reconocimiento mutuo. Su crítica, por tanto, no me debilita; lo debilita a él, porque revela que su discurso vive de un consenso que verbalmente desprecia, pero pragmáticamente necesita. Y ese consenso, el de los hechos, es lo que su revisionismo no puede alterar, Stroessner fue un dictador, por más actos de habla infelices que se emitan para nombrarlo de otro modo.

Penayo afirma “Con esa fórmula, tratar de discernir si la Constitución de 1967 es un rasgo constitutivo del stronismo deja de ser el motor de la discusión y se vuelve prueba de ilegitimidad, más todavía porque el “acuerdo común” no es delimitado ni demostrado. ¿De qué comunidad habla? Si fuera consenso epistémico, debería exhibir estándares, bibliografía, controversias y criterios de evaluación. Si fuera consenso jurídico, debería mostrar doctrina, categorías normativas, y cómo esas categorías se aplican. Si fuera consenso sociológico, debería medirlo, describir su variación, su dispersión, su cambio. Oxley no hace nada de eso porque su “comunidad” es una autoridad nebulosa, una sombra que clausura el debate sin más”.

Penayo pretende que mi invocación al “acuerdo común” es una “autoridad nebulosa” que clausura el debate. En realidad, es la condición que hace posible cualquier debate histórico riguroso. Lo que él llama “nebulosidad” es, de hecho, la textura misma de la validación colectiva del conocimiento, un entramado de fuentes, métodos, instituciones y memoria que él desea ignorar cuando no le conviene, pero al que apela cuando necesita ser tomado en serio. Su estrategia es transparente, desacreditar el consenso histórico como “no delimitado” para crear la ilusión de que su discurso marginal tiene la misma legitimidad que el conocimiento establecido. Pero en filosofía del lenguaje, en historiografía y en ética pública, eso no es debate, es impostura intelectual.

Penayo me exige que delimite el ‘acuerdo común’ como si fuera una entidad abstracta. Pero ese acuerdo es concreto, son los archivos, los testimonios, las sentencias, los informes, los libros de historia, el currículo educativo, la memoria viva de las víctimas. Lo que él llama ‘nebuloso’ es, simplemente, el mundo real donde los hechos resisten a sus eufemismos. Y si quiere debatir sobre la Constitución de 1967, que lo haga, pero que no pretenda que un texto redactado por un régimen de terror prueba su ‘constitucionalidad’. Eso no es jurisprudencia; es cinismo revestido de debate.”

Siguiendo la crítica de Penayo tenemos que me acusa “Por otra parte, el autor confunde “felicidad” con “verdad”. En Austin, “felicidad/infelicidad” nombra condiciones de éxito del acto en prácticas convencionales, no un certificado de “verdad” emitido por la validación de una mayoría supuesta. Una aserción es, sencillamente, el acto de afirmar que algo es el caso en un determinado contexto. Y ese acto ocurre, aunque el contenido sea polémico, discutible, erróneo o aborrecible. Si Oxley convierte el acuerdo previo en requisito de existencia del acto, entonces la discusión queda cerrada antes de su inicio, por definición, ya que sólo podría afirmarse aquello sobre lo que ya existe acuerdo, es decir, aquello que circula sin fricción dentro del statu quo del marco general de las creencias hegemónicas del campo cultural paraguayo”.

Penayo comete aquí un doble error, primero, al afirmar que yo “confundo” felicidad con verdad, y segundo, al tergiversar la naturaleza de las condiciones de felicidad en Austin para vaciarlas de su anclaje fáctico y convencional. En Austin, la “felicidad” de un acto de habla sí depende de condiciones de verdad en el caso de las aserciones. Austin distingue entre actos constatativos (assertions), cuya felicidad incluye la correspondencia con los hechos y el compromiso de sinceridad y actos realizativos (performatives), cuya felicidad depende del cumplimiento de condiciones convencionales y contextuales. Una aserción como “Stroessner fue presidente constitucional” es un acto constatativo. Para que sea “feliz” (esto es, exitoso como acto de habla), no basta con que sea emitida en un contexto apropiado; debe, además, ser creída por el hablante (condición de sinceridad); corresponder con un estado de cosas real (condición de verdad); ser emitida en un contexto donde exista presuposición compartida sobre los hechos básicos que la hacen evaluable. Austin lo dice claro, un acto de afirmar puede ser “infeliz” si quien afirma miente, ignora los hechos o viola las convenciones que hacen posible la comunicación sobre ese tema.  Por tanto, sí hay un vínculo intrínseco entre felicidad y verdad en las aserciones, aunque no se reduzcan a lo mismo.

Penayo convierte “acuerdo previo” en “acuerdo unánime y acrítico”, una caricatura de mi argumento. Yo no afirmo que solo pueda aseverarse “aquello sobre lo que ya existe acuerdo”. Afirmo que para que una aserción sea feliz, debe haber un suelo compartido de hechos y convenciones que hagan posible su evaluación.  Ese “acuerdo” no es sobre el contenido específico de la aserción, sino sobre, los criterios de validación (qué cuenta como evidencia histórica, jurídica, etc.). Los significados básicos de los términos (“presidente”, “constitucional”, “dictadura”). Los hechos no controvertidos (el golpe de 1954, la existencia de torturas, la ausencia de elecciones libres). Negar ese suelo no es “abrir el debate”, sino hacerlo imposible, porque se destruye la posibilidad misma de contrastar enunciados. Su ejemplo es engañoso, una aserción puede ser “polémica” y a la vez “feliz”, si cumple las condiciones. Penayo dice: “Una aserción ocurre aunque el contenido sea polémico, discutible, erróneo o aborrecible.”  Cierto, el acto locutivo ocurre. Pero su fuerza ilocutiva como aserción feliz puede fallar.  Por ejemplo, si alguien afirma “la tierra es plana”, realiza el acto locutivo de emitir una oración, pero su aserción es “infeliz” porque viola condiciones epistémicas básicas compartidas por la comunidad científica. Del mismo modo, afirmar “Stroessner fue presidente constitucional” en un contexto donde los hechos históricos establecidos lo desmienten, es un acto infeliz, no cumple las condiciones para ser una aserción histórica legítima.

