Dr. Victor Oxley
En
mis reflexiones en torno a la paradoja de Banach-Tarski, abrí una perspectiva
que, desarrollada con cuidado, permite iluminar no solo un sorprendente
resultado matemático, sino la naturaleza misma de las paradojas lógicas y su
relación con los modelos formales que operamos, muchas veces sin conciencia de
ello. Lo que comenzó como una indagación sobre una esfera que puede duplicarse
por reordenamiento de sus partes derivó hacia una tesis de mayor alcance, las
paradojas no son contradicciones en el lenguaje ni errores de razonamiento,
sino síntomas de un choque entre ontologías de distinto nivel que el hablante
mezcla sin advertirlo.
Recordemos
brevemente en qué consiste la paradoja de Banach-Tarski. Demostrada por Stefan
Banach y Alfred Tarski en 1924, afirma que es posible descomponer una esfera
sólida en un número finito de partes y, reordenándolas mediante movimientos
rígidos (rotaciones y traslaciones, sin estirar ni deformar), obtener dos
esferas idénticas a la original, del mismo tamaño. El resultado es
matemáticamente impecable, se sigue de los axiomas de la teoría de conjuntos,
en particular del axioma de elección. Y sin embargo, choca frontalmente con nuestra
intuición más elemental, en el mundo físico, la materia no se duplica por mucho
que la cortemos y reordenemos sus pedazos.
¿Qué
ocurre aquí? La tentación habitual es decir que nos enfrentamos a una paradoja,
es decir, a una contradicción entre lo que la matemática demuestra y lo que la
intuición nos dicta. Pero esa caracterización es insuficiente. No hay
contradicción lógica alguna en Banach-Tarski; el resultado es perfectamente
consistente dentro del sistema axiomático en el que se demuestra. La tensión no
es interna al formalismo, sino entre el formalismo y otra cosa. ¿Qué otra cosa?
Nuestra comprensión ingenua del espacio, del volumen, de la materia. Dicho de
otro modo, la tensión se da entre dos ontologías distintas. La ontología del
sentido común concibe el espacio como un receptáculo de objetos materiales que
tienen volumen, que están formados por partes que también tienen volumen, y que
no pueden duplicarse por simple reordenamiento. La ontología del continuo
matemático, en cambio, concibe el espacio como un conjunto de puntos sin
dimensión, donde existen subconjuntos tan intrincados que carecen de volumen
definido (los llamados conjuntos no medibles), y donde el axioma de elección
permite operaciones que desafían toda intuición física. Banach-Tarski es
verdadero en la segunda ontología, pero inaplicable en la primera. La "paradoja"
no está en el teorema, sino en el cruce ilegítimo de ambas ontologías, cuando
alguien escucha el resultado y lo proyecta sobre el espacio físico, experimenta
un choque.
Esta
idea puede generalizarse, y para hacerlo resulta útil acudir a la teoría de
funciones como modelo de comprensión de las relaciones de dependencia. Las
funciones son el instrumento más elemental para representar cómo un objeto
depende de otro, o cómo a cada elemento de un conjunto se le asigna un elemento
de otro conjunto. Su comportamiento está regulado por teoremas precisos que
anticipan, en el dominio abstracto, las posibilidades y límites de cualquier
dominio que modelemos con ellas.
Consideremos
la función más simple del mundo: M(x) = la madre de x. A cada persona x le
asignamos su madre. Formalmente, tenemos una función M: P → P, donde P es el conjunto de las personas. Esta función tiene propiedades
interesantes. Es unívoca: cada persona tiene una sola madre, lo que significa
que M(x) tiene un único valor para cada x. No es sobreyectiva: no todas las personas son madres de alguien,
esto es, existen y ∈
P tales que no hay ningún x
con M(x) = y. Carece de puntos
fijos: no existe x tal que M(x)
= x, pues nadie es su propia madre.
Formalmente, ¬∃x (M(x) = x).
