Dr. Victor Oxley
Lo que sigue es una
respuesta a un texto titulado “Austin como patovica y Husserl como psicólogo
perito en el bar filosófico nacional”, publicada en El Trueno el 9 de febrero
de 2026, una crítica que intenta ridiculizar mi uso de la filosofía para
analizar un discurso revisionista sobre la dictadura stronista. En esa crítica,
se me acusa de ser un guardián dogmático que usa conceptos filosóficos para
excluir voces disidentes y blindar un consenso hegemónico. Pero permítanme
aclarar desde el principio, mi respuesta no es una defensa de la ortodoxia,
sino del rigor.
Cuando analicé los
enunciados que intentan presentar a Alfredo Stroessner como un “presidente
constitucional”, no estaba ejerciendo censura, sino aplicando herramientas
filosóficas para mostrar algo muy concreto, que ciertos actos de habla no
cumplen las condiciones mínimas para ser considerados afirmaciones históricas
legítimas. Usé la teoría de los actos de habla (y otras más) porque esta nos
enseña que las palabras no solo describen, sino que hacen cosas. Y lo que hacen
ciertas formulaciones puede ser, justamente, vaciar de sentido la historia,
reescribir la memoria y blanquear la violencia.
En mi análisis, recurrí
a varios filósofos no por pedantería académica, sino porque cada uno ilumina una
faceta distinta del problema. Así el filósofo del lenguaje me proporcionó el
marco para distinguir entre lo que una oración parece decir y lo que realmente
hace en un contexto dado. Demostró que llamar "constitucional" a un
régimen instaurado por la fuerza y sostenido por el terror no es un error
factual; es un acto lingüístico fallido, una pretensión que colapsa porque
carece de las condiciones de verdad y de convención que lo harían válido. El
fenomenólogo me permitió examinar la estructura intencional del discurso
revisionista. No para adivinar intenciones ocultas, sino para describir cómo se
construye, en el acto mismo de enunciar, un “Stroessner” reevaluado, desplazado
del horizonte de la dictadura hacia el de la normalidad institucional. Esto no
es psicologismo; es el análisis de cómo se dirige la conciencia discursiva
hacia la rehabilitación, no hacia la descripción. El lógico me ayudó a mostrar
las contradicciones internas de los argumentos que, al comparar niveles de
represión, buscan atenuar la naturaleza criminal del régimen. Sus herramientas
exponen la inconsistencia de querer sostener, en un mismo marco racional, el
reconocimiento de los hechos y su negación eufemística. El pensador de la
ciencia y el lenguaje me recordó que todo enunciado que aspira a ser tomado en
serio debe someterse a la contrastación y al acuerdo comunitario basado en
evidencias. Negar este suelo compartido no es un gesto de rebeldía, sino un
salto al vacío que hace imposible cualquier debate real.
Lejos de ser un
“patovica” que reparte credenciales en un bar filosófico, lo que he hecho es
señalar que no se puede entrar a ese espacio —el espacio del pensamiento
riguroso— sin pagar la entrada de la coherencia, la evidencia y la
responsabilidad sobre lo que se dice. Mi interlocutor quiere los beneficios de
ser escuchado como un polemista serio, pero rechaza las reglas básicas que hacen
posible la controversia seria, anclaje en los hechos, claridad conceptual y honestidad
intelectual.
Esta réplica, por
tanto, es más que una contra-crítica puntual. Es una defensa de la filosofía
como instrumento de claridad y desenmascaramiento. Frente al ruido elegante de
los eufemismos, que busca adormecer la memoria y confundir los límites entre lo
democrático y lo despótico, la tarea del pensamiento es nombrar las cosas con
precisión, exponer los fracasos performativos del lenguaje y recordar que, en
última instancia, las palabras están al servicio de la verdad o de su ocultamiento.
No celebro este
intercambio. Lo asumo como una obligación, la de mostrar que, a veces, lo que
se presenta como disidencia intelectual es, en realidad, la vieja y siniestra
estrategia de querer cambiar el nombre a las cosas para que duelan menos. Y contra
eso, la filosofía —cuando es fiel a sí misma— no puede sino oponer un análisis
incisivo y un compromiso inquebrantable con la realidad. Esto es lo que he
pretendido hacer. Vayamos directo al asunto.
Penayo comenta “…
considero que Oxley evita cuidadosamente el terreno donde tienen sentido las
discusiones sobre una determinada interpretación historiográfica. No discute el
contenido de mis afirmaciones sobre el régimen de Alfredo Stroessner, no
contrasta criterios, no define conceptos elementales como constitucionalidad,
legitimidad, dictadura o violencia estatal”.
Su declaración de que no discuto el
contenido de sus afirmaciones, no contrasto criterios ni defino conceptos
elementales es falsa. No solo es falsa; es una muestra más de la estrategia
evasiva que ya he desmontado, pretender que no he respondido, para no tener que
reconocer que sus argumentos han sido refutados con rigor filosófico e
histórico.
En mis escritos desmontando su maquinaria
sofista sí defino, sí contrasto y sí discuto.
Cite a Karl Popper (La sociedad abierta y
sus enemigos) para distinguir entre un régimen formalmente constitucional y uno
sustancialmente democrático. Un texto constitucional manipulado no convierte a
un dictador en presidente legítimo. Stroessner llegó al poder por un golpe de
Estado, mantuvo elecciones fraudulentas y suprimió toda alternancia real. Eso
no es constitucionalidad; es la perversión de ella.
La dictadura stronista se define a partir
de sus características objetivas, concentración ilimitada del poder, supresión
violenta de la oposición, uso sistemático del terror de Estado y anulación de
los mecanismos de control democrático. No es una “opinión”; es una descripción
histórica documentada por la Comisión de Verdad y Justicia y la memoria
colectiva. La legitimidad no se reduce a la legalidad formal. Un régimen que
tortura, desaparece y exilia a sus ciudadanos carece de legitimidad moral y
política, por más que use una fachada legal. El argumento de la “benignidad
comparativa” se compara con una evaluación integral del terror, no solo el
número de muertos, sino el trauma de la tortura, el exilio, la censura y la
corrupción sistémica. Su reducción de la violencia a una métrica numérica es,
como señalo, un acto de “reducción fenomenológica” engañosa. Las expresiones
“Mató menos” se confronta con la lógica utilitarista y la falsabilidad
popperiana. Lo de “Presidente constitucional” cae solo con la teoría de actos
de habla de Austin, mostrando que es un acto de nominación fraudulenta, no una
aserción histórica. Que “No fue tan
dictador”: se refuta con lógica modal, demostrando que es inconsistente en
cualquier mundo posible con hechos establecidos.
Lo que Penayo llama “no discutir” es, en
realidad, no aceptar su marco retórico como válido. Pero un marco que llama
“presidente constitucional” a un dictador no es historiografía, es impostura
lingüística. Y a eso sí respondí, con contundencia y desde múltiples
tradiciones filosóficas, Popper, Austin, Husserl, lógica modal, emotivismo,
utilitarismo. Su queja, por tanto, no es una crítica sustantiva; es un intento
de fuga hacia el metalenguaje. Mientras yo debatía sus afirmaciones en el
lenguaje-objeto (hechos, conceptos, lógica), ahora responde desde el
metalenguaje (“no estás debatiendo como yo quiero”). Pero como enseñan Tarski y
la filosofía analítica, mezclar esos planos sin claridad es un abuso
discursivo. Su movimiento no es argumentativo; es performativo, busca crear la
ilusión de un debate que nunca existió, porque su posición no es debatible, es
insostenible.
Penayo dice que “(opte) por un rodeo y efectu(e) un análisis de un par de
enunciados … desde el léxico de los actos de habla de J. L. Austin. El
problema, entonces, … no es si mis planteos tienen o no verosimilitud o
plausibilidad, sino que los haya formulado, desafiando lo que el autor denomina
“consenso común”. Así, la historia desaparece y es reemplazada por un “tribunal
lingüístico” imaginario, donde el veredicto se dicta antes de escuchar las
pruebas”.
Su lectura es
nuevamente evasiva y falaz. No opté por un "rodeo", sino que desmonté
la arquitectura misma de su acto discursivo, porque su problema no es de
"verosimilitud histórica", sino de validez pragmática y responsabilidad
ilocutiva. No analicé "un par de enunciados" aislados, sino la
estructura performativa de su discurso. Utilicé
a Austin porque su teoría explica por qué ciertos enunciados —como "fue
presidente constitucional"— no funcionan como afirmaciones históricas,
sino como actos de nominación valorativa que buscan reconfigurar la memoria
colectiva. No es un "rodeo", es ir al núcleo de lo que su lenguaje
hace, no solo de lo que dice. El "consenso común" no es un fantasma,
es el suelo histórico compartido. Cuando hablo de consenso, me refiero al cuerpo
de hechos establecidos por la investigación histórica, la jurisprudencia y la
memoria social, el golpe de Estado de 1954, las elecciones amañadas, el terror
institucionalizado, los informes de la Comisión de Verdad y Justicia. Un
enunciado que ignora o niega eso no es "plausible" ni
"verosímil"; es insincero y abusivo, en términos austinianos. No
sustituí la historia por un "tribunal lingüístico". Lo que hice fue
mostrar que su discurso opera en dos niveles simultáneos, en el nivel histórico,
sus afirmaciones son falsas, en el nivel ilocutivo, su acto de habla es
infeliz, no cumple las condiciones para ser una aserción válida. Esto no anula
la historia; la protege de la manipulación semántica. El veredicto no se dictó
"antes de las pruebas". Las
pruebas históricas ya están dadas. Su intento de llamar "presidente
constitucional" a Stroessner es como intentar declarar "soltero"
a un hombre casado, el acto de habla falla porque viola las condiciones
convencionales que lo harían posible. Austin lo llama misfire, el acto no llega
a realizarse. No es censura; es imposibilidad lógica.