Austin no diría que esa afirmación “no ocurre”, sino que ocurre como un abuso (abuse) o un misfire, según fallen las condiciones de sinceridad o de adecuación convencional. El mismo presupone el “acuerdo previo” que critica. Cuando Penayo exige “debate histórico”, está apelando tácitamente a un marco compartido de racionalidad (la lógica, la coherencia, la evidencia), un vocabulario común (sabe lo que significa “dictadura”, “presidente”, “constitución”), una comunidad interpretativa (espera que sus palabras sean comprendidas y tomadas en serio). Es decir, él también depende de un “acuerdo previo” para que su discurso tenga sentido. Lo que rechaza no es el acuerdo en sí, sino el acuerdo histórico concreto que invalida sus afirmaciones. La “felicidad” no es un “certificado de verdad emitido por una mayoría”, sino una condición de inteligibilidad y responsabilidad discursiva. Penayo reduce mi argumento a una defensa del “statu quo hegemónico”. Pero Austin no habla de mayorías, sino de prácticas convencionalizadas que hacen posible la comunicación.  En el caso de las aserciones históricas, esas prácticas incluyen, el método historiográfico; la crítica de fuentes; el contraste de testimonios y documentos; el marco jurídico de los derechos humanos. Si Penayo quiere afirmar algo que viola esas prácticas (como llamar “constitucional” a una dictadura), no está “desafiando hegemonías”, sino realizando un acto de habla que, en términos austinianos, es literalmente infeliz, no se ajusta a las condiciones que harían de él una aserción aceptable. Penayo manipula a Austin al separar radicalmente “felicidad” de “verdad” y al caricaturizar el “acuerdo común” como un dogma hegemónico.  En realidad, la felicidad de una aserción histórica requiere un anclaje en hechos y convenciones compartidas, sin las cuales el acto de habla se convierte en mero ruido o en impostura.  Su crítica, por tanto, no revela un error mío, sino su propio intento de vaciar la teoría de actos de habla de su fuerza crítica, para usarla como coartada de un revisionismo históricamente insostenible. Austin no distingue entre felicidad y verdad para divorciarlas, sino para mostrar cómo se entrelazan en la pragmática de la comunicación. Una aserción infeliz no es solo ‘impopular’, es un acto que falla como aserción porque viola condiciones de sinceridad, adecuación factual o convención compartida. Negar eso no es defender el debate; es defender el derecho a mentir disfrazado de disidencia.

Penayo afirma “Un misfire es un acto que no llega a realizarse porque fallan las condiciones convencionales que lo constituyen, es como intentar casar a dos personas sin juez, sin registro y sin marco legal; en ese caso, el acto simplemente no ocurre. Un abuse, en cambio, es un acto que sí se realiza, pero de manera defectuosa, cuando quien lo ejecuta no satisface las condiciones de sinceridad o compromiso que el propio acto presupone, como prometer sin intención de cumplir o jurar sin creencia. En estos casos, el acto no se anula, existe, pero queda expuesto a crítica por su falta de responsabilidad pragmática”.

La interpretación que Penayo ofrece de estas categorías austinianas es aparentemente técnica, pero está al servicio de una estrategia de descargo discursivo, pretende que su acto de habla —afirmar que Stroessner fue “presidente constitucional”— sea clasificado como un abuse (y por lo tanto, un acto que “sí ocurre” y solo sería criticable por insinceridad), evitando así la consecuencia más radical del misfire, que su enunciado ni siquiera llega a constituirse como una aserción histórica válida. Su analogía del matrimonio es engañosa y reduccionista. Compara el misfire con “intentar casar sin juez ni marco legal”, como si fuera un fracaso puramente formal o procedimental. Pero en el caso de las aserciones históricas, las “condiciones convencionales” no son solo rituales vacíos, son condiciones de inteligibilidad y validez epistémica. Por ejemplo, para que la aserción “Stroessner fue presidente constitucional” funcione como tal, se requieren condiciones como, que el concepto “presidente constitucional” tenga un referente claro en la realidad (un cargo obtenido y ejercido conforme a una constitución democrática). Que exista un contexto histórico y jurídico que permita evaluar la correspondencia del enunciado con los hechos. Que el hablante participe de las prácticas convencionalizadas de la historiografía y el derecho, donde ciertos hechos son aceptados como base para la discusión (el golpe de Estado, la represión, la ausencia de elecciones libres). Si esas condiciones no se cumplen —y en el caso stronista no se cumplen—, el acto no es meramente “insincero” (abuse), sino que no llega a realizarse como aserción histórica legítima. Es un misfire en sentido austiniano, las condiciones para que ese acto de habla exista como lo que pretende ser están ausentes. Penayo intenta escapar al misfire refugiándose en el abuse, pero su acto es ambos. Él insinúa que su enunciado sería, en el peor de los casos, un abuse (acto realizado de modo defectuoso por insinceridad), porque así podría sostener que al menos “ocurrió” como aserción, y por lo tanto debe ser debatido en el plano histórico. Pero esto es un fraude categorial. En Austin, un acto puede ser simultáneamente misfire y abuse según el nivel que se examine. En el caso de Penayo, es un misfire porque las condiciones convencionales que harían de “presidente constitucional” una descripción posible de Stroessner no existen en el contexto histórico paraguayo. No es un desacuerdo sobre hechos; es que los hechos establecidos anulan la posibilidad misma de que esa descripción sea válida. Es también un abuse porque, aun si forzamos la ficción de que el acto “ocurrió”, es insincero, Penayo sabe —o debería saber— que Stroessner no fue un presidente constitucional en sentido democrático, y sin embargo emite el enunciado con la fuerza ilocutiva de una aserción, buscando efectos perlocutivos de confusión y rehabilitación. Su distinción busca evadir la nulidad performativa de su discurso. Penayo tiene un interés claro en que su acto sea considerado abuse y no misfire, porque, si es abuse, su enunciado existe y puede ser “discutido” como si fuera una hipótesis histórica, aunque sea criticable. Si es misfire, su enunciado no llega a ser una aserción histórica, y por lo tanto no hay “debate” posible, solo hay un acto de habla fallido que debe ser explicado, no refutado. Él elige la lectura que le permite mantenerse en la ilusión del debate, pero Austin no le da esa salida, cuando las condiciones convencionales para un acto de habla están radicalmente ausentes, el acto no se consuma. No es que “ocurra y sea defectuoso”; es que no ocurre como lo que pretende ser. Austin no separa tan rígidamente misfire y abuse como Penayo sugiere. En la obra de Austin, especialmente en las últimas conferencias, la distinción entre misfire y abuse se vuelve más fluida y menos esquemática. Lo crucial es que ambos son modos de “infelicidad” que impiden el éxito del acto de habla.  Penayo, al presentarlos como compartimentos estancos, rigidiza la teoría para su conveniencia, ignorando que en la práctica discursiva concreta —especialmente en contextos de manipulación histórica— un acto puede colapsar tanto por ausencia de condiciones convencionales como por insinceridad, y a menudo por ambas. Lo que Penayo llama “responsabilidad pragmática” es, en realidad, responsabilidad histórica y ética. Al reducir la posible crítica a su enunciado a un problema de “falta de responsabilidad pragmática” (como si fuera una falta de etiqueta conversacional), Penayo trivializa el alcance ético y político de sus palabras.  No se trata solo de que “no cumpla con las reglas del juego lingüístico”, sino de que su juego lingüístico busca blanquear una dictadura. Austin no era un formalista, su teoría sirve precisamente para desenmascarar usos del lenguaje que, bajo apariencia de aserción, realizan actos de engaño, legitimación o corrosión de la memoria. Penayo manipula la distinción austiniana entre misfire y abuse para escapar a la consecuencia más contundente de su propio análisis, que su enunciado sobre Stroessner es un acto de habla tan radicalmente infeliz que ni siquiera alcanza el estatus de aserción histórica debatible.  Al presentarse como un simple abuse, pretende que se le critique por “insinceridad” pero se le reconozca el derecho a ser discutido. Pero Austin no le concede ese privilegio, cuando las condiciones convencionales —históricas, jurídicas, morales— faltan por completo, el acto es un misfire. Y un misfire no inaugura un debate; expone una impostura. Penayo quiere que su afirmación sobre Stroessner sea tratada como un abuse (acto insincero pero existente), para así exigir un ‘debate’ que legitimaría su marco revisionista. Pero en Austin, cuando las condiciones convencionales que harían posible una aserción —como llamar ‘presidente constitucional’ a un dictador— están ausentes, el acto es un misfire, no llega a ser una aserción, sino un simulacro. Su manipulación de la teoría no es un error exegético, es una estrategia para evadir la nulidad performativa de su propio discurso.

