Dr. Victor Oxley
Hay una idea que el gobierno repite hasta
convertirla en mantra, que enfrenta una herencia maldita, que recibió un Estado
en ruinas y que por eso no puede pagar sus cuentas. Pero si uno mira los
nombres, los años y los números, la historia cuenta algo muy distinto. Porque
el jefe del ejecutivo que hoy con sus acciones señala no tener plata para pagar
a las farmacéuticas y a las constructoras es el mismo que hace diez años,
siendo ministro de Hacienda de aquel gobierno, lideró la expansión del gasto
que duplicó la deuda pública. El mismo equipo que entonces endeudó al país es
el que hoy, desde el gobierno, decide no pagar las facturas. No hay dos
administraciones opuestas, hay un mismo grupo que ejecuta las dos fases de un
mismo plan. Primero se endeuda, después se licúa la deuda. Primero se justifica
el gasto con la idea de que el país necesita inversión; después se justifica el
impago con la idea de que hay que cuidar la estabilidad. En el medio, los
costos se trasladan de un período a otro, y siempre termina pagando el que
viene después.
El
diseño de dos etapas:
Etapa ₁ (t₁, gobierno de
Cartes): El equipo actual, entonces en funciones, expande el gasto financiado
con deuda. Justificación: φ₄
(la inversión es necesaria para el crecimiento).
Etapa ₂ (t₀, gobierno de
Peña): El mismo equipo restringe el gasto y posterga pagos. Justificación: φ₁ y φ₅ (la disciplina
fiscal y la estabilidad son el bien supremo).
Consecuencia: Los costos generados en t₁ se trasladan a t₀, y los costos de
t₀
se trasladan a t₂
(el período posterior al mandato). El ciclo no resuelve problemas, los
administra mediante postergación.
Para entender por qué esto no es una
casualidad sino una forma de gobernar previsible, hay que atender a cómo
piensan quienes toman las decisiones. No es un tema de mala voluntad, sino de
formación. El jefe de Estado y su ministro de Economía crecieron
profesionalmente en el mundo de los organismos internacionales, del Banco
Central, del Fondo Monetario. Estudiaron en universidades que enseñan una
doctrina muy precisa, cuyos postulados pueden resumirse así, la disciplina
fiscal es lo primero; el mercado sabe más que el Estado; la estabilidad de los
números vale más que cualquier otra cosa. No importa si ese ministro se formó
en Chicago y el presidente en Columbia; lo que importa es que comparten la
misma jerarquía de valores, que puede expresarse como una cadena de
prioridades, la estabilidad financiera está por encima de la libertad de los
mercados, que está por encima de la disciplina fiscal, y todo eso queda muy por
encima de cualquier consideración redistributiva o de bienestar concreto. En
esa escala, la meta de déficit está arriba de todo. Pagar a los proveedores,
garantizar que los hospitales tengan medicamentos, mantener las obras públicas
en marcha, todo eso queda abajo, en un lugar secundario, si es que aparece.
La
jerarquía de valores internalizada:
v₁ ≻ v₂ ≻ v₃ ≻ v₄
donde v₁ = estabilidad
financiera, v₂
= libertad de mercados, v₃
= disciplina fiscal, v₄
= redistribución / bienestar concreto.
La función de utilidad normativa U(a)
asigna valor a cada acción según su coherencia con esta jerarquía. Una acción
que viola v₁
no se considera, aunque mejore v₄.
La meta de déficit, como expresión de v₁ y v₃, se vuelve
innegociable.
Con esta forma de pensar, las decisiones
se vuelven mecánicas. Si la meta de déficit es sagrada y no puede moverse,
entonces cualquier gasto que la amenace debe ser postergado. Y como pagar mil
cien millones de dólares a farmacéuticas y constructoras haría que el déficit
se dispare, la conclusión es inevitable: no se paga.
El
círculo argumental del discurso oficial:
P: "La economía crece a tasas
sostenidas."
Q: "La disciplina fiscal es condición
necesaria para el crecimiento."
R: "La disciplina fiscal exige
mantener el déficit en 1,5% del PIB."
S: "Mantener el déficit en 1,5%
requiere postergar pagos a proveedores."
T: "La postergación de pagos es
necesaria para sostener el crecimiento."
P ∧ Q → R
R → S
S → T
T → P
El sistema autorreferencial de
legitimación. No contiene
proposiciones sobre bienestar, salud, infraestructura o cumplimiento de
contratos. Toda consideración sobre Ω₂ (condiciones materiales de vida)
está excluida por definición.
Pero como no pagar directamente también
genera problemas políticos, se inventa un mecanismo financiero que hace que el
costo desaparezca del cálculo presente. El factoraje es eso, los bancos pagan a
los proveedores ahora, y el Estado les devuelve el dinero en tres años, con
intereses. El gobierno puede decir que "pagó", porque los bancos
adelantaron la plata. Pero lo que hizo fue convertir una deuda comercial sin
intereses en una deuda bancaria con intereses, cuyo vencimiento queda después
de las elecciones de 2028. No resolvió nada, postergó. Y la postergación, en
este esquema, es la respuesta natural para alguien que piensa que el futuro
vale menos que el presente.