Ahora
bien, esta función puede servir para modelar no solo el parentesco, sino
cualquier relación de dependencia unidireccional. Por ejemplo, podemos definir
una función C(x) = el creador de x,
donde C: E → E y E es el conjunto de las entidades
creadas y creadoras. Trasladamos a ella las preguntas que antes nos hacíamos
sobre la madre: ¿tiene esta función un punto fijo? Es decir, ¿existe un x tal que C(x) = x? Esto equivaldría a una entidad que se
crea a sí misma. ¿Tiene la función un punto de partida? Esto es, ¿existe un x que no esté en la imagen de C, un creador no creado? Formalmente,
¿existe x ∈
E tal que para todo y, C(y) ≠ x? ¿Puede la
cadena de creadores retroceder infinitamente? Esto es, ¿existe una sucesión
infinita …, x₃, x₂, x₁ tal que C(x₁)
= x₂, C(x₂) = x₃, …?
Lo
fascinante es que estas preguntas, que parecen metafísicas o teológicas, tienen
una formulación precisa en teoría de funciones, y las respuestas que esta
proporciona iluminan la naturaleza de los problemas que plantean. La teoría de
funciones nos dice que una cadena definida recursivamente necesita un punto de
partida para estar bien fundada, pero también admite cadenas infinitas sin
punto inicial si la función está definida sobre un conjunto infinito en ambas
direcciones, como ocurre con los números enteros y la función sucesor S(n)
= n + 1, que permite retroceder
indefinidamente: …, -3, -2, -1, 0, 1, 2, 3, … Nos dice que los puntos fijos
existen bajo ciertas condiciones, como establece el teorema del punto fijo de
Brouwer para funciones continuas en dominios compactos y convexos: toda función
continua f: D → D con D homeomorfo a un disco cerrado tiene al
menos un punto x tal que f(x)
= x. Pero este teorema no garantiza
puntos fijos en dominios discretos como el de las personas o las entidades
creadas. Nos dice que la pregunta por la regresión infinita no es en sí misma
falaz, hay regresiones benignas, como la sucesión 1, 1/2, 1/4, 1/8, … que
tiende a 0 y tiene un límite, y regresiones malignas, como la sucesión 1, 2, 3,
4, … que no tiene límite. La teoría de funciones proporciona criterios para
distinguir unos casos de otros.
Lo
que la teoría de funciones hace, en suma, es convertir preguntas metafísicas en
preguntas sobre estructuras formales. Cuando alguien pregunta "¿quién creó
a Dios?", la teoría de funciones responde, "Estás preguntando si la
función 'creador' tiene un punto fijo o un punto inicial. Dime cómo está
definida la función, cuál es su dominio y qué propiedades tiene, y te diré si
puede tenerlos." La pregunta no es ilegítima en sí misma, pero su
respuesta depende enteramente del modelo que adoptemos, y ese modelo implica
una ontología que debe ser explicitada.
Esta
manera de proceder revela algo profundo, la teoría de funciones no es solo una
herramienta técnica, sino un espejo anticipatorio de la estructura del lenguaje
y el pensamiento. Si los argumentos y razonamientos se modelan mediante
funciones, entonces cada teorema sobre funciones es una predicción estructural
sobre cómo pueden (o no) funcionar nuestros actos lingüísticos. Las funciones
son la sintaxis del sentido. Los teoremas sobre funciones son teoremas sobre lo
que puede y no puede hacerse con el lenguaje.
Consideremos
un ejemplo sencillo. El teorema de Cantor demuestra que no existe una función
biyectiva entre los números naturales y los números reales. Esto es, no hay una
función f: ℕ
→ ℝ que sea simultáneamente
inyectiva (a cada natural le corresponde un real distinto) y sobreyectiva (todo
real es alcanzado por algún natural). La demostración construye un número diagonal que difiere de
cada f(n) en la n-ésima cifra decimal, mostrando que siempre queda un real
fuera de la lista. Esta misma estructura es la que aparece en la paradoja del
mentiroso, un enunciado que dice de sí mismo que es falso genera una situación
donde ningún valor de verdad puede asignarse establemente. La función diagonal
de Cantor anticipa, en el dominio de los números, la estructura de lo que luego
será una paradoja semántica.