Penayo afirma “Oxley necesita sugerir nulidad del acto de habla, pero argumenta como si bastara imputar insinceridad. Si fuera un misfire, debería demostrar que el acto no ocurre por ausencia de condiciones institucionales, algo plenamente absurdo en el caso de una aserción histórica. Si fuera un abuse, concede que el acto ocurre, y entonces no hay nulidad, hay, a lo sumo, reproche. Oxley quiere ambas cosas a la vez, anular lo dicho y, simultáneamente, no cargar con la prueba que exige esa anulación. Por eso su “misfire/abuse” no es un análisis, es un malabarismo torpe, que da cuenta de su superficial manejo de la filosofía de Austin o, peor aún, de su mal uso por mala fe”.

Penayo acusa mi análisis de ser un "malabarismo torpe" al señalar que su acto de habla es tanto misfire como abuse. Sin embargo, es él quien fuerza una falsa disyuntiva entre ambas categorías para escapar al núcleo de la crítica. No es que yo quiera "ambas cosas a la vez" por inconsistencia, sino que su acto de habla es doblemente infeliz en distintos niveles, algo que la propia teoría de Austin admite cuando se aplica a enunciados que violan radicalmente las condiciones de inteligibilidad y sinceridad. Él construye un falso dilema, “o es misfire o es abuse, no ambos”. Austin no es tan rígido. Un acto puede fallar tanto en sus condiciones de ejecución (misfire) como en sus condiciones de sinceridad (abuse), especialmente en contextos complejos como la reinterpretación histórica fraudulenta. Penayo reduce el misfire a la “ausencia de condiciones institucionales” en sentido formal (como un juez o un registro), pero en el caso de las aserciones históricas, las condiciones institucionales son, la comunidad epistémica de historiadores, los marcos jurídicos de definición de conceptos como “constitución” y “dictadura”; los consensos sociales sobre la memoria y la verdad. Si esas condiciones están ausentes o son violadas, el acto no se consuma como aserción histórica legítima —es un misfire— y además es insincero —es un abuse—no es malabarismo; es análisis multifocal.

Él mismo incurre en lo que me acusa, quiere que su acto “exista” como aserción, pero sin cumplir las condiciones que lo harían posible. Penayo exige que, si es un misfire, demuestre la “ausencia de condiciones institucionales”. Pero yo ya lo hice, la condición institucional de la historiografía seria no avala su relato. La condición institucional del derecho constitucional democrático no reconoce a Stroessner como “presidente constitucional”. La condición institucional de la memoria pública paraguaya no acepta su reescritura eufemística. Él, sin embargo, ignora esas pruebas y trata su enunciado como si surgiera en un vacío institucional, donde cualquier afirmación es automáticamente “una aserción” solo por ser emitida. Eso no es filosofía del lenguaje; es pragmática del voluntarismo discursivo. Su crítica es un ejercicio de proyección, él es quien hace malabarismos para evitar la nulidad de su acto. Penayo pretende que su enunciado sea tratado como abuse para recibir “a lo sumo, un reproche” y seguir siendo considerado “aserción”. Pero eso sería trivializar la gravedad de su acto, no se trata de una falta de sinceridad menor, sino de un uso del lenguaje para blanquear una dictadura.  Austin no es un notario de actos lingüísticos neutrales; su teoría sirve para desenmascarar abusos que corroen las bases de la comunicación honesta. Y cuando un acto es tan radicalmente infeliz que ni siquiera cumple las condiciones básicas para ser lo que pretende ser, la distinción entre misfire y abuse se difumina porque el acto colapsa por todos lados. Lo que él llama “mala fe” es, en realidad, su resistencia a aceptar que su discurso no es historiografía, sino performance revisionista. Al tildar mi análisis de “superficial” o de “mala fe”, Penayo repite la misma táctica que ya identifiqué, salir al metalenguaje para descalificar al crítico y evadir el fondo del asunto.  Pero la “mala fe” aquí es la suya, emitir un enunciado que sabe —o debería saber— que no puede funcionar como aserción histórica feliz, y luego escudarse en tecnicismos austinianos mal digeridos para simular que está en un “debate legítimo”. Penayo me acusa de malabarismo, pero es él quien hace equilibrismos entre categorías para evitar la conclusión inevitable, su enunciado sobre Stroessner es un acto de habla nulo en el plano histórico (misfire) y fraudulento en el plano ético (abuse). Austin no es un refugio para quienes quieren usar el lenguaje para reescribir lo indebible; es una herramienta para mostrar cuándo el lenguaje se divorcia de la realidad y de la responsabilidad.  Y en ese divorcio, Penayo no es un polemista audaz; es un ejemplo de hablante infeliz, atrapado en su propia trampa metalíngüística. Penayo dice que mi análisis es un malabarismo. En realidad, es él quien salta entre categorías para no ver que su acto de habla es doblemente infeliz, ni encuentra condiciones históricas que lo sostengan (misfire), ni es emitido con sinceridad (abuse). Austin no es un manual de autojustificación para revisionistas; es una teoría que expone los fracasos performativos del lenguaje. Y el suyo es un fracaso ejemplar.

Penayo sostiene “El autor afirma que el estatuto de mis afirmaciones es “hueco, no porque sea falso, sino porque es insincero”. Esa frase demuestra su inconsistencia conceptual, si con Austin recordamos que la insinceridad no se declara por reflejo moral. Incluso en la pragmática lingüística esto exige criterios claros: demostrar evidencia para atribuir que el hablante no cree lo que dice o que no asume el compromiso propio del acto. Oxley no fundamenta en ningún caso estas cuestiones, se limita a considerar un acto como políticamente riesgoso y lo descalifica como “fraudulento”, remplazando razones por imputaciones de orden moral.”.

Penayo afirma que mi calificación de sus afirmaciones como “huecas por insinceras” carece de fundamento, y que solo sería una “imputación moral” sin criterios pragmáticos. Sin embargo, esta objeción ignora por completo los análisis de lógica modal y emotivista que desarrollé previamente, los cuales proveen precisamente el marco para demostrar la insinceridad no como un juicio moral, sino como una inconsistencia lógica y performativa. La insinceridad no es una “imputación moral”; es una inferencia basada en la desconexión entre enunciado y evidencia disponible. Desde la lógica epistémica y doxástica, si un hablante afirma “p” pero toda la evidencia accesible en el mundo posible más cercano (el nuestro) afirma “no-p”, podemos inferir que, o bien el hablante ignora la evidencia (en cuyo caso su aserción es negligente), o bien la conoce y la omite (en cuyo caso su aserción es insincera). Penayo no es un ignorante de la historia paraguaya. Cuando afirma “Stroessner fue presidente constitucional” está negando hechos que él mismo conoce o puede conocer, el golpe de 1954, las elecciones fraudulentas, el terror de Estado. Por tanto, su acto no es un error factual; es una negación intencional de lo sabido, lo que en lógica doxástica es una forma de insinceridad estructural.