Mi análisis no niega la
discusión histórica; la exige con más rigor. Si quiere debatir
"verosimilitud", presente evidencia de que Stroessner llegó al poder
en elecciones libres, que hubo separación de poderes, que no hubo torturas
sistemáticas. Pero no lo hace. En su lugar, salta al metalenguaje y acusa a sus
críticos, en especial a mí, de usar un "tribunal lingüístico". Es la
misma táctica que ya identifiqué, cuando no puede sostener sus afirmaciones en
el lenguaje-objeto, se refugia en el metalenguaje para discutir sobre el
debate. En conclusión, no hubo rodeo, hubo profundización. No hubo tribunal imaginario, sino aplicación
rigurosa de la filosofía del lenguaje a un discurso público que busca blanquear
una dictadura. Y el único
"veredicto" que emití es el que ya emitieron los hechos, Stroessner
fue un dictador. Querer llamarlo de otra forma no es historiografía; es impostura
ilocutiva. Si quiere debatir historia, que debata historia. Pero que no
pretenda que llamar "presidente constitucional" a un tirano es un
"planteamiento verosímil". Es, literalmente, un acto de habla infeliz.
Y eso, en filosofía del lenguaje, no es una opinión, es una descripción técnica
de un fracaso performativo.
Penayo afirma “… Oxley sostiene que un enunciado como “fue presidente constitucional”,
respecto de Stroessner, “sólo puede aspirar a ser una aserción feliz si existe
un acuerdo común sobre los hechos que lo respaldan”.
Penayo acusa que mi
regla —“un enunciado como ‘fue presidente constitucional’ sólo puede aspirar a
ser una aserción feliz si existe un acuerdo común sobre los hechos que lo
respaldan”— arruina mi propia propuesta. Sin embargo, esta objeción no solo es
errónea, sino que revela que él mismo depende de un “acuerdo común” que niega y
a la vez presupone. Él también requiere un “acuerdo común” para que su discurso
sea inteligible. Cuando Penayo afirma que Stroessner “fue presidente
constitucional”, presupone que sus interlocutores compartimos el significado de
“presidente”, “constitucional” y “Stroessner”. Sin un acuerdo básico sobre la
referencia y el sentido de esos términos, su enunciado sería
incomprensible. Es decir, él también
depende de un consenso lingüístico e histórico mínimo para que su acto de habla
siquiera sea interpretable. Si ese consenso no existiera, estaría hablando en
un código privado, no en un debate público. Lo que él llama “acuerdo común” yo
lo llamo “condiciones de felicidad” austinianas. Austin no habla de “mayorías”
o “censura”, sino de condiciones convencionales y fácticas que deben darse para
que un acto de habla sea “feliz” (esto es, realizado con éxito). Por ejemplo, para que la expresión “los
declaro marido y mujer” funcione, debe haber una autoridad reconocida, dos
personas presentes, un marco legal vigente, etc. Si no se cumplen, el acto es
un misfire, no ocurre. Para que “Stroessner fue presidente constitucional”
funcione como aserción histórica legítima, deben cumplirse condiciones como, que
Stroessner haya accedido al poder mediante elecciones libres. Que haya existido
separación de poderes. Que se respetaran los derechos fundamentales. Que hubiera
mecanismos de alternancia. Estas condiciones no se cumplen, por lo tanto, su
acto de habla no es una “aserción infeliz” sino un misfire, no llega a ser una
aserción histórica válida.
Mi regla no “arruina”
mi propuesta; describe por qué la suya colapsa. Se confunde “acuerdo común” con
“consenso unánime y acrítico”. En mi texto, “acuerdo común” se refiere al cuerpo
de hechos históricos establecidos y verificables, no a una “opinión mayoritaria”
o a un dogma intocable. En cambio, Ud. trata
ese acuerdo como un obstáculo al debate, cuando en realidad es su condición de
posibilidad, sin un suelo factual compartido, no hay discusión histórica, sino
pura ficción narrativa. Su crítica se vuelve contra sí mismo cuando exige
“pruebas” del consenso. Penayo pregunta: “¿De qué comunidad habla? ¿Consenso
epistémico, jurídico, sociológico?” Pero
al hacerlo, reconoce implícitamente que un enunciado histórico debe respaldarse
en alguna forma de validación comunitaria. Es decir, acepta que un acto de
habla asertivo requiere algo más que su mera emisión, necesita anclaje en un
mundo de hechos y en una comunidad de interpretación. El problema es que su
propio enunciado no supera esa exigencia. Epistémicamente, la historiografía
seria no avala su tesis. Jurídicamente,
el régimen stronista fue denunciado como dictadura por tribunales y comisiones
de verdad. Sociológicamente, la memoria
colectiva paraguaya no reconoce a Stroessner como “presidente constitucional”
en sentido democrático. Por tanto, su acto de habla tampoco cumple las
condiciones que él mismo reclama tácitamente. En definitiva, su objeción es performativamente
contradictoria. Al decir: “Oxley exige un acuerdo común que no demuestra”,
Penayo está exigiendo a su vez que yo demuestre ese acuerdo, lo cual implica
que él mismo valida la necesidad de un respaldo comunitario para los enunciados
históricos. Pero al mismo tiempo, su propio enunciado carece de ese respaldo.
Luego, su crítica se aplica a sí misma, si mi regla arruina mi propuesta, la
suya —que depende de un acuerdo que niega— se arruina doblemente. La expresión “El
corazón de su posición es una regla que, por sí sola, explicita su propuesta y
al mismo tiempo la arruina” es aplicable a Penayo, no a mí. Él necesita un “acuerdo común” para que su
discurso sea inteligible y evaluable, pero rechaza el acuerdo histórico real
que invalida sus afirmaciones. Yo, en cambio,
no invento el acuerdo, lo identifico en el suelo factual e interpretativo que
hace posible—o imposible—ciertos actos de habla. Su movimiento es el de quien quiere debatir
el ajedrez negando las reglas del ajedrez, pero usando todavía el tablero y las
piezas. Eso no es debate; es impostura lúdica. Penayo me acusa de arruinar mi
propuesta con una regla. Pero esa regla —la de las condiciones de felicidad de
Austin— es justamente lo que muestra por qué su enunciado sobre Stroessner no
funciona como aserción histórica. Él, sin embargo, la presupone cada vez que
exige claridad, prueba o reconocimiento mutuo. Su crítica, por tanto, no me
debilita; lo debilita a él, porque revela que su discurso vive de un consenso
que verbalmente desprecia, pero pragmáticamente necesita. Y ese consenso, el de
los hechos, es lo que su revisionismo no puede alterar, Stroessner fue un
dictador, por más actos de habla infelices que se emitan para nombrarlo de otro
modo.
Penayo afirma “Con esa fórmula, tratar de discernir si la Constitución de 1967 es un
rasgo constitutivo del stronismo deja de ser el motor de la discusión y se
vuelve prueba de ilegitimidad, más todavía porque el “acuerdo común” no es
delimitado ni demostrado. ¿De qué comunidad habla? Si fuera consenso
epistémico, debería exhibir estándares, bibliografía, controversias y criterios
de evaluación. Si fuera consenso jurídico, debería mostrar doctrina, categorías
normativas, y cómo esas categorías se aplican. Si fuera consenso sociológico,
debería medirlo, describir su variación, su dispersión, su cambio. Oxley no
hace nada de eso porque su “comunidad” es una autoridad nebulosa, una sombra
que clausura el debate sin más”.
Penayo pretende que mi
invocación al “acuerdo común” es una “autoridad nebulosa” que clausura el
debate. En realidad, es la
condición que hace posible cualquier debate histórico riguroso. Lo que
él llama “nebulosidad” es, de hecho, la textura misma de la validación colectiva del conocimiento, un
entramado de fuentes, métodos, instituciones y memoria que él desea ignorar
cuando no le conviene, pero al que apela cuando necesita ser tomado en serio. Su
estrategia es transparente, desacreditar
el consenso histórico como “no delimitado” para crear la ilusión de que su
discurso marginal tiene la misma legitimidad que el conocimiento establecido.
Pero en filosofía del lenguaje, en historiografía y en ética pública, eso no es
debate, es impostura intelectual.
Penayo me exige que delimite el ‘acuerdo común’
como si fuera una entidad abstracta. Pero ese acuerdo es concreto, son los
archivos, los testimonios, las sentencias, los informes, los libros de
historia, el currículo educativo, la memoria viva de las víctimas. Lo que él
llama ‘nebuloso’ es, simplemente, el mundo real donde los hechos resisten a sus
eufemismos. Y si quiere debatir sobre la Constitución de 1967, que lo haga,
pero que no pretenda que un texto redactado por un régimen de terror prueba su
‘constitucionalidad’. Eso no es jurisprudencia; es cinismo revestido de
debate.”
Siguiendo la crítica de Penayo tenemos
que me acusa “Por otra parte, el autor confunde
“felicidad” con “verdad”. En Austin, “felicidad/infelicidad” nombra condiciones
de éxito del acto en prácticas convencionales, no un certificado de “verdad”
emitido por la validación de una mayoría supuesta. Una aserción es,
sencillamente, el acto de afirmar que algo es el caso en un determinado
contexto. Y ese acto ocurre, aunque el contenido sea polémico, discutible,
erróneo o aborrecible. Si Oxley convierte el acuerdo previo en requisito de
existencia del acto, entonces la discusión queda cerrada antes de su inicio,
por definición, ya que sólo podría afirmarse aquello sobre lo que ya existe
acuerdo, es decir, aquello que circula sin fricción dentro del statu quo del
marco general de las creencias hegemónicas del campo cultural paraguayo”.
