Elisa no era ninguna heroína. No había planeado nada. No pertenecía a ningún movimiento. No había leído ningún mensaje anónimo. Era simplemente una ciudadana que, esa mañana, mientras se tomaba un café antes de salir a votar, recordó algo que había leído meses atrás, una ley llamada Transparencia 17, que el Tribunal Electoral había silenciado, que exigía que el código fuente de las máquinas fuera abierto, que las auditorías fueran participativas. Recordó que esa ley nunca se aplicó. Recordó que nadie sabe qué hace realmente el software cuando registra el voto. Recordó que, si la máquina fallaba, no habría manera de probarlo. Terminó su café, agarró su cédula y salió.
En el cuarto oscuro, Elisa tocó la pantalla. La máquina
imprimió la boleta. La miró. No se enojó. No se sorprendió. Simplemente
asintió, como si hubiera estado esperando ese momento. Salió del cuarto oscuro,
se paró frente a los miembros de mesa, levantó la boleta para que todos la
vieran y dijo: "La máquina no respetó mi decisión".
La presidenta de mesa frunció el ceño. "Señora, ¿puede
explicarse?"
Elisa no añadió una palabra más. No dijo por quién había
votado. No dijo qué había impreso la máquina. Solo repitió: "La máquina no
respetó mi decisión. Quiero que quede constancia en el acta".
La presidenta quiso discutir. Elisa no discutió. Se sentó en
una silla, cruzó los brazos y esperó. No iba a moverse hasta que labraran el
acta.
Pasó media hora. Elisa seguía ahí. La fila crecía. Los
electores empezaban a murmurar. El veedor llegó, escuchó el caso, llamó al Delegado
Electoral. La Junta Cívica no atendía la situación.
Finalmente, la presidenta suspiró, tomó un formulario y
escribió: "La electora Elisa González afirma que la máquina de votación no
respetó su decisión. Se deja constancia de su reclamo".
Elisa tomó su copia, la guardó en su cartera, y se fue.
Lo que Elisa no sabía era que, en la mesa de al lado, un
hombre llamado Carlos estaba haciendo exactamente lo mismo. Y en la mesa
catorce, una joven llamada Lucía. Y en la mesa siete, un jubilado llamado
Ramón. Y en la mesa veintidós, una enfermera llamada Sofía.
Ninguno conocía a Elisa. Ninguno había recibido ninguna
instrucción. Cada uno, por su cuenta, había llegado a la misma conclusión, si
el sistema no permite verificar el voto, la única manera de dejar constancia de
su falla es afirmar que falla, sin dar detalles, sin violar el secreto, sin
exponerse.
"La máquina no respetó mi decisión".
Esa noche, Elisa cenó con su familia. Su hijo le preguntó
qué había pasado en las elecciones. Elisa le contó lo que había hecho. Su hijo
la miró con extrañeza.
"¿Y eso para qué sirve, mamá?"
"No sé", respondió Elisa. "Pero si todos los
que consideraran el mismo problema como yo, hicieran lo mismo, tal vez serviría
para algo".
Su hijo negó con la cabeza, escéptico. "¿Y cuántos
serían?"
Elisa tomó un sorbo de vino. "No sé. Tal vez muchos. Tal
vez pocos. Tal vez ninguno".
Los días siguientes, Elisa siguió con su vida. Fue al
trabajo. Hizo las compras. Vio las noticias. El Tribunal Electoral anunció que
las elecciones habían sido un éxito, que las máquinas funcionaron
perfectamente, que las denuncias eran infundadas. Elisa sonrió para sus
adentros. Sabía que eso no era cierto. Su copia del acta estaba guardada en un
cajón, entre los recibos de la luz y el acta de nacimiento de su hijo. Parecía
un papel sin importancia.
Pasó una semana. Luego dos. Luego un mes.
Y entonces, un día, apareció la nota en el periódico.
"Tribunal Electoral revela cifra récord de actas de
incidencia al termino del juzgamiento electoral: uno de cada cinco electores denunció
fallas en las máquinas"
Elisa leyó el titular. Sintió un escalofrío. Agarró el
teléfono y llamó a su hijo.
"¿Viste la noticia?"
"Sí, mamá. Increíble. El veinte por ciento de los
electores. Casi ochocientas mil personas."
Elisa no dijo nada. Su hijo continuó.
"¿Te imaginás? El Tribunal Electoral dice que son
denuncias falsas. Que la gente se confundió. Que las máquinas son seguras. Pero
cómo va a ser que uno de cada cinco se haya confundido, mamá. No tiene
sentido."
Elisa sonrió. "No, no tiene sentido".
"Lo más loco es que nadie sabe cómo empezó. Dicen que
no hubo coordinación, que no hubo una consigna, que cada uno actuó por su
cuenta. Como si fuera un pensamiento colectivo o algo así. Como si todos
hubieran llegado a la misma conclusión al mismo tiempo."
Elisa miró por la ventana. Afuera, la calle era la misma de
siempre. El supermercado, la plaza, los vecinos. Todo igual. Pero algo había
cambiado. Ella lo sentía.
"O tal vez", dijo Elisa, "solo había una
manera sensata de reaccionar cuando la máquina fallaba. Y la gente, sin
saberlo, hizo lo que había que hacer".
Su hijo se quedó callado un momento. "¿Vos hiciste eso,
mamá?"
Elisa guardó silencio. Luego dijo: "Terminá de leer la
nota. Después hablamos".
Colgó. Abrió el cajón. Sacó el acta. La leyó otra vez.
Decía, con todas las letras: "La electora Elisa González afirma que la
máquina de votación no respetó su decisión".
No decía por quién había votado. No decía qué había impreso
la máquina. Solo decía que la máquina no había respetado su decisión.
Y ahora, ochocientas mil personas tenían un papel como ese.
Ochocientas mil personas que, como ella, sin conocerse, sin coordinarse, sin
recibir ninguna orden, habían hecho lo mismo.
No era una conspiración. No era un complot. Era simplemente
la reacción lógica de ciudadanos que, enfrentados a un sistema inverificable,
decidieron dejar constancia de su falla. Cada uno por su cuenta. Cada uno con
su propia decisión. Y todos, sin saberlo, construyendo juntos la prueba que el
Tribunal Electoral no podía ignorar.
Esa noche, el presidente del Tribunal Electoral dio una
conferencia de prensa. Estaba pálido. Le temblaba la voz.
"No podemos certificar los resultados. Hay demasiadas
actas de incidencia. No hay manera de verificar si las denuncias son ciertas.
Pero tampoco hay manera de refutarlas. La ley nos exige certeza. Y no la
tenemos."
Un periodista levantó la mano. "¿Y la ley Transparencia
17? ¿La que ustedes silenciaron durante años? ¿La que exigía acceso al código
fuente y auditorías participativas? ¿Cree que si la hubieran aplicado, esto no
habría pasado?"
El presidente del Tribunal Electoral no respondió. Se
levantó, apagó el micrófono y se fue.
Afuera, en las calles de la ciudad, nadie festejaba ni
lloraba. Solo había una pregunta en el aire, repetida en cada esquina, en cada
bar, en cada casa:
"¿Y ahora qué?"
Elisa apagó la tele. Miró por la ventana. Vio a sus vecinos
salir a las calles, sin gritos, sin carteles, sin consignas. Solo caminando.
Solo mirándose. Solo sabiendo que algo había terminado y que algo nuevo
empezaba.
Guardó el acta en el cajón, junto a los recibos de la luz y
el acta de nacimiento de su hijo. Cerró la puerta. Salió a la calle.
No sabía qué iba a pasar. Pero sabía que había hecho lo
correcto. Y que ochocientas mil personas también lo habían hecho.
Eso, por ahora, era suficiente.


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