El emotivismo (Stevenson, Ayer) explica por qué su enunciado es “hueco” más allá de la verdad fáctica. Como analicé en mi texto, según el emotivismo un enunciado como “Stroessner fue presidente constitucional” tiene, un componente descriptivo débil o falso (la correspondencia con hechos es nula); un componente dinámico-emotivo dominante, busca provocar una reevaluación afectiva del dictador, minimizar la indignación moral y reconfigurar la memoria colectiva. El “hueco” del que hablo no es solo la falsedad, sino la ausencia de contenido descriptivo válido detrás de la performatividad emotiva. Su afirmación es “hueca” porque no cumple la función constatativa que aparenta cumplir; su verdadera fuerza es persuasiva y revaluadora, no informativa. Por eso es insincera, pretende ser una aserción histórica cuando en realidad es un acto de prescripción emotiva disfrazada. Austin sí permite inferir insinceridad a partir de la violación de compromisos ilocutivos. Penayo exige “evidencia” de que no cree lo que dice, como si la insinceridad solo pudiera probarse con una confesión. Pero en la pragmática austiniana, la insinceridad se infiere cuando, el hablante viola las condiciones de sinceridad propias del acto de habla que realiza (una aserción exige creencia en lo dicho). El contexto y los hechos conocidos hacen irrazonable atribuirle esa creencia. Dado que Penayo no puede desconocer los hechos históricos establecidos, su afirmación de que Stroessner fue “presidente constitucional” solo puede ser interpretada como un acto de habla evaluativo (no constatativo), lo que confirma mi análisis fenomenológico y emotivista. O bien un acto insincero, porque afirma como hecho lo que sabe que no lo es. En ambos casos, su acto es “hueco” en el sentido austiniano, carece de la sinceridad y adecuación que harían de él una aserción feliz. Lo que él llama “imputación moral” es en realidad un juicio pragmático-lingüístico. Al tildar mi crítica de “moralizante”, Penayo intenta desplazar el debate del plano lingüístico al ético, como si yo lo estuviera acusando de “malvado” y no de “hablante infeliz”. Pero mi análisis no se reduce a lo moral; se basa en la inconsistencia lógico-modal de sus enunciados; la desconexión entre su acto ilocutivo y los hechos; la función emotivo-prescriptiva que sus palabras cumplen, según Stevenson y Ayer. Eso no es moralismo; es análisis del lenguaje en uso. Que sus efectos sean políticamente riesgosos (rehabilitación de un dictador) es una consecuencia, no la causa de mi crítica. Él mismo no ofrece evidencia de su “sinceridad”, sino que la da por sentada. Penayo exige que yo pruebe su insinceridad, pero él no aporta ningún argumento que demuestre por qué cree genuinamente que Stroessner fue un presidente constitucional en sentido democrático. En cambio, repite el enunciado como si fuera autoevidente, evitando toda confrontación con los hechos que lo desmienten.  Esa elusión de la carga de la prueba es, en sí misma, un indicio pragmático de insinceridad, quien afirma algo controvertido y no ofrece razones ante evidencias contrarias, está realizando un acto de habla vacuo o ritual, no constatativo. Penayo malinterpreta mi calificación de “hueco por insincero” como un juicio moral, cuando en realidad es la conclusión de un análisis que integra lógica modal, emotivismo y pragmática austiniana. Su enunciado es hueco porque, modalmente, es incompatible con los hechos en todos los mundos posibles relevantes. Emotivamente, funciona como prescripción disfrazada de descripción. Pragmáticamente, viola las condiciones de sinceridad y adecuación que Austin exige para una aserción feliz. Lo que él llama “inconsistencia conceptual” es, en verdad, su resistencia a aceptar que su discurso no sobrevive al escrutinio de ninguna de las tradiciones filosóficas que invoco. No es que yo no fundamente; es que él no quiere ver los fundamentos. Cuando digo que sus afirmaciones son ‘huecas por insinceras’, no emito un juicio moral, describo un fracaso performativo que se deduce de su desconexión con los hechos (lógica modal), su función emotivo-prescriptiva (emotivismo) y su violación de las condiciones de sinceridad (Austin). Él exige ‘pruebas’ de su insinceridad, pero no ofrece razones para creer que Stroessner fue constitucional. Su acto de habla es, así, doblemente vacío, sin anclaje fáctico y sin compromiso creencial. Eso no es imputación; es diagnóstico filosófico.

Penayo sentencia “En Austin, la fuerza ilocutiva no se define por el tono polémico, evaluativo o normativo del contenido, sino por el tipo de acto que el hablante realiza al decir algo. Un acto asertivo puede vehicular contenidos normativos, críticos o controversiales y seguir siendo un acto asertivo, en todos esos casos, el hablante se compromete con un contenido que queda abierto a discusión. Oxley necesita transformar el contenido de mis afirmaciones en un acto “distinto” del de un enunciado (statement) debatible para negar, desde el inicio, que haya argumentos que responder; no refuta lo dicho, lo desplaza fuera del campo de lo discutible. El desatino se vuelve aún más grave cuando no se distingue lo que un enunciado es con lo que produce. Oxley toma efectos atribuidos en la audiencia, tales como “confusión”, “relativización”, “rehabilitación” y los usa como prueba de que el acto ilocutivo es, en sí mismo, fraudulento. Pero en Austin eso no funciona así. Los efectos perlocutivos son contingentes, es decir dependen del público, del contexto, de predisposiciones previas, por eso pueden darse incluso contra la intención del hablante y, en ningún caso, redefinen la naturaleza del acto de habla. Es más, aun si Oxley insistiera en la “intención”, aunque pudiera probarla, esa intención no convierte una aserción en “no-aserción”. A lo sumo abre otro plano (ético, político), pero no sustituye el debate sobre el contenido.”