Penayo comete aquí un
doble error, primero, al afirmar que yo “confundo” felicidad con verdad, y
segundo, al tergiversar la naturaleza de las condiciones de felicidad en Austin
para vaciarlas de su anclaje fáctico y convencional. En Austin, la “felicidad”
de un acto de habla sí depende de condiciones de verdad en el caso de las aserciones.
Austin distingue entre actos constatativos (assertions), cuya felicidad incluye
la correspondencia con los hechos y el compromiso de sinceridad y actos realizativos
(performatives), cuya felicidad depende del cumplimiento de condiciones
convencionales y contextuales. Una aserción como “Stroessner fue presidente
constitucional” es un acto constatativo. Para que sea “feliz” (esto es, exitoso
como acto de habla), no basta con que sea emitida en un contexto apropiado; debe,
además, ser creída por el hablante (condición de sinceridad); corresponder con
un estado de cosas real (condición de verdad); ser emitida en un contexto donde
exista presuposición compartida sobre los hechos básicos que la hacen
evaluable. Austin lo dice claro, un acto de afirmar puede ser “infeliz” si
quien afirma miente, ignora los hechos o viola las convenciones que hacen
posible la comunicación sobre ese tema. Por
tanto, sí hay un vínculo intrínseco entre felicidad y verdad en las aserciones,
aunque no se reduzcan a lo mismo.
Penayo convierte
“acuerdo previo” en “acuerdo unánime y acrítico”, una caricatura de mi
argumento. Yo no afirmo que solo pueda aseverarse “aquello sobre lo que ya existe
acuerdo”. Afirmo que para que una aserción sea feliz, debe haber un suelo
compartido de hechos y convenciones que hagan posible su evaluación. Ese “acuerdo” no es sobre el contenido
específico de la aserción, sino sobre, los criterios de validación (qué cuenta
como evidencia histórica, jurídica, etc.). Los significados básicos de los
términos (“presidente”, “constitucional”, “dictadura”). Los hechos no
controvertidos (el golpe de 1954, la existencia de torturas, la ausencia de
elecciones libres). Negar ese suelo no es “abrir el debate”, sino hacerlo
imposible, porque se destruye la posibilidad misma de contrastar enunciados. Su
ejemplo es engañoso, una aserción puede ser “polémica” y a la vez “feliz”, si
cumple las condiciones. Penayo dice: “Una aserción ocurre aunque el contenido
sea polémico, discutible, erróneo o aborrecible.” Cierto, el acto locutivo ocurre. Pero su fuerza
ilocutiva como aserción feliz puede fallar.
Por ejemplo, si alguien afirma “la tierra es plana”, realiza el acto
locutivo de emitir una oración, pero su aserción es “infeliz” porque viola
condiciones epistémicas básicas compartidas por la comunidad científica. Del
mismo modo, afirmar “Stroessner fue presidente constitucional” en un contexto
donde los hechos históricos establecidos lo desmienten, es un acto infeliz, no
cumple las condiciones para ser una aserción histórica legítima.
Austin no diría que esa
afirmación “no ocurre”, sino que ocurre como un abuso (abuse) o un misfire,
según fallen las condiciones de sinceridad o de adecuación convencional. El
mismo presupone el “acuerdo previo” que critica. Cuando Penayo exige “debate
histórico”, está apelando tácitamente a un marco compartido de racionalidad (la
lógica, la coherencia, la evidencia), un vocabulario común (sabe lo que
significa “dictadura”, “presidente”, “constitución”), una comunidad
interpretativa (espera que sus palabras sean comprendidas y tomadas en serio).
Es decir, él también depende de un “acuerdo previo” para que su discurso tenga
sentido. Lo que rechaza no es el acuerdo en sí, sino el acuerdo histórico
concreto que invalida sus afirmaciones. La “felicidad” no es un “certificado de
verdad emitido por una mayoría”, sino una condición de inteligibilidad y
responsabilidad discursiva. Penayo reduce mi argumento a una defensa del “statu
quo hegemónico”. Pero Austin no habla de mayorías, sino de prácticas
convencionalizadas que hacen posible la comunicación. En el caso de las aserciones históricas, esas
prácticas incluyen, el método historiográfico; la crítica de fuentes; el
contraste de testimonios y documentos; el marco jurídico de los derechos
humanos. Si Penayo quiere afirmar algo que viola esas prácticas (como llamar
“constitucional” a una dictadura), no está “desafiando hegemonías”, sino realizando
un acto de habla que, en términos austinianos, es literalmente infeliz, no se
ajusta a las condiciones que harían de él una aserción aceptable. Penayo
manipula a Austin al separar radicalmente “felicidad” de “verdad” y al
caricaturizar el “acuerdo común” como un dogma hegemónico. En realidad, la felicidad de una aserción
histórica requiere un anclaje en hechos y convenciones compartidas, sin las
cuales el acto de habla se convierte en mero ruido o en impostura. Su crítica, por tanto, no revela un error mío,
sino su propio intento de vaciar la teoría de actos de habla de su fuerza
crítica, para usarla como coartada de un revisionismo históricamente
insostenible. Austin no distingue entre felicidad y verdad para divorciarlas,
sino para mostrar cómo se entrelazan en la pragmática de la comunicación. Una
aserción infeliz no es solo ‘impopular’, es un acto que falla como aserción
porque viola condiciones de sinceridad, adecuación factual o convención
compartida. Negar eso no es defender el debate; es defender el derecho a mentir
disfrazado de disidencia.
Penayo afirma “Un misfire es
un acto que no llega a realizarse porque fallan las condiciones convencionales
que lo constituyen, es como intentar casar a dos personas sin juez, sin
registro y sin marco legal; en ese caso, el acto simplemente no ocurre.
Un abuse, en cambio, es un acto que sí se realiza, pero de manera
defectuosa, cuando quien lo ejecuta no satisface las condiciones de sinceridad
o compromiso que el propio acto presupone, como prometer sin intención de
cumplir o jurar sin creencia. En estos casos, el acto no se anula, existe, pero
queda expuesto a crítica por su falta de responsabilidad pragmática”.
La interpretación que
Penayo ofrece de estas categorías austinianas es aparentemente técnica, pero
está al servicio de una estrategia de descargo discursivo, pretende que su acto
de habla —afirmar que Stroessner fue “presidente constitucional”— sea
clasificado como un abuse (y por lo tanto, un acto que “sí ocurre” y solo sería
criticable por insinceridad), evitando así la consecuencia más radical del
misfire, que su enunciado ni siquiera llega a constituirse como una aserción
histórica válida. Su analogía del matrimonio es engañosa y reduccionista.
Compara el misfire con “intentar casar sin juez ni marco legal”, como si fuera
un fracaso puramente formal o procedimental. Pero en el caso de las aserciones
históricas, las “condiciones convencionales” no son solo rituales vacíos, son condiciones
de inteligibilidad y validez epistémica. Por ejemplo, para que la aserción
“Stroessner fue presidente constitucional” funcione como tal, se requieren
condiciones como, que el concepto “presidente constitucional” tenga un
referente claro en la realidad (un cargo obtenido y ejercido conforme a una
constitución democrática). Que exista un contexto histórico y jurídico que
permita evaluar la correspondencia del enunciado con los hechos. Que el
hablante participe de las prácticas convencionalizadas de la historiografía y
el derecho, donde ciertos hechos son aceptados como base para la discusión (el
golpe de Estado, la represión, la ausencia de elecciones libres). Si esas
condiciones no se cumplen —y en el caso stronista no se cumplen—, el acto no es
meramente “insincero” (abuse), sino que no llega a realizarse como aserción
histórica legítima. Es un misfire en sentido austiniano, las condiciones para
que ese acto de habla exista como lo que pretende ser están ausentes. Penayo
intenta escapar al misfire refugiándose en el abuse, pero su acto es ambos. Él
insinúa que su enunciado sería, en el peor de los casos, un abuse (acto
realizado de modo defectuoso por insinceridad), porque así podría sostener que al
menos “ocurrió” como aserción, y por lo tanto debe ser debatido en el plano
histórico. Pero esto es un fraude categorial. En Austin, un acto puede ser
simultáneamente misfire y abuse según el nivel que se examine. En el caso de
Penayo, es un misfire porque las condiciones convencionales que harían de
“presidente constitucional” una descripción posible de Stroessner no existen en
el contexto histórico paraguayo. No es un desacuerdo sobre hechos; es que los
hechos establecidos anulan la posibilidad misma de que esa descripción sea
válida. Es también un abuse porque, aun si forzamos la ficción de que el acto
“ocurrió”, es insincero, Penayo sabe —o debería saber— que Stroessner no fue un
presidente constitucional en sentido democrático, y sin embargo emite el
enunciado con la fuerza ilocutiva de una aserción, buscando efectos
perlocutivos de confusión y rehabilitación. Su distinción busca evadir la
nulidad performativa de su discurso. Penayo tiene un interés claro en que su
acto sea considerado abuse y no misfire, porque, si es abuse, su enunciado
existe y puede ser “discutido” como si fuera una hipótesis histórica, aunque
sea criticable. Si es misfire, su enunciado no llega a ser una aserción
histórica, y por lo tanto no hay “debate” posible, solo hay un acto de habla
fallido que debe ser explicado, no refutado. Él elige la lectura que le permite
mantenerse en la ilusión del debate, pero Austin no le da esa salida, cuando
las condiciones convencionales para un acto de habla están radicalmente
ausentes, el acto no se consuma. No es que “ocurra y sea defectuoso”; es que no
ocurre como lo que pretende ser. Austin no separa tan rígidamente misfire y
abuse como Penayo sugiere. En la obra de Austin, especialmente en las últimas
conferencias, la distinción entre misfire y abuse se vuelve más fluida y menos
esquemática. Lo crucial es que ambos son modos de “infelicidad” que impiden el
éxito del acto de habla. Penayo, al
presentarlos como compartimentos estancos, rigidiza la teoría para su
conveniencia, ignorando que en la práctica discursiva concreta —especialmente
en contextos de manipulación histórica— un acto puede colapsar tanto por
ausencia de condiciones convencionales como por insinceridad, y a menudo por
ambas. Lo que Penayo llama “responsabilidad pragmática” es, en realidad, responsabilidad
histórica y ética. Al reducir la posible crítica a su enunciado a un problema
de “falta de responsabilidad pragmática” (como si fuera una falta de etiqueta
conversacional), Penayo trivializa el alcance ético y político de sus
palabras. No se trata solo de que “no
cumpla con las reglas del juego lingüístico”, sino de que su juego lingüístico
busca blanquear una dictadura. Austin no era un formalista, su teoría sirve
precisamente para desenmascarar usos del lenguaje que, bajo apariencia de
aserción, realizan actos de engaño, legitimación o corrosión de la memoria. Penayo
manipula la distinción austiniana entre misfire y abuse para escapar a la
consecuencia más contundente de su propio análisis, que su enunciado sobre
Stroessner es un acto de habla tan radicalmente infeliz que ni siquiera alcanza
el estatus de aserción histórica debatible.