El
factoraje como transformación de pasivos:
Dc: deuda comercial con
proveedores, vencimiento en t₀,
sin costo financiero.
Db: deuda bancaria, vencimiento
en t₀+3,
con costo financiero r · Db.
Factoraje: Dc → Db,
donde Db > Dc y el vencimiento se desplaza de t₀ a t₀+3.
Efecto fiscal en t₀: Si se pagara Dc,
el déficit F(t₀)
aumentaría y superaría la meta M. Al transformar Dc en Db,
Dc no ingresa en G(t₀),
por lo que F(t₀)
≤ M.
Efecto en t₀+3: El próximo
gobierno enfrenta Db mayor, con intereses, en un contexto donde la
Caja Fiscal ya no tiene reservas.
El problema es que ese futuro no es
abstracto. Es el gobierno que viene, el que tendrá que hacerse cargo de una
deuda bancaria más grande, de una Caja Fiscal sin reservas y de un sistema de
salud que arrastra meses de atraso en los pagos. El gobierno actual sabe que la
Caja Fiscal se queda sin plata entre 2027 y 2028, justo cuando termine su
mandato o cuando empiece el próximo. Por eso la reforma que aprobaron fue
apenas un parche, subieron aportes, movieron edades, pero no tocaron el
problema estructural. Alcanza para decir que hicieron algo, pero no para evitar
que el colapso ocurra después. Es el mismo patrón, el costo se corre hacia
adelante.
La
temporalidad del descuento intertemporal:
t₀: presente
t₁: horizonte electoral
(2026-2028)
t₂: período posterior al mandato
δ(t₁) = 1, δ(t₂) = ε, con ε ≪ 1 (el futuro
después del mandato tiene menor peso en la decisión presente).
Esta función de descuento hace racional
diferir costos hacia t₂,
aunque eso hipoteque la capacidad de gestión del próximo gobierno.
Y mientras tanto, el discurso oficial
sostiene una contradicción que en sus cabezas no lo es. Dicen que al país le va
bien porque el PIB crece, porque la soja rinde, porque la energía se vende. Y
al mismo tiempo dicen que al Estado no le alcanza la plata, que no pueden pagar
las facturas más elementales. Para un observador común esto suena a que algo no
cierra. Pero para ellos cierra perfectamente, porque el "país" del
que hablan no es el país de los hospitales y las rutas, sino el país de los
indicadores financieros. El crecimiento que celebran no paga impuestos, la soja
y la energía tienen una carga tributaria bajísima, están casi exentas. Entonces
el PIB sube, pero la plata del Estado no sube en la misma proporción. La
contradicción no es un misterio; es la consecuencia de haber diseñado un
sistema donde los que más ganan son los que menos aportan. Pero como tocar esa
estructura violaría el principio de no interferir con el mercado, la única
salida que ven es postergar pagos, licuar deudas, pasarle la factura al que
sigue.
La
separación ontológica entre dos países:
Ω₁: indicadores macroeconómicos
agregados (PIB, reservas, riesgo país, déficit, inflación).
Ω₂: condiciones materiales de vida,
servicios públicos, obligaciones contractuales del Estado, bienestar
poblacional.
El discurso oficial opera exclusivamente
sobre Ω₁:
toda proposición con contenido empírico refiere a Ω₁. No hay
proposiciones que tomen Ω₂
como fundamento de evaluación.
E(G) = f(ΔΩ₁),
independientemente de ΔΩ₂.
La
estructura tributaria que produce la disociación:
Sea Y = Σᵢ Yᵢ el PIB, τᵢ la tasa efectiva
de tributación del sector i, T = Σᵢ τᵢ·Yᵢ el ingreso fiscal.
La estructura vigente satisface: ∃i, j | Yᵢ >>
Yj ∧
τᵢ << τj (los sectores que más crecen tienen las menores tasas
impositivas).
Por lo tanto, ΔY (crecimiento) no implica ΔT (aumento de ingresos),
en términos lógicos ΔY⇏ΔT
en la misma proporción.
P ∧ Q (crecimiento
sí, ingresos no) es una consecuencia necesaria de esta estructura, no una
contradicción lógica. Pero el gobierno trata la estructura como inmodificable
porque modificarla violaría φ₃
(no intervenir en los mercados).
A esto le suman un recurso retórico que
suena a amenaza, la economía de guerra. Dicen que hay que actuar como si
estuviéramos en una guerra, concentrar recursos, suspender lo accesorio. Pero
no hay ninguna guerra. No hay invasión, no hay catástrofe, no hay emergencia
declarada. Lo que hay es un gobierno que necesita justificar por qué no cumple
sus obligaciones, y para eso toma prestada una categoría que en su origen
servía para justificar excepciones. Es como si declararan la guerra a la propia
administración para tener excusa de no pagar. La falacia es transparente, no
porque se invoque la guerra aparecen las condiciones que hacen legítima la
suspensión de reglas.