Penayo intenta ridiculizar mi análisis acusándome de confundir fuerza ilocutiva con contenido, y de mezclar ilocución con perlocución para desplazar su discurso “fuera de lo debatible”. Pero es él quien realiza aquí una lectura superficial y oportunista de Austin, ignorando que la teoría de actos de habla no es un escudo para legitimar enunciados vacíos, sino una herramienta para examinar cómo el lenguaje funciona —o falla— en la práctica social. Él olvida que en Austin la fuerza ilocutiva depende de condiciones de adecuación, no solo de la forma gramatical. Austin señala que para que un acto ilocutivo sea feliz, deben cumplirse condiciones de contexto, convención y hecho. Un enunciado como “Stroessner fue presidente constitucional” tiene la forma gramatical de una aserción, pero su fuerza ilocutiva real puede ser otra —evaluativa, justificativa, revisionista— si no se cumplen las condiciones que harían de él una aserción histórica válida. Penayo reduce mi argumento a “transformar el contenido en otro acto”, cuando lo que hago es mostrar que su acto ilocutivo no es el que él dice realizar, él alega estar “afirmando un hecho”, pero Austin permite preguntar ¿existen las condiciones para que ese acto de afirmación sea exitoso? La respuesta es no, porque las condiciones de verdad están ausentes (los hechos lo desmienten). Las condiciones de sinceridad son dudosas (él conoce los hechos). Las condiciones convencionales de la historiografía y el derecho constitucional no respaldan su uso de los términos. Por tanto, no es que yo “desplace” su enunciado; es que su enunciado no logra instalarse como aserción legítima en el contexto en que lo emite. Eso no es una trampa retórica mía; es un fracaso performativo suyo. Él separa artificialmente ilocución de perlocución para evadir la responsabilidad del hablante. Austin distingue entre ilocución y perlocución, pero no las divorcia moral ni pragmáticamente. El hablante es responsable de los efectos perlocutivos previsibles de su acto, especialmente cuando estos son consistentes con la fuerza ilocutiva real. Cuando Penayo afirma que “los efectos perlocutivos son contingentes y no redefinen el acto”, está diciendo una media verdad. Es cierto que un acto ilocutivo no se define solo por sus efectos, pero Austin nunca dijo que el hablante pueda desentenderse de los efectos que su acto busca producir. De hecho, la insinceridad (un abuse) se deduce precisamente cuando hay una discrepancia entre la fuerza ilocutiva declarada y los efectos perlocutivos buscados. En su caso, ilocución declarada, “afirmar un hecho histórico”, efecto perlocutivo buscado (y logrado en parte), “relativizar la dictadura, rehabiliar a Stroessner”, en conclusión, su acto ilocutivo no es meramente asertivo, es persuasivo-evaluativo, y lo emite con la conciencia de que producirá confusión y rehabiliación. Eso no es un “efecto contingente”; es un objetivo discursivo. Su apelación a la “intención” como irrelevante es una trampa dialéctica. Penayo dice, “aun si Oxley probara la intención, eso no convierte una aserción en no-aserción”.  Falso. En Austin, la intención ilocutiva es constitutiva del acto. Si yo digo “te prometo” sin intención de cumplir, no estoy realizando el acto de prometer felizmente; estoy simulando una promesa. Del mismo modo, si Penayo afirma “Stroessner fue presidente constitucional” sin intención de describir hechos, sino de revaluar moralmente, su acto no es una aserción, es una propuesta de revaloración disfrazada de constatación. Que él niegue esa intención no la hace inexistente; la hace elusiva. Y mi análisis no se basa en adivinar su psique, sino en rastrear los patrones discursivos y los efectos sistemáticos de sus enunciados, algo totalmente válido en pragmática y análisis del discurso.

Lo que él llama “desplazar fuera de lo debatible” es, en realidad, elevar el nivel de análisis. Penayo quiere que su enunciado sea tratado como “aserción debatible” en el plano histórico, para así obligar a una discusión dentro de su marco revisionista. Yo no “desplazo” ese debate; lo cuestiono en sus fundamentos pragmáticos ¿es esto realmente una aserción? ¿O es un acto de habla que aparenta serlo para ganar legitimidad discursiva? Austin provee las herramientas para hacer esa pregunta. Negar esa posibilidad es convertir a Austin en un notario de actos lingüísticos superficiales, no en un teórico de la acción comunicativa. Él proyecta su propio desatino, confunde forma con función, y se escuda en una lectura empobrecida de Austin. Penayo me acusa de no distinguir “lo que un enunciado es” de “lo que produce”, pero es él quien reduce el acto de habla a su formato gramatical, ignorando que en Austin la “fuerza ilocutiva” es una función social convencionalizada, no una etiqueta sintáctica. Su acto no es “asertivo” solo porque tenga forma de aserción; es evaluativo-disputativo porque, viola las condiciones de felicidad de una aserción, busca efectos perlocutivos de reconfiguración mnémica, se emite en un contexto donde los hechos establecidos lo desmienten. Eso no es “abusar de Austin”; es aplicar Austin con seriedad. Lo que a Penayo le molesta no es mi “error”, sino que la teoría le devuelve la imagen de su propio acto infeliz. Penayo usa a Austin como un escudo lingüístico para proteger su discurso revisionista, pero Austin no es un abogado defensor de actos de habla fraudulentos; es un juez de su felicidad performativa. Al apelar a una distinción rígida entre ilocución y perlocución, y al reducir la fuerza ilocutiva a la forma gramatical, Penayo traiciona el espíritu de la pragmática austineana, que es justamente examinar cómo hacemos cosas con palabras —y cómo a veces fracasamos en hacerlas. Penayo me acusa de desplazar su discurso ‘fuera de lo debatible’. No, lo que hago es mostrar que su discurso ni siquiera entra en el campo de lo debatible como aserción histórica, porque carece de las condiciones de felicidad que Austin exige. Él quiere que tratemos su simulacro como debate; yo aplico Austin para revelar el simulacro. Lo que él llama ‘tono polémico’ es, en realidad, un acto ilocutivo distorsionado, no afirma, sugiere; no describe, reevalúa. Y Austin, lejos de protegerlo, lo expone. Su ridiculización de mi intelectualidad es, por tanto, un síntoma de su resistencia a ser leído con las herramientas que él mismo invoca. El desatino no es mío; es suyo, usar a Austin para blindar un acto de habla que Austin mismo declararía infeliz.”

A estas alturas creo muy conveniente ser los más claros posibles sobre lo que se está exponiendo, pues considero de vital importancia para la ciudadanía toda. Paso a concentrar el núcleo del análisis en términos lógicos y así describir y demostrar, lo falaz de la pseudoargumentacion del polemista revisionista.

Para un análisis lógico-semántico es primordial partir de la distinción entre lenguaje-objeto y metalenguaje.

Lenguaje-objeto (L): El lenguaje en el que se hacen afirmaciones directamente sobre el mundo (ejemplo: "Stroessner fue presidente constitucional").

Metalenguaje (M): El lenguaje que usamos para hablar “sobre” el lenguaje-objeto (ejemplo: "La frase 'Stroessner fue presidente constitucional' es falsa según los hechos históricos").

Para evaluar la verdad (Tarski) de una afirmación hecha en el lenguaje-objeto, debemos ascender al metalenguaje. En términos formales podemos expresarlo así: Verdadero_en_L("p") si y solo si p

Ejemplo:

- En L: "La nieve es blanca" (p)

- En M: "La oración 'La nieve es blanca' es verdadera en L si y solo si la nieve es blanca"

Penayo hace lo siguiente:

1. En L afirma: p₁ = "Stroessner fue presidente constitucional"

2. Por nuestra parte en M evaluamos: Contrasta p₁ con los hechos históricos H (golpe de 1954, elecciones fraudulentas, represión sistemática)

3. Resultado en M: ¬Verdadero_en_L(p₁) [p₁ es falsa]

Cuando refutamos p₁ desde M, Penayo:

- Presupone M para que su afirmación p₁ sea inteligible (necesita significados compartidos de "presidente", "constitucional", etc.)

- Niega M cuando M invalida p₁, acusándome de usar un "tribunal lingüístico" o de apelar a un "consenso hegemónico"

Ahora formalizamos la contradicción de Penayo

Presupone(Penayo, M) Niega(Penayo, M)

Donde:

- Presupone(Penayo, M) = Penayo asume el marco M (historia, derecho, lenguaje común) para que p₁ sea comprensible

- Niega(Penayo, M) = Penayo rechaza M cuando M demuestra que p₁ es falsa

Penayo incurre en una contradicción performativa, quiere los beneficios de un lenguaje común (inteligibilidad) sin aceptar sus compromisos referenciales (la verdad histórica establecida). Esta estrategia no es disidencia intelectual, sino impostura semántica, usar el metalenguaje como refugio cuando el lenguaje-objeto colapsa frente a los hechos.

En cuanto a los argumentos revisionistas de Penayo se pueden formalizar, y lo hacemos del siguiente modo.