Al presentarse como un simple abuse, pretende que se le critique por
“insinceridad” pero se le reconozca el derecho a ser discutido. Pero Austin no
le concede ese privilegio, cuando las condiciones convencionales —históricas,
jurídicas, morales— faltan por completo, el acto es un misfire. Y un misfire no
inaugura un debate; expone una impostura. Penayo quiere que su afirmación sobre
Stroessner sea tratada como un abuse (acto insincero pero existente), para así
exigir un ‘debate’ que legitimaría su marco revisionista. Pero en Austin,
cuando las condiciones convencionales que harían posible una aserción —como
llamar ‘presidente constitucional’ a un dictador— están ausentes, el acto es un
misfire, no llega a ser una aserción, sino un simulacro. Su manipulación de la teoría
no es un error exegético, es una estrategia para evadir la nulidad performativa
de su propio discurso.
Penayo afirma “Oxley necesita sugerir nulidad del acto de habla, pero argumenta como
si bastara imputar insinceridad. Si fuera un misfire,
debería demostrar que el acto no ocurre por ausencia de condiciones
institucionales, algo plenamente absurdo en el caso de una aserción histórica.
Si fuera un abuse, concede que el acto ocurre, y entonces no hay
nulidad, hay, a lo sumo, reproche. Oxley quiere ambas cosas a la vez, anular lo
dicho y, simultáneamente, no cargar con la prueba que exige esa anulación. Por
eso su “misfire/abuse” no es un análisis, es un malabarismo torpe, que da
cuenta de su superficial manejo de la filosofía de Austin o, peor aún, de su
mal uso por mala fe”.
Penayo acusa mi
análisis de ser un "malabarismo torpe" al señalar que su acto de
habla es tanto misfire como abuse. Sin embargo, es él quien fuerza una falsa
disyuntiva entre ambas categorías para escapar al núcleo de la crítica. No es
que yo quiera "ambas cosas a la vez" por inconsistencia, sino que su
acto de habla es doblemente infeliz en distintos niveles, algo que la propia
teoría de Austin admite cuando se aplica a enunciados que violan radicalmente
las condiciones de inteligibilidad y sinceridad. Él construye un falso dilema,
“o es misfire o es abuse, no ambos”. Austin no es tan rígido. Un acto puede
fallar tanto en sus condiciones de ejecución (misfire) como en sus condiciones
de sinceridad (abuse), especialmente en contextos complejos como la reinterpretación
histórica fraudulenta. Penayo reduce el misfire a la “ausencia de condiciones
institucionales” en sentido formal (como un juez o un registro), pero en el
caso de las aserciones históricas, las condiciones institucionales son, la
comunidad epistémica de historiadores, los marcos jurídicos de definición de
conceptos como “constitución” y “dictadura”; los consensos sociales sobre la
memoria y la verdad. Si esas condiciones están ausentes o son violadas, el acto
no se consuma como aserción histórica legítima —es un misfire— y además es
insincero —es un abuse—no es malabarismo; es análisis multifocal.
Él mismo incurre en lo
que me acusa, quiere que su acto “exista” como aserción, pero sin cumplir las
condiciones que lo harían posible. Penayo exige que, si es un misfire,
demuestre la “ausencia de condiciones institucionales”. Pero yo ya lo hice, la
condición institucional de la historiografía seria no avala su relato. La
condición institucional del derecho constitucional democrático no reconoce a
Stroessner como “presidente constitucional”. La condición institucional de la
memoria pública paraguaya no acepta su reescritura eufemística. Él, sin
embargo, ignora esas pruebas y trata su enunciado como si surgiera en un vacío
institucional, donde cualquier afirmación es automáticamente “una aserción”
solo por ser emitida. Eso no es filosofía del lenguaje; es pragmática del
voluntarismo discursivo. Su crítica es un ejercicio de proyección, él es quien
hace malabarismos para evitar la nulidad de su acto. Penayo pretende que su
enunciado sea tratado como abuse para recibir “a lo sumo, un reproche” y seguir
siendo considerado “aserción”. Pero eso sería trivializar la gravedad de su
acto, no se trata de una falta de sinceridad menor, sino de un uso del lenguaje
para blanquear una dictadura. Austin no
es un notario de actos lingüísticos neutrales; su teoría sirve para desenmascarar
abusos que corroen las bases de la comunicación honesta. Y cuando un acto es
tan radicalmente infeliz que ni siquiera cumple las condiciones básicas para
ser lo que pretende ser, la distinción entre misfire y abuse se difumina porque
el acto colapsa por todos lados. Lo que él llama “mala fe” es, en realidad, su
resistencia a aceptar que su discurso no es historiografía, sino performance
revisionista. Al tildar mi análisis de “superficial” o de “mala fe”, Penayo
repite la misma táctica que ya identifiqué, salir al metalenguaje para
descalificar al crítico y evadir el fondo del asunto. Pero la “mala fe” aquí es la suya, emitir un
enunciado que sabe —o debería saber— que no puede funcionar como aserción
histórica feliz, y luego escudarse en tecnicismos austinianos mal digeridos
para simular que está en un “debate legítimo”. Penayo me acusa de malabarismo,
pero es él quien hace equilibrismos entre categorías para evitar la conclusión
inevitable, su enunciado sobre Stroessner es un acto de habla nulo en el plano
histórico (misfire) y fraudulento en el plano ético (abuse). Austin no es un
refugio para quienes quieren usar el lenguaje para reescribir lo indebible; es
una herramienta para mostrar cuándo el lenguaje se divorcia de la realidad y de
la responsabilidad. Y en ese divorcio,
Penayo no es un polemista audaz; es un ejemplo de hablante infeliz, atrapado en
su propia trampa metalíngüística. Penayo dice que mi análisis es un
malabarismo. En realidad, es él quien salta entre categorías para no ver que su
acto de habla es doblemente infeliz, ni encuentra condiciones históricas que lo
sostengan (misfire), ni es emitido con sinceridad (abuse). Austin no es un
manual de autojustificación para revisionistas; es una teoría que expone los
fracasos performativos del lenguaje. Y el suyo es un fracaso ejemplar.
Penayo sostiene “El autor afirma que el estatuto de mis afirmaciones es “hueco, no
porque sea falso, sino porque es insincero”. Esa frase demuestra su
inconsistencia conceptual, si con Austin recordamos que la insinceridad no
se declara por reflejo moral. Incluso en la pragmática lingüística esto exige
criterios claros: demostrar evidencia para atribuir que el hablante no cree lo
que dice o que no asume el compromiso propio del acto. Oxley no fundamenta en
ningún caso estas cuestiones, se limita a considerar un acto como políticamente
riesgoso y lo descalifica como “fraudulento”, remplazando razones por
imputaciones de orden moral.”.
Penayo afirma que mi
calificación de sus afirmaciones como “huecas por insinceras” carece de
fundamento, y que solo sería una “imputación moral” sin criterios pragmáticos.
Sin embargo, esta objeción ignora por completo los análisis de lógica modal y
emotivista que desarrollé previamente, los cuales proveen precisamente el marco
para demostrar la insinceridad no como un juicio moral, sino como una inconsistencia
lógica y performativa. La insinceridad no es una “imputación moral”; es una
inferencia basada en la desconexión entre enunciado y evidencia disponible. Desde
la lógica epistémica y doxástica, si un hablante afirma “p” pero toda la
evidencia accesible en el mundo posible más cercano (el nuestro) afirma “no-p”,
podemos inferir que, o bien el hablante ignora la evidencia (en cuyo caso su
aserción es negligente), o bien la conoce y la omite (en cuyo caso su aserción
es insincera). Penayo no es un ignorante de la historia paraguaya. Cuando
afirma “Stroessner fue presidente constitucional” está negando hechos que él
mismo conoce o puede conocer, el golpe de 1954, las elecciones fraudulentas, el
terror de Estado. Por tanto, su acto no es un error factual; es una negación
intencional de lo sabido, lo que en lógica doxástica es una forma de
insinceridad estructural.