La
falacia de la "economía de guerra":
W: conjunto de situaciones que califican
como guerra (amenaza existencial, suspensión de garantías, emergencia declarada).
F: situación fiscal actual, que no
satisface ninguna condición de W.
El discurso afirma:
(i) ∀x (x ∈ W → justificación
de medidas excepcionales).
(ii) F es análogo a W (por analogía
retórica).
(iii) Por tanto, las medidas excepcionales
están justificadas en F.
La analogía no transfiere las propiedades
normativas de W a F. Es una falacia de composición semántica, se usa la
categoría de excepción para habilitar medidas que en condiciones normales
serían incumplimientos.
El círculo argumental se cierra solo. La
economía crece, entonces hay que cuidar la estabilidad, entonces hay que
cumplir la meta de déficit, entonces hay que postergar los pagos, entonces se
posterga, y esa postergación es presentada como parte de la estrategia que hace
posible el crecimiento. Es una vuelta completa que no deja entrar ninguna otra
consideración. En ese círculo no hay lugar para preguntarse qué pasa con el
paciente oncológico que necesita un medicamento que la farmacéutica no puede
importar porque el Estado no le paga. No hay lugar para preguntarse qué pasa
con la constructora que entró en quiebra porque el Estado no le pagó los
certificados de obra. Esas preguntas simplemente no forman parte del sistema de
evaluación. Para quienes toman las decisiones, si no está en los números de la
macroeconomía, no existe.
El próximo gobierno, cualquiera sea su
signo, recibirá entonces tres herencias. La primera es la deuda bancaria del
factoraje, más de mil cien millones de dólares que habrá que pagar con
intereses entre 2027 y 2029. La segunda es la Caja Fiscal en las últimas, con
reservas agotadas y un déficit anual que nadie resolvió. La tercera es el
desabastecimiento inducido, hospitales que arrastran deudas con farmacéuticas,
rutas paralizadas por falta de pago a constructoras. Pero quizás la herencia
más pesada no sea financiera sino intelectual, la naturalización de la idea de
que el crecimiento puede ir por un lado y el bienestar por otro, que la
estabilidad de los números puede construirse sobre el incumplimiento de las
obligaciones más básicas del Estado.
Y sin embargo, la alternativa existe. No
es una utopía. Si los sectores que generan el crecimiento pagaran impuestos en
proporción a lo que producen, la recaudación alcanzaría para pagar las deudas
sin tocar la meta fiscal. Eso no es un secreto ni una fórmula mágica; es
aritmética. Pero esa alternativa no es siquiera considerada, no porque sea
inviable técnicamente, sino porque choca con los principios que este gobierno
trae internalizados desde su formación. Para ellos, aumentar impuestos a los
sectores concentrados no es una opción, así como para un físico newtoniano no
es una opción pensar en una gravedad variable. No es que no puedan; es que no
pueden concebirlo.
La alternativa excluida:
Sea τᵢ' una estructura tributaria
reformada tal que τᵢ' ∝
Yᵢ (tributación proporcional a la producción sectorial).
ΔT = Σᵢ (τᵢ' - τᵢ)·Yᵢ.
Dado que ΔT > Dc, el
gobierno podría pagar Dc sin aumentar el déficit, manteniendo F(t₀) ≤ M.
Esta alternativa no es considerada porque
violaría φ₃
(no interferir en los mercados) y la condición de estabilidad del marco
tributario para la confianza de los inversores. No es una limitación técnica;
es un límite a lo pensable impuesto por la jerarquía de valores internalizada.
Lo que estamos viendo, entonces, no es una
mala gestión circunstancial. Es la aplicación rigurosa de una doctrina que
produce resultados previsibles, endeudamiento cuando la doctrina lo justifica,
ajuste cuando la doctrina lo exige, postergación de costos como técnica de
gobierno, y una ceguera estructural frente a las consecuencias humanas de esas
decisiones. El riesgo sistémico no es que el gobierno se quede sin plata o que
los mercados pierdan confianza. El riesgo es que esta forma de gobernar —que traslada
costos, que disocia crecimiento de bienestar, que clausura alternativas por
principio— termine acumulando tanto pasivo, tanto descontento y tanta
fragilidad que el estallido, cuando llegue, arrase con todo. Y para entonces,
los mismos que diseñaron las dos etapas ya no estarán en el gobierno. Habrán
hecho la última jugada de su póker y se habrán ido, dejando que el que venga
después pague las consecuencias de un plan que no fue improvisación sino
coherencia. Una coherencia que, cuanto más rigurosa, más devastadora se vuelve.

No hay comentarios:
Publicar un comentario