NIVEL 1: LO NECESARIO vs. LO POSIBLE

- En lógica modal:

  `□P` = "Necesariamente P"

  `P` = "Posiblemente P"

- Ejemplo concreto:

  Sea `D` = "Stroessner fue un dictador opresivo"

  Los hechos históricos establecidos muestran: `□D` (Es necesariamente verdad que fue dictador)

- Truco del manipulador:

  Afirma: `¬D` ("Es posible que no haya sido tan dictador")

  - Violación lógica:

  `□D ¬D` es una CONTRADICCIÓN

 No se puede afirmar que algo es necesariamente verdadero y al mismo tiempo posiblemente falso. Es como decir "Este círculo necesariamente es redondo, pero posiblemente sea cuadrado".

NIVEL 2: EL CONOCIMIENTO vs. LO QUE SE DICE

- En lógica epistémica:

  `KxP` = "x sabe que P"

  `BxP` = "x cree que P"

- Situación real:

  El manipulador sabe la verdad: `Kx□D`

  (Sabe necesariamente que Stroessner fue dictador)

- Pero dice públicamente:

  `Bx¬D` (Cree que posiblemente no fue tan dictador)

- Violación epistémica:

  `Kx□D Bx¬D` es MALA FE LÓGICA

Es imposible saber necesariamente algo y creer posiblemente lo contrario. Es como un médico que sabe que su paciente tiene cáncer (lo vio en los estudios), pero le dice "tal vez no sea nada grave".

NIVEL 3: EL DESEO vs. LA CREENCIA

- En lógica doxástica con deseos:

  `DeseoxP` = "x desea que P"

  `BxP` = "x cree que P"

- Mecanismo perverso:

  1. `Deseox¬D` (Desea que Stroessner no haya sido dictador)

  2. Por tanto, `Bx¬D` (Cree que posiblemente no fue dictador)

- Inversión corrupta:

  En la racionalidad normal: `Evidencia → Creencia`. En la manipulación: `Deseo → Creencia`

Es como un niño que desea que no haya examen mañana, y termina creyendo que realmente no lo habrá, a pesar de que el profesor lo anunció.

NIVEL 4: EL DEBER MORAL

- En lógica deóntica:

  `OBP` = "Es obligatorio que P"

  `PEP` = "Es permitido que P"

  `FPP` = "Está prohibido que P"

- Situación moral correcta:

  `OBR` = Es obligatorio recordar la dictadura

  `FPO` = Está prohibido olvidar/relativizar

- Inversión manipuladora:

  `PE¬R` = "Está permitido no recordar tan enfáticamente"

  `(OB¬C)` = "Posiblemente deberíamos no condenar tan severamente"

- Secuestro de la moral:

  Lo que era `FP` se presenta como `PE`

  Lo que era `OB` se presenta como opcional

Es como si alguien dijera "Robar está prohibido" y el manipulador respondiera "Bueno, tal vez deberíamos permitirlo en algunos contextos".

NIVEL 5: EL TIEMPO Y LA HISTORIA

- En lógica temporal:

  `Pp` = "En el pasado, p" (y ya ocurrió)

  `□Pp` = "Necesariamente, en el pasado p" (fijo, inmutable)

- Hecho histórico:

  `□PD` = "Necesariamente, en el pasado, Stroessner fue dictador"

- Ataque al tiempo:

  El manipulador pretende: `P¬D`

  ("Posiblemente, en el pasado, no fue dictador")

- Violación temporal:

  `□PD P¬D` es IMPOSIBLE

El pasado es fijo, lo que ocurrió, ocurrió necesariamente. Es como pretender que "posiblemente, ayer no llovió" cuando que en realidad te mojaste ayer.

Así tenemos que:

NIVEL 1: ¬D                               [Falso: se niega □D]

        

NIVEL 2: Kx□D Bx¬D             [Contradicción epistémica]

        

NIVEL 3: Deseox¬D → Bx¬D    [El deseo corrompe la creencia]

        

NIVEL 4: FP → PE                           [Inversión moral]

        

NIVEL 5: □PD → P¬D                  [Ataque al tiempo]

El manipulador usa las palabras de la lógica ("tal vez", "creo", "deberíamos") pero vacía su significado racional. No está cometiendo errores de historia; está cometiendo crímenes contra la lógica. Por eso la defensa no es solo recordar fechas, sino señalar estas violaciones estructurales del pensamiento racional. La próxima vez que escuches "no fue tan dictador" o "mató menos", no discutas cifras. Señala, "Estás usando donde deberías usar □. Estás violando la lógica modal".

Siguiendo nuestra réplica, Penayo afirma “Si el uso de Austin es deficiente, el recurso a Edmund Husserl explicita la pobreza teórica del autor. Aquí el problema no son ya imprecisiones y confusiones, sino absoluto desconocimiento del fundador de la tradición fenomenológica. Y esto no porque la fenomenología sea “difícil”, sino porque se la usa exactamente para lo que Husserl se propuso criticar. Recordemos que una de las tareas fundacionales de Investigaciones lógicas fue la demolición del psicologismo, en boga en su tiempo, a toda tentativa de reducir conceptos lógicos y semánticos a estados mentales, intenciones subjetivas o motivaciones psicológicas. En ese marco, el concepto clásico de intencionalidad no designa intención subjetiva, mucho menos propósitos ocultos, sino una estructura formal de la conciencia. En realidad, significa que toda conciencia, lejos de estar atrapada en una interioridad llena de motivos ocultos, es siempre conciencia de algo, eyectada hacia afuera, definida únicamente por su direccionalidad. Creer que “intencionalidad” equivale a “intención” psicológica es reinstalar, sin saberlo o sin admitirlo, el mismo psicologismo que Husserl combatió como caracterización de la conciencia.” Acá hay una doble falencia, y conviene nombrarla con precisión porque no es un detalle de exégesis, sino una inversión del proyecto filosófico que se pretende convocar. La primera es conceptual, cuando se confunde la estructura de sentido con una psicología moralizante, como si “intencionalidad” fuera el nombre elegante para una caza de motivos ocultos. En Husserl, la intencionalidad no es un detector de conspiraciones ni una teoría de “razones secretas” detrás de las palabras, sino la forma misma de la experiencia en cuanto experiencia de algo, la correlación entre conciencia y objeto en la que el sentido se da. Es la estructura del aparecer, no un atajo para imputar mala fe. Quien la usa para leer enunciados como si fueran síntomas de una interioridad culpable no está haciendo fenomenología, está reintroduciendo, con precariedad terminológica, aquello que Husserl critica desde sus inicios, el psicologismo que reduce validez y sentido a estados mentales, móviles y disposiciones. La segunda falencia es metodológica, y es todavía más grave, porque se convierte a Husserl en un “maestro de la sospecha”, cuando su apuesta es, en el sentido más estricto, la contracara de esa familia de gestos que Paul Ricoeur llamó la hermenéutica de la sospecha. Ricoeur usó esa etiqueta para nombrar una actitud interpretativa que desconfía del sentido manifiesto y busca, detrás de lo dicho, una lógica latente -interés, pulsión, ideología- que explicaría lo que el discurso “realmente” hace. Por el contrario, la propuesta fenomenológica apunta a otra dirección. Esta no es ingenua o ignorante de la posibilidad del autoengaño, pero considera que el primer deber filosófico es describir con rigor lo que aparece, tal como aparece, y sólo después, si corresponde, discutir explicaciones. Su método no parte de la desconfianza sino de la suspensión del juicio. La épokhé no es una lupa policial dirigida a la subjetividad ajena, es una acto que pone entre paréntesis prejuicios, tesis naturalizadas y adhesiones automáticas para dejar que el fenómeno se muestre en su propia legalidad. Donde la sospecha se precipita hacia el “esto significa otra cosa” o “esto encubre tal interés”, la reducción fenomenológica exige paciencia descriptiva, porque antes de denunciar un móvil, hay que fijar el modo de darse del sentido, antes de moralizar una frase, hay que aclarar qué se afirma, en qué horizonte, bajo qué condiciones de evidencia y con qué pretensiones. Por lo tanto, la evocación de Husserl en Oxley invierte su proyecto casi punto por punto, lo que en fenomenología funciona como suspensión del prejuicio, aparece como técnica de imputación; lo que es apertura al fenómeno, se vuelve cierre por sospecha; y lo que es descripción, se invierte en acusación.”