El emotivismo
(Stevenson, Ayer) explica por qué su enunciado es “hueco” más allá de la verdad
fáctica. Como analicé en mi texto, según el emotivismo un enunciado como “Stroessner
fue presidente constitucional” tiene, un componente descriptivo débil o falso
(la correspondencia con hechos es nula); un componente dinámico-emotivo
dominante, busca provocar una reevaluación afectiva del dictador, minimizar la
indignación moral y reconfigurar la memoria colectiva. El “hueco” del que hablo
no es solo la falsedad, sino la ausencia de contenido descriptivo válido detrás
de la performatividad emotiva. Su afirmación es “hueca” porque no cumple la
función constatativa que aparenta cumplir; su verdadera fuerza es persuasiva y
revaluadora, no informativa. Por eso es insincera, pretende ser una aserción
histórica cuando en realidad es un acto de prescripción emotiva disfrazada. Austin
sí permite inferir insinceridad a partir de la violación de compromisos
ilocutivos. Penayo exige “evidencia” de que no cree lo que dice, como si la
insinceridad solo pudiera probarse con una confesión. Pero en la pragmática
austiniana, la insinceridad se infiere cuando, el hablante viola las
condiciones de sinceridad propias del acto de habla que realiza (una aserción
exige creencia en lo dicho). El contexto y los hechos conocidos hacen irrazonable
atribuirle esa creencia. Dado que Penayo no puede desconocer los hechos
históricos establecidos, su afirmación de que Stroessner fue “presidente
constitucional” solo puede ser interpretada como un acto de habla evaluativo
(no constatativo), lo que confirma mi análisis fenomenológico y emotivista. O
bien un acto insincero, porque afirma como hecho lo que sabe que no lo es. En
ambos casos, su acto es “hueco” en el sentido austiniano, carece de la
sinceridad y adecuación que harían de él una aserción feliz. Lo que él llama
“imputación moral” es en realidad un juicio pragmático-lingüístico. Al tildar
mi crítica de “moralizante”, Penayo intenta desplazar el debate del plano
lingüístico al ético, como si yo lo estuviera acusando de “malvado” y no de
“hablante infeliz”. Pero mi análisis no se reduce a lo moral; se basa en la
inconsistencia lógico-modal de sus enunciados; la desconexión entre su acto
ilocutivo y los hechos; la función emotivo-prescriptiva que sus palabras
cumplen, según Stevenson y Ayer. Eso no es moralismo; es análisis del lenguaje
en uso. Que sus efectos sean políticamente riesgosos (rehabilitación de un
dictador) es una consecuencia, no la causa de mi crítica. Él mismo no ofrece
evidencia de su “sinceridad”, sino que la da por sentada. Penayo exige que yo
pruebe su insinceridad, pero él no aporta ningún argumento que demuestre por
qué cree genuinamente que Stroessner fue un presidente constitucional en
sentido democrático. En cambio, repite el enunciado como si fuera autoevidente,
evitando toda confrontación con los hechos que lo desmienten. Esa elusión de la carga de la prueba es, en
sí misma, un indicio pragmático de insinceridad, quien afirma algo
controvertido y no ofrece razones ante evidencias contrarias, está realizando
un acto de habla vacuo o ritual, no constatativo. Penayo malinterpreta mi
calificación de “hueco por insincero” como un juicio moral, cuando en realidad
es la conclusión de un análisis que integra lógica modal, emotivismo y
pragmática austiniana. Su enunciado es hueco porque, modalmente, es
incompatible con los hechos en todos los mundos posibles relevantes.
Emotivamente, funciona como prescripción disfrazada de descripción.
Pragmáticamente, viola las condiciones de sinceridad y adecuación que Austin
exige para una aserción feliz. Lo que él llama “inconsistencia conceptual” es,
en verdad, su resistencia a aceptar que su discurso no sobrevive al escrutinio
de ninguna de las tradiciones filosóficas que invoco. No es que yo no
fundamente; es que él no quiere ver los fundamentos. Cuando digo que sus
afirmaciones son ‘huecas por insinceras’, no emito un juicio moral, describo un
fracaso performativo que se deduce de su desconexión con los hechos (lógica
modal), su función emotivo-prescriptiva (emotivismo) y su violación de las
condiciones de sinceridad (Austin). Él exige ‘pruebas’ de su insinceridad, pero
no ofrece razones para creer que Stroessner fue constitucional. Su acto de habla
es, así, doblemente vacío, sin anclaje fáctico y sin compromiso creencial. Eso
no es imputación; es diagnóstico filosófico.
Penayo sentencia “En Austin, la fuerza
ilocutiva no se define por el tono polémico, evaluativo o normativo
del contenido, sino por el tipo de acto que el hablante realiza al decir algo.
Un acto asertivo puede vehicular contenidos normativos, críticos o
controversiales y seguir siendo un acto asertivo, en todos esos casos, el
hablante se compromete con un contenido que queda abierto a discusión. Oxley
necesita transformar el contenido de mis afirmaciones en un acto “distinto” del
de un enunciado (statement) debatible para negar, desde el inicio, que
haya argumentos que responder; no refuta lo dicho, lo desplaza fuera del campo
de lo discutible. El desatino se vuelve aún más grave cuando no se distingue lo
que un enunciado es con lo que produce. Oxley toma efectos atribuidos en la
audiencia, tales como “confusión”, “relativización”, “rehabilitación” y los usa
como prueba de que el acto ilocutivo es, en sí mismo, fraudulento. Pero en
Austin eso no funciona así. Los efectos perlocutivos son
contingentes, es decir dependen del público, del contexto, de predisposiciones
previas, por eso pueden darse incluso contra la intención del hablante y, en
ningún caso, redefinen la naturaleza del acto de habla. Es más, aun si Oxley
insistiera en la “intención”, aunque pudiera probarla, esa intención no
convierte una aserción en “no-aserción”. A lo sumo abre otro plano (ético,
político), pero no sustituye el debate sobre el contenido.”
Penayo intenta
ridiculizar mi análisis acusándome de confundir fuerza ilocutiva con contenido,
y de mezclar ilocución con perlocución para desplazar su discurso “fuera de lo
debatible”. Pero es él quien realiza aquí una lectura superficial y oportunista
de Austin, ignorando que la teoría de actos de habla no es un escudo para
legitimar enunciados vacíos, sino una herramienta para examinar cómo el
lenguaje funciona —o falla— en la práctica social. Él olvida que en Austin la
fuerza ilocutiva depende de condiciones de adecuación, no solo de la forma
gramatical. Austin señala que para que un acto ilocutivo sea feliz, deben
cumplirse condiciones de contexto, convención y hecho. Un enunciado como “Stroessner
fue presidente constitucional” tiene la forma gramatical de una aserción, pero
su fuerza ilocutiva real puede ser otra —evaluativa, justificativa,
revisionista— si no se cumplen las condiciones que harían de él una aserción
histórica válida. Penayo reduce mi argumento a “transformar el contenido en
otro acto”, cuando lo que hago es mostrar que su acto ilocutivo no es el que él
dice realizar, él alega estar “afirmando un hecho”, pero Austin permite
preguntar ¿existen las condiciones para que ese acto de afirmación sea exitoso?
La respuesta es no, porque las condiciones de verdad están ausentes (los hechos
lo desmienten). Las condiciones de sinceridad son dudosas (él conoce los
hechos). Las condiciones convencionales de la historiografía y el derecho
constitucional no respaldan su uso de los términos. Por tanto, no es que yo “desplace”
su enunciado; es que su enunciado no logra instalarse como aserción legítima en
el contexto en que lo emite. Eso no es una trampa retórica mía; es un fracaso
performativo suyo. Él separa artificialmente ilocución de perlocución para
evadir la responsabilidad del hablante. Austin distingue entre ilocución y
perlocución, pero no las divorcia moral ni pragmáticamente. El hablante es
responsable de los efectos perlocutivos previsibles de su acto, especialmente
cuando estos son consistentes con la fuerza ilocutiva real. Cuando Penayo
afirma que “los efectos perlocutivos son contingentes y no redefinen el acto”,
está diciendo una media verdad. Es cierto que un acto ilocutivo no se define
solo por sus efectos, pero Austin nunca dijo que el hablante pueda
desentenderse de los efectos que su acto busca producir. De hecho, la
insinceridad (un abuse) se deduce precisamente cuando hay una discrepancia
entre la fuerza ilocutiva declarada y los efectos perlocutivos buscados. En su
caso, ilocución declarada, “afirmar un hecho histórico”, efecto perlocutivo
buscado (y logrado en parte), “relativizar la dictadura, rehabiliar a
Stroessner”, en conclusión, su acto ilocutivo no es meramente asertivo, es
persuasivo-evaluativo, y lo emite con la conciencia de que producirá confusión
y rehabiliación. Eso no es un “efecto contingente”; es un objetivo discursivo. Su
apelación a la “intención” como irrelevante es una trampa dialéctica. Penayo
dice, “aun si Oxley probara la intención, eso no convierte una aserción en
no-aserción”. Falso. En Austin, la
intención ilocutiva es constitutiva del acto. Si yo digo “te prometo” sin
intención de cumplir, no estoy realizando el acto de prometer felizmente; estoy
simulando una promesa. Del mismo modo, si Penayo afirma “Stroessner fue
presidente constitucional” sin intención de describir hechos, sino de revaluar
moralmente, su acto no es una aserción, es una propuesta de revaloración
disfrazada de constatación. Que él niegue esa intención no la hace inexistente;
la hace elusiva. Y mi análisis no se basa en adivinar su psique, sino en rastrear
los patrones discursivos y los efectos sistemáticos de sus enunciados, algo
totalmente válido en pragmática y análisis del discurso.
