Dr. Victor Oxley
La solución, como suele ocurrir en estos
casos, fue un sistema de maquillaje estadístico. No un fraude burdo, no un robo
descarado, sino una operación de cirugía electoral donde cada incisión tenía un
propósito quirúrgico. Se inflaron los votos de Camilo para demostrar poderío.
Se inflaron los votos de Samaniego para que su derrota no resultara humillante
(lea INFORME DE ANALISIS FORENSE ELECTORAL - Elecciones Internas ANR 2026 -
Candidatura a Intendente Municipal de Asunción en https://liberalismoradicalparaguayo.blogspot.com/2026/06/informe-de-analisis-forense-electoral.html
) . La diferencia final se mantuvo amplia, pero no abismal, porque un margen
excesivo habría sido tan sospechoso como uno exiguo. Y todo se financió con
votos "a computar", con blancos y nulos, esa masa amorfa de sufragios
que nadie reclama porque no pertenecen a nadie, esa reserva invisible que el
sistema utiliza cuando necesita equilibrar sus cuentas políticas.
El mecanismo es, en su simplicidad, una
obra maestra de la ingeniería electoral. En las mesas donde Camilo ya tenía
mayoría, se le sumaron votos extras hasta alcanzar esa cifra imponente de
81.416, el 61,34 por ciento que proclamaría su poderío. En las mesas donde
Samaniego tenía muy pocos votos, se le añadieron los suficientes para que nunca
bajara de treinta, salvo dos excepciones que confirman la regla. La distribución
de Samaniego, que sin maquillaje habría sido más dispersa y natural, adquirió
un piso abrupto en treinta, una frontera matemática que no obedece a la lógica
electoral sino a la lógica política. Samaniego aparecería como un candidato con
base sólida en todo el distrito, no como el dirigente débil que en muchas zonas
apenas arañaba votos.
Los votos "a computar" fueron la
financiación de este operativo. En la mesa 44-3, con 57 votos en esa categoría,
Samaniego pasó de 22 a 38. En la 44-5, de 28 a 59 con 32 votos a computar. En
la 44-4, de 29 a 42 con 13 votos. No hay robo a Camilo, no hay víctima que
reclame. Solo hay un rescate de votos no asignados para maquillar una derrota
que, sin ese auxilio, habría sido humillante. El maquillaje es selectivo, como
todo buen maquillaje, solo se aplica donde la imperfección es más notoria. En
las mesas donde Samaniego ya tenía votos decentes, no se necesita retocar nada.
¿Por qué Samaniego no denuncia? La pregunta
revela una ingenuidad encantadora sobre la naturaleza del poder. Samaniego no
denuncia porque no sabe —no tiene acceso a los datos por mesa—, pero también
porque no le conviene, si denuncia, admite que sus votos reales eran más bajos,
que su caudal político era menor del que ahora exhibe. Está agradecido, porque el
maquillaje le ha dado una derrota digna, una derrota que no duele en el
escarnio público. Hay, además, un acuerdo tácito, Samaniego sabe que el sistema
lo protege, que su derrota ha sido suavizada por el mismo aparato que lo
derrotó. Y no puede probarlo, porque sin actas físicas solo tiene sospechas, y
las sospechas no son moneda de cambio en la política paraguaya. Samaniego es un
actor racional, y un actor racional no denuncia un fraude que lo beneficia.
Este sistema electoral no es más que un
teatro, una puesta en escena donde los resultados no reflejan la voluntad
popular sino un equilibrio de fuerzas internas. El TSJE no es un árbitro
neutral, es un operador del partido de gobierno, un notario que certifica lo
que debe ser certificado. El fraude no es para robar, porque no hay necesidad
de robar cuando el control es total; el fraude es para gestionar, para
administrar las apariencias, para que todos los actores queden satisfechos con
su papel. Camilo gana, pero no aplasta. Samaniego pierde, pero no es humillado.
La ANR demuestra poderío, pero no provoca una crisis interna. La democracia
parece funcionar, y esa apariencia es suficiente.
Camilo ganaba de antemano porque era el
caballo oficial del presidente de la ANR, con el TSJE a su favor. Samaniego era
un competidor incómodo, demasiado fuerte para ignorarlo, demasiado débil para
ganar. La ANR necesitaba demostrar poderío electoral, números altos,
participación sólida, victoria contundente. Pero también necesitaba evitar una
crisis interna, la derrota de Samaniego no debía ser humillante. La solución
fue un maquillaje, inflar los números de ambos, financiado con votos "a
computar", y establecer un piso en treinta para Samaniego. El resultado, Camilo gana con 81.416, Samaniego pierde con 43.574, la ANR demuestra poderío,
Samaniego no queda humillado, y nadie reclama.
El piso en treinta, las lagunas y los votos
"a computar" son las huellas de ese maquillaje. Son la firma del
artista, el rastro que delata la mano del restaurador. Y como toda buena obra
de ficción, esta elección tiene la coherencia interna que la hace creíble, la
verosimilitud que la vuelve aceptable. Solo quien sabe leer los números, quien
entiende que la estadística no miente pero puede ser maquillada, descubre el
artificio.
Esa es la historia que cuentan los números.
Una historia de poder, de cálculo, de equilibrios frágiles. Una historia donde
el fraude no es la excepción sino la regla, donde la democracia es un guion y
los votantes, meros extras. Una historia que no sorprende a nadie, porque en el
fondo todos sabían. Pero ahora, al menos, podemos contarla con la certeza de
que los números no mienten: solo los interpretamos.


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