Penayo construye aquí un hombre de paja fenomenológico para escapar al núcleo de mi análisis, no uso a Husserl para hacer “psicologismo” o “caza de intenciones ocultas”, sino para examinar la constitución intencional del sentido en el acto discursivo —justo lo que la fenomenología permite hacer—. Su objeción es un desplazamiento triple, confunde, proyecta y evade. Él reduce mi uso de Husserl a un “psicologismo moralizante” que yo nunca practiqué. En mi texto, utilizo la intencionalidad husserliana para analizar cómo se constituye el objeto “Stroessner” en el discurso de Penayo. No busco “motivos ocultos” en su psique, sino describir la estructura de sentido que su enunciado performa ¿Qué Stroessner está siendo constituido? (“presidente constitucional”, no “dictador”) ¿Qué aspectos del fenómeno histórico son destacados y cuáles relegados al fondo? (el número de muertos vs. el terror vivido) ¿Qué horizonte de significado se está proponiendo para la memoria colectiva? Eso no es psicologismo; es análisis fenomenológico de la construcción discursiva de lo real, algo que el propio Husserl explora en sus análisis de la conciencia de lo cultural e histórico. Él confunde “intención subjetiva” con “intencionalidad constitutiva”. Penayo afirma que la intencionalidad es solo “estructura formal de la conciencia”, pero olvida que para Husserl esa estructura es siempre correlativa a un objeto dado de cierta manera. Cuando alguien emite un enunciado, el sentido intencional no es un estado psicológico oculto, sino el modo en que el objeto se presenta en y por el acto de habla. Mi análisis no “adivina intenciones”, sino que describe la dirección de sentido de sus palabras, hacia la revaluación, no hacia la descripción histórica. Esto es fenomenología aplicada al lenguaje, no “hermenéutica de la sospecha”. Él evade mi argumento central, que su discurso no describe, sino que reevalúa. Penayo salta a acusarme de “invertir a Husserl” para no responder a lo esencial ¿Su enunciado “Stroessner fue presidente constitucional” constituye un objeto histórico o propone una reevaluación normativa?  La fenomenología me permite mostrar que es lo segundo, el sentido intencional de sus palabras no es constatativo, sino valorativo. Eso no es “sospecha”; es descripción del fenómeno discursivo tal como se da. Él mismo realiza una épokhé selectiva, pone entre paréntesis los hechos históricos que invalidan su relato. Penayo apela a la “suspensión del juicio” husserliana como si yo estuviera obligado a abstenerme de juzgar su falsedad histórica. Pero la épokhé no es una licencia para ignorar lo dado, sino un método para examinar cómo lo dado se da.  Los hechos históricos (golpe, represión, fraudes) son parte del fenómeno que estoy analizando. Si los omito, no estoy haciendo fenomenología; estoy colaborando con su tergiversación.

Penayo me acusa de convertir a Husserl en “maestro de la sospecha”, pero es él quien usa una versión academicista y desencarnada de la fenomenología para blindar su discurso de toda crítica.  Al reducir mi análisis a “psicologismo” y “acusación”, desvía la atención de la pregunta fenomenológica central ¿qué tipo de acto intencional es el suyo? ¿Una descripción o una propuesta de resignificación? Olvida que Husserl también analiza los actos de significado y la constitución de objetos culturales. En las Investigaciones lógicas, Husserl dedica atención a los actos de significación y la correlación entre expresión y sentido. Mi análisis se inscribe en esa línea, examino el acto de significar “presidente constitucional” en un contexto donde ese significado choca con el objeto histórico real.  Eso no es “moralizar”; es rastrear la génesis del sentido en el discurso público, algo totalmente husserliano. Penayo no responde a mi uso concreto de Husserl para analizar la constitución intencional del sentido stronista en su discurso. En su lugar, caricaturiza mi enfoque como “psicologismo moralizante”. Desplaza el debate hacia una discusión exegética sobre Husserl. Evade la cuestión central, que su enunciado no describe, sino que performa una reevaluación. Así, logra dos cosas, parecer riguroso citando a Husserl, escapar al hecho de que su discurso es un acto de habla infeliz, tanto en términos austinianos como en términos fenomenológicos. Penayo me acusa de desvirtuar a Husserl, pero soy yo quien aplica la intencionalidad para examinar cómo su discurso constituye un ‘Stroessner’ reevaluado, no descrito. Él, en cambio, usa a Husserl como cortina de humo para evitar responder por la estructura de sentido de sus propias palabras. Lo que llama ‘psicologismo’ es en realidad fenomenología del acto discursivo; lo que llama ‘sospecha’ es descripción del giro valorativo de su enunciado. Su objeción no es una corrección filosófica, es una estrategia de fuga hacia una discusión teórica abstracta, lejos del terreno concreto donde su discurso se revela como performance revisionista, no como aserción histórica.

Penayo sentencia “Si el Austin for dummies de Oxley funciona como un patovica que reparte pulseritas de admisión al “bar filosófico nacional”, Husserl es recreado libremente como psicólogo perito de “afirmaciones peligrosas”. Finalmente, lo que efectivamente hace Oxley es invalidar la posibilidad misma de la disidencia, usando un vocabulario filosófico escolar para blindar un consenso imaginario. Su lectura “pragmática” no busca aclarar cómo funcionan los actos de habla, sino fijar quién puede hablar y desde dónde. Cuando la filosofía se usa para eso, deja de ser análisis y renuncia a toda vocación crítica, reduciéndose a generar un “placebo crítico” (no creo que lo consiga) para calmar a una casta cultural que no tolera que sus certezas sean discutidas”.

Penayo cierra su réplica con una caricatura ad hominem que pretende invertir los términos del debate, yo sería el “patovica” del pensamiento, él el disidente valiente. Pero esta imagen es una proyección grotesca de su propia estrategia, usar un barniz de sofisticación filosófica para vendar los ojos de la historia y presentar la justificación de una dictadura como “elevación del nivel debate”.

