Filósofo artefactualista estructural. Investigador en educación matemática y analista político. Su n

martes, 16 de junio de 2026

La estadística del abrazo republicano: Cuando la matemática maquilla la derrota

                                                                                Dr. Victor Oxley

 La Asociación Nacional Republicana enfrentaba, en estas elecciones, un dilema de naturaleza estructural, una contradicción que exigía una solución tan elegante como discreta. Por un lado, debía demostrar poderío electoral, una maquinaria imbatible, números que impusieran respeto, participación sólida que legitimara su dominio. Por otro, necesitaba que su candidato oficial, Camilo Pérez, ganara y ganara por mucho, porque un triunfo ajustado habría sido interpretado como debilidad, como fisura en el monolito colorado. Pero había un tercer factor, acaso el más delicado, Arnaldo Samaniego, dirigente con poder interno real, no podía ser humillado. Una derrota con mesas de diez o veinte votos habría fracturado el partido, habría encendido hogueras internas que ningún aparato quiere ver arder.

La solución, como suele ocurrir en estos casos, fue un sistema de maquillaje estadístico. No un fraude burdo, no un robo descarado, sino una operación de cirugía electoral donde cada incisión tenía un propósito quirúrgico. Se inflaron los votos de Camilo para demostrar poderío. Se inflaron los votos de Samaniego para que su derrota no resultara humillante (lea INFORME DE ANALISIS FORENSE ELECTORAL - Elecciones Internas ANR 2026 - Candidatura a Intendente Municipal de Asunción en https://liberalismoradicalparaguayo.blogspot.com/2026/06/informe-de-analisis-forense-electoral.html ) . La diferencia final se mantuvo amplia, pero no abismal, porque un margen excesivo habría sido tan sospechoso como uno exiguo. Y todo se financió con votos "a computar", con blancos y nulos, esa masa amorfa de sufragios que nadie reclama porque no pertenecen a nadie, esa reserva invisible que el sistema utiliza cuando necesita equilibrar sus cuentas políticas.

El mecanismo es, en su simplicidad, una obra maestra de la ingeniería electoral. En las mesas donde Camilo ya tenía mayoría, se le sumaron votos extras hasta alcanzar esa cifra imponente de 81.416, el 61,34 por ciento que proclamaría su poderío. En las mesas donde Samaniego tenía muy pocos votos, se le añadieron los suficientes para que nunca bajara de treinta, salvo dos excepciones que confirman la regla. La distribución de Samaniego, que sin maquillaje habría sido más dispersa y natural, adquirió un piso abrupto en treinta, una frontera matemática que no obedece a la lógica electoral sino a la lógica política. Samaniego aparecería como un candidato con base sólida en todo el distrito, no como el dirigente débil que en muchas zonas apenas arañaba votos.

Los votos "a computar" fueron la financiación de este operativo. En la mesa 44-3, con 57 votos en esa categoría, Samaniego pasó de 22 a 38. En la 44-5, de 28 a 59 con 32 votos a computar. En la 44-4, de 29 a 42 con 13 votos. No hay robo a Camilo, no hay víctima que reclame. Solo hay un rescate de votos no asignados para maquillar una derrota que, sin ese auxilio, habría sido humillante. El maquillaje es selectivo, como todo buen maquillaje, solo se aplica donde la imperfección es más notoria. En las mesas donde Samaniego ya tenía votos decentes, no se necesita retocar nada.

¿Por qué Samaniego no denuncia? La pregunta revela una ingenuidad encantadora sobre la naturaleza del poder. Samaniego no denuncia porque no sabe —no tiene acceso a los datos por mesa—, pero también porque no le conviene, si denuncia, admite que sus votos reales eran más bajos, que su caudal político era menor del que ahora exhibe. Está agradecido, porque el maquillaje le ha dado una derrota digna, una derrota que no duele en el escarnio público. Hay, además, un acuerdo tácito, Samaniego sabe que el sistema lo protege, que su derrota ha sido suavizada por el mismo aparato que lo derrotó. Y no puede probarlo, porque sin actas físicas solo tiene sospechas, y las sospechas no son moneda de cambio en la política paraguaya. Samaniego es un actor racional, y un actor racional no denuncia un fraude que lo beneficia.

Este sistema electoral no es más que un teatro, una puesta en escena donde los resultados no reflejan la voluntad popular sino un equilibrio de fuerzas internas. El TSJE no es un árbitro neutral, es un operador del partido de gobierno, un notario que certifica lo que debe ser certificado. El fraude no es para robar, porque no hay necesidad de robar cuando el control es total; el fraude es para gestionar, para administrar las apariencias, para que todos los actores queden satisfechos con su papel. Camilo gana, pero no aplasta. Samaniego pierde, pero no es humillado. La ANR demuestra poderío, pero no provoca una crisis interna. La democracia parece funcionar, y esa apariencia es suficiente.

Camilo ganaba de antemano porque era el caballo oficial del presidente de la ANR, con el TSJE a su favor. Samaniego era un competidor incómodo, demasiado fuerte para ignorarlo, demasiado débil para ganar. La ANR necesitaba demostrar poderío electoral, números altos, participación sólida, victoria contundente. Pero también necesitaba evitar una crisis interna, la derrota de Samaniego no debía ser humillante. La solución fue un maquillaje, inflar los números de ambos, financiado con votos "a computar", y establecer un piso en treinta para Samaniego. El resultado, Camilo gana con 81.416, Samaniego pierde con 43.574, la ANR demuestra poderío, Samaniego no queda humillado, y nadie reclama.

El piso en treinta, las lagunas y los votos "a computar" son las huellas de ese maquillaje. Son la firma del artista, el rastro que delata la mano del restaurador. Y como toda buena obra de ficción, esta elección tiene la coherencia interna que la hace creíble, la verosimilitud que la vuelve aceptable. Solo quien sabe leer los números, quien entiende que la estadística no miente pero puede ser maquillada, descubre el artificio.

Esa es la historia que cuentan los números. Una historia de poder, de cálculo, de equilibrios frágiles. Una historia donde el fraude no es la excepción sino la regla, donde la democracia es un guion y los votantes, meros extras. Una historia que no sorprende a nadie, porque en el fondo todos sabían. Pero ahora, al menos, podemos contarla con la certeza de que los números no mienten: solo los interpretamos.



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