Lo que él llama
“desplazar fuera de lo debatible” es, en realidad, elevar el nivel de análisis.
Penayo quiere que su enunciado sea tratado como “aserción debatible” en el
plano histórico, para así obligar a una discusión dentro de su marco
revisionista. Yo no “desplazo” ese debate; lo cuestiono en sus fundamentos
pragmáticos ¿es esto realmente una aserción? ¿O es un acto de habla que
aparenta serlo para ganar legitimidad discursiva? Austin provee las
herramientas para hacer esa pregunta. Negar esa posibilidad es convertir a
Austin en un notario de actos lingüísticos superficiales, no en un teórico de
la acción comunicativa. Él proyecta su propio desatino, confunde forma con
función, y se escuda en una lectura empobrecida de Austin. Penayo me acusa de
no distinguir “lo que un enunciado es” de “lo que produce”, pero es él quien reduce
el acto de habla a su formato gramatical, ignorando que en Austin la “fuerza
ilocutiva” es una función social convencionalizada, no una etiqueta sintáctica.
Su acto no es “asertivo” solo porque tenga forma de aserción; es
evaluativo-disputativo porque, viola las condiciones de felicidad de una
aserción, busca efectos perlocutivos de reconfiguración mnémica, se emite en un
contexto donde los hechos establecidos lo desmienten. Eso no es “abusar de
Austin”; es aplicar Austin con seriedad. Lo que a Penayo le molesta no es mi
“error”, sino que la teoría le devuelve la imagen de su propio acto infeliz. Penayo
usa a Austin como un escudo lingüístico para proteger su discurso revisionista,
pero Austin no es un abogado defensor de actos de habla fraudulentos; es un juez
de su felicidad performativa. Al apelar a una distinción rígida entre ilocución
y perlocución, y al reducir la fuerza ilocutiva a la forma gramatical, Penayo traiciona
el espíritu de la pragmática austineana, que es justamente examinar cómo
hacemos cosas con palabras —y cómo a veces fracasamos en hacerlas. Penayo me
acusa de desplazar su discurso ‘fuera de lo debatible’. No, lo que hago es
mostrar que su discurso ni siquiera entra en el campo de lo debatible como
aserción histórica, porque carece de las condiciones de felicidad que Austin
exige. Él quiere que tratemos su simulacro como debate; yo aplico Austin para
revelar el simulacro. Lo que él llama ‘tono polémico’ es, en realidad, un acto
ilocutivo distorsionado, no afirma, sugiere; no describe, reevalúa. Y Austin,
lejos de protegerlo, lo expone. Su ridiculización de mi intelectualidad es, por
tanto, un síntoma de su resistencia a ser leído con las herramientas que él
mismo invoca. El desatino no es mío; es suyo, usar a Austin para blindar un
acto de habla que Austin mismo declararía infeliz.”
A estas alturas creo muy conveniente ser
los más claros posibles sobre lo que se está exponiendo, pues considero de
vital importancia para la ciudadanía toda. Paso a concentrar el núcleo del
análisis en términos lógicos y así describir y demostrar, lo falaz de la
pseudoargumentacion del polemista revisionista.
Para un análisis lógico-semántico es
primordial partir de la distinción entre lenguaje-objeto y metalenguaje.
Lenguaje-objeto (L): El lenguaje en el
que se hacen afirmaciones directamente sobre el mundo (ejemplo:
"Stroessner fue presidente constitucional").
Metalenguaje (M): El lenguaje que usamos
para hablar “sobre” el lenguaje-objeto (ejemplo: "La frase 'Stroessner fue
presidente constitucional' es falsa según los hechos históricos").
Para evaluar la verdad (Tarski) de una
afirmación hecha en el lenguaje-objeto, debemos ascender al metalenguaje. En
términos formales podemos expresarlo así: Verdadero_en_L("p") si y
solo si p
Ejemplo:
- En L: "La nieve es blanca"
(p)
- En M: "La oración 'La nieve es
blanca' es verdadera en L si y solo si la nieve es blanca"
Penayo hace lo siguiente:
1. En L afirma: p₁ = "Stroessner fue
presidente constitucional"
2. Por nuestra parte en M evaluamos:
Contrasta p₁ con los hechos históricos H (golpe de 1954, elecciones
fraudulentas, represión sistemática)
3. Resultado en M: ¬Verdadero_en_L(p₁)
[p₁ es falsa]
Cuando refutamos p₁ desde M, Penayo:
- Presupone M para que su afirmación p₁
sea inteligible (necesita significados compartidos de "presidente",
"constitucional", etc.)
- Niega M cuando M invalida p₁, acusándome
de usar un "tribunal lingüístico" o de apelar a un "consenso
hegemónico"
Ahora formalizamos la contradicción de
Penayo
Presupone(Penayo, M) ∧
Niega(Penayo, M)
Donde:
- Presupone(Penayo, M) = Penayo asume el
marco M (historia, derecho, lenguaje común) para que p₁ sea comprensible
- Niega(Penayo, M) = Penayo rechaza M
cuando M demuestra que p₁ es falsa
Penayo incurre en una contradicción
performativa, quiere los beneficios de un lenguaje común (inteligibilidad) sin
aceptar sus compromisos referenciales (la verdad histórica establecida). Esta
estrategia no es disidencia intelectual, sino impostura semántica, usar el
metalenguaje como refugio cuando el lenguaje-objeto colapsa frente a los
hechos.
En cuanto a los argumentos revisionistas
de Penayo se pueden formalizar, y lo hacemos del siguiente modo.
NIVEL 1: LO NECESARIO vs. LO POSIBLE
- En lógica modal:
`□P` = "Necesariamente P"
`◇P`
= "Posiblemente P"
- Ejemplo concreto:
Sea `D` = "Stroessner fue un dictador opresivo"
Los hechos históricos establecidos muestran: `□D` (Es necesariamente
verdad que fue dictador)
- Truco del manipulador:
Afirma: `◇¬D`
("Es posible que no haya sido tan dictador")
-
Violación lógica:
`□D ∧ ◇¬D`
es una CONTRADICCIÓN
No
se puede afirmar que algo es necesariamente verdadero y al mismo tiempo
posiblemente falso. Es como decir "Este círculo necesariamente es redondo,
pero posiblemente sea cuadrado".
NIVEL 2: EL CONOCIMIENTO vs. LO QUE SE
DICE
- En lógica epistémica:
`KxP` = "x sabe que P"
`BxP` = "x cree que P"
- Situación real:
El manipulador sabe la verdad: `Kx□D`
(Sabe necesariamente que Stroessner fue dictador)
- Pero dice públicamente:
`Bx◇¬D`
(Cree que posiblemente no fue tan dictador)
- Violación epistémica:
`Kx□D ∧
Bx◇¬D`
es MALA FE LÓGICA
Es imposible saber necesariamente algo y
creer posiblemente lo contrario. Es como un médico que sabe que su paciente
tiene cáncer (lo vio en los estudios), pero le dice "tal vez no sea nada
grave".
NIVEL 3: EL DESEO vs. LA CREENCIA
- En lógica doxástica con deseos:
`DeseoxP` = "x desea que P"
`BxP` = "x cree que P"
- Mecanismo perverso:
1. `Deseox¬D` (Desea que Stroessner no haya sido dictador)
2. Por tanto, `Bx◇¬D`
(Cree que posiblemente no fue dictador)
- Inversión corrupta:
En la racionalidad normal: `Evidencia → Creencia`. En la manipulación:
`Deseo → Creencia`
Es como un niño que desea que no haya
examen mañana, y termina creyendo que realmente no lo habrá, a pesar de que el
profesor lo anunció.
NIVEL 4: EL DEBER MORAL
- En lógica deóntica:
`OBP` = "Es obligatorio que P"
`PEP` = "Es permitido que P"
`FPP` = "Está prohibido que P"
- Situación moral correcta:
`OBR` = Es obligatorio recordar la dictadura
`FPO` = Está prohibido olvidar/relativizar
- Inversión manipuladora:
`PE¬R` = "Está permitido no recordar tan enfáticamente"
`◇(OB¬C)`
= "Posiblemente deberíamos no condenar tan severamente"
- Secuestro de la moral:
Lo que era `FP` se presenta como `PE`
Lo que era `OB` se presenta como opcional
Es como si alguien dijera "Robar
está prohibido" y el manipulador respondiera "Bueno, tal vez deberíamos
permitirlo en algunos contextos".
NIVEL 5: EL TIEMPO Y LA HISTORIA
- En lógica temporal:
`Pp` = "En el pasado, p" (y ya ocurrió)
`□Pp` = "Necesariamente, en el pasado p" (fijo, inmutable)
- Hecho histórico:
`□PD` = "Necesariamente, en el pasado, Stroessner fue
dictador"
- Ataque al tiempo:
El manipulador pretende: `◇P¬D`
("Posiblemente, en el pasado, no fue dictador")
- Violación temporal:
`□PD ∧ ◇P¬D`
es IMPOSIBLE
El pasado es fijo, lo que ocurrió,
ocurrió necesariamente. Es como pretender que "posiblemente, ayer no
llovió" cuando que en realidad te mojaste ayer.
Así tenemos que:
NIVEL 1: ◇¬D [Falso: se niega
□D]
↓
NIVEL 2: Kx□D ∧
Bx◇¬D [Contradicción epistémica]
↓
NIVEL 3: Deseox¬D → Bx◇¬D [El deseo corrompe la creencia]
↓
NIVEL 4: FP → PE [Inversión moral]
↓
NIVEL 5: □PD → ◇P¬D [Ataque al tiempo]
El manipulador usa las palabras de la
lógica ("tal vez", "creo", "deberíamos") pero
vacía su significado racional. No está cometiendo errores de historia; está
cometiendo crímenes contra la lógica. Por eso la defensa no es solo recordar
fechas, sino señalar estas violaciones estructurales del pensamiento racional.
La próxima vez que escuches "no fue tan dictador" o "mató
menos", no discutas cifras. Señala, "Estás usando ◇
donde deberías usar □. Estás violando la lógica modal".
Siguiendo nuestra réplica, Penayo afirma “Si
el uso de Austin es deficiente, el recurso a Edmund Husserl explicita la
pobreza teórica del autor. Aquí el problema no son ya imprecisiones y
confusiones, sino absoluto desconocimiento del fundador de la tradición
fenomenológica. Y esto no porque la fenomenología sea “difícil”, sino porque se
la usa exactamente para lo que Husserl se propuso criticar. Recordemos que una
de las tareas fundacionales de Investigaciones lógicas fue
la demolición del psicologismo, en boga en su tiempo, a toda tentativa de
reducir conceptos lógicos y semánticos a estados mentales, intenciones
subjetivas o motivaciones psicológicas. En ese marco, el concepto clásico
de intencionalidad no designa intención subjetiva, mucho
menos propósitos ocultos, sino una estructura formal de la conciencia. En
realidad, significa que toda conciencia, lejos de estar atrapada en una
interioridad llena de motivos ocultos, es siempre conciencia de algo, eyectada
hacia afuera, definida únicamente por su direccionalidad. Creer que
“intencionalidad” equivale a “intención” psicológica es reinstalar, sin saberlo
o sin admitirlo, el mismo psicologismo que Husserl combatió como
caracterización de la conciencia.” Acá hay una doble falencia, y conviene
nombrarla con precisión porque no es un detalle de exégesis, sino una inversión
del proyecto filosófico que se pretende convocar. La primera es conceptual,
cuando se confunde la estructura de sentido con una psicología moralizante,
como si “intencionalidad” fuera el nombre elegante para una caza de motivos
ocultos. En Husserl, la intencionalidad no es un detector de
conspiraciones ni una teoría de “razones secretas” detrás de las palabras, sino
la forma misma de la experiencia en cuanto experiencia de algo, la correlación
entre conciencia y objeto en la que el sentido se da. Es la estructura del
aparecer, no un atajo para imputar mala fe. Quien la usa para leer enunciados
como si fueran síntomas de una interioridad culpable no está haciendo
fenomenología, está reintroduciendo, con precariedad terminológica, aquello que
Husserl critica desde sus inicios, el psicologismo que reduce validez y sentido
a estados mentales, móviles y disposiciones. La segunda falencia es
metodológica, y es todavía más grave, porque se convierte a Husserl en un
“maestro de la sospecha”, cuando su apuesta es, en el sentido más estricto, la
contracara de esa familia de gestos que Paul Ricoeur llamó la hermenéutica
de la sospecha. Ricoeur usó esa etiqueta para nombrar una actitud
interpretativa que desconfía del sentido manifiesto y busca, detrás de lo
dicho, una lógica latente -interés, pulsión, ideología- que explicaría lo que
el discurso “realmente” hace. Por el contrario, la propuesta fenomenológica
apunta a otra dirección. Esta no es ingenua o ignorante de la posibilidad del
autoengaño, pero considera que el primer deber filosófico es describir con
rigor lo que aparece, tal como aparece, y sólo después, si corresponde,
discutir explicaciones. Su método no parte de la desconfianza sino de la
suspensión del juicio. La épokhé no es una lupa policial
dirigida a la subjetividad ajena, es una acto que pone entre paréntesis
prejuicios, tesis naturalizadas y adhesiones automáticas para dejar que el
fenómeno se muestre en su propia legalidad. Donde la sospecha se precipita
hacia el “esto significa otra cosa” o “esto encubre tal interés”, la reducción
fenomenológica exige paciencia descriptiva, porque antes de denunciar un móvil,
hay que fijar el modo de darse del sentido, antes de moralizar una frase, hay
que aclarar qué se afirma, en qué horizonte, bajo qué condiciones de evidencia
y con qué pretensiones. Por lo tanto, la evocación de Husserl en Oxley invierte
su proyecto casi punto por punto, lo que en fenomenología funciona como
suspensión del prejuicio, aparece como técnica de imputación; lo que es
apertura al fenómeno, se vuelve cierre por sospecha; y lo que es descripción,
se invierte en acusación.”
Penayo construye aquí un
hombre de paja fenomenológico para escapar al núcleo de mi análisis, no uso a
Husserl para hacer “psicologismo” o “caza de intenciones ocultas”, sino para examinar
la constitución intencional del sentido en el acto discursivo —justo lo que la
fenomenología permite hacer—. Su objeción es un desplazamiento triple,
confunde, proyecta y evade. Él reduce mi uso de Husserl a un “psicologismo
moralizante” que yo nunca practiqué. En mi texto, utilizo la intencionalidad
husserliana para analizar cómo se constituye el objeto “Stroessner” en el
discurso de Penayo. No busco “motivos ocultos” en su psique, sino describir la
estructura de sentido que su enunciado performa ¿Qué Stroessner está siendo
constituido? (“presidente constitucional”, no “dictador”) ¿Qué aspectos del
fenómeno histórico son destacados y cuáles relegados al fondo? (el número de
muertos vs. el terror vivido) ¿Qué horizonte de significado se está proponiendo
para la memoria colectiva? Eso no es psicologismo; es análisis fenomenológico
de la construcción discursiva de lo real, algo que el propio Husserl explora en
sus análisis de la conciencia de lo cultural e histórico. Él confunde
“intención subjetiva” con “intencionalidad constitutiva”. Penayo afirma que la
intencionalidad es solo “estructura formal de la conciencia”, pero olvida que
para Husserl esa estructura es siempre correlativa a un objeto dado de cierta
manera. Cuando alguien emite un enunciado, el sentido intencional no es un estado
psicológico oculto, sino el modo en que el objeto se presenta en y por el acto
de habla. Mi análisis no “adivina intenciones”, sino que describe la dirección
de sentido de sus palabras, hacia la revaluación, no hacia la descripción
histórica. Esto es fenomenología aplicada al lenguaje, no “hermenéutica de la
sospecha”. Él evade mi argumento central, que su discurso no describe, sino que
reevalúa. Penayo salta a acusarme de “invertir a Husserl” para no responder a
lo esencial ¿Su enunciado “Stroessner fue presidente constitucional” constituye
un objeto histórico o propone una reevaluación normativa? La fenomenología me permite mostrar que es lo
segundo, el sentido intencional de sus palabras no es constatativo, sino
valorativo. Eso no es “sospecha”; es descripción del fenómeno discursivo tal
como se da. Él mismo realiza una épokhé selectiva, pone entre paréntesis los
hechos históricos que invalidan su relato. Penayo apela a la “suspensión del
juicio” husserliana como si yo estuviera obligado a abstenerme de juzgar su
falsedad histórica. Pero la épokhé no es una licencia para ignorar lo dado,
sino un método para examinar cómo lo dado se da. Los hechos históricos (golpe, represión,
fraudes) son parte del fenómeno que estoy analizando. Si los omito, no estoy haciendo
fenomenología; estoy colaborando con su tergiversación.
Penayo me acusa de convertir
a Husserl en “maestro de la sospecha”, pero es él quien usa una versión
academicista y desencarnada de la fenomenología para blindar su discurso de
toda crítica. Al reducir mi análisis a “psicologismo”
y “acusación”, desvía la atención de la pregunta fenomenológica central ¿qué
tipo de acto intencional es el suyo? ¿Una descripción o una propuesta de
resignificación? Olvida que Husserl también analiza los actos de significado y
la constitución de objetos culturales. En las Investigaciones lógicas, Husserl
dedica atención a los actos de significación y la correlación entre expresión y
sentido. Mi análisis se inscribe en esa línea, examino el acto de significar
“presidente constitucional” en un contexto donde ese significado choca con el
objeto histórico real. Eso no es
“moralizar”; es rastrear la génesis del sentido en el discurso público, algo
totalmente husserliano. Penayo no responde a mi uso concreto de Husserl para
analizar la constitución intencional del sentido stronista en su discurso. En
su lugar, caricaturiza mi enfoque como “psicologismo moralizante”. Desplaza el
debate hacia una discusión exegética sobre Husserl. Evade la cuestión central,
que su enunciado no describe, sino que performa una reevaluación. Así, logra
dos cosas, parecer riguroso citando a Husserl, escapar al hecho de que su
discurso es un acto de habla infeliz, tanto en términos austinianos como en
términos fenomenológicos. Penayo me acusa de desvirtuar a Husserl, pero soy yo
quien aplica la intencionalidad para examinar cómo su discurso constituye un
‘Stroessner’ reevaluado, no descrito. Él, en cambio, usa a Husserl como cortina
de humo para evitar responder por la estructura de sentido de sus propias
palabras. Lo que llama ‘psicologismo’ es en realidad fenomenología del acto
discursivo; lo que llama ‘sospecha’ es descripción del giro valorativo de su
enunciado. Su objeción no es una corrección filosófica, es una estrategia de
fuga hacia una discusión teórica abstracta, lejos del terreno concreto donde su
discurso se revela como performance revisionista, no como aserción histórica.
Penayo sentencia “Si el Austin for dummies de Oxley funciona como un
patovica que reparte pulseritas de admisión al “bar filosófico nacional”,
Husserl es recreado libremente como psicólogo perito de “afirmaciones
peligrosas”. Finalmente, lo que efectivamente hace Oxley es invalidar la
posibilidad misma de la disidencia, usando un vocabulario filosófico escolar
para blindar un consenso imaginario. Su lectura “pragmática” no busca aclarar
cómo funcionan los actos de habla, sino fijar quién puede hablar y desde dónde.
Cuando la filosofía se usa para eso, deja de ser análisis y renuncia a toda
vocación crítica, reduciéndose a generar un “placebo crítico” (no creo que lo
consiga) para calmar a una casta cultural que no tolera que sus certezas sean
discutidas”.
Penayo cierra su réplica con
una caricatura ad hominem que pretende invertir los términos del debate, yo
sería el “patovica” del pensamiento, él el disidente valiente. Pero esta imagen
es una proyección grotesca de su propia estrategia, usar un barniz de sofisticación
filosófica para vendar los ojos de la historia y presentar la justificación de
una dictadura como “elevación del nivel debate”.
No, no celebro este
“intercambio”. Celebraría un debate
sobre matices historiográficos, sobre interpretaciones legítimas de documentos
ambiguos, sobre la complejidad de los procesos sociales. Pero no se puede celebrar que se use a
Husserl, a Austin, a la lógica modal y al emotivismo como andamios retóricos
para rehabiliar a un dictador. Eso no es “elevar el nivel”; es corromper las
herramientas de la razón para servir a la impunidad discursiva. Él no es un
disidente; es un repetidor. Su gesto no es novedoso, es el mismo revisionismo
que ya ejecutó Juan Emiliano O’Leary con Solano López, pero con léxico
posmoderno. No está abriendo preguntas peligrosas; está cerrando heridas históricas
con mentiras elegantes. Disidencia sería
cuestionar el poder desde la verdad, no usar la filosofía para blanquear el
poder ya caído. Yo no reparto pulseras de admisión; él quiere entrar sin pagar
la entrada. La filosofía no es un “bar” donde cualquiera puede entrar a decir
lo que se le antoje. Es un espacio de rigor donde los enunciados deben
someterse a condiciones de inteligibilidad, verdad y responsabilidad. Penayo quiere el título de “polemista filosófico”
sin aceptar las reglas básicas de la argumentación, coherencia, evidencia,
honestidad intelectual. Austin y Husserl
no son guardias de seguridad; son arquitectos de las condiciones que hacen
posible el pensamiento serio. Si sus teorías excluyen su discurso, no es por
elitismo, sino porque su discurso falla en los requisitos mínimos para ser
tomado en serio. No invalido la disidencia; expongo la impostura. Hay una
diferencia abismal entre discutir ideas controvertidas y fingir que se discute
cuando en realidad se está realizando un acto de rehabilitación encubierto. Lo que yo he hecho no es “silenciar”, sino
nombrar con precisión lo que él hace, un acto de habla infeliz, un hueco
performativo, una operación de reencuadre emotivo de la memoria. Eso no es “blindar consenso”; es defender la
integridad de la lengua y la historia frente a quienes las usan como herramientas
de lavado de imagen. El “placebo crítico” es el suyo, la ilusión de que está
debatiendo historia cuando solo está haciendo terapia revisionista. Penayo
acusa a la “casta cultural” de no tolerar certezas cuestionadas. Pero lo que él
llama “certezas” son hechos documentados, testimonios de víctimas, sentencias
de la historia. Lo que ofrece en cambio
no es una “crítica”, sino un consuelo intelectual para quienes no quieren cargar
con el peso moral del pasado. Un placebo, sí, un remedio falso para una culpa
real. La filosofía no es neutral; es responsable. Cuando la filosofía se usa
para analizar cómo se construye el sentido, cómo se ejerce el poder a través de
las palabras, cómo se manipula la memoria, no está “renunciando a su vocación
crítica”. Está cumpliéndola al máximo. Lo que Penayo lamenta no es que la filosofía
pierda su espíritu crítico, sino que ese espíritu se vuelva en contra de su
propio proyecto de reescritura histórica. Penayo se presenta como un hereje
frente a un “consenso imaginario”, pero su herejía es falsa, no propone una
verdad incómoda, sino un confort moral disfrazado de audacia. Usa a Austin mal, a Husserl mal, a la lógica
mal, no por “superficialidad”, sino porque una lectura rigurosa lo dejaría sin
argumentos. Y al final, su queja de que
“no se le deja hablar” es la queja de quien quiere hablar desde un lugar que no
existe, el lugar donde un dictador es un presidente, donde el terror es
“benigno”, donde las palabras pierden su anclaje en lo real.
No, no celebro este
“intercambio”. Lo desenmascaro. Porque la filosofía no es un juego de salón
para suavizar verdades duras; es, en mejores manos, un instrumento de claridad
en un mundo lleno de eufemismos. Y en
esa tarea, su discurso no es un desafío loable; es solo ruido elegante
alrededor de un silencio, el silencio de los que sufrieron la dictadura que él
ahora quiere nombrar de otro modo. Ahí termina todo debate que merezca el
nombre de tal. El resto es, como bien dice Austin, infelicidad performativa
disfrazada de conversación.
Señor Penayo, este
intercambio deja en claro algo más profundo que un desacuerdo historiográfico,
ha expuesto una falla estructural en su manera de habitar el lenguaje. Usted
opera bajo una ilusión de consistencia que, al ser sometida a un análisis
riguroso, se revela como un juego de espejos entre planos lingüísticos
incompatibles. Alfred Tarski enseñó que la verdad de un enunciado solo puede
ser definida en un metalenguaje que no sea el mismo que el del enunciado.
Usted, sin embargo, usa esta necesidad lógica como estrategia de evasión, en el
lenguaje-objeto, usted afirma: “Stroessner fue presidente constitucional”. Cuando
esa afirmación es confrontada con hechos históricos (golpe de Estado, torturas,
fraudes electorales), usted salta al metalenguaje y acusa, “No estás debatiendo
historia, estás usando un tribunal lingüístico”. Pero esa acusación es performativamente
contradictoria. Para que su enunciado inicial sea siquiera inteligible, usted
presupone un acuerdo básico sobre los significados de “presidente”,
“constitucional” y “Stroessner”. Es decir, necesita un metalenguaje compartido
—el de la historia, el derecho, la memoria— para que sus palabras signifiquen
algo. Sin embargo, cuando ese mismo metalenguaje lo desmiente, usted lo rechaza
como “hegemónico” o “nebuloso”. Usted
quiere los beneficios de un lenguaje común sin aceptar sus compromisos referenciales.
Eso no es disidencia, es impostura semántica.
Kurt Gödel demostró que un
sistema formal suficientemente complejo no puede demostrar su propia
consistencia desde dentro. Usted parece creer que su marco revisionista es
autojustificante, que basta con enunciarlo para que deba ser tomado en serio
como “hipótesis histórica”. Pero Gödel también mostró que, para juzgar la
consistencia de un sistema, debemos ascender a un meta-nivel. Y es ahí donde su
discurso colapsa, su “sistema” (el revisionismo stronista) es inconsistente con
los hechos históricos establecidos. Cuando se le señala esa inconsistencia,
usted niega la validez del meta-nivel (la historiografía, la filosofía del
lenguaje, la lógica modal) y acusa a sus críticos de “cerrar el debate”. Pero
no hay debate posible cuando una de las partes rechaza las reglas de validación
que hacen posible cualquier debate. Usted no está proponiendo una “verdad incómoda”;
está proponiendo un juego lingüístico vacío, donde las reglas cambian según
convenga. Su estrategia es un fracaso performativo en dos niveles, como
aserción histórica, es un misfire porque no cumple las condiciones de verdad,
evidencia y convención que harían de ella una afirmación legítima; como acto
retórico, es un abuse porque, aun sabiendo que no puede funcionar como
aserción, la emite con la intención de reconfigurar la memoria colectiva. Usted
quiere que tratemos su enunciado como un abuse (“insincero pero existente”)
para exigir un “debate”. Pero en Austin, cuando las condiciones convencionales
están radicalmente ausentes, el acto es un misfire, no llega a ser lo que
pretende ser. No hay debate sobre lo que no existe como aserción histórica
válida. Al final, su discurso es ruido elegantemente articulado alrededor de un
silencio, el de las víctimas, el de los archivos, el de la historia que usted
intenta renombrar. La filosofía —Austin, Husserl, Tarski, Gödel— no es un
arsenal para ganar discusiones; es un instrumento de claridad que expone los
intentos de corromper el lenguaje y la memoria. Usted no es un hereje frente a un
consenso imaginario; es un hablante infeliz atrapado en su propia trampa
metalíngüística. Y no hay filosofía que pueda sanar esa infelicidad, porque
esta no nace de un error teórico, sino de una renuncia a la responsabilidad
discursiva y ética. Este intercambio termina aquí, no porque se hayan agotado
los argumentos, sino porque usted no debate, performa, y lo que performa es el
vacío.
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