No, no celebro este “intercambio”.  Celebraría un debate sobre matices historiográficos, sobre interpretaciones legítimas de documentos ambiguos, sobre la complejidad de los procesos sociales.  Pero no se puede celebrar que se use a Husserl, a Austin, a la lógica modal y al emotivismo como andamios retóricos para rehabiliar a un dictador. Eso no es “elevar el nivel”; es corromper las herramientas de la razón para servir a la impunidad discursiva. Él no es un disidente; es un repetidor. Su gesto no es novedoso, es el mismo revisionismo que ya ejecutó Juan Emiliano O’Leary con Solano López, pero con léxico posmoderno. No está abriendo preguntas peligrosas; está cerrando heridas históricas con mentiras elegantes.  Disidencia sería cuestionar el poder desde la verdad, no usar la filosofía para blanquear el poder ya caído. Yo no reparto pulseras de admisión; él quiere entrar sin pagar la entrada. La filosofía no es un “bar” donde cualquiera puede entrar a decir lo que se le antoje. Es un espacio de rigor donde los enunciados deben someterse a condiciones de inteligibilidad, verdad y responsabilidad.  Penayo quiere el título de “polemista filosófico” sin aceptar las reglas básicas de la argumentación, coherencia, evidencia, honestidad intelectual.  Austin y Husserl no son guardias de seguridad; son arquitectos de las condiciones que hacen posible el pensamiento serio. Si sus teorías excluyen su discurso, no es por elitismo, sino porque su discurso falla en los requisitos mínimos para ser tomado en serio. No invalido la disidencia; expongo la impostura. Hay una diferencia abismal entre discutir ideas controvertidas y fingir que se discute cuando en realidad se está realizando un acto de rehabilitación encubierto.  Lo que yo he hecho no es “silenciar”, sino nombrar con precisión lo que él hace, un acto de habla infeliz, un hueco performativo, una operación de reencuadre emotivo de la memoria.  Eso no es “blindar consenso”; es defender la integridad de la lengua y la historia frente a quienes las usan como herramientas de lavado de imagen. El “placebo crítico” es el suyo, la ilusión de que está debatiendo historia cuando solo está haciendo terapia revisionista. Penayo acusa a la “casta cultural” de no tolerar certezas cuestionadas. Pero lo que él llama “certezas” son hechos documentados, testimonios de víctimas, sentencias de la historia.  Lo que ofrece en cambio no es una “crítica”, sino un consuelo intelectual para quienes no quieren cargar con el peso moral del pasado. Un placebo, sí, un remedio falso para una culpa real. La filosofía no es neutral; es responsable. Cuando la filosofía se usa para analizar cómo se construye el sentido, cómo se ejerce el poder a través de las palabras, cómo se manipula la memoria, no está “renunciando a su vocación crítica”.  Está cumpliéndola al máximo.  Lo que Penayo lamenta no es que la filosofía pierda su espíritu crítico, sino que ese espíritu se vuelva en contra de su propio proyecto de reescritura histórica. Penayo se presenta como un hereje frente a un “consenso imaginario”, pero su herejía es falsa, no propone una verdad incómoda, sino un confort moral disfrazado de audacia.  Usa a Austin mal, a Husserl mal, a la lógica mal, no por “superficialidad”, sino porque una lectura rigurosa lo dejaría sin argumentos.  Y al final, su queja de que “no se le deja hablar” es la queja de quien quiere hablar desde un lugar que no existe, el lugar donde un dictador es un presidente, donde el terror es “benigno”, donde las palabras pierden su anclaje en lo real.

No, no celebro este “intercambio”.  Lo desenmascaro.  Porque la filosofía no es un juego de salón para suavizar verdades duras; es, en mejores manos, un instrumento de claridad en un mundo lleno de eufemismos.  Y en esa tarea, su discurso no es un desafío loable; es solo ruido elegante alrededor de un silencio, el silencio de los que sufrieron la dictadura que él ahora quiere nombrar de otro modo. Ahí termina todo debate que merezca el nombre de tal. El resto es, como bien dice Austin, infelicidad performativa disfrazada de conversación.

Señor Penayo, este intercambio deja en claro algo más profundo que un desacuerdo historiográfico, ha expuesto una falla estructural en su manera de habitar el lenguaje. Usted opera bajo una ilusión de consistencia que, al ser sometida a un análisis riguroso, se revela como un juego de espejos entre planos lingüísticos incompatibles. Alfred Tarski enseñó que la verdad de un enunciado solo puede ser definida en un metalenguaje que no sea el mismo que el del enunciado. Usted, sin embargo, usa esta necesidad lógica como estrategia de evasión, en el lenguaje-objeto, usted afirma: “Stroessner fue presidente constitucional”. Cuando esa afirmación es confrontada con hechos históricos (golpe de Estado, torturas, fraudes electorales), usted salta al metalenguaje y acusa, “No estás debatiendo historia, estás usando un tribunal lingüístico”. Pero esa acusación es performativamente contradictoria. Para que su enunciado inicial sea siquiera inteligible, usted presupone un acuerdo básico sobre los significados de “presidente”, “constitucional” y “Stroessner”. Es decir, necesita un metalenguaje compartido —el de la historia, el derecho, la memoria— para que sus palabras signifiquen algo. Sin embargo, cuando ese mismo metalenguaje lo desmiente, usted lo rechaza como “hegemónico” o “nebuloso”.  Usted quiere los beneficios de un lenguaje común sin aceptar sus compromisos referenciales. Eso no es disidencia, es impostura semántica.

Kurt Gödel demostró que un sistema formal suficientemente complejo no puede demostrar su propia consistencia desde dentro. Usted parece creer que su marco revisionista es autojustificante, que basta con enunciarlo para que deba ser tomado en serio como “hipótesis histórica”. Pero Gödel también mostró que, para juzgar la consistencia de un sistema, debemos ascender a un meta-nivel. Y es ahí donde su discurso colapsa, su “sistema” (el revisionismo stronista) es inconsistente con los hechos históricos establecidos. Cuando se le señala esa inconsistencia, usted niega la validez del meta-nivel (la historiografía, la filosofía del lenguaje, la lógica modal) y acusa a sus críticos de “cerrar el debate”. Pero no hay debate posible cuando una de las partes rechaza las reglas de validación que hacen posible cualquier debate. Usted no está proponiendo una “verdad incómoda”; está proponiendo un juego lingüístico vacío, donde las reglas cambian según convenga. Su estrategia es un fracaso performativo en dos niveles, como aserción histórica, es un misfire porque no cumple las condiciones de verdad, evidencia y convención que harían de ella una afirmación legítima; como acto retórico, es un abuse porque, aun sabiendo que no puede funcionar como aserción, la emite con la intención de reconfigurar la memoria colectiva. Usted quiere que tratemos su enunciado como un abuse (“insincero pero existente”) para exigir un “debate”. Pero en Austin, cuando las condiciones convencionales están radicalmente ausentes, el acto es un misfire, no llega a ser lo que pretende ser. No hay debate sobre lo que no existe como aserción histórica válida. Al final, su discurso es ruido elegantemente articulado alrededor de un silencio, el de las víctimas, el de los archivos, el de la historia que usted intenta renombrar. La filosofía —Austin, Husserl, Tarski, Gödel— no es un arsenal para ganar discusiones; es un instrumento de claridad que expone los intentos de corromper el lenguaje y la memoria. Usted no es un hereje frente a un consenso imaginario; es un hablante infeliz atrapado en su propia trampa metalíngüística. Y no hay filosofía que pueda sanar esa infelicidad, porque esta no nace de un error teórico, sino de una renuncia a la responsabilidad discursiva y ética. Este intercambio termina aquí, no porque se hayan agotado los argumentos, sino porque usted no debate, performa, y lo que performa es el vacío.

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