Otro
ejemplo: el teorema de punto fijo de Kleene en teoría de la computabilidad
muestra que para cualquier función computable f, existe un número e tal
que el programa con código e se
comporta como f(e). Esto es, existe un punto fijo en el espacio de los programas.
Este teorema anticipa que la autorreferencia no es intrínsecamente patológica;
puede ser constructiva (como en "esta oración tiene cinco palabras")
o destructiva (como en el mentiroso), dependiendo de las condiciones del
sistema. La función de Ackermann, definida recursivamente por A(0, n)
= n + 1, A(m + 1, 0) = A(m,
1), A(m + 1, n + 1) = A(m,
A(m
+ 1, n)), crece más rápido que
cualquier función recursiva primitiva. Esto anticipa que hay verdades
inalcanzables por métodos limitados, lo que luego Gödel demostraría en el ámbito
de la lógica, existen enunciados verdaderos pero indemostrables en sistemas
formales consistentes y suficientemente expresivos. El teorema de Rice, que
establece que cualquier propiedad no trivial del comportamiento de un programa
es indecidible, anticipa el desfase entre sintaxis y semántica que Tarski
formalizaría en su teorema de la indefinibilidad de la verdad, no hay un
criterio puramente sintáctico para determinar la verdad semántica.
Lo
que estos ejemplos muestran es que las funciones revelan la estructura profunda
de lo que puede y no puede hacerse con el lenguaje. Cada vez que un lógico
demuestra algo sobre funciones, está, sin saberlo, escribiendo un capítulo de
una futura pragmática. Cantor no pensaba en el mentiroso, pero su diagonal es la
misma que luego Gödel usaría para construir G,
y que Tarski usaría para mostrar que la verdad no es definible. La función ya
contenía todo.
Ahora
bien, esta reflexión sobre las funciones y su capacidad para modelar relaciones
de dependencia nos conduce de vuelta al problema ontológico planteado por
Banach-Tarski. Pues lo que allí ocurre es que estamos modelando el espacio
material (finito, intuible, discreto a escala humana) con el infinito continuo
matemático (puramente abstracto, no intuible, denso). Y ese desajuste entre
modelo y realidad es lo que produce el vértigo. Cuando afirmamos Banach-Tarski,
estamos diciendo algo como, "El espacio material se comporta así."
Pero el espacio material no se comporta así. Lo que se comporta así es el
modelo matemático. El acto falla porque confundimos el mapa con el territorio,
o más precisamente, porque pretendemos que el territorio tenga propiedades que
solo tiene el mapa.
Esta
misma estructura se reproduce en otros casos. En la paradoja del mentiroso,
modelamos el lenguaje cotidiano (que opera con una ontología ingenua de
referencia y verdad) con una semántica formal cerrada (que exige metalenguaje y
prohíbe la autorreferencia total). En la paradoja de Russell, modelamos la
definición ingenua de conjuntos (donde toda propiedad define un conjunto) con
una teoría axiomática (que restringe la existencia para evitar
contradicciones). En la pregunta por el creador, modelamos la cadena causal
(que en el mundo físico tiene siempre un término anterior) con una función recursiva
(que puede tener puntos fijos o regresiones infinitas). En todos los casos, el
problema es el mismo, aplicamos un modelo formal a un dominio que no es el
suyo, y el choque ontológico resultante lo experimentamos como paradoja.
La
realidad está estratificada en niveles (físico, químico, biológico, social,
etc.), y cada nivel tiene sus propias leyes, propiedades y categorías. El error
categorial —o error de referencia— ocurre cuando se atribuyen propiedades de un
nivel a objetos de otro nivel. Lo que aquí se propone es que las paradojas
lógico-lingüísticas son un caso particular de ese error de referencia entre
niveles ontológicos, solo que en este caso los niveles en conflicto no son solo
los de la realidad material, sino también los de la realidad formal y la del
lenguaje cotidiano.
Formalicemos
esta idea. Sean O₁, O₂, …, Oₙ distintos niveles ontológicos, cada uno con su propio dominio de
objetos Dₖ y su propio conjunto de
propiedades Pₖ admisibles. Un acto de
habla que predica la propiedad π ∈
Pⱼ sobre un objeto o ∈ Dₖ es ontológicamente bien formado si y solo si j = k,
esto es, si la propiedad pertenece al mismo nivel ontológico que el objeto. Un
acto de habla para el cual j ≠ k es un cruce ilegítimo de niveles, y su
resultado será, o bien un sinsentido, o bien una paradoja, o bien una
afirmación que, aunque formalmente correcta en algún sistema, resulta
inaplicable o incomprensible en el nivel del objeto.
La
paradoja del mentiroso puede verse entonces como un cruce entre el nivel del
lenguaje cotidiano (donde las frases refieren a estados de cosas) y el nivel de
la semántica formal (donde la verdad se define mediante predicados de verdad).
La paradoja de Russell cruza el nivel de la definición ingenua de conjuntos con
el nivel de la teoría axiomática. Banach-Tarski cruza el nivel del espacio
físico intuible con el nivel del continuo matemático. La pregunta por la primera
causa cruza el nivel de la causalidad empírica con el nivel de las funciones
recursivas.
Lo
que llamamos "paradoja" no es, entonces, una contradicción en el
lenguaje ni un error de razonamiento. Es el síntoma de un salto ontológico no
advertido. El hablante opera un modelo formal sin saberlo, y lo aplica a un
dominio que no es el suyo. La paradoja es el momento en que el modelo se revela
como modelo, chocando contra el límite de lo modelado.
Esta
tesis tiene consecuencias importantes. En primer lugar, disuelve la pretensión
de "resolver" las paradojas mediante ajustes sintácticos o semánticos.
Las paradojas no se resuelven, se diagnostican, mostrando el cruce de niveles
que las genera. En segundo lugar, explica por qué los matemáticos conviven
pacíficamente con Banach-Tarski mientras que el público se escandaliza, los
matemáticos saben qué ontología están usando, mientras que el público la
desconoce y proyecta la ontología cotidiana sobre el resultado formal. En
tercer lugar, abre una vía para comprender otros fenómenos contraintuitivos,
como los de la mecánica cuántica o la relatividad, donde los resultados
formales chocan con la intuición del sentido común precisamente porque cruzan
niveles ontológicos.
La
potencia explicativa de esta perspectiva se manifiesta también en su capacidad
para diagnosticar falsos problemas. Cuando alguien pregunta "¿Dios puede
crear una piedra tan pesada que ni él pueda levantarla?", la tradición
teológica se enreda. Nuestro marco permite decir, estás mezclando la ontología
de la omnipotencia (donde todo es posible) con la ontología de la física (donde
las piedras tienen peso y las fuerzas tienen límites). La pregunta no tiene
respuesta porque no hay un solo mundo donde ambas ontologías coexistan. No es
que la pregunta sea estúpida, sino que presupone una ontología mixta que no
existe.
Lejos
de ser un artificio retórico, esta interpretación pragmática y ontológica de
las paradojas constituye una auténtica ampliación del horizonte comprensivo. No
se limita a renombrar el fenómeno, sino que revela su estructura subyacente
como fenómeno de la acción y del cruce de niveles. La lógica dice qué falla (la
consistencia, la verdad, la definibilidad). La pragmática dice cómo falla (el
acto se bloquea a sí mismo). La ontología dice por qué falla, porque se han
mezclado niveles que no debían mezclarse.
La
mente humana puede reconocer esos límites y, desde fuera del sistema,
comprender por qué el acto falla. Esa comprensión no elimina la paradoja, pero
la disuelve como problema, transformándola en revelación. Las paradojas no son
errores que haya que extirpar, sino síntomas necesarios de los límites de
nuestras prácticas lingüísticas y de la estratificación de la realidad que el
lenguaje, en su potencia unificadora, tiende a ignorar.
Así
entendido, el enfoque aquí esbozado no es un juego de palabras, sino una propuesta
filosófica que, al conectar la tradición analítica con la filosofía del
lenguaje ordinario, con la teoría de funciones y con la ontología de niveles,
promete iluminar aspectos de las paradojas que hasta ahora habían permanecido
en la penumbra.
